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Sudeste Asiático/57


RETORNANDO A BANGKOK

 

  A pesar de haber salido tarde, llegamos a Butterworth antes de la hora (siete horas de viaje). Descubrimos que no hay tren a

Hat Yay –localidad tailandesa fronteriza con Malasia-, así que descartamos la idea de hacer el viaje a Bangkok por tramos. La estación de autobuses está a esas horas cerrada, por lo que no podemos informarnos sobre esta opción, así que optamos por comprar los boletos para el tren directo a Bangkok, que parte a a las dos y veinte de la tarde (103,90 RM$/111,90 RM$, litera de arriba/litera de abajo). Pagamos con tarjeta de crédito y dejamos los bultos en un cuartucho, por lo que nos cobran 6 ringgits, sin darnos recibo alguno, en lo que constituye una forma de redondear el sueldo del taquillero.

 

Tomamos el ferry a Georgetown, que va lleno de mujeres con sus coloridos hijabs. Se nota que estamos en Ramadán, porque lo lvisten más, que las otras veces. Queremos tirarnos a dormir en alguna parte, pero la hierba está mojada y los bancos son demasiado duros, así que desistimos y nos vamos a recorrer la ciudad, para como ayer, recuperar algunas de las fotos perdidas (la Mezquita, la Torre del Reloj, el Ayuntamiento…). Y más tarde, descubrimos un animado y bello mercado –que no vimos la otra vez, porque coincidió con una mañana de lluvias, que nos quedamos en el hotel viendo los Juegos-, fundamentalmente de fresquísimo pescado y frutas. Es la única zona de la ciudad donde hay gente.

                                                                                Georgetown (Malasia)

Entretenemos el tiempo en nuestro cíber favorito –donde habíamos sufrido tanto por culpa de las t tarjetas- y leemos las noticias que nos cuentan Susana y Raúl, que ahora están en Cebú, pendientes de ampliar el visado de Filipinas, dado que en total, van a estar en ese país más de los 21 días que permiten sin coste.

 

También leo un mensaje de mi amigo Tony. A él recurrí días atrás desde un cíber de Manila, a ver si se le ocurría algún remedio para recuperar nuestro material fotográfico perdido. Me habla de un programa informático, para la posible resucitación de tarjetas chungas y me envía el enlace. No albergo muchas esperanzas en este remedio, pero lo probaré, cuando regresemos a casa.

 

Nos vamos al puesto de las empanadillas de pollo y bonito al curry de Little India, donde damos buena cuenta de tres unidades por cabeza y luego nos acercamos al supermercado del centro comercial, donde nos zampamos dos platos de arroz con pollo y salchichas. Finalizamos la estancia aquí, comprando rica fruta macerada en vinagre, muy típica de esta zona de Malasia, en un colorido puesto del mercado, que descubrimos esta mañana.

 

Tomamos el ferry de vuelta. Hace un calor de mil demonios. El tren solo trae dos vagones, va medio vacío y casi todos los pasajeros, somos extranjeros. Nos llama la atención, una familia de franceses. Viaja el matrimonio con dos niños, de menos de cinco años. ¿Cómo serán capaces de meterles a los críos, una paliza de viaje en ferrocarril, de 22 horas previstas?. Además, una bella austriaca, un viejo francés en pijama, una japonesa –que ata sus bultos-, una canadiense… ¡Cuantas mujeres solas hay viajando por el mundo. Más que hombres!.

 

El tren lleva un termo de agua caliente, lo que nos viene muy bien, porque tenemos café soluble y sopas de sobre. Consigo dormirme un par de horas, al poco de montar.

 

El tren se detiene mucho en las paradas y hasta cedemos el paso a uno de mercancías. La tarde se empieza a hacer aburrida y comenzamos a arrepentirnos, de, por un poco más del doble de dinero, no haber comprado un vuelo con Air Asia, desde Kuala Lumpur a Bangkok. El paisaje es anodino. A un campo de arroz, le sucede otro y así constantemente. En muchos, el odioso cereal ya ha sido recogido. Miramos el plano de Bangkok y conseguimos localizar la embajada de la India. Sin estarlo mucho, está algo más céntrica, que en Kuala Lumpur y hasta allí llega el monorraíl.

