losviajesdeeva

Sudeste Asiático/55


Vamos a la playa. Es bonita y está limpia. El agua del mar es de un verde intenso y la arena es fina y clara, aunque no blanca. Hay muchos garitos y pocos turistas. Luego nos vamos a la calle principal del encharcado pueblo. Hay un supermercado. Seguimos andando por la ladera, que sube y vemos desde arriba, esa playa y otras, que están después de pasar la primera. Hay demasiados árboles y eso evita que las vistas sean excelentes.

 

Volvemos a la playa. Hay algunos niños y unos jóvenes juegan un partido de voley. Llegamos hasta el final, donde hace una curva y las olas, que entran en forma de remolino, casi nos arrastran para dentro. Mientras regresamos, vemos un bonito atardecer. Está cubierto y apenas hay reflejos del sol, pero la gama de colores es excelente: El oscuro del cielo –con una enorme y amenazante nube negra, en forma de pulpo-, el verde del mar y la claridad de la arena.

   White Beach (Filipinas)

Nos damos un baño corto. Justo a la entrada, hay piedras que dañan los pies, pero enseguida cubre. Como cuando nos bañábamos en Camboya y Vietnam, aquí también lo estamos haciendo en el mar de sudeste de China (a efectos prácticos, el Océano Pacífico). 

 

  No hay muchas cosas que hacer en White Beach cuando oscurece, salvo acercarse a los garitos y a los puestos de comida de la playa. Muchos están cerrados y los que están abiertos, apenas tienen clientela., pero están las mesas puestas, como si de repente, fueran a venir 100 personas a ocuparlas, Nos tratan de atrapar a lazo, pero no nos dejamos. Vemos que las gambas sisli, que habíamos comido en día en que ardió Manila, cuestan aquí 3 veces más que en nuestro karaoke preferido. ¿No sería mejor, que cambiaran la filosofía y pretensiones de estos resorts, los popularizaran, bajaran los precios y los destinaran al turismo nacional o de países emergentes, como han hecho por ejemplo en Hurgada (Egipto)?.

 

 Nos levantamos tarde. Por fin hemos dormido bien y ello ha contribuido, a que hayan casi desaparecido los efectos secundarios de la juerga del martes. Los de nuestro resort explotan de felicidad –no se cortan un pelo en ocultarlo-, al decirles que nos quedamos una noche más.

 

 

PUERTO GALERA Y SABANG

 

Nuestro plan inicial para hoy, consiste en tomar un mototaxi, que nos conduzca a Sabang –al otro lado de la isla-, pasar allí la

mañana y volver a Puerto Galera, para investigar, como podemos llegar mañana hasta Boracay. Pero hay que cambiar los planes, porque por ir hasta Sabang, nos piden precios abusivos, que rondan los 300 pesos, así que lo haremos por partes. Iremos primero a Puerto Galera, pactando el mismo precio que ayer.

 

En Puerto Galera, nos enteramos  de que no hay autobús directo a Roxas y que para llegar a Boracay, tendemos que dar una especie de vuelta al mundo (si la Lonely hubiera traído mejores explicaciones, quizás no estaríamos ahorra metidos en esta pequeña encerrona). El caso es, que para llegar a Boracay hay que hacer el itinerario siguiente: White Beach-Puerto Galera-Calapang-Roxas-Taticlán-Bocacay (este último tramo en ferry.).

                                                    Puerto Galera (Filipinas)

Aun siendo optimistas y madrugando, no será fácil que mañana consigamos llegar a Boracay. Y el lunes por la noche, a lo sumo el martes por la mañana, hay que estar aquí, porque el martes por la tarde debemos llegar a Ángeles, localidad cercana al aeropuerto de Clark, desde donde sale nuestro vuelo de vuelta a Kuala Lumpur (no es el mismo aeropuerto al que llegamos). Resumiendo, van a ser dos días enteros de viaje, para estar, como mucho uno, en Boracay. Pero tampoco vemos muchas más soluciones. Habrá que hacer el esfuerzo.

