HORARIOS Turquía tiene, a lo largo de todo el año, una hora más que España, distinguiendo también –y cambiándolo en las mismas fechas-, entre horario de verano y horario de invierno. El horario es el mismo en todo el país, lo cual es un sin sentido, teniendo en cuenta la distancia que separan por ejemplo, ciudades como Estambul y Kars. A mi modo de ver y para adecuar la hora, a la vida real de los ciudadanos y de los viajeros, Turquía debería tener al menos dos usos horarios y tener como mínimo, dos horas más que en España. Con la situación actual y si sobre todo, se quiere viajar por el este del país, es conveniente circunscribirse casi de forma exclusiva al verano, dado que en mitad del otoño –no digo ya en invierno-, en la zona del este anochece sobre las cuatro y cuarto de la tarde. Es verdad que luego amanece bastante pronto por la mañana, pero esa luz natural no tiene provecho ninguno, ya que la gente ni sale a la calle, ni empieza a trabajar hasta más tarde. Monasterio de SumelaNo me voy a referir a los horarios de bancos o comercios, datos que podéis encontrar de forma más extensa y adecuada en cualquier guía, aunque fuera de las zonas turísticas y en general en todo el país en temporada baja, todo cierra extraordinariamente pronto: Sobre las seis y media/siete en la cosmopolita Estambul y sobre las cuatro, en el introvertido este del país.
CLIMA
La primavera, el final del verano y el principio del otoño, son las mejores épocas para visitar el país. En pleno verano, las temperaturas son muy elevadas en casi toda la nación, a lo que se añaden molestias complementarias, como los mosquitos en determinadas áreas del país, como es el caso de Capadocia. Mediado el otoño, las temperaturas bajan bastante en el este y para visitar ya en esa época ciudades como Erzurum, Kars o Van, hay que ir bien abrigado –a poder ser, con varias capas, más que con ropa de abrigo-, dado que a las bajas temperaturas, se une en muchos casos el viento helador. Pero no solo en estos lugares, porque si se va a Estambul a partir de mediados de octubre, también es conveniente llevar ropa de abrigo en la maleta. Las temperaturas no son bajas en sí, pero el gélido aire que se levanta algunos días, hace que la sensación térmica sea bastante baja. HACER FOTOS No es un país, donde hacer fotos de personas o tiendas y puestos de los mercados, sea deporte de alto riesgo. No es tan fácil como en el sudeste asiático, pero ni se aproxima al grado de dificultad de países como Marruecos, donde hay mujeres que te gruñen por estarlas fotografiando, incluso cuando tienes el objetivo apuntando para otro sitio.Lo dicho hasta ahora, claro, es válido para la zona occidental del país y los lugares más turísticos, porque a medida que se va hacia el este, la cosa se complica sobremanera. Ya no solo por temas religiosos y en el caso de las mujeres. Hay en ciudades como Sanliurfa, donde el objetivo de una cámara parece el demonio y es común que piensen, que cualquier foto que estás haciendo, luego la vas a usar con oscuros fines. En una mañana de paseo por los mercados de esta ciudad, sus atracciones turísticas y los centros de peregrinación religiosa, nos preguntaron ciudadanos de a pie, en cuatro ocasiones, si éramos periodistas occidentales. GaziantepComo en cualquier otra parte del mundo, se impone el sentido común: O te compras un pedazo de objetivo, como los que llevan la mayoría de australianos que hacen viajes largos, o mejor pedir permiso a las personas, antes de fotografiarlas. Sobre todo, en el este COMPRAS Cada vez hay más cosas que tienen precios fijos en Turquía y que no son regateables, especialmente en Estambul. En realidad Turquía, nunca tuvo como santo y seña el regateo, al estilo desgarrado que lo conocemos, en países árabes como Marruecos o Egipto, aunque en el este, si es algo más frecuente practicar más ferozmente esta modalidad. Podríamos decir en conclusión, que en general, en Turquía los precios son un poco negociables, en función de muchos factores, pero casi nunca acabarás comprando algo por menos de la mitad del precio de salida, como ocurre en Egipto o Marruecos. Y si así ocurre, hay que estar con la mosca detrás de la oreja, como se suele vulgarmente decir. Comprar en Estambul, ya no es el chollo que fue en otros tiempos. Los bazares –tanto el cubierto Gran Bazar, como los de los alrededores-, se han vuelto muy turísticos y a la venta hay ya pocas gangas. No sería extraño, encontrar la misma alfombra turca, más barata en una tienda de Madrid, que en Estambul. Los mismos términos son aplicables a Capadocia. En el este del país, si que es posible hacerse con algún que otro chollo, aunque incluso aquí, los precios son más caros que en Marruecos, Túnez, Siria, Jordania y Egipto. Los dos consejos básicos a la hora de comprar, son los de siempre y los que dicta, el menos común de los sentidos: -No comprar los primeros días y esperar a comparar precios, sobre todo si ese tiempo se pasa en Estambul. -Entender un poco sobre el producto que se va a comprar. No es buena idea ir a adquirir una alfombra, con el único aprendizaje de que son mejores las que más nudos tienen. MardinAdemás de estas y de tapices, en los bazares se puede comprar casi de todo: Artesanía de calidad, bolsos y billeteros, chaquetones e piel –en ambos casos, imitaciones-, juegos de café y te de latón, bandejas de cobre, cerámica, porcelana, lámparas… A partir de un determinado gasto y en las tiendas más grandes, se pueden pagar las compras con tarjeta de crédito y para adquisiciones de gran valor, incluso se pueden abonar a plazos, durante algunos meses.
