losviajesdeeva

Turquía/12

web analytics

KUTHAYA

 

Tomamos el 38 hasta la terminal y a las 10 de la mañana nos subimos al bus hacia Kuthaya (18 TR$), donde llegamos casi tres horas más tarde. Lo hacemos con la compañía Astur-Kuthayalilas), que es bastante recomendable. Así que nada más llegar a la estación y dado que en todas las empresas cuesta lo mismo, compramos con esta misma los boletos a Estambul (33 TR$). Hemos estado tentados, de probar con la compañía Tatlises, que es la del cantante que inventó el estilo arabesh –tipo Estopa, a la turca- y que ha tenido tal éxito, que se ha forrado rápidamente y ahora tiene, su propia compañía de autobuses, su cadena de hoteles y de tiendas de comida rápida, entre otros prósperos negocios.   

 Kuthaya

Va a ser la primera vez en este viaje, que repitamos empresa de autobuses y por nuestro capricho de venir hasta aquí, nos va a tocas mañana por la tarde, hacer casi siete horas de autobús. Pero la compra del billete ha sido divertidísima, porque no hablan nada más que turco. Le ponemos en un papel 9-11, para indicarle la fecha de mañana y nos dice que no. Tras un momento de confusión, nos damos cuenta de que se cree que son las plazas que le estamos pidiendo. Y la trascripción de nuestros nombres al turco ya es de cine y mira que no son difíciles. Debe pensar que somos hermanos, porque a los dos nos pone el mismo apellido.

 

Pronto damos con el hotel Pinar, con nuestra tarifa de casi siempre (30 liras) y esta vez la habitación es bastante buena. Tiene televisión, está recién reformada y por segunda vez en Turquía, funciona la calefacción (la otra vez, había sido en el más caro hotel de Batman) Las pegas vienen dadas porque no es muy grande y el baño está en un estado algo lamentable, con filas de azulejos desprendidas y con algunas tuberías al aire.

 

 Al salir del hotel camino del centro, me doy con un bolardo en la rodilla. Me hago bastante daño y un turco que pasa, me dice “Getsmi solsum”. Ha dado en el clavo, porque es la única frase que se traducir en turco, dado que se la decía el juez a Billy Hayes, en el Expreso de Medianoche: “Qué pase pronto”.

 

Hay un par de puestos en la calle, donde están dando a probar zig –los higaditos machacados con especias-, así que por fin nos atrevemos a probarlos. Están buenos, pero es para comer solo un poco, porque saben bastante fuertes. Luego tomamos unas cervezas en una terraza y comemos sopa y kebab, en un pequeño pero abarrotado restaurante.

 

Esta ciudad, famosa por su producción de azulejos y porque por aquí los hay por todas partes, es tranquila, a la vez que

animada, gracias a su población universitaria. Está pensada para vivir y no resulta nada agobiante. La plaza principal es algo más fea, de lo que habíamos intuido por la lectura de la guía, pero la calle peatonal que sale de ella, está llena de vida. Luego nos metemos a la izquierda, por el animado mercado, con la fruta muy barata--hay también aquí, cajas de uvas sueltas- y como en todos los lugares del país, con coliflores y repollos gigantes, que dan para comer a una familia entera, para casi una semana. Esta lleno de gente, tanto en su parte cubierta, como en la descubierta.

                                                                                Kuthaya

Avanzamos de nuevo por la calle peatonal y vemos las dos bonitas mezquitas principales. Una es preciosa por dentro y la otra, que fue residencia de derviches, hoy la han convertido en un museo. También visitamos por fuera el Museo arqueológico (3 TR$), que fue una madraza y que tiene el mismo precio de entrada, que el del Azulejo. Si se es mucho de visitar museos, hay una entrada por 20 liras, que permite visitar todos los de la región.

 

Subimos hasta la Ciudadela, en un agradable paseo. Hay grupos de hombres bebiendo y divirtiéndose, casi encaramados a los acantilados, como si fueran cabras o rapaces. Lo mismo alguno, como pierda definitivamente el control –y parece que ya están cerca-, acaba teniendo un disgusto.

 

Resguardados por la muralla, hay ahora unas cuantas parejitas, que actúan con cautela, como si fueran proscritos y el Islam les mandara hacia las cumbres y a las afueras, por ser pecaminosos. A pesar de que la zona es montañosa, las vistas no son bonitas. La Ciudadela sin embargo, si merece la visita, sobre todo por la parte de afuera. El cielo tiene algo de neblina, así que la puesta de sol, resulta un poco anodina.

 

Visitamos el Bazar, en la parte derecha de la calle peatonal, pero están casi todos los negocios ya cerrados. Es coqueto, no cubierto y las tiendas están muy bien montadas. Damos un nuevo paseo por la zona de las mezquitas, pero por aquí, ya no queda nadie. Sin embargo, la estatua que representa un derviche y que hay en una rotonda cercana, sigue dando vueltas y vueltas, sin parar.

 

Entramos a un cíber. Tenemos noticias de nuestros amigos Susana, Raúl y Javi, con los que tan buenos ratos pasamos en Filipinas, a mediados del pasado mes de septiembre. ¡Que buena gente son y que grandes viajeros!. Y vemos una irresistible oferta a Marrakech con Easyjet, por poco menos de unos 70€ ida y vuelta, por lo que no nos lo pensamos mi un minuto más y adquirimos los boletos para el 23 de noviembre y retorno el 28. A ver si en seis días nos da tiempo, a hacer las gargantas del Dades y Todra, además de la zona del desierto de Zagora, porque Marrakech en sí, ya lo conocemos desde hace tres años.