 

Sobre las siete de la tarde, tenemos que bajar para sellar los pasaportes. Los trámites son rápidos y los puestos de inmigración de Malasia y Tailandia están juntos. Compramos unas cervezas antes de salir de territorio malayo, en una tienda libre de impuestos bastante cara, pero más baratas que en el .tren. Llegamos a Hat Yai y parece que el convoy va cogiendo ritmo. Más le vale, porque aún nos quedan bastantes centenares de kilómetros hasta llegar a Bangkok.

                                                               Georgetown (Malasia)

Dan de cenar pollo y arroz, pero es pagando un precio poco moderado, así que nos abstenemos. Suben vendedores ambulantes, que ofrecen lo mismo, además de fruta o bebidas. Se nota que estamos en Tailandia, porque en Malasia, no suben comerciantes al tren.

 

El literista va montando las literas, a media que los pasajeros se lo vamos pidiendo. Son enormes y comodísimas. Cada una, parece una habitación entera y aunque están puestas en un vagón corrido y no en compartimentos, las tienen cubiertas con bonitas cortinas, que te dan intimidad. Dormimos los dos juntos en la de abajo y la noche pasa rápido. Consigo encadenar nueve horas y media de sueño, seguidas. Por extraño que parezca, los niños franceses no han llorado en toda la noche. ¡Deben estar mejor educados que los de  esta zona del planeta!.

 

Ya no queda agua caliente en el termo, así que  no podemos desayunar ni sopa, ni café. Hay un pasajero con bastantes tatuajes, que no para de vomitar. Ya lo estaba haciendo anoche, antes de irnos a dormir. Se le van a salir las tripas por la boca, como siga así. En la papelera del servicio, vemos una botella de ron vacía, de la misma marca que el que hemos comprado en Manila. Se ve que no somos los únicos, que nos hemos traído reservas.

 

 

DE NUEVO, EN BANGKOK

 

El tren, como el día de Butterworth, llega bastante antes de lo que pone en el billete (en total, son 20,40 horas de viaje). Deben

hacerlo así, para cubrirse las espaldas ante posibles retrasos. No sabíamos si nos iba a dar tiempo a poder ir hoy a la embajada de India, pero como el tren ha llegado antes de lo que pensábamos, nos acercaremos antes incluso de buscar alojamiento, con el equipaje y todo.

 

Vamos andando hasta el Tesco y un poco más adelante tomamos el monorraíl elevado (Sky Train), desde la estación de Chit Lonn y recorremos otras tres, hasta Asok. En comparación con los autobuses, este medio de transporte no es barato. A nosotros nos ha costado 20 bahts, pero el precio no es fijo y depende del número de estaciones que se hagan.

                                                          Bangkok (Tailandia)

Cruzamos la calle y entramos por una que está de frente, para luego girar a la izquierda. Llegamos a la embajada sin problemas, pero aquí no hacen el visado. Nos indican mal y acabamos en la Casa de la India y tras no pocas vueltas y preguntar casi diez veces, conseguimos encontrar el edificio Glaus Haus. Desde la embajada, hay que desandar el camino y meterse por la tercera a la izquierda, llamada Sukhumuitso y buscar el número 25 y la planta 15.

 

Muy malas noticias. Tardan en hacerlo entre 5 y 10 días, pero no consiguen explicarlos en función de que, el plazo es mayor o menor. A efectos prácticos, supone que de todas formas serán 10, porque no podemos arriesgarnos a comprar un boleto aéreo para antes de ese tiempo y que luego el visado tarde más. Son demasiados días, para estar en una ciudad y en un país que ya conocemos y además, se reducirían a solo 20, los que podríamos estar en India, así que, en una decisión tan rápida como dolorosa, descartamos ir a la India. Trataremos de gestionar el visado de Myanmar, el próximo lunes por la mañana.

 

Además, el visado a la India no es barato (2.617 bahts) y piden rellenar un completo formulario. Hay que poner dos direcciones de dos personas de referencia en India (desconozco si realmente, esto es imprescindible o si comprueban su autenticidad, aunque a nosotros nos lo comentan, como cuestión fundamental)

 

   Decidimos volver andando hasta el Tesco y comer allí. Hace calor y los bultos pesan lo suyo, pero el paseo por el extrarradio merece la pena, porque vemos un Bangkok más marginal y colorista, lleno de motos y mototaxis (en el centro, se ven mucho menos) y puestos de frutas, verdura y camisetas. Tardamos una hora. Dejamos las mochilas en la consigna del supermercado, tras discutir con unos israelitas maleducados, que se nos quieren colar.

