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LLUEVE A CANTAROS DURANTE EL TRASLADO DE
TLALOC, DIOS DE LA LLUVIA
Mexico 1964
Luisa Riley
Llueve sobre la ciudad de México. Tláloc, el dios de
la lluvia, está entrando a la capital. El aguacero no
es como muchos otros de los que caen en temporada de
lluvias. Éste, dice inquieto un vecino de la colonia
Hipódromo, "es el castigo del dios Tláloc para los
irreverentes que lo movieron de su ancestral morada".
Tláloc, Señor de los Tecomates, gigantesco monolito de
167 toneladas de peso, permaneció inmóvil sobre su
espalda durante 15 siglos, en el lecho de un río seco,
cercano al pueblo de San Miguel Coatlinchán en
Texcoco. Hoy, jueves 16 de abril de 1964, colocado en
la entrada del nuevo Museo Nacional de Antropología e
Historia, pasará a formar parte de la estatuaria del
Paseo de la Reforma.
Los habitantes de Coatlinchán intentaron en tres
ocasiones detener el traslado. A golpes de marro
rompieron la estructura que sujetaba al enorme
monolito de piedra para que éste cayera nuevamente en
su sitio original. En esa ocasión detuvieron y
golpearon, no en vano, a los trailers y sus choferes.
También poncharon algunas de las llantas de la
plataforma que serviría para transportarlo y los niños
amenazaron con tenderse sobre el camino para detener
la reubicación del Dios de la lluvia.
Esta vez, oponerse, hubiera tenido un alto costo.
Además, a cambio de Tláloc, los vecinos de Coatlinchán
aceptaron una escuela con 8 aulas, taller y
desayunador; un centro de salud y la pavimentación de
la calle que une a la localidad con la carretera que

va a Texcoco. La tropa, con órdenes expresas de no
disparar, se apostó en el poblado desde el mes de
febrero. Los agentes secretos ocuparon el campanario
de la iglesia y vigilaron de cerca las casas de los
que fueron identificados como incitadores de la
rebelión. "Vamos a tener que ir para ver a ese doctor
que va a ser presidente y que nos lo devuelvan", dijo
sin resignarse, doña Sabina Soprano.
A las 6:20 de la mañana, en la hacienda de Tepetitlán
en Coatlinchán, Texcoco, el arquitecto Pedro Ramírez
Vázquez se persignó, y dio la voz de mando que puso en
marcha la Operación. ¡Adelante! Gritó el encargado.
Los motores de dos tractores y un buldozer se
encendieron, 860 caballos de fuerza hicieron vibrar la
plataforma que, soportada por 72 llantas, cargaba al
Tláloc y un silencio melancólico se apoderó de todos
los allí presentes. "Yo me voy - sentenció Luis G.
Olvera- pues este pueblo ya quedó borrado del mapa."
Se iniciaba apenas el traslado cuando un árbol se
interpuso en el camino de Tláloc, exhumado a
principios de este siglo en el lecho del arroyo de
Santa Clara. La enorme piedra rompió una gruesa rama y
lentamente dejó atrás la árida y amarillenta tierra de
aquel arroyo para entrar al pueblo de San Miguel
Coatlinchán. Los 60 minutos más largos del recorrido
comenzaron allí. Los dos mil habitantes del poblado
siguieron en silencio el jadeo de las máquinas. Desde
una azotea una mujer joven esperaba ansiosa al
cortejo. Traía una bolsa de confeti en la mano. Con un
gesto impasible lanzó un baño multicolor sobre la
figura del Señor de los Tecomates. Eran las 11:20 de
la mañana cuando la enorme plataforma se detuvo en el
entronque con la carretera a Texcoco. Algunos de los
hombres que esperaban en ese lugar se acercaron,
miraron fijamente al enorme monolito que yacía boca

