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Túnez/6


Volvemos a Túnez, donde paseamos por la zona nueva, que al ser sábado, está animadísima, aunque la gente se recoge pronto. Seguimos sin ver un cíber, así que optamos por llamar por teléfono a la familia. Se me ocurre la idea de montar aquí un Cibercerveza (¡internet y birras a lo grande!). Seguro que nos forrábamos. ¡Y no digo nada, si además ponemos señoritas ligeras de ropa!.  

 

Sin embargo, los locales de telefonía, llamados Publitel, están abarrotados y son numerosos. Unos chicos muy amables, nos conducen hacia un Publinet, distinto al que habíamos ido ayer, pero parece ser, que cierra las tardes de los fines de semana. Así que seguimos sin boletos de vuelta. ¡Esto comienza a ser una pesadilla, como cuando queríamos regresar desde México en junio!.

 

Preparamos los posibles itinerarios por el país en el hotel, aunque no se muy bien de que van a servir, si estamos todo el día cambiando de planes. De momento, mañana tenemos previsto ir a Susa, que no estaba incluido en ninguno de los periplos, que habíamos planeado hasta ahora. Hemos hecho bien en comprarnos una cámara nueva, tras el desastre fotográfico sufrido en el sudeste asiático. De hecho, la tendríamos que haber adquirido, antes del primer viaje por América

   Sidi Bou Said

 

SUSA

 

Madrugamos para tomar el bus a Susa, pero como la estación de trenes está de camino a la plaza de Barcelona, donde tenemos que tomar el metro, entramos a preguntar. Hemos tenido suerte, porque hay un tren en una hora, así que sacamos los boletos (7.70 D$) y hacemos tiempo desayunando (hay un supermercado en la misma estación).


El tren es rápido pero incómodo, aunque me duermo una hora, debido al anodino paisaje. Cuando me despierto, contemplo muchos olivos pequeños. El convoy va bastante lleno.

 

Llegamos a la estación y vemos que hay un nocturno hasta Tozeur. Así que se nos ocurre dejar el equipaje en la consigna, ver Susa y partir hacia este lugar por la noche. Pero hay un problema y es que al ser domingo, la consigna la cierran en una hora, a las doce de la mañana y en la estación nadie quiere hacerse cargo de nuestro equipaje. Así que finalmente, decidimos mantener los planes originales. Hoy dormiremos aquí, mañana iremos a Kairouan en el día y por la noche, partiremos para Tozeur.

 

A la segunda intentona, conseguimos un hotel, en el mismo corazón de la preciosa medina –en la calle France-. A la postre, el

hotel Emira, sería el mejor en el que estuvimos en el país: Habitación doble luminosa y recién reformada, decorada con gusto y con un baño estupendo, desayuno y con televisión (por 20 dinares). Y buenas vistas desde la terraza. Un paraíso, para do trotamundos como nosotros, a pesar de la cantarina mezquita de al lado, que anima como nadie las madrugadas.

 

La medina de Susa está muy bien cuidada, limpia, perfectamente asfaltada y preparada para el turismo, aunque la zona de los alrededores del Ribat, esta llena de  mierda. Fuera de las cuatro calles donde están las tiendas, apenas hay nadie y menos, turistas. Los restaurantes no son baratos y ofrecen la comida típica (ensalada y sopa tunecina, el brik, la ojja, el cuscus , el tajine…). ¡Que ricas están las almendras garrapiñadas, que venden en la calle principal, porque tienen bastante menos azúcar, que las que compramos en España!.

                                                                                                                                                                             Susa

Susa, Esta rodeada por una bonita muralla y en el interior destacan la Gran Mezquita (3,5 D$) y el Ribat o fuerte (4 D$ + 1 D$ por uso de la cámara). También cuenta con la kasbah, con su torre, donde nos pretenden sacar 3 dinares por verla, sin darnos boleto de entrada ni nada, así que nos abstenemos. En realidad, no entramos a ninguno de los lugares de pago, porque son demasiado caros, para lo que contiene el interior. Y lo digo, porque en un descuido, conseguimos colarnos en la Gran Mezquita y ver su patio y tampoco es nada del otro jueves.