 

Comemos a cuerpo de rey, un enorme pollo asado, arroz y fruta a discreción, por menos de 3 euros y tomamos el autobús 47A, que nos deja a las puertas de Khaosan. Vamos a preguntar a un hotel donde –según vimos la otra vez-, se anuncian habitaciones con baño a 250 bahts. Al preguntar, son 300 y al aceptar –después de haber subido cinco pisos andando, para ver la habitación-, nos piden un depósito de 500 bahts por la llave. Nos agarramos un enfado tremendo y mandamos a la de recepción a freír espárragos (por no decir a la mierda). Preferimos aunque sea, tener que pagar algo más, solo porque nos traten un poquito mejor y no nos mientan.

 

Tras diversos avatares, terminamos en una guest house algo rural, llamada Bam Thai. La habitación (350 bahts) no está mal, para ser Tailandia y tiene un baño bien grande. Hay toque de queda a las 12 de la noche, cuestión que no nos afecta, porque llegaremos bastante antes.

 

Nos vamos a pasear por el Wat Po, que tiene algunas partes en obras. ¡Con lo que me había gustado cuando lo vimos a finales de junio y ahora me parece, casi un lugar sin encanto!. Lo achaco a mi actual estado de ánimo, no demasiado alto y vamos tratando de volver a hacer, una a una, las fotos que perdimos em aquella nefasta noche de viernes, en White Beach.

  Bangkok (Tailandia)

Volvemos por el mercado cutre, que hay al lado del canal y me empiezo a dar cuenta, de que no me siento bien en Bangkok. A cada paso que doy, a cada sitio que vamos, no hacen más que venirme recuerdos de cuando estuvimos aquí, al principio del todo. Entonces quedaba todo por vivir, por sentir, por recorrer y ahora el viaje, ya va lentamente languideciendo. Llegamos a Khaosan y pasamos por el bar, donde tres meses atrás habíamos vivido la final de la Euro. Hoy se encuentra absolutamente vacío, ni un solo cliente.

 

Preguntamos en diversas agencias de Khaosan, sobre el visado de Myanmar y nos indican, que hay que hacerlo en  la embajada y el plazo de entrega, es de 3 a 5 días. Llegado este punto, debo recomendar que si tenéis que gestionar algún visado en Bangkok, lo hagáis directamente en las embajadas y os olvidéis de estas agencias, que no son ni la mitad de profesionales, que la buena fama que tienen entre algunos viajeros. Muchas de las preguntas que les planteamos, no las supieron responder o nos dieron informaciones equivocadas. Y además, son bastante caras.

 

Cuando vamos al hotel, nos ocurre el hecho surrealista del día. Dos policías con una moto, nos bloquean en una calle secundaria y estrecha en Khaosan. Creemos entender, que nos piden el pasaporte, dado que solo hablan Thai. El poli más joven, empieza a toquetear a mi chico por todas partes. Él, como cualquier otro viajero con experiencia y con muchas guías leídas, piensa que se puede tratar de un falso policía, que le quiere robar el bolsillo interior con el dinero y las tarjetas, así que forcejea con él, hasta que caen los dos al suelo.

 

Es en ese momento, cuando mi chico trata de explicarle, que esté tranquilo, que él le enseñará voluntariamente todo lo que

tiene o si no, que nos lleven a comisaría y hagan el registro allí. El policía se relaja y mi chico, le va mostrando los diferentes objetos que lleva encima (tarjetas, dinero, cámara compacta, calderilla…). Pronto nos damos cuenta de que, efectivamente, es un registro de unos policías verdaderos. Pero el poli no deja de toquetearle, sobre todo el culo e incluso le mete la mano entre los calzoncillos. ¿Maricón o sabueso de la ley?.

 

Luego le hace quitar los playeros e investiga en su interior con una linterna, para pasar a toquetearle los pies. Le vuelve a meter mano más arriba. En cuanto a mi, no se atreve a tocarme, pero me registra una bolsa que llevo de la mano e incluso huele a conciencia, una pajita que hay en ella, de un refresco que nos acabamos de tomar. Es en ese momento, cuando el policía más mayor nos devuelve los pasaportes y nos dejan marchar.

