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Turquía/11


            Tomamos el camino hacia la elevada Ciudadela. Es largo, porque se va rodeando bastante, pero las vistas desde muchos de sus

puntos, son realmente impresionantes, con las escarpadas montañas y el río y las casas en el fondo. La Ciudadela, que es gratuita y hoy no tiene un solo visitante, no es muy grande, pero está restaurada, con muchísimo mimo y gusto. Vamos hasta los dos miradores que tiene, uno más elevado que el otro.

 

            Reposamos un rato e iniciamos el camino de vuelta. Luego comemos unos bocadillos, sentados en una escalera y a unos lugareños que hay en la acera de enfrente, les debemos hacer gracia y quieren conversar con nosotros e invitarnos a te, aunque rechazamos la invitación cortésmente, porque no hablan otra cosa que no sea turco. Esta ciudad ya está casi vista y como anochece tan pronto, se va a hacer algo largo esperar hasta las doce, que sale el autobús.

 

            Paseamos por las calles comerciales y luego subimos, el corto, pero empinado camino, que lleva hasta las tumbas. La verdad es que casi, se tiene mejor perspectiva y visión, contemplándolas desde abajo, que pagando la entrada y visitando el recinto. El sol comienza a meterse entre las montañas, la niebla cae ligeramente y empieza a apretar el frío. Pero Amasya de noche, con el río Yesilirmak, las casas otomanas y varias mezquitas y las tumbas iluminadas, es todavía más increíble que por el día.

                                                                                                           Amasya

            Damos una vuelta por el pequeño y vacío bazar cubierto. Hemos acertado no yendo a Sivas, porque la visita de Amasya nos ha llevado, desde las ocho de la mañana hasta las seis de la tarde y nuestras pretensiones iniciales, eran irnos a mediodía. Aunque nos disgusta algo, no haber podido ir a Divrigi.

 

            Nada más hay que hacer, que dejar pasar el tiempo, así que primero nos metemos en un internet, luego tomamos unos refrescos en un bar y finalmente, cogemos el camino de vuelta hasta la terminal. En la cafetería hay bastante animación, aunque me irrita enormemente esa manía que tienen los turcos, de estar constantemente golpeando el vaso del te con la cucharilla.

 

Parece que la alergia de las ortigas de Sumela, se va pasando. Menos mal. Como hay que viajar por la noche, hoy no hemos comido de postre mandarinas. Y es que hemos descubierto, que son especialmente diuréticas y la mayoría de los autobuses aquí, no tiene baño o lo llevan cerrado. A pesar de que dan el café a la una y el bollo a las tres de la mañana, es muy recomendable la compañía que hemos escogido hoy, con un autobús nuevo y realmente confortable. Me duermo todo el camino y luego dos horas, en la terminal de Ankara.    

ANKARA

 

Tomamos el metro (1,70 TR$) hasta la parada de Ulus –primero cinco estaciones y tras un trasbordo dos más-, que es al zona donde se encuentran los hoteles económicos y no tardamos en encontrar uno tan barato (25 TR$), como básico. Se trata del Hotel Adoys –Ali Adoys, 13-, con habitaciones dobles,  con baño compartido,  algo viejas y sucias. Y es que la limpieza ciertamente, no es una característica de los hoteles  económicos de Turquía.

  Amasya

Habíamos visto otro mucho más correcto, p

or 35 liras, con baño y televisión, pero no podíamos tomar la habitación hasta las 11 de la mañana y francamente, después de dos noches seguidas de autobús, nos apetece ducharnos ya mismo. La ducha es común y está en un cuarto lleno de trastos. Por la pinta que tiene, parece que somos los únicos que nos hemos duchado aquí en meses.        

 

Nos vamos andando –una hora- hasta el Memorial Ataturk. A la entrada nos requisan la guía y la contemplan con curiosidad. Pero no es nada personal, porque recogen todos los libros, incluido el Corán, que lleva un chico, que va después de nosotros. ¿Por qué?. Anirkabir, que así se llama el Mausoleo, es sencillamente horroroso.