 

Sin saber como, acabamos en el barrio chino de la ciudad, que no es tan sórdido como pone en la guía, pero nos llama la atención, que está encerrado tras una serie de dobles biombos de piedra, que separan el pecado de la pureza. ¡En los países árabes se puede hacer todo lo que uno quiera, pero siempre a escondidas, nunca en público!. La mayoría de las chicas, ligeritas de ropa, están bastante gorditas. No vemos mucho más, porque nos insinúan que estamos molestando el negocio y abandonamos el lugar. Las bien azulejadas casas, contrastan con los algo descuidados interiores, según podemos ver, mientras abandonamos el barrio.

 

 Las calles del zoco están tratadas con mimo y las tiendas, a pesar de estar en un lugar bastante turístico, no son demasiado caras. Eso sí, aquí los vendedores agobian un poco más que en Túnez y saben más español que Cervantes. Aguardamos a la puerta de una panadería, donde están empezando a sacar pan recién hecho, pero nos quieren cobrar cuatro veces más que ayer, así que los mandamos a freír espárragos y lo compramos en otra, donde aún estando ya frío, al menos no nos quieren engañar. Seguimos comiendo de nuestras maravillosas reservas. A ver si mañana en Kairouan, podemos tener nuestro primer contacto con la cocina tunecina.

 

Nos vamos a la parte nueva, de corte europeo y con numerosos hoteles, cerca del mar. Hay bastantes restaurantes y terrazas, donde sirven cerveza a precios caros. Llegados a un punto de la calle, vemos a numerosos grupos de guiris, que traen bolsas repletas de botellas de vino. Como detrás del humo, suele estar siempre el fuego, seguimos el rastro y llegamos a un supermercado, Gran Magazine, donde hay vino, cerveza y todo tipo de licores. ¡Y aquí no están encerrados, como en Sidi Bou Said!. Previamente, nos habían ofrecido cerveza en la calle, a modo de mercado negro, al doble de lo que cuesta aquí. Hoy hace más calor que los días de atrás

   Susa

Nos negamos a pagar los 10 dinares a la hora, que pide un hotel, por su conexión a internet y el único Publinet que encontramos, en uno de los lugares más turísticos del país, se ubica en un feo y pequeño centro comercial, que está cerrado en su integridad, al ser domingo. Así que, seguimos sin boletos de vuelta, un día más. Si que hemos visto una oficina de Tunis Air, así que mañana, tendremos que preguntar por precios y si no son muy malos, comprar billetes físicos (no electrónicos).

 

Damos una vuelta por la agradable playa, atestada de extranjeros en la arena y de lugareños, sentados en el paseo que la bordea. Nos entran ganas de bañarnos, pero no hemos sido previsores y hemos dejado el bañador en el hotel.

 

Volvemos a la medina y como está atardeciendo, subimos a la terraza del hotel, para hacer fotos del crepúsculo. Vemos como magistralmente, desarman todos los puestos y tenderetes en diez minutos y la medina, pasa del bullicio al silencio, del colorido al misterio, donde las sombras de las personas se estiran y se encogen, a medida que se acercan o alejan de las escasas luces que dominan esta medina, más medieval incluso que la de Túnez.

 

Volvemos a la parte nueva y nos abastecemos de vino en cantidad en el Gran Magazine, dado que prevemos que por el sur, sea aún más difícil encontrar cualquier bebida alcohólica. No es caro y es bastante bueno. Esta sección etílica, es sin lugar a dudas, la más exitosa del supermercado y en ella, además de los habituales turistas, también se abastecen muchos lugareños

 

Antes de recogernos en el hotel, sacamos los boletos para Tozeur, para mañana por la noche (16,20 D$). La luna llena está en lo alto de la muralla, así que vivimos un retorno mágico.

 

 

KAIROUAN

 

Tras desayunar (pan caliente, un quesito, membrillo, zumo y café), dejamos el equipaje en la recepción del hotel y nos vamos andando hasta la terminal de autobuses, que está algo alejada. Primero hay que llegar a la kasbah y luego, tirar un kilómetro  a la izquierda. A kairouan (2,79 D$), hay autobús cada media hora y el último de vuelta, es a las 6 de la tarde. El vehículo en el que montamos es viejo, va abarrotado, hay mucha suciedad y huele a pies.

