Tomamos la carretera donde están los hoteles más caros, con vistas al palmeral y tras mucho andar, llegamos por casualidad al parque Velvedere, con muchos instrumentos musicales gigantes y una colina, con una cara labrada, tipo las de los presidentes de los Estados Unidos. Subimos hasta arriba y contrariamente a lo esperado, la vista resulta decepcionante. Para colmo, el sol se ha nublado, así que no hay ni puesta de sol.Volvemos. En Tozeur no hay muchos viajeros, pero como el lugar es tan pequeño, parece que somos más. Seguimos valorando si quedarnos el martes que viene en Madrid, que es el día intermedio entre la vuelta de Túnez y el viaje a Turquía. La cabeza dice que deberíamos quedarnos en Madrid y ahorrarnos dos viajes, pero el corazón y el no tener que cargar por toda Turquía, con las shishas que vamos a comprar, nos indican que aunque sea una paliza, debemos volver a casa. Como no nos hacen falta, hoy encontramos un ciber y una oficina de Tunis Air. ¡Siempre pasa lo mismo!. TozeurNos informamos de los buses a Douz para mañana. Solo hay uno y sale a las dos y media de la tarde. Eso nos viene fatal, pero parece que cambiando en Kineli, existen algunos horarios más. Desde aquí, hay excursiones organizadas a Douz, Matmata y a los oasis de montaña. DOUZ Vamos a la terminal de autobuses, donde la señora de la limpieza, nos hace saber y sin dar más explicaciones, que hoy no hay autobús a Kibeli. ¿Pero si el de la puerta nos acaba de decir que sí?. Claro, lo ha hecho para quedarse con el importe de la tasa de terminal, que ahora se niega a devolvernos. ¡Menudo sinvergüenza!. La solución que nos dan es ir en louage (taxi compartido), por 5,65 D$. Esperamos media hora hasta que solo faltan dos asientos por llenar y el conductor se decide a salir, para acabar completándolos de camino. Los luages tienen plazas para 8 pasajeros y el conductor, en una furgoneta, en la que en Asia, al menos meterían al doble de gente. El paisaje es aburrido y al llegar a Kibeli, comprobamos que no tiene nada, así que tomamos otro louage para Douz (1,90 D$). Todos son blancos y el destino se distingue, por el color de la raya, que les cae sobre la mitad de la chapa. Esta vez, sale enseguida. Encontramos rápidamente alojamiento, en este pueblo, limitado por el desierto del Sahara y el palmeral. Se trata del hotel la Tente, donde nos entregan una habitación doble (15 D$), con ducha, pero sin taza, ni lavabo. Está en bastante buen estado, aunque es algo pequeña. Suficiente para una noche y al menos, nos han invitado a un rico te a la menta, como bienvenida. DouzDamos una vuelta por el pequeño pueblo, que en sí, tampoco tiene mucho interés. Constatamos que en la plaza principal, los precios de las especias, del té o de otros productos que nos llevamos los extranjeros, son cinco veces superiores a los que hemos visto en el norte. Hay también un mercado, decenas de puestos de rosas del desierto, muchos restaurantes –la mayoría, sin precios a la vista- y agencias, que te organizan tours variados, incluidos por el desierto. Adelantamos la hora de la comida, para tener tiempo suficiente para acercarnos a las dunas y almorzamos excepcionalmente, en uno de los establecimientos que si tiene los precios en la puerta y que resulta, bastante económico. La oficina de Turismo está cerrada, así que preguntamos a la gente, donde está la gran duna, de la que viene hablando en la guía. Muchos ponen cara rara. Pero bueno, ¿no pone en el libro qué la conocen todos aquí?. Sí encontramos la entrada del desierto y al adentrarnos, hayamos preciosas dunas pequeñas y medianas, de forma semicircular, forjadas por el viento. Es mediodía y el sol cae de plano, por lo que no es la mejor hora de verlo y hacer