CAMINO DE ESTAMBUL Salimos de casa, en medio de un auténtico temporal de lluvia y viento. Tomamos el autobús sobre las doce de la noche y en dos horas y media estamos en la T1 de Barajas, aunque finalmente parece, que salimos de la T2. Como no han abierto el mostrador de facturación, nos dormimos una hora. Se trata de una noche con el sueño a plazos, porque en el autobús me he amodorrado dos horas y luego dormiré 1 en la zona de tránsito, 45 minutos en el primer vuelo a Roma y 15 en el segundo, a Estambul. Tomamos el primer vuelo de Alitalia, en el que sufrimos muchas turbulencias y es que España está cubierta de nubes hasta el infinito. Al llegar a Italia se despeja y tenemos un bonito aterrizaje, con el Mediterráneo de fondo, en un avión semivacío y puntual. Nos han dado de desayunar un sándwich de salmón, en forma de cremosa pasta y a elegir, entre un café y un zumo. En Madrid, nos habían entregado las dos tarjetas de embarque, así que ahora en Roma, no tenemos que salir de la zona de tránsito. Menos mal, porque contamos con mos poco más de una hora, entre vuelo y vuelo. Paseamos por las tiendas libres de impuestos. ¿Por qué en ellas nunca hay cerveza, salvo en la mayoría de los países árabes?. Embarcamos puntuales, pero estamos más de media hora esperando pista. Menos mal que el vuelo es más tranquilo que el anterior. El cielo está más despejado y vemos bonitas estampas sobre el mar Mediterráneo. Degustamos el mismo menú, que en el vuelo anterior. ¡Así que ya vamos, un poco asalmonarrados! ESTAMBUL Llegamos al aeropuerto Ataturk y rápidamente notamos, que este no es el mismo de nuestra última visita a la ciudad, hace ya 11 años, porque es muy grande y casi nuevo. Hay que andar un buen trozo hasta llegar a la ventanilla donde se compran los visados –por 10€ ó 15 US$-, que tú mismo te pegas en el pasaporte, en la hoja que quieras. Nos vamos a que nos pongan el sello de entrada, en una cola larga y lenta. Recogemos nuestros equipajes sin problemas –no como la última vez, que estuvimos aquí- y nos dirigimos al metro. Nos sale un comisionista cantamañanas, al que despachamos rápidamente y luego cambiamos dinero, a una tasa bastante favorable. Lo realmente grave, es que luego nos aborda un trabajador del propio aeropuerto –con chapita y todo-, que bajo el pretexto de que el metro es muy lento, nos quiere colocar el microbús de un hotel –diez veces más caro- y el hotel en cuestión, donde seguro, se lleva un buen pellizco en comisiones. Y eso, que para que no nos de la lata, le habíamos engañado, diciendo que no nos íbamos a quedar en Estambul y que directamente, íbamos a tomar un bus para Pamukale en la cercana terminal –unas pocas estaciones de metro-. Nos tenemos que deshacer de él con contundencia, bastante molestos, de que las autoridades del aeropuerto, no controlen a estos empleados tan “cariñosos”. Efectivamente, habíamos pensado ir a la terminal de buses, para comparar los precios de destinos como Denizli, Trabzon, Erzurum o Antakya, dado que no tenemos claro, cual va a ser nuestro siguiente destino, pero ahora nos da pereza y decidimos marcharnos en el metro al centro (1,40 liras), para buscar alojamiento y aplazar la decisión, sobre hacia donde continuaremos el viaje. Estambul Tomamos la línea entera hasta Aksaray –poco más de media hora- y andamos unos cinco minutos, hasta la estación de tranvía, llamada Yusuf Pasha y desde este punto, son cinco estaciones –diez minutos largos-, hasta Sultanahmet. Buscamos alojamiento en la zona que propone nuestra guía Lonely Planet, en torno a la Mezquita Azul, pero nada baja de las 60 liras, por lo que nos vamos al área de la estación de trenes de Sirkeci, donde habíamos dormido las veces anteriores. Nos cuesta un rato, pero al final encontramos un hotel bastante decente, el Isotel-hotel Emek, por 40 liras –Nobethane caddesi Kum Meydani Sk 13-. La habitación es luminosa, aunque algo pequeña y cuenta con baño y televisión. Dejamos los bultos y nos vamos a redescubrir la ciudad, que en otros tiempos fuera, una de nuestras favoritas. Lo primero que nos damos cuenta, es que Estambul cambió mucho en nuestros once años de ausencia. Han arreglado casi todas las calles de Sultanahmet, han hecho anchas las aceras y las han llenado de bolardos. Los negocios cutres –aunque genuinos y coloridos- de otros tiempos, han sido