                                                                             Kairouan

En poco más de una hora nos ponemos en nuestro destino. Aunque primero se pasa por la medina, es bueno bajarse más adelante, en la estación de autobuses, dado que al lado, se encuentra la preciosa mezquita de Sidi Sabah (el barbero), en la que logramos entrar gratis, al confundirnos entre los grupos organizados. Si se quieren visitar los diferentes atractivos de la ciudad y no se es hábil en el arte de colarse –como es nuestro caso-, comprensa comprar el boleto que por 7 dinares, permite ver los principales lugares de interés.

 

También está al lado, la mezquita de los Sables y los decepcionantes Estanques (Aglabies). Nada de pagar la visita, dado que se ven mejor, desde la terraza del cercano Centro de Iniciativas Sindicales, donde hay una tienda que vende especias y dulces, a diez veces más, de lo que habíamos visto ayer en la medina de Susa. Como dan varias probaturas, comemos de todo y no compramos nada. Luego hasta la Kasbah, hay unos 25 minutos andando. Se ha convertido en un hotel de cinco estrellas, muy bonito por fuera, pero el patio –donde hay una piscina-, resulta algo decepcionante.

 

Pateamos la pequeña, aunque irregular medina. Muchos lugareños nos abordan, prometiéndonos llevar a diversas partes, pero donde en realidad tratan de conducirte, es a tiendas, así que hay que andarse con ojo. Visitamos los zocos –algo decadentes-, el Mercado –más decrépito todavía- y la mezquita de las Tres Puertas, entre otras tantas, porque hay centenares –digo bien- de ellas aquí. A pesar de la decadencia, la medina tiene cierto encanto, especialmente en unas pocas calles, que están algo mejor cuidadas y encaladas y pintadas. ¡Porque a esta medina, le hace falta mucha cal y pintura!.

 

De todas formas, parece que hubiéramos cambiado de país. Hay mucha mierda por la calle y casi más en los puestos, pero las bonitas alfombras colgadas al sol y los talleres, tejiendo otras nuevas y tapices para un festival local, dan vida a un bonito escenario de contrastes. Aquí tampoco hay cibers, ni alcohol, ni sin nos descuidamos, supermercados

 

La Gran Mezquita –detrás de otra más vieja- está algo alejada y nos desilusiona bastante. Conseguimos colarnos en el patio, por una puerta entreabierta –otro guiri nos sigue- y para cuando nos quieren pillar, ya le hemos dado la vuelta y hecho varias fotos. ¡En ningún sitio he visto tantas moscas como aquí. Es que se te van posando, hasta cuando vas andando deprisa!

Kairouan

Entramos en contacto, hoy ya sí y a precios económicos, con la cocina tunecina y nos enamoramos de ese exquisito plato, llamado ojja y del que ya he hablado en los aspectos generales, de este relato. Damos una última vuelta por la medina. Esta es una ciudad provinciana y hemos pasado de la frenética actividad de la mañana, a que todo se detenga a mediodía, lo cual tiene también su encanto. En realidad es la quinta ciudad del país por población, pero parece un pueblo, plagado eso si, de peregrinaciones, porque vale lo mismo venir siete veces aquí, que ir una a la Meca. ¡Es de risa esta religión, que convalida obligaciones, como si fueran créditos de asignaturas universitarias!.

 

 

OTRA VEZ EN SUSA

 

Volvemos con el mismo conductor de por la mañana y llegamos a Susa, sobre las 5,30 de la tarde, media hora antes de que cierren la agencia de Tunis Air. Nos piden 100€ por cada boleto de retorno a Madrid, para la madrugada del domingo al lunes y aunque es bastante más caro que la ida, que habíamos comprado en Bangkok a través de Terminal A, no nos lo pensamos, ante la ausencia de cibers y ante la errónea creencia, de que no vamos a encontrar más oficinas de esta compañía en el sur.

 

Y después viene el chasco. El ciber hoy si está abierto y como nos gusta martirizarnos, buscamos vuelo para fechas similares y encontramos con uno de Air Europa, que de haberlo comprado, nos habría permitido ahorrarnos 65€, en el total de los dos billetes. ¡Mierda!.

