Comienza el día, que será recordado por ser el que más pereza nos dio en levantarnos, de todos los viajes del año. Subimos al Palacio de Topkapi (20 liras) y alucinamos, con lo caras que se han vuelto las visitas en Estambul. Si quieres conocer lo básico, que además de este lugar incluye el Harén (10 liras), la Cisterna, Santa Sofía y la Torre de Galata, ¡¡te sale a casi 40€ por persona!!. Afortunadamente, nosotros ya hicimos todas las visitas en nuestros viajes anteriores, cuando eran mucho más baratas y a estos precios, desde luego, no vamos a repetir ninguna. Luego nos dirigimos a la Mezquita Azul que –afortunadamente-, sigue siendo gratis-.Hay bastantes grupos de turistas, que hacen casi imposible moverse por dentro, pero su precioso patio, está mucho más despejado. Luego visitamos santa Sofía (20 liras), la Cisterna (10 liras) y el Hipódromo. En esta zona, siguiendo con el proceso de modernización de Estambul, han plantado un montón de árboles, que no había hace años, pero hasta en esto se han pasado de rosca y ahora es casi lo único que se ve en las fotos.Constatamos que en la ciudad, ya apenas quedan limpiabotas, aguadores o los que repartían el te en enormes bandejas, por los puestos del mercado exterior, anexos al Gran Bazar. Ni niños pidiendo dinero por salir en las fotos de las mezquitas o jóvenes dándote la lata, a lo largo de una calle entera, para tratarte de vender seis pares de calcetines, por mil pesetas. Los vendedores de las tiendas incluso, ya casi no se hacen notar, pareciendo que aquí las cosas, ahora se vendieran prácticamente solas. EstambulNos vamos a visitar un cementerio, la Universidad y la bonita mezquita de Suleymaniye. A estos lugares, ya no llegan las hordas de turistas, que no salen de la Divan Yolu caddesi, del Gran Bazar y de los alrededores de la zona monumental, en torno a Santa Sofía y la Mezquita Azul. Damos vueltas por las calles próximas al Gran Bazar, que tienen mucho menos ambiente que en otros tiempos y volvemos hasta el Mercado de las Especias, a ver si lo de ayer fue un espejismo. Definitivamente no: Es un escaparte para sacar el dinero a los indefensos grupos organizados, donde ya ni siquiera se venden los famosos “apple” y “orange” teas, infectos polvos químicos, que antes se llevaba cualquier visitante de la ciudad. Supongo que son poco rentables comercialmente y por eso, los han retirado de la circulación. También los encantadores dolmuts amarillos, a los que ahora han sustituido furgonetas. Nos acercamos a la estación de Sirkeci. Aunque sabemos que el tren para Denizli –punto más próximo a Pamukale-, no sale de esta zona europea, sino de la asiática, queremos saber si podemos sacar el boleto desde aquí, pero nos dicen que el tren ha sido suspendido por haber problemas, aunque nos quedamos con las ganas de saber cuales. Es una lástima, porque los trenes en Turquía, cuestan bastante menos que el autobús, aunque también son menos confortables. Decidimos entonces, que mañana por la tarde nos iremos de aquí, desde la estación de autobuses, sin reservar los billetes previamente. Y es que antes, la zona más turística de Estambul estaba llena de agencias que vendían los boletos, pero ahora no las vemos por ninguna parte. Comemos un par de kebabs y subimos hacia la zona de Galata, que también está más adecentada que en nuestra última visita. Pero este Estambul, ya era moderno y occidental en su día, así que no nos llaman tanto la atención los cambios acaecidos. Toamos la agradable Istikal caddesi –en la que circula un tranvía de época- y recorremos los más de dos kilómetros, que hay hasta la plaza de Taksim. La zona está muy animada y hay muchas tiendas y pastelerías. Aunque yo no me quedo con las ganas, de zamparme una papa rellena, que tanto recordaba de anteriores viajes y en este caso, no me decepciona. EstambulLa mayor peculiaridad de Estambul, es que antes la zona llamada europea parecía Asia y la asiática Europa. Ahora, se asemejan a esta última las dos, porque desde mi punto de vista, en las zonas de