sustituidos por otros de tipo y diseño europeos (ópticas, joyería, ropa y complementos, comida rápida…). Y los viejos tranvías amarillos, han sido reemplazados por otros muy modernos. En definitiva, le han pegado un buen lavado de cara y aunque sigue teniendo encanto, ha perdido autenticidad. Al menos en las zonas turísticas. Parecería, que con esto quiero decir que lo auténtico tiene que ser indecente, roñoso o miserable, pero no, lo auténtico es simplemente, lo genuino, lo propio, lo esencial del país y eso Estambul, lo está perdiendo, en favor de la supuesta modernidad, que se traduce en replicar el centro de Frankfurt, Milán, Viena o Madrid. Al menos parece, que el nivel de vida aquí ha subido bastante desde nuestra última visita –o han escondido a los pobres, que todo puede ser- y eso es lo realmente importante y positivo. Mucho más, que a nosotros nos este decepcionando algo esta ciudad, en nuestra tercera visita. Y es que ya no hay niños con las básculas por la calle para que te peses y se saquen unas monedas o vendiendo agua o zumos, con dudosos hielos. Los vendedores ambulantes de “casi todo”, son bastantes menos, incluidos los de pan y maíces, tan típicos en otras épocas y hasta los viejos y carcomidos barcos del puerto, que vendían pescado sobre tablas o planchas, se han transformado y ahora lucen rótulos luminosos y sus dueños, coloridos trajes (también se nota en los precios).Las calles lúgubres, se han llenado de luz –más que en París, Roma o Madrid- y los restaurante y bares -vacíos, por cierto-, han perdido su aire oriental y se han vuelto más europeos. Aunque al menos, todavía se puede fumar una shisha en comodísimos asientos, a veces en la propia calle. También se ha llenado de supermercados -vacíos–, especialmente de la marca Día. ¡¡Y los precios de todo, por las nubes!!. Particularmente sintomático de esta nueva situación, es el Bazar Egipcio o Mercado de las Especias, que de entrañable lugar con encanto y escenario de la vida contidiana de la ciudad, se ha convertido en teatro para guiris, que deambulan por sus despersonalizados pasillos –ahora anchos y luminosos, esos sí-, en busca de te con flores, canela o trocitos de naranja y delicias turcas –que nada tienen de deliciosas, en comparación con el baklava del este del país-, a precios de solomillo de ternera argentina.. EstambulEl puerto sigue conservando a duras penas su ambiente y los pescadores, continúan colgando sus cañas del puente de Galata, aunque su parte baja se ha llenado de restaurantes y se hace imposible dar un paseo, sin se incordiado por sus pesadísimos camareros. Lo que no ha cambiado nada es el Gran Bazar (siempre fue bien elegante). Y tampoco el pan turco, que para nosotros sigue siendo, el mejor del mundo. Y en la misma línea que entonces, la ciudad sigue abarrotada de españoles: En esta época, predominan las marujas solteronas, de profesión mayormente funcionarias, en periodo de moscosos, jactándose de sus compras, de lo bien que regatean y hablando a voces por todas partes Sin plano ni nada –dado que nos acordamos bastante de cómo movernos por esta ciudad- hacemos un circuito por la zona de Sirkeci, puerto, puente de Galata, mezquita de Eminonu –Yemi Cami-, Mercado de las Especias y alrededores, Gran Bazar, las mezquitas de Nuruosmaniye y Beyazid –la primera, con andamios- y la Divan Yolu caddesi –calle de restaurantes y tiendas, de la que no salen los turistas-, además de las próximas Santa Sofía y Mezquita Azul. Tal como recordábamos, los cánticos religiosos desde las mezquitas –para mi y dentro de los países que conozco, las más bonitas del Islam, especialmente en cuanto a sus patios y minaretes-, son aquí un auténtico arte. Nada que ver con los de Marruecos, Túnez, Egipto, Siria, Jordania, Indonesia, Malasia… A pesar de todos los cambios, casi estoy tan emocionada, como cuando hace catorce años llegamos por primera vez aquí, tras un largo interrail. Y más cuando en el hotel, nos bebemos una deliciosa botella de Ribera del Duero de crianza, que nos hemos traído de España. La temperatura es buena, pero engaña, porque en esta época hay un aire muy frío, que hace que la sensación térmica, sea muy inferior. En el hotel, tratamos de aclararnos para tomar una decisión sobre nuestros siguientes destinos: Pamukale, Antakya y Adana, parecen los candidatos más firmes. |