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Túnez/8

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            Hay shishas simplemente decorativas y las que se usan para fumar. Son de varios tamaños y a estas alturas ya tenemos claro, que la pequeña no es la más adecuada, si se va a usar con frecuencia. La grande del todo es demasiado cara y aparatosa para transportar. Así que, compraremos dos medianas –una para nosotros- y dos pequeñas, para amigos que no las van a usar casi, para fumar.

 

            Compramos provisiones en el supermercado, para llevarnos mañana, si por fin hacemos la visita a Dougga. No tenemos muchas ganas de ir, pero sus maravillosas romanas, bien merecerán el esfuerzo. Antes, hemos cambiado dinero en el mismo Wexterm Union del otro día y nos ha extrañado, que nos den varios billetes de 30 dinares. ¡Y son de cursos legal, no es que nos hayan engañado!.

 

           

DOUGGA Y TEBOURSOUK

 

   

         Nos levantamos con decisión. Son las siete de la mañana y ni siquiera en la céntrica plaza de Barcelona, donde tomamos el metro, hay apenas gente. Nos bajamos en la parada de Bouchoucha, al lado de la estación del Norte. Como no hay autobús hasta las diez, tomamos un louage (3,65 D$), que sale enseguida. Nos dirigimos a Teboursouk, desde donde hay 7 kilómetros a las ruinas de Dougga, hasta las que pretendemos subir andando. Este louage es nuevo y confortable, porque hay otros que se caen a cachos. El paisaje es aburrido, así que nos dormimos.

 

            Esta nublado y hace aire, con lo que la sensación es de frío y la temperatura va bajando, según ascendemos hacia las ruinas, en subida constante, aunque suave. Los cuatro primeros kilómetros vamos por una carretera, por lo que no hay muchos coches. Luego nos metemos por otra a la izquierda –bien señalizada-, por la que ya directamente no va nadie y que muere en las ruinas. No hay transporte público para llegar a ellas. Se puede ir en louage –caro- o caminar, a la espera de que algún otro viajero con coche de alquiler nos recoja o también algún lugareño, en cuyo caso, los dos kilómetros finales habrá que hacerlos andando.

                                                           Dougga

            En una hora llegamos. Solo hay un autobús aparcado a la puerta y los visitantes a estas horas, se reducen exclusivamente al grupo que ha venido en el. Pagamos la barata entrada (4 D$ + 1 D$, por derechos fotográficos) y comenzamos la visita, que se completa en unas dos horas y media. A pesar de la paliza que hay que pegarse para venir hasta aquí y luego volver, la visita merece mucho la pena, porque el Teatro y el Capitolio están magníficamente conservados y algunas otras ruinas también. Es curioso pero el burdel, era el edificio más grande de la ciudad. Con los restos que aún quedan, resulta fácil hacerse una idea de lo que fue esto en el pasado. Las ruinas estuvieron habitadas hasta los años 50.

 

            Pareciera que el tiempo hubiera retrocedido, cuando se pasea por la bien conservada calzada romana, mientras te cruzas con cabras, ovejas, gatos hambrientos, chumberas –nos picamos los dedos, al coger los higos- y olivos. Charlamos con un par de españoles, con acento catalán, que sin embargo dicen ser de Italia (no hay quien lo entienda, pero son muy simpáticos). El día empieza a clarear.

 

            Otros monumentos de interés, en el enclave de 70 hectáreas que componen las ruinas, son el Mausoleo Líbico-bereber y los

templos de Saturno y de Juno Caelestis.  

            Deshacemos el camino y cuando vamos por la mitad, para una furgoneta, cuyo amable conductor, nos ofrece bajarnos hasta Teboursouk. Rechazamos su invitación con buenas formas y es que nos apetece volver andando y parar a comer en el camino, junto a los pinos y a las chumberas.

 

             Damos una vuelta por el pueblo, que no tiene mucho interés, así que nos vamos a tomar el louage de vuelta, pero esta vez ha habido mala suerte y solo queda una plaza. Así que tenemos que inaugurar el siguiente, aunque en 20 minutos se llena. Si hubiera sido en el sudeste asiático, nos habrían metido en el primero a presión y nadie hubiera protestado El conductor esta loco y va a una velocidad de vértigo, pero aquí nadie se inmuta.