 

Tiene varias partes: El Mausoleoonde está Ataturk, un museo, las dos torres –de la Libertad y la Independencia, a las que se llega por un horrible, aunque ajardinado, paseo de leones- y lo que yo llamo la  Atavisión, una sala, donde constantemente se están proyectando documentales del muerto. El complejo es austero y sin ostentaciones, salvo en el Museo, donde la exageración, se acompaña de músicas patrióticas. Pero en general, hay mucha menos escenificación que por ejemplo, en el de Ho Chi Minh, de Hanoi.

 

No hay apenas visitantes extranjeros, ni siquiera nacionales adultos, pero está abarrotado de niños con sus profesores. No solo de 8 ó 9 años, sino de 5 y de 4 y hasta de 2 y de 3. Les comen el tarro desde bien pequeños y así cuando crecen, ya no tienen capacidad para pensar por si mismos. Por el mausoleo van desfilando los críos, uno tras otros, dejando flores y portando la oropela de Ataturk y la banderita de Turquía. Así nacen, crecen y se retroalimentan los fanatismos y los nacionalismos. Hay numerosos vigilantes, vestidos con traje diplomático y portando un walkie talkei.

 

¿Por qué no contrataron a alguien que hiciera un Mausoleo con un poquito de gusto y gracia, si Ataturk es el auténtico símbolo

de la Turquía moderna?. ¿Por qué Ankara es tan fea, porque hasta las mezquitas no tienen interés ninguno?, nos preguntamos, una vez que hemos abandonado Anirkabir y visitamos la de Haci Beyran y otras de los alrededores. El Templo de Augusto y la Columna de Juliano, tampoco nos hacen demasiada gracia. ¡Es que hasta los edificios históricos de los bancos son horrorosos, cosa que no ocurre en ninguna parte!. Dejamos la Ciudadela para la tarde y nos tomamos unas cervezas y comemos ricos y baratos kebabs con yogurt, en una céntrica terraza (en Ankara pesan la carne que te ponen, lo que es una auténtica garantía).

 

A diferencia de Estambul, aquí hay centenares de vendedores de pan con su carrito, hombres con básculas, limpiabotas… A pesar de ser la capital, no han hecho ningún lavado de cara. Solo se han ocupado un poco, de “adecentar” lo que el turista ve, en la zona monumental de Estambul.

                                                                                                                                                                                         Ankara

Volvemos a las mandarinas, hoy que no hay que tomar autobuses y nos damos un largo paseo hasta la Ciudadela. Los muros no están del todo mal y en el interior hay viviendas miserables, habitadas por gente muy humilde. Hay muchos niños por la calle. ¿A estos también les llevarán al Memorial de Ataturk?. También encontramos a simpáticas ancianas tejiendo y vendiendo artesanía. Las vistas desde lo alto, son espantosas.

 

La subida fatiga y más, después de tanto autobús nocturno. Estamos tan hechos polvo y esta ciudad es tan inhóspita, que a las cinco de la tarde nos vamos para el hotel, la hora más temprana de todos los viajes. En la habitación de al lado hay dos señoras, con capas y capas de faldamentos. Pero en Ankara no es lo normal y la mayoría de las mujeres –sobre todo las jóvenes-, ni siquiera llevan pañuelo y van vestidas de forma europea.

 

            Empezamos a plantearnos la idea, aprovechando los días que generaremos de vacaciones en el trabajo, de irnos cinco o seis días a Marruecos, a finales de noviembre. Y ponemos también fecha a nuestra próxima excedencia -1 de junio de 2.012-, coincidiendo otra vez con la Euro, que esperamos que gane de nuevo España y nosotros podamos verlo, en cualquier otra parte del mundo, como nos ocurrió esta vez en Bangkok.

 

 

           La cantarina charla de la mezquita, nos despierta a las 5 y media de la mañana. Más de un cuarto de hora, con peroratas a todo volumen. Las primeras veces te agrada y te resulta entrañable, pero a lo largo del tiempo, te genera estrés y piensas que esto no es religiosidad y que están todos, de psiquiatra: El que canta, los que le aguantan y sobre todo, quien les manda.