Sultanahmet, Gran Bazar y Sirkeci, se han pasado de frenada. ¡Y aún hay numerosas obras, así que no sé muy bien, que es lo que querrán hacer!. Pero estas áreas son un espejismo de modernidad, de una Turquía –como íbamos a ver a lo largo de las tres semanas siguientes-, que nada tiene que ver con estas nuevas señas de identidad, que tratan de imponerle. Han concentrado el gasto en estos barrios, para tratar de vender a los visitantes un modelo de país, que no es y que ni siquiera, debería ser. Deshacemos el camino y antes de volver a cruzar el puente, paseamos por los muelles de este lado del Bósforo, donde abundan los restaurantes. Luego, si lo atravesamos y nos damos una enorme vuelta por las calles, que hay a la derecha del Bazar de las Especias. Esta zona ha sido menos adecentada, aunque ya han desaparecido unas cuantas de las casas de madera, que daban encanto, a este barrio. Otras muchas, están en situación de importante deterioro y en otros casos, solo hay solares. Pero si algo no ha cambiado en Estambul, es la gente transportando cosas a todas horas, en esos carros asesinos que si no vigilas con esmero, te suelen llevar puesto, al igual que los turcos propiamente, que nunca salen de su camino y te linchan a bolsazos, hombrazos y codazos. Parece mentira lo simpáticos que son y lo maleducados que se muestran en este aspecto. Hay muchos puestos de castañas asadas aquí. Nunca lo hubiera imaginado, porque siempre había venido en verano, pero ahora, se está acercando el invierno y nadie le hace asco –salvo yo, que no me gustan-, a unas castañitas asadas. Nos vamos al hotel. Sigo pensando que Estambul es una ciudad preciosa, porque la riqueza monumental y la paisajística del Bósforo, no se la puede quitar nadie –espero-, pero ha perdido la magia. Es caro, ya no te ocurre nada anormal, ni vives emociones especiales y ha abandonado –o más bien, le han robado- su esencia. ¡¡Ay, cuánto echamos de menos nuestro lindo y querido sudeste asiático!!.Empieza otro día, en el que también nos da bastante pereza levantarnos. ¡Debe ser que estamos acostumbrados a destinos cálidos y el fresquillo de aquí, nos está erosionando!. EstambulDesechamos tomar un ferry público por el Bósforo, por caro (10 libras solo ida, 17,80 ida y vuelta), poco frecuente, con malos horarios y –fundamentalmente- porque esto, ya lo habíamos hecho en las dos ocasiones anteriores. Pero si queremos hacer el recorrido de los monumentos de la otra parte del estrecho, para llegar hasta el enorme puente, cruzarlo, ir a la otra parte asiática insular y volver nuevamente hasta el puerto de Eminonu en ferry. También descartamos los barcos turísticos, algo más caros –aunque no mucho-, pero repletos de extranjeros domingueros. Así que nos planteamos hacer el mismo recorrido, pero andando. Cruzamos el puente de Galata. Primero pasamos por una bonita iglesia y después por varias mezquitas. Luego salimos al mar y contemplamos excelentes vistas, en forma de sucesión de minaretes, en la parte europea. Llegamos al palacio de Dolmabahce. Menos mal que ya entramos en su día, porque ahora te piden 20 liras, más otras cuatro por visitar la Cámara y la Torre del Reloj. ¡Y los controles de seguridad para entrar –cierra lunes y jueves-, son realmente exhaustivos!. Nos limitamos a pasear por el jardín y a contemplar las bonitas vistas, mientras el aire helador, nos llega hasta el tuétano de los huesos. Hay una terraza, que seguro que será cara, aunque dudo que tanto como la entrada Continuamos caminando y tras dejar atrás varias mezquitas, llegamos al palacio de Zigaran, que no es nada del otro mundo, aunque no nos dejan entrar y nos recomiendan, que vayamos a la terraza del lujoso hotel de al lado, a contemplar las vistas. Pero al llegar y amablemente, nos invitan a no entrar, bajo el pretexto de que hay una reunión. Debe ser que nuestra informal ropa, no pega muy bien con la decoración del establecimiento. Llegamos finalmente hasta el enorme puente elevado, junto al que hay una mezquita preciosa. Hay muchos extranjeros