fotos, así que decidimos volver al atardecer. Decenas de dromedarios se ofrecen al turista en las inmediaciones de las dunas y tiene bastante éxito entre los turistas organizados, a los que llevan en bus hasta la entrada del desierto y los toman, para no llenarse de arena, ni de polvo. Las moscas aquí, son incluso más pesadas que en Kairouan y estas nos afectan a todos, incluidos a los de los tours. Habíamos llegado hasta aquí, tras 45 minutos andando por la carretera, donde están los hoteles caros y ahora volvemos por otro camino, junto al palmeral, que es mucho más pequeño y está más descuidado que el de ayer. Ahora si está abierto Turismo, donde nos indican que la gran duna, desapareció hace un tiempo, por culpa de “mesié capitaliste”, que la derribó, para levantar un próximo hotel de cuatro estrellas en su lugar. Luego constatamos, que está a medio construir, pero parece abandonado. En Turismo hay dos catalanes, que acaban de llegar. Quieren pasar una noche en el desierto, pero les parece caro –y a nosotros también-, los 60 dinares que les piden, a pesar de que les incluya la cena, a base de sopa, cuscus y dátiles Volvemos a la puerta del desierto y trabamos amistad momentánea, con unos obreros que trabajan en una construcción cercana. Creo que fueron los únicos en Túnez, que no solo no trataron de vendernos nada, sino que encima, nos dieron algo. Y es que, al comentarles lo de la gran duna y una vez que acaban de trabajar, nos acercan en un 4X4, a unos 25 kilómetros, a ver una, que resulta espectacular. Volvemos y matamos la tarde, paseando por las dunas donde habíamos estado a mediodía. La arena ha cambiado de color y ahora parece, casi rojiza. Hacemos fotos excelentes. Aún no sabíamos, que apenas mes y medio más tarde, íbamos a volver al desierto del Sahara, pero esta vez, desde Marruecos. En ningún momento, hemos tenido la intención de pasar la noche aquí. Hemos dormido varias veces en otros desiertos y ya no nos hace demasiada ilusión. Nos bastan los amaneceres y los atardeceres, que siempre son momentos mágicos. DouzRegresamos ya de noche y antes de ir al hotel, tratamos de conocer como podemos llegar hasta Matmata mañana. Nos dicen que no hay ningún servicio directo y que tendríamos que ir a Gabes, para luego retroceder, así que descartamos la excursión de las casas subterráneas e iremos directamente hasta ese punto, para tras visitarlo, llegar hasta Sfax, donde dormiremos. GABES Madrugamos, pero no nos sonríe la suerte, porque acaba de marcharse un louage a Gabes (8,35 D$) y tenemos que montarnos en uno vacío, que tarda bastante tiempo en llenarse. Aprovechamos para dormir. En una hora y cincuenta minutos, nos plantamos en nuestro destino, donde aprieta bastante el calor. Hay buses a Sfax a las 12,30, 13, 30 y 15,30. Creemos que el segundo, nos puede venir bien y así nos queda un poco más de tres horas, para ver esta ciudad, carente de grandes atractivos y punto de paso, para la isla de Jerba. No obstante, nos acercamos hasta la estación de trenes, dado que en similitud de horarios, preferimos este medio de transporte. Pero hay uno a las once y algo y otro a las cuatro. El primero es demasiado pronto y el otro muy tarde. Gabes es aún más feo, de lo que nos imaginábamos. La Gran Mezquita es de un modernismo horripilante, con una torre momotrética de cemento y un patio, que parece el de un internado o más bien, el de un hospicio. Justo al lado hay una plaza, donde nos pretenden estafar, cuando nos proponemos comprar curry y otras especias y nos las quieren cobrar a cinco dinares, los cien gramos. El afamado mercada de Jara es minúsculo, aunque si es verdad que abunda la henna. Es tan amarilla, que parece mentira, que tizne tan negro. Conseguimos