arriba, amordazado con 42 cables de acero y sin decir
palabra volvieron a sus casas.
Tres patrullas de la Policía Federal de Caminos, cien
soldados, un carro de bomberos, una camioneta con seis
gatos hidráulicos, repleta de llantas de refacción y
un ejército de antropólogos, ingenieros,
electricistas, mecánicos y periodistas se encargaban
de desplazar sobre el asfalto 226 toneladas de peso.
Un ferrocarril carguero pasó cerca y el maquinista,
respetuoso, se quitó la gorra e hizo sonar tres veces
el silbato. Una fila de vehículos de 5 kilómetros,
ciclistas y mujeres con sus hijos seguían el lento
caminar de la plataforma. Eran las 2:40 de la tarde
cuando el Tláloc llegó a la calle Ignacio Zaragoza,
donde centenares de niños se arremolinaron en torno a
la figura. Por las avenidas Hangares y Aeropuerto la
gente se asomaba en las ventanas y las azoteas,
lanzando ¡vivas! al dios de la lluvia. Una verdadera
maraña de cables eléctricos y de teléfonos
dificultaban la maniobra. Al paso de la enorme
escultura, las calles se sumergían en la tinieblas y
el aire se llenaba de un olor a hule quemado. A las
8:40 de la noche esta extraña procesión detuvo su
andar. Se encontraba entonces en la glorieta de
Morazán. Habría de esperar allí a que la noche
avanzara y le abriera el paso hacia la nueva morada de
Tláloc en el bosque de Chapultepec.
"Vamos a ver si este mono en realidad provoca la
lluvia", le dijo un periodista a sus colegas. No bien
había terminado estas palabras cuando un relámpago
iluminó el cielo y tronó violentamente, como si de
inmediato, los tlaloques a la orden de Tláloc volcaran
sus baldes de agua desatando un fuerte aguacero sobre
la ciudad.

Llueve a cántaros. Grandes charcos obstruyen el
tránsito en Tlalpan, el Viaducto y el Anillo
Periférico. En las avenidas de Xola y División del
Norte, en Parque Lira, Tacubaya y la calle de
Monterrey, cuadrillas del departamento de Aguas y
Saneamiento intentan destapar las alcantarillas. El
agua alcanza un nivel de 40 centímetros. En la colonia
Roma y en la Hipódromo, la visibilidad es casi nula.
No lejos de allí, en Insurgentes, a las afueras de la
tienda Sears Roebuck se desploma una barda encima de
seis automóviles. El agua también invade las bodegas
del edificio y sepulta, bajo una capa de lodo, muebles
y enseres.
"Ahora si creemos que Tláloc es el dios de la lluvia.
¡Mire usted lo que nos ocasiona", dice una de las
personas que acude ante el Ministerio Público a
presentar una denuncia por daños en propiedad ajena.
Entrada la noche se reanuda la marcha que sigue la
ruta de las grandes recepciones. Reflectores de luz
blanca persiguen a Tláloc cuando entra al Zócalo. Son
las 10:38, el Palacio Nacional, el edificio del
ayuntamiento y la Catedral se iluminan para recibir a
la monumental figura. La marcha estridente de los
trailers ensordece los gritos de una multitud de cinco
mil gentes que acompañan y esperan al cortejo. El dios
teotihuacano es vitoreado en Madero, en el escándalo
de los bocinazos y en medio de una valla humana, pasa
frente al hemiciclo del Benemérito de las Américas.
Ahora se encuentra en Reforma con Cuauhtémoc y junto a
los hombres ilustres convertidos como él en estatuas
del pasado, sus hermanos de piedra, bronce y mármol.
Hay gente en los árboles y encima de los monumentos. A
la 1:13 de la madrugada, en perfecta sincronía, los
dos tractores que jalan la plataforma de 23 metros de
largo y el buldozer que la empuja se detienen en seco
frente al nuevo Museo sobre Paseo de la Reforma. La
Operación Coatlinchán, considerada como el

acontecimiento arqueológico del siglo, ha terminado.
De ahora en adelante, Tláloc, un fantasma del pasado
yace, frente a su propio reflejo, sobre un espejo de
agua que lo circunda.