 

Recolectamos un poco más de vino en el supermercado, para los días venideros y pagamos con tarjeta de crédito. Debe ser tan poco frecunte, que nos llevan a la oficina de administración a hacer el pago. Y para aligerar equipaje y después de irlo a recoger al hotel, nos tomamos una a la luz de la luna, en el animado paseo de la playa. Aquí la vida nos resulta demasiado tranquila. Ya hace algunos días, echamos bastante de menos, todas las cosas que nos pasaban cada día en el sudeste asiático. Un chico se acerca a vendernos flores. ¿Pero eso no es cosa de chicas?.

 

En este país la gente, parece que quiere entablar conversación contigo, pero siempre terminan pretendiendo venderte algo.

 

Toamos el tren y como no va mucha gente, podemos tumbarnos en dos asientos cada uno y dormir unas seis horas, a pesar del frío. Llegamos con una hora de retraso, pero como aún así es pronto, roncamos otros noventa minutos más tumbados en los bancos de la estación, para sobre las ocho, salir del bonito edificio –solo por fuera- de la estación de Tozeur, en busca de un alojamiento.

                                                                                      Susa

 

TOZEUR

 

Un amable lugareño, nos conduce a la calle principal –como casi siempre, la Hibib Burguiba-, donde a esas horas, ya hay mucha actividad. Pretendemos alojarnos en el hotel Califa, que recomiendan en la guía, pero a estas horas está cerrado, así que terminamos –tras descartar otros, por caros-, en el Essada (12 D$). Es algo básico y campestre y el baño –bastante nuevo- es compartido, pero en cuanto al precio, no tiene competencia.

 

Damos una vuelta, por esta acogedora y bonita ciudad de ladrillo amarillo. La mezquita principal es bonita y hay muchas otras bellas construcciones, con el ladrillo como elemento de construcción y de ornamento, además de numerosos arcos.

 

Nos vamos al palmeral. Es inmenso e impresionante. Hay mil hectáreas de palmeras y casi todas, están llenas de ricos dátiles, que constituyen nuestro desayuno (nos gustan, porque no están tan dulces, como los que venden en España). Vareamos una y recogemos al menos tres kilos, que guardamos en una bolsa y que nos zamparíamos en los siguientes días. Hay muchas palmeras que están cercadas, pero en la zona más salvaje, no hay vallas o muros que las protejan y de ahí se pueden coger. Luego nos sentamos y disfrutamos del lugar, descorchando otra botella de vino, mientras los guiris pasean en calesa.

 

Llegamos al parque Chao Chack. No entramos, pero la muralla es muy bonita y también hay un enorme dinosaurio. Encontramos canalizaciones a lo largo de todo el palmeral, que conducen el agua para regar a las palmeras. De estas se aprovecha todo: Las hojas para hacer las cercas, el tronco para fabricar muebles o las barandillas de los puentes, con las fibras  crean tejidos, con la sabia, licor y jugo… Para la recolección de los dátiles, hacen una especie de cadena humana. Uno corta la rama y se la van pasando, en dirección descendente. Estamos ante la mayor producción de dátiles del mundo y aún así, me da la sensación de que muchos se echan a perder, por la falta de infraestructuras.

 

 El circuito por el palmeral es largo y tardamos, tranquilamente, unas cuatro horas en hacerlo, pero es delicioso y más, con el “puntito” del vino. Hay además, plataneras, naranjos y árboles que dan granadas, pero las más dulces, ya han sido picadas por los pájaros. Hemos comprado dos bonitas rosas del desierto y nos han regalado la cesta para llevarlas. Comemos y nos vamos a dormir, una merecida siesta un par de horas.

 

Tras el merecido descanso, paseamos nuevamente por la medina. Como en Susa, los vendedores son algo pesados aquí y también dominan más o menos el español. Tratan de captarte con la frase “¿Puedo hacerte una pregunta?”. Aunque suene desagradable, hay que contestar que no, porque de otra forma, ya te han liado. Da la sensación como en Marruecos, que cuanto más al sur vas, más pesados son. Los niños y las niñas nos saludan al grito de “bonjour”. Yo creo que hacen apuestas, a ver quien se atreve y quien no.


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