dejar las mochilas en una de estas tiendas, a cambio de un par de dinares. Por la zona de la medina, no hay muchos restaurantes y si unos cuantos puestos de los típicos sándwiches tunecinos (pan frito –o no-, atún, aceitunas, huevo duro, patata y harissa). Nos zampamos un par de ellos y luego, en una zona más comercial, nos comemos un riquísimo kebab con papas fritas, en una calle en la que se ubican, varios chiringuitos de comida rápida. Gabes no da más de sí, así que nos vamos a la estación y sacamos los boletos para el autobús a Sfax (7,60 D$). Salimos más de tres cuartos de hora tarde, el bus es viejo y huele a rancio. Va abarrotado. Llevo a mi lado, a una señora oronda y maloliente, que suda especias –en vez de sudor- por todos los poros de su piel. GabesTrato de aislarme, empezando a preparar nuestro ya inminente viaje de tres semanas a Turquía. Empiezo a mirar el este del país y presiento que va a ser complicado, dado que hay bastantes cosas que no son muy accesibles en transporte público y menos, en temporada baja, en la que estamos ahora. Tendremos también que enterarnos, como está la situación a nivel seguridad, en una zona que en el pasado, fue cuna de varios conflictos, sobre todo con los kurdos. Tras una pequeña avería, que convierte el autobús en un infierno, al no tener aire acondicionado y pararse la ventolera que entra por las ventanillas, llegamos a Sfax, donde la terminal, esta bastante a las afueras. Sin embargo, bajamos andando hasta el centro..
SFAX Tomamos un hotel algo básico, el Habib –calle Borj Ennar, 25-, después de preguntar en algunos otros, a lo largo de la misma calle y estar completos. La habitación es grande, pero el baño no tiene ducha y la única que hay en la planta de abajo, es muy vieja y solo cuenta con agua fría. Pagamos 15 dinares, precio nada barato para lo que nos ofrecen, pero no tenemos más ganas, de andar dando vueltas con la mochila a cuestas.. La muralla de Sfax es muy bonita, aunque por algunas zonas, está bastante descuidada. Hay una kasbah, que hoy es un museo. Las calles donde se encuentran las tiendas del zoco, son muy agradables, pero el resto de la medina, está completamente abandonada y sucia. Como en cada lugar y en cuanto el atardecer se presenta, en unos minutos la zona pasa del máximo bullicio, al absoluto cerrojazo. Entonces, todas las calles quedan llenas de embalajes o de restos de frutas y verduras y se tiñen de un olor bastante ácido. La Gran Mezquita- que es más bien pequeña- está justo en el corazón de la medina y no tiene patio. Aunque no está permitida la entrada a los no musulmanes, conseguimos introducirnos un par de minutos, sin llevarnos ninguna bronca y constatamos que es bastante bella por dentro. Hay también un mercado cubierto, que no es feo. Por la tarde, está en mínimos de actividad, salvo en la zona del pescado, puesto que lo acaban de traer fresco ahora mismo y tiene una pinta excelente (especialmente los salmonetes). Fuera de la medina, Sfax parece una ciudad europea, aunque poco animada, porque a las siete, ya no queda casi nadie, ni siquiera por sus avenidas principales. El ayuntamiento resulta bonito.Vamos a la estación, con el fin de preguntar horarios del tren a El Jem, donde iremos mañana por la mañana. Hay uno a las 11,15. Nos parece buena hora, porque así y por primera vez en este viaje, no tendremos que madrugar. A falta de otra cosa mejor que hacer, retornamos al hotel Comenzamos el día discutiendo con un hombre de un carromato, que a pesar de la aglomeración que hay en la calle, pretende pasar, atropellando a quien sea. La verdad que desde que nos fuimos de América, no hemos vuelto a tener muchas discusiones. Ni en el sudeste asiático, ni aquí. Al otro lado del charco, íbamos casi a una bronca diaria, sobre todo con los conductores de los colectivos. Desayuno150 gramos de guindillas y mis intestinos, lo están pagando el resto del día. Se deben añadir a los más de cien que ayer me zampé, de aceitunas con harissa y el estómago ha dicho ¡basta!..