  Kuthaya

La calle Ataturk es la más animada a estas horas, con sus restaurantes de comida rápida. La bandera de Turquía está en esta ciudad –como en otras-, por absolutamente todas partes. Me da la sensación de que cuanto menos confianza tiene un pueblo en si mismo, más necesita apelar a los símbolos. Y también a la música nacional, que no suena mal, pero a todas horas ya cansa. ¡Es que aquí escuchan todos lo mismo, tengan 18 años o 75!.

 

Nos levantamos tarde y limitamos la mañana a pasear por los mismos sitios de ayer, pero hoy todo está vacío y el bazar y el mercado cerrados. Kuthaya parece una ciudad fantasma. Más tarde todo se va animando y al salir la gente, parece que tiene envidia y aparece también el sol. Subimos otra vez a la Ciudadela, pero hoy ya no hay ni parejitas, ni borrachuzos mamándose.

 

Bajamos, tomamos unas cervezas y comemos  en el mismo sitio de ayer, a base de kofta y kebab. El personal es rápido, eficiente y amable, pero tenemos que almorzar a toda pastilla, porque el bus de retorno a Estambul, está a punto de salir. Esperemos que al llegar, sobre las nueve y media de la noche, todavía funciones el metro, para poder llegar al aeropuerto. Porque como nos toque coger un taxi, nos va a hacer un buen descosido.

 

 

VUELTA A CASA

 

            Tomamos el autobús, que sale a la hora indicada y completo. Los dos ayudantes del conductor son muy simpáticos, aunque uno más que a su trabajo, se dedica a coquetear con todas las jovencitas del pasaje. Y es que las chicas de detrás son guapas, abiertas y bastante modernitas, pero como cabía de esperar, también escuchan arabesh, como todo el mundo.

 

Mientras es de día, observamos un paisaje bonito y entretenido, por una carretera con muchas curvas. Dado que ya no hay que preparar más destinos, porque no tenemos la guía de Marruecos aquí, me paso la tarde meditabunda, reflexionando sobre lo que han sido estos más de nueve meses de viaje y lo dura que va a ser, la vuelta a la vida cotidiana. Y más tremendo todavía, el retorno a la realidad y la necesaria reintegración, a la absurda sociedad occidental.

 

            Una vez en Estambul, paramos primero en la terminal pequeña. Esta resulta la adecuada, si lo que se pretende es llegar hasta Sultanahmet o Taksin, dado que basta con tomar un ferry desde aquí, que en muy poco tiempo te pone en Eminonu. Pero si se va al aeropuerto, conviene mejor bajarse en la otogar grande, hasta la que hay tres cuartos de hora más, así que cuando llegamos son las nueve y media. Como cierra a la diez, aprovechamos para gastar nuestras penúltimas liras en el Carrefour. Menos mal que el metro cierra a las 00,30 horas.

 

            No sé si ha sido buena idea, lo de venir a Carrefour, porque una vigilante estúpida, nos registra a fondo las tres mochilas. Luego entramos y hay una especie de consigna, pero nadie nos hace caso. Tratamos de llamar la atención de algún vigilante, pero nada, así que entramos con los bultos a la espalda y recorremos pasillo tras pasillo, sin que nadie nos mire, llame la atención o se asombre. Tampoco cuando llegamos a la caja. ¿Es tan normal aquí, venir a comprar con el bulto a cuestas?. Voy a probarlo en el hipermercado de mi ciudad, a ver que pasa. El viento en el exterior es tan helador, como el día que nos fuimos para Denizli, ya hace más de dos semanas.

 

 

           Toamos el metro hasta el aeropuerto, en un viaje que apenas supera los quince minutos y antes de entrar a la terminal de salidas, sufrimos otro minucioso control de los bultos, por personal poco políglota. ¡Nos los van a desgastar!. Nos meten una charla en turco, por llevar un cuchillo en el equipaje a facturar. ¿Qué quieren, qué lo llevemos entre los dientes?.

 

            El caso es, que nunca había visto un aeropuerto tan lleno de gente por la noche. Y llama la atención, que haya bastantes familias enteras de las tradicionales musulmanas, de las del faldamento, vamos. En definitiva de esas, que miran y remiran el comportamiento de los extranjeros, a ver si nos encuentran una acción o comportamiento inapropiado –según sus radicales puntos de vista-, para tirarse a tu yugular. ¡Que asco!.

                                                                                   Estambul

            Hay sillas que tienen separación entre ellas y otras que no. Hemos optado por las pocas que hay libres, dentro de esta segunda categoría, a ver si podemos tumbarnos y conseguir dormir algo, hasta las cuatro de la mañana, hora en que iremos a facturar. Logramos descansar unas tres horas.                                                                  

 

            Lo que ocurrió los dos días siguientes, viene ya extensamente narrado, en la primera parte del relato. Y es que la mayor aventura de este relajado y fascinante viaje, nos la tenía reservada y la  iba a proporcionar Alitalia, cuando este ya estaba agonizando.



<   12     Página de Inicio