 

Nos decidimos a ir andando hasta Sabang, que desde aquí, está a unos seis kilómetros. El camino es algo rompepiernas y la gran cantidad de árboles que hay a ambos lados de la carretera, impide ver el mar la mayoría del tiempo. Hay bastantes cabras y al ver correr y gritar a una de ellas, entiendo aquel dicho de “eres una cabra loca”.

 

Sabang es un lugar más cuidado y elegante que White Beach. Los restaurantes y resorts son de más postín –también más caros- y abundan los clubes de buceo. Vemos un edificio que parece un castillo. El pueblo en sí, es bonito y tranquilo y resulta una delicia pasear al lado del mar. Llueve un poco, pero enseguida escampa.

   Sabang (Filipinas)

Vistos los precios de los restaurantes, hemos decidido que no comeremos aquí y lo haremos en el sitio de ayer, en Puerto Galera. Regresamos nuevamente andando y la dueña nos obsequia con un calurosísimo recibimiento. Comemos hasta reventar y decidimos bajar la comida haciendo ejercicio, así que volvemos hasta White Beach andando. Al fin y al cabo, aquí tampoco tenemos otra cosa que hacer.

 

 

ÚLTIMA TARDE EN WHITE BEACH Y RETORNO A BATANGAS

 

Tomamos el camino, que ahora es mucho más llano, con pueblos pequeños intermedios y con menos árboles y en menos tiempo del esperado, hora y cuarto, nos ponemos nuevamente en White Beach, con el margen suficiente, para contemplar la puesta de sol –hoy amarilla, naranja, negra y azul y mucho más limpia- y darnos un baño al atardecer, en otra zona distinta a la de ayer, donde según entras al mar, no hay piedras. El océano está bastante bravo esta tarde.

 

Hay mucha más gente que ayer y algunos se divierten haciendo “Banana boat” ( se trata permanecer fuera del agua sin caerse,

encima de una especie de salchicha flotante). Y para equilibrar la oferta con la demanda, también hay hoy más plastas, fundamentalmente vendiendo cosas, que no te dejan ni tomar aliento, en cuanto te paras a ver o a hacer algo. Los chiringuitos están algo más llenos, aunque no mucho y la mayoría es turismo nacional, suponemos que de puntos cercanos, que se han acercado a pasar el fin de semana.

 

Lo que ocurrió aquella noche, después de haber dado una vuelta por los chiringuitos, está ya explicado al principio del relato. Me refiero, al borrado accidental de las casi 1.100 fotos, de 8 países del sudeste asiático, que llevábamos en los 86 días de viaje. Fue al fin y al cabo, la peor cuarta cosa, que nos había podido pasar. Por delante estarían, haber muerto, haber tenido un accidente o enfermedad o que nos lo hubieran robado todo.

                                                                                                                                                                     Sabang (Filipinas)

Quiero con esto decir, que aunque lo pasamos muy mal, siempre tuvimos conciencia de que aun así, seguíamos siendo unos privilegiados. También recordamos, que si hubiéramos perdido la vida en el Parque Nacional Torres del Paine (Chile) o a mi me hubiera pillado el coche de Antofagasta (Chile), cosa que también estuvo a punto de pasar, nunca hubiera habido ya no fotos, sino segundo viaje siquiera.

 

De todas formas, no fuimos realmente conscientes de lo que habíamos perdido, hasta que el día 20 de noviembre, gracias a un amigo y a una aplicación informática, fuimos capaces de recuperar el 90% de las fotos.

 

La noche del borrado accidental de nuestras fotos, tuvimos que aplicarnos nuevamente aquel dicho, que mi chico había escrito casi un mes atrás en Jakarta, cuando teníamos problemas con las tarjetas y en la entrada a Indonesia: “Y a pesar de todo, nosotros seguimos como si nada”.

 

Bueno, tanto como si nada no, porque dormimos fatal y a las tres de la mañana, tomamos la decisión de suspender el viaje a Boracay. No tenemos las ganas ni el ánimo, de pegarnos semejante paliza, así que iremos poco a poco, retornando hasta Manila. Para colmo, los mosquitos me machacan esa noche la espalda. Esperemos que no sean de los chungos.  