 

            Como no nos volvemos a dormir, nos levantamos, tomamos el metro –que es poco frecuente, para lo que cuesta- y vamos a la terminal, donde abordamos el autobús para ir a Safranbolu (15 liras, con la compañía Avrupa). Es la primera vez que vemos una chica como ayudante del conductor. Es joven, guapa y simpática, aunque tiene alguna marca en la cara, de haber pasado el sarampión o una enfermedad similar. El paisaje es feo, así que me duermo una hora, de las tres que tardamos en llegar.       Ankara

 

 

SAFRANBOLU

           

 Nos ofrecen un servis gratuito al centro del pueblo, dado que la estación está a unos cinco kilómetros, pero lo rechazamos, porque queremos primero informarnos, si desde aquí podemos llegar a Bursa de forma directa. Efectivamente, la empresa Metro tiene un autobús por la noche, así que compramos los caros boletos (40 liras). Viendo el mapa, no nos cuadra lo que nos ha dicho el taquillero, de que tardaremos 12 horas. En la Lonely, pone que son solo seis y media y como tenga razón, nos vamos a ver en Bursa a las tres de la mañana. Como siempre, dejamos las mochilas en las oficinas de la compañía.

 

Bajamos andando. Hay cuarto de hora hasta una rotonda donde está el pueblo nuevo y media más, hasta el precioso pueblo histórico, tras bajar un trecho largo, volver a subir y terminar con un descenso más suave. El lugar esta lleno de grupos de japonenses. No vemos otro tipo de turistas que estos. Pero ya hay más que en Amasya, donde apenas divisamos cuatro o cinco (entre ellos, una madre y su hija, que ya habíamos visto en Trabzon y Sumela).

 

El pueblo e muy bonito, con sus casas otomanas tradicionales de madera encaladas y cruzadas por vigas y con techos salientes. El conjunto de la plaza, con las viviendas, las tiendas, la mezquita de Mehmet Pasa –hay otra muy bonita, unas calles más allá, llamada Dagdecen- y el Hamman, es realmente espectacular, pero el panorama se estropea bastante, con las decenas de coches, microbuses, camiones y taxis, que están aparcados. Y es que no está cortada a la circulación, un hecho realmente lamentable.

 

Las calles empedradas y con hojas de parra trenzadas, haciendo de traslúcido techo, son muy agradables para el paseo. Fuera de las que tienen tiendas –fundamentalmente de artesanía y recuerdos y con imitaciones de las típicas casas, a 3 liras-, apenas hay nadie, por lo que caminar, se hace muy relajado y reconfortante. No hay muchos restaurantes y son caros, así que comemos de nuestras reservas, a base de bocadillos, dado que un simple kebab, cuesta aquí 6 liras, cuando ayer hemos pagado por lo mismo, tan solo 1,25 TR$.

                                                                                                                                                                                Safranbolu

Como suele ser habitual y también ocurre en Amasya, los hoteles, las tiendas y los restaurantes, constituyen las casas mejor conservadas o restauradas, aunque a nosotros el resto, las decadentes, también nos gustan bastante.

 

El sol se mete pronto entre las montañas y la noche cubre rápidamente el lugar, dejando preciosas estampas, aunque a diferencia de Amasya, donde todo está cuidado al detalle, aquí no tienen una iluminación específica, que resalte los bellos edificios. Hace ya varias horas, que no queda un solo japonés. Sorprendentemente, el ciber del pueblo es barato, aunque lúgubre, así que matamos la tarde trasteando por la red. Volvemos andando.

 

El bus sale cuarto de hora tarde. Por fin vamos a viajar con la empresa Metro, que tanta fama tiene. Mal empezamos, porque el café es el más asqueroso que hemos probado en todo Turquía y el bollo es más pequeño que habitualmente. No me extraña que cobren tan caros los boletos, ¡¡si es que van hasta tres ayudantes del conductor!!. Y encima el autobús va medio vacío. Como nos suponíamos, el taquillero no nos ha dicho la verdad y a las tres de la mañana estaremos en Bursa. Eso si que es una mala noticia. Antes, nos hemos tenido que poner muy serios, para que se detengan con el fin de poder orinar, porque nos daban largas y largas. En definitiva: De esta compañía y a pesar de su buena reputación, mejor abstenerse. 

 

 

BURSA

 

No ha habido suerte y el bus no se ha retrasado. Así que a las tres de la madrugada en punto estamos ya en la estación de Bursa, donde nos tiramos al suelo y a pesar de que hay cien ruidos, nos dormimos hasta las siete y cuarto, hora en que un vigilante nos empieza a dar ligeras pataditas en la planta de los pies, para que nos pongamos en vertical.