haciendo fotos, de los que han venido en el crucero y mucho lugareño ocioso. Se contemplan bonitas vistas y muchos restaurantes, con precios muy similares a los de la zona más turística. Como ya he dicho, nuestra intención es cruzar el puente, para recorrer la parte insular asiática y llegar hasta las mezquitas del final, punto desde donde tomar el ferry, para volver a Eminonu, pero tras investigar por varios lugares y recorrer barrios residenciales algo cutres, comprobamos que al menos por esta zona, no hay ningún acceso peatonal para subir al puente. Así que abortamos nuestros planes y decidimos –tras comer-, volver por el mismo camino por el que habíamos venido. El tiempo, se va poniendo cada vez peor e incluso empieza a llover, aunque no aguanta mucho rato.Nos detenemos en el animado barrio de Besiktas y paseamos por sus calles comerciales peatonales, de edificios bajos, tiendas, establecimientos de comida rápida y pastelerías. Dada la estructura de la zona, lo negro que está el cielo, y el olor a patatas fritas en grasas saturadas, nos parece más estar en Bélgica o en centroeuropa, que en Turquía. Puesto que el día que retornemos a España, pretendemos no volver a pasar por Estambul e ir directamente, desde nuestro último destino al aeropuerto, damos una última vuelta por el área monumental y la de los bazares, antes de ir a por el equipaje al hotel. EstambulPara llegar hasta la Otogar (terminal, en turco), tenemos que hacer el mismo camino que cuando vinimos del aeropuerto, pero bajando algunas estaciones antes. Justo al lado hay un Bahaus, un Ikea y un Carrefour, así que aprovechamos para proveernos de comida y vinos. En una confusión de precios, a la cajera se le pasa cobrarnos una de las botellas. ¡Mejor!. De todas formas, no hay casi nadie y no me extraña, porque muchos precios son más caros que en España –sobre todo, los embutidos y las conservas, que es lo que más miramos- y casi todos, más elevados que los de los céntricos Día CAMINO DE DENIZLI (PAMUKALE) Comparamos los precios de los autobuses que van a Denizli. Hay bastantes compañías, aunque salvo Pamukale, que es más cara, el resto cuestan todas los mismo (45 TR$), así que ante autobuses similares, optamos por el que sale antes (empresa Sarikiz). ¡No sé donde estará esa feroz competencia entre las compañías, de la que hablan en la guía!.El bus sale puntual y como ya es costumbre –aunque hayamos cambiado de país-, hay niños bastante llorones entre el pasaje -en concreto, tres- y uno de ellos, va a ser muy persistente a lo largo de la noche. Al menos en este autobús y a diferencia de América y –en ocasiones- del sudeste de Asia, la luz de lectura si funciona. Tardamos un montón en salir de la ciudad, porque hay un enorme atasco, a pesar de que son las nueve de la noche del viernes. PamukaleA parte del niño llorón y de su padre, que encima se pone chulo cuando le llamamos la atención, los asientos no son muy cómodos y hace muchísimo calor. También nos han engañado, porque nos habían dicho que el bus es directo y no es así, así que definitivamente, no recomendamos esta compañía, porque además llegamos finalmente, con hora y media de retraso a nuestro destino, después de trece y media, porque a falta de 92 kilómetros y desconociendo las razones, nos han cambiado a otro autobús. Nada más llegar a Denizli, compramos los billetes para Adana –hemos descartado ya ir a Antakya-, al mismo precio que ayer, en la empresa Yeni Adana, donde la chica que atiende, no sabe ni los números en ingles. No es la lengua de Shakespeare precisamente, la más difundida en Turquía y mucho menos, a medida que se va avanzando hacia el este. Al menos viajaremos directamente, sin tener que cambiar en Konia, que era nuestro mayor temor y nos guardan el equipaje hasta la salida del bus, a la noche.
DENIZLI Y PAMUKALE