EL JEM Tomamos el tren para el Jem, que resulta caro (4,25 D$), para los escasos 50 minutos que tarda. En unas tres horas, enlazaremos de nuevo con la capital, así que ese es el tiempo que tendremos para ver el bonito anfiteatro romano (7 D$, más 1 D$ por derechos de fotografía) y dar una vuelta por la ciudad. Para aprovechar el tiempo más a fondo, comemos en el propio tren. Con una hora y media es suficiente, para ver el anfiteatro por dentro y rodearlo por fuera. Es el mayor anfiteatro romano de África, y el cuarto del mundo, por detrás del Coliseo de Roma, el Anfiteatro de Capua y el Anfiteatro de Pozzuoli. Mide 148 metros de largo y 122 de ancho, y el terreno interior, es en forma de óvalo. Tenía capacidad para 35.000 espectadores. A pesar de la utilización de algunas de sus piedras para la construcción de la ciudad de El Djem, aún se encuentra muy bien conservado. Se supone que se mantuvo intacto hasta el siglo XVII. Ahora le falta un trozo y no solo sus gradas son impresionantes, sino que también hay otros lugares muy atractivos, como las mazmorras inferiores. Sin embargo, una parte de la grada está reconstruida y desentona bastante con el resto Está a cinco minutos andando de la estación de trenes y se pueden dejar los bultos en la entrada del anfiteatro (o en alguna cafetería, tomando luego a la salida, alguna onsumición). La boleto de ingreso, incluye también la visita a otras ruinas menores –que recorremos, sin demasiado interés, al Museo Arqueológico y a otro anfiteatro algo más alejado y ruinoso (estos dos últimos no los visitamos). Hay un zoco alrededor, que hace la forma del anfiteatro. Es una zona muy agradable para pasear o –como es nuestro caso-, para sentarse en una de las múltiples terrazas, a tomar un refresco. El tren para Túnez (9,95 D$) parte con más de veinte metros de retraso. Voy preparando nuestro reencuentro con Estambul, que tendrá lugar ya, en menos de una semana. Son 11 años desde nuestra última visita. Muchas cosas se nos han olvidado y otras, por lo que leo, han cambiado. Hay un gordo sentado a nuestro lado, que junto con otras dos mujeres obesas de la otra parte del pasillo, entretienen su tiempo burlándose de nosotros y realizando comentarios sobre cualquier cosa que hacemos, así que tenemos nuestra segunda discusión del día, pero al menos conseguimos , que nos dejen tranquilos El JemDE VUELTA EN TÚNEZ Como el hotel donde estuvimos la otra vez, no nos había gustado mucho y no es barato, decidimos buscar otro. Es una lástima, porque encontramos dos con muy buena apariencia, pero están completos. Así que finalmente, optamos y por no dar más vueltas, por el hotel Riadh –calle Mongi Slim- (12 D$). La habitación es confortable y grande, aunque poco luminosa y el baño es compartido. Y un problema añadido: No hay enchufes. Menos mal que hemos cargado la cámara ayer. Matamos la tarde dando vueltas por la medina y comparando los precios de las Shishas. Hay un vendedor, que habla perfecto español, porque está casado con una catalana. Y –con perdón- se nota, porque es el que nos da los precios más elevados y con el que más cuesta regatear, pero el parece, que se ha hecho ilusiones, de que el domingo se las vamos a comprar a él. Hace mal, porque ya tenemos casi decidido, que se las vamos a adquirir a otro, que nos ha dado muy buen precio de salida y con el que apenas hemos tenido que regatear, salvo un ligero descuento, por llevarnos varias |