                                                                                                                                                                         Bangkok (Tailandia)

Durante este tiempo, un japonés que pasó por delante de nosotros, hizo amago de pararse, pero enseguida aceleró el paso y se fue. También ha salido alguna gente del interior de los bares cercanos, pero inmediatamente y sin decir nada, se han vuelto a meter para adentro.

 

            Realmente, nos hemos asustado y ahora nos hacemos  un montón de preguntas, que resumimos en una: ¿Es normal que se haga un registro en plena calle, sin enseñar una identificación, sin explicar los motivos y tocando las zonas más intimas, de un turista extranjero?. Menos mal que antes de salir, nosotros pensábamos que este era el país de la zona, que ofrecía mayores garantías al turismo. En cualquier caso, nos congratulamos enormemente, de que esto nos haya ocurrido el día 93 y no en los primeros del viaje, porque la inseguridad que nos habría generado en ese caso para el resto del viaje, habría sido un gran lastre para su desarrollo.

 

            A la una de la madrugada, ya hemos decidido, que por la mañana cambiaremos de alojamiento. El colchón es durísimo, el ventilador muy malo y ruidoso y hay una estruendosa discoteca justo detrás, que no nos deja conciliar el sueño           

 

            Ya por la mañana, nos cuesta un rato largo, encontrar otro adecuado. En uno, nos quieren pedir también un depósito de otros 500 bahts, esta vez por el mando de la televisión. Nos planteamos acertadamente, que si nos alejamos un poco de las calles principales de Khaosan, encontraremos algo con mejor relacen calidad-precio. Así ocurre con la Seewty guest house, que por 250 bahts, nos ofrece una habitación doble con baño, sencilla, pero correcta. Y con un ventilador en condiciones.

 

            Nos vamos a la oficina de Turismo. Queremos saber cuál es la mejor forma de llegar a la embajada de Myanmar en transporte público y que medio debemos coger, para acercarnos a Nakhon Pathom, mañana por la mañana. Para lo primero, nos recomienda tomar el ferry que recorre el río Chao Praya, hasta el muelle central y para llegar al segundo, nos sirve el mismo autobús que tomamos para ir al Mercado Flotante, desde la terminal sudeste.

 

  

          Ahora queremos ir a ver algunos cuantos templos, que nos quedaron pendientes la última vez y que son los que están al lado derecho del Templo del Amanecer, pero como ahora nosotros estamos a la altura de Khaosan, tenemos que cruzar el puente y girar a la izquierda. Nos despistamos y en vez de salir a la carretera principal, nos metemos en una maraña de calles –de infraviviendas- y canales sin salida. Con mucha basura, pero como siempre, con gente encantadora. Por increíble que parezca, aquí se encuentra, el Museo de los Barcos (20 Bahts)

 

            Ahora si, salimos a la artería principal, que va cruzando los canales grandes por arriba. Es algo aburrida, pero los templos que vamos encontrando, merecen la pena. Aunque nos gustaron más la primera vez. Después de haber visto los de Chiang Mai y –sobre todo- los de Luang Prabang, los de Bangkok nos parecen demasiado sencillos y carentes de imaginación.

 

            Encontramos también un animado mercado, de calles estrechas y con muchos puestos de comida. El calor, como casi siempre aquí, es realmente insoportable. Menos mal, que a cada rato hay un Seven Eleven, donde abastecernos de cerveza fresca y algo de picar.

  Bangkok (Tailandia)

            Llegamos hasta el Templo del Amanecer, pero esta vez, lo vemos solo desde fuera. Cruzamos el río y comemos nuestro menú habitual en el Seven Eleven. Pasamos la tarde volviendo al templo, que nosotros llamamos de las campanas (Goleen Mount) y todas las atracciones de esa zona. Es lo mismo que habíamos hecho la tarde del domingo 29 de junio, justo antes de irnos a ver la final de la Euro. Cada paso que seguimos dando, me sigue recordando también hoy, a la primera parte del viaje y eso me está machacando psicológicamente, hasta entrarme ganas de llorar. En el templo de las campanas, ya no quiero ni tocarlas, a diferencia de la otra vez.



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