Desayunamos un rico kebab, con tomate, cebolla y perejil y tomamos el microbús para Pamukale (2 TR$), en la misma estación. En 35 minutos, nos ponemos en el destino. Sale cada veinte minutos, hasta las 24 horas. Vamos viendo según se acercan, las formaciones calcáreas y no nos impresionan tanto como esperábamos. Pamukale es una población llena de hoteles y restaurantes que sirven menús, cuyo producto omnipresente es el kebab. Ambos viven de los numerosos turistas que llegamos hasta allí, aunque en esta época, tampoco hay tantos para contemplar las famosas piscinas de Travertino y las ruinas de Hierapolis. A causa del efecto negativo para el ecosistema que trajo la llegada masiva de turistas a Pamukkale, actualmente está prohibido bañarse en sus piscinas. Cabe la opción de pagar una entrada –aparte de la general- para bañarse en la antigua piscina. Desde el parque y el lago que hay abajo, antes de la entrada, se tienen unas bonitas vistas Vemos con desagrado, como nos piden 20 liras por la entrada, lo que nos parece un auténtico robo. Dudamos de si acceder o no, cuando contemplamos con asombro a una familia turca al completo, escalando por uno de los laterales de un terraplén empinado y resbaladizo –ya pasada la altura de la puerta de acceso y por la izquierda-, para intentar colarse y no nos lo pensamos dos veces y vamos detrás. Afortunadamente, me detengo a medio camino a hacer una foto y eso supone, que pillan a la familia y nos da el suficiente margen para colarnos, con toda nuestra sangre fría, cuando les están interrogando a diez metros. Unos guiris que nos habían seguido, sienten miedo y se dan la vuelta. Pero yo casi prefiero que me pillen, a tener que bajar por el mismo sirio por donde hemos subido. Aunque no las tenemos todas con nosotros, porque cien metros más allá hay un vigilante y pude habernos visto. Avanzamos como si nada y comprobamos, que su función está más bien encaminada, a que nos quitemos los zapatos para entrar en la zona calcárea, que al control de accesos. No obstante, empezamos a pensar, que nos han visto y nos van hacer pagar la entrada, justo cuando salgamos y quizás también, nos pongan una multa. ¡La mente juega estas malas pasadas!. PamukaleParece un castillo de nieve o de algodón, Son sus aguas termales, abundantes en calcio, las que al derramarse por las laderas de las montañas, han dado lugar a esos depósitos calcáreos, que juegan con nuestra vista para hacernos creer, que están cubiertas de nieve. Esa superficie calcárea, a veces hace daño en los pies, según se va caminando. Antes de ser declarado Patrimonio de la Humanidad, Pamukkale estuvo muy descuidado. Durante las últimas décadas del siglo XX, época en la que se construyeron hoteles en lo alto del lugar, se destruyeron parte de los restos de Hierapolis. Las aguas termales de las fuentes se utilizaron para llenar las piscinas de los hoteles y se vertieron aguas residuales, justo sobre el monumento, de ahí que adquiriera un tono parduzco. Además, se construyó una rampa de asfalto para acceder a la parte principal. Los turistas se paseaban con los zapatos puestos, se lavaban con jabón y champú en las pozas, subían y bajaban por las laderas montados en bicicletas y motocicletas. Para cuando la UNESCO dirigió su atención hacia Pamukkale, el lugar estaba perdiendo su atractivo. Entonces, se intentó restaurar: Se demolieron los hoteles y la rampa se cubrió con pozas artificiales, a las que hoy los turistas pueden acceder sin zapatos. Se realizó un canal alrededor de la rampa, para recoger el agua e impedir que se derramara y se dejó que las zonas de color parduzco, se blanquearan al sol. Y se evitó que estuvieran cubiertas de agua para atenuar el problema, razón por la cual muchas pozas permanecen vacías. Siguiendo un programa establecido, otras zonas de la parte superior de la colina, se llenan de agua y se abren al público durante una o dos horas. A la salida de la superficie calcárea, nos recibe otra vigilante, pero tampoco parece sospechar nada y no nos pide la entrada, así que con celeridad, nos vamos a ver las ruinas de Hierapolis. Lo mejor conservado es el teatro, aunque tampoco están mal otros vestigios, como la iglesia de san Felipe, los Baños Romanos o el templo de Apolo |