                                                                                        Dougga  

EN TÚNEZ DE NUEVO

 

            Llegamos a Túnez y preguntamos los horarios de los autobuses a Bizerta, adonde pretendemos ir mañana a pasar el día, antes de tomar el bus de retorno al aeropuerto. Salen cada media hora y el doble es el tiempo que tardan, así que nos decantamos por este medio, en detrimento del tren, que tarda más del doble y parte con mucha menos frecuencia.

 

            Una vez volvemos al centro, preguntamos igualmente los horarios de los últimos autobuses al aeropuerto. El 635 termina a las 18,50 y el 35 –algo más caro-, una hora después. Tomaremos este último, para no estar esperando tanto rato en la terminal

 

Luego damos un paseo por la medina y compramos harissa –nos cuesta encontrar un vendedor honrado, que nos lo venda a su precio real- y ricos pastelitos de miel. Volvemos a ver al marido de la catalana –a la que llama “mi churri”, expresión que suena rara, en un árabe con acento casi del Penedés- y cada vez se tiene más creído, que le compraremos las shishas a él. Lo dicho: No debería. Finalmente, damos una vuelta por la parte nueva, que al ser sábado, está muy animada.  

 
Todavía tenemos dátiles de Tozeur, pero ya ni los miramos, porque nos hemos dado un empacho de ellos en los últimos días. Seguimos sin encontrar un cíber abierto y dado que mañana es domingo, solo abren por la mañana y no estaremos aquí, me temo que no vamos a poder reservar hostal u hotel en Madrid, así que creo, volveremos a casa, el día y medio que hay entre nuestro retorno de Túnez y la marcha a Turquía.  Túnez  

BIZERTA

           

            Madrugamos menos que ayer, pero hacemos el mismo camino hasta la estación del Norte. Compramos los boletos para Bizerta (3,48 D). A pesar de que hay autobuses tan frecuentes, los vehículos van llenos. Como casi siempre, tenemos que emplearnos a fondo –bien en la boletería, bien  a la subida del bus-, para que los maleducados lugareños, no se nos cuelen, algo muy habitual, en todo el mundo árabe. El paisaje es tan aburrido como siempre. 

           

            La terminal de Bizerta no está tan cerca del centro como pone en la guía, así que tenemos que andar un buen trecho, en el que nos cruzamos con muchos más guiris de los que pensábamos encontrar aquí. Atravesamos un puente, con una bonita vista y desde donde se observa el mar, con un calor azul profundo.

 

            Entramos por unas calles muy viejas, que parecen de la medina, pero no lo son. Hay carros con montoneras de ropa y mujeres con faldamentos revolviendo entre ella. Cuantos más llevan puestos, más rato y con más pasión rebuscan la ganga del día. Los olores se van superponiendo: En una esquina huele a humedad –con tufillo similar a la inconfundible de Manila-, mientras que a los dos metros, se aprecian aromas de rica comida.

 

            Visitamos el mercado y compramos fruta a buen precio. Al salir, un viejo charlatán nos quiere liar para acompañarnos a la medina

, pero nos deshacemos de él y nos dirigimos al puerto, que es recogido y agradable, aunque un par de construcciones altas y modernas, lo afean bastantes. No hay en esta zona, tantos restaurante y bares como pone en la guía y comer resulta muy caro. Un pollo asado, cuesta cuatro veces que el que compramos para comer, en el supermercado Monopeix y encima en este lugar, tiene un pan estupendo, de los mejores que probamos en Túnez.  

            Visitamos el fuerte de la montaña (1,5 D$, aunque nos colamos) y luego el. Puerto Español, por fuera, dado que está cerrado. Está junto a unas gradas, donde se realizan espectáculos durante el Festival. Luego bajamos a la kasbah, que es pequeña, pero muy bonita, con sus arquitos y bóvedas, aunque está algo descuidada. Se ve la vida cotidiana de sus habitantes, haciendo sus quehaceres diarios y en las estrellas calles, huele a rica comida casera.

                                                                                              Bizerta

            Terminamos la mañana paseando por la medina, algo más grande, aunque de estructura y decadencia, similares a la anterior. Esta rodeada por una bonita muralla y se muestra bastante sucia y llena de montoneras de escombros y tierra.

 

            Después de comer, damos una última vuelta y retornamos a la terminal. Nos quedan pocas horas de estar en Túnez, aunque hoy no hay ganas de llorar, como cuando estábamos a punto de retornar desde el sudeste asiático. Tomamos el bus de vuelta, que va tan absolutamente abarrotado, como el de esta mañana. Y de nuevo, hay que utilizar los codos, para subir al interior del vehículo. Las mujeres son más agresivas que los propios hombres y su instinto asesino se va multiplicando, a medida que van cumpliendo años y añadiendo capas de faldamentos, a sus orondos y muy castigados cuerpos.