 

Hemos decidido que hoy dormiremos aquí y mañana por la mañana nos acercaremos hasta Kuthaya. La elección de este lugar viene dada, porque es el único que tiene algo que ver, en un radio razonable –exceptuando Pérgamo, que ya lo vimos en nuestro segundo viaje- y preferimos ir hasta allí, que pasar otro día más en Estambul. Vemos que hay bastantes autobuses directos, pero no sacaremos los billetes hasta mañana, no vaya a ser que nos arrepintamos y cambiemos de opinión. Tomamos el bus 38 al centro, por la cara cantidad  de dos liras.

 Bursa

Nos bajamos en la zona de Heinkel, que es bastante coqueta, cuidada y activa, pero los hoteles que en la guía vienen como económicos, son bastante cutres y caros. Y es que no llegamos a saber, porque los precios de todo son tan elevados en esta ciudad. Finalmente y tras buscar más de una hora, encontramos el hotel Deniz –detrás de la Ataturk caddesi-, que se ajusta a nuestras casi ya habituales 30 liras. La habitación es básica, aunque limpia y luminosa y el baño es compartido. El problema es que no podemos ocuparla hasta las 12, por lo que se nos fastidia la ansiada siesta mañanera. Nos registramos. ¿Por qué en todos los registros de los hoteles, ponen como pregunta fundamental, el nombre del padre y de la madre?. ¿Qué información les aporta?.

 

Visitamos la mezquita principal –Ulu Camii, que es fea por dentro y un mamotreto por fuera y luego la Mezquita Verde –Yesil camii-, para terminar ocupando la mañana casi entera, paseando por los bazares, bastante lujosos y más próximos en su estilo al de Estambul –con mucha joyería y ropas, de estilo europeo-, que a los de la Turquía del este. Visitamos también un par de Hans, similares a los caravasares, aunque algo menos bonitos. Aquí casi ni se ven, porque están muy tapados por los toldos de las terrazas, que hay en el interior del patio.

 

Lo mejor, como casi siempre, los puestos de las calles adyacentes a los bazares y los mercados, con tenderetes mayoritariamente de fruta, especias, legumbres y castañas. Nos llama la atención, que vendan uvas sueltas, riquísimas, sin titos y más baratas que las de los racimos. ¿Dónde está la ganancia?. Antes de comer, contemplamos la no muy bien conservada muralla de la Ciudadela –cerca hay un centro comercial, en forma de pirámide-, algunas otras mezquitas y la estatua de Ataturk. Todas las que hemos visto a lo largo del país, de este difunto dirigente, son bastante normales, sin apenas grandeza u ostentación

 

 Los kebabs son carísimos. También la modalidad específica de Bursa, con tomate y mantequilla, como ingredientes principales, además de la carne y el pan “pide”. La hemos visto incluso a 12 dinares. Así que comemos a base de bocadillos, de embutidos del supermercado. Nos estamos empezando a cansar, de que si no son de pollo, los hagan de la vaca y resulten realmente sosainas. Lo mismo ocurría en Túnez. ¡Qué les habrán hecho los cerdos a esta gente musulmana!

 

Paseamos nuevamente por los bazares, en los que hay más vendedores que clientes. Muchos están en la puerta de sus tiendas y hay bastantes dependientas, que visten pañuelo y faldamento. Y es que tiene pinta, que esta ciudad es bastante más conservadora, de lo que debería corresponder a su tamaño y población, de más de un millón de habitantes. Y es que en proporción, las mujeres van más tapadas, que en el pequeño Safranbolu.

                                                                                           Bursa

Aquí como en Estambul, también hay supermercados Día, donde tienen de oferta la cerveza Skol de litro. Hemos probado esta marca tanto aquí, como en algunos países del sudeste asiático y está más rica que en España. Las calles se tornan muy animadas y se pueblan sobre todo de parejitas –se hacen carantoñas, incluso se cogen de la mano en público- y pandillas de jóvenes, como corresponde a cualquier lugar del mundo, en un sábado por la tarde. ¿Harán botellón, a pesar de la religión?.



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