   

VUELTA A CASA, AUNQUE POR POCO TIEMPO

 

            Queremos comprar las pipas de agua, pero vemos que casi todo está cerrado, en cuanto entramos en la medina de Túnez. Cuando nos resignamos a tener que adquirir las shishas en Turquía, nos damos cuenta de que el vendedor con el que habíamos hablado el otro día, nos ha esperado con la tienda abierta, así que compramos las cuatro que habíamos pactado.

 

            En un principio, nos decidimos a evitar continuar calle arriba, para no encontrarnos con el marido de la catalana, pero luego pensamos, que nosotros no le habíamos dado nuestra palabra y que al fin y al cabo, tenemos derecho a comprar donde nos de la gana. Además, es posible que ya haya cerrado y no esté. Pero resulta que no y cuando pasamos por delante de él, se le nota que está conteniendo el enfado, pero no se atreve a decir nada. Eso sí, la conversación termina enseguida y es menos entusiasta que en días anteriores. Yo entiendo que este país es pobre, pero no me parece muy sano, que la amistad y la economía, vayan siempre en el mismo cajón y la primera dependa de la segunda,

 

            Lo que va a ser un incordio, es llevar las shishas hasta casa. Las pequeñas se meten en su cajita y las dos caben en la misma bolsa de plástico, pero las otrsa hay que llevarla montadas, en su funda de plástico, colgando de la mana cuando paseamos, entre las piernas en el avión o abandonada a su suerte, cuando al llegar de madrugada, nos quedamos dormidos en el suelo de la T! de Barajas.

 

 

           Tratamos de comprar pastelitos de los de miel de ayer, para llevar a la familia, pero la tienda está cerrada. En realidad, la medina parece fantasma. Salimos por casualidad, a la zona de las peluquerías, que si están abiertas y mi chico aprovecha para cortarse el pelo. Nos parece caro, porque cuesta cuatro veces más que en América o el sudeste asiático, que son los lugares con los que ahora establecemos las comparaciones, pero la realidad, es que es la tercera parte de lo que vale en España. ¡Y con masaje final y todo!. Eso sí, como están viendo un animado partido de fútbol, en una ocasión de gol, casi le lleva una oreja.

 Douz

            Regresamos a por los bultos y nos despedimos del amable personal del hotel. Volvemos andando por la avenida Habib Burguiba –mucho menos animada que en la tarde de ayer-, para coger el último servicio del autobús 35 (0,76 D$). El conductor circula como si fuera una bestia y el autobús es viejo. Cuando paramos en los semáforos, vibra como si se tratara de un tanque. No sé si las pipas de agua llegarán al aeropuerto, ni si llegaremos nosotros. Pero el final es feliz, eso sí, en un tiempo record, de 13 minutos, desde la estación a la terminal de salidas. Mientras entretenemos el tiempo escribiendo, dos señoras se sientan a nuestro lado, con sus inquietos cinco vástagos de corta edad. ¡Las shishas vuelven a correr, nuevamente peligro!.

 

            Vemos todas las fotos, nos cambiamos la manga corta por la ropa de invierno, paseamos arriba y abajo, nos sentamos… y a pesar de todo, el tiempo pasa muy lentamente. Desde que anuncian el check-in, nos hacen esperar más de una hora, hasta que conseguimos facturar las mochilas (que obligatoriamente tenemos que llevar, al mostrador 34, por las normas del aeropuerto). Al recoger la tarjeta de embarque, nos damos cuenta de que a pesar de haber comprado el billete con Tunis Air, vamos a volar con Air Europa. ¡Y nosotros, que nos habíamos hecho a la idea de que en Tunis Air, nos darían de cenar!. Odio el asunto de los códigos compartidos, pero tampoco habríamos tenido otra opción

 

Nos han sobrado 20 dinares, que pretendíamos gastarnos en la tienda libre de impuestos, pero curiosamente y por primera vez en nuestras vidas –de forma muy sorprendente-, observamos que no se puede pagar con la moneda nacional, sino solo en euros. Así que, como en la zona de tránsito no hay oficina de cambio, nos comemos los dinares con papas y para comprar unas caras cervezas, tiramos de la tarjeta de crédito. La zona de embarque, está llena de marujas chillonas, como las que venían a la ida y para colmo, salimos más de una hora tarde. Finalmente las shishas, llegan sanas y salvas a casa.


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