Por primera vez en este viaje, soy consciente de que he soñado esa noche, entre vigilia y vigilia. Y he soñado que nos hemos vuelto a casa, pero hemos regresado a la India con una cámara nueva. Y que con tanto estrés, se nos ha olvidado presentar los escritos de la reincorporación de la excedencia en plazo y vamos a perder nuestro puesto de trabajo.

 

Aunque queramos disimularlo y autoconvencernos de lo contrario, estamos hundidos, pero el viaje tiene que seguir. Recogeremos todo, dejaremos el hotel y desandaremos el camino hasta Batangas. Como queremos usar terapia de choque, nos vamos a la playa a hacer fotos, desde las mismas posiciones de las que se habían borrado. La sensación es horrible, porque nos parece que todas las que hacemos ahora, no le llegan ni a los tobillos a las que teníamos. En la playa esta mañana, hay más vendedores que bañistas. Al comprar el boleto a un comisionista –mismo precio que a la ida, pero saliendo desde aquí-, nos ven con dinero de la mano y se acercan todos a ver si cae algo. Nos tenemos que abrir paso, quitándolos del medio.

 

  Los embarques y desembarques se producen en la misma playa. En vez de turistas, los que llegan parecen cayuqueros a la deriva, puesto que para bajar tienen que saltar y andar por el agua, con su bultos a cuestas o de la mano. Subir al barco es peor que hacer un trekking por un sendero difícil. Hay que descalzarse, esperar a que baje la ola y subir con el la mochila a cuestas, por una estrecha pasarela, que se balancea para todos los lados. Y luego hay que saltar al interior del barco, teniendo cuidado de no tropezarte con nada o pisar a alguien. Y además te empujan, para que vayas rápido y pueda ir entrando el siguiente.

   Batangas (Filipinas)

El viaje se desarrolla sin ningún tipo de incidencias e incluso es menos movido que el de ida, al estar el mar más calmado. El agua verde de las costas, se convierte en azul, cuando salimos a alta mar. La situación, nos ha dejado casi sin opciones, sin nada que hacer hasta el miércoles, día en que dejamos este país. Todo está demasiado lejos y las comunicaciones son pésimas, para poder aprovechar estos tres días, así que hoy, pasaremos la tarde tranquilamente en Batangas, a pesar de que no tenga atractivo ninguno. En los alrededores de Manila está todo visto, menos Corregidor, pero eso hay que hacerlo de manera organizada y no nos apetece. ¿Qué haremos mañana?. A estas horas es una incógnita.

 

 

BATANGAS

 

Al menos encontramos un buen hotel barato, el Traveler’s Inn, que por 595 pesos, nos proporciona una habitación muy nueva y espaciosa –aunque poco luminosa-, con baño, aire acondicionado y televisión por cable.

 

Comemos en la misma cadena de comida rápida que lo habíamos hecho en Vigán y, con desgana, nos vamos a conocer esta horrible ciudad, cuyo único atractivo, lo constituye una Basílica. Al menos no es un lugar demasiado caótico.

 

De lo que sucedió el resto de la tarde, nunca habrá constancia en este relato. Baste decir, que fueron unas horas de mucha

tensión, en las que estuvimos a punto de romper, una relación de casi veinte años. Durante aquella tarde, quedó suspendido por unas horas, nuestro viaje a la India y buscamos desesperadamente en un cíber –afortunadamente, no lo encontramos-, boletos a un precio razonable para volver, el mismo día de llegar a kuala Lumpur, de regreso a Madrid.  

La ducha de agua fría en el hotel, nos fue paulatinamente relajando y aunque quedamos más tocados todavía, ya por acumulación, no llegó la sangre al río. En seis días, habíamos estado a punto de tener un accidente de tráfico, corrimos la mayor juerga de los últimos años, que casi nos lleva al coma etílico, perdimos nuestras fotos y casi, una relación. Quizás a alguien y en tan corto periodo de tiempo, le pudieron pasar más cosas, pero a nosotros nunca se nos habían concentrado tanto.

 

Repasamos una vez más la guía de Filipinas, a ver si se nos ha escapado alguna visita, que podamos intentar mañana. Aunque no nos fiamos demasiado, porque hasta ahora, no se corresponden con la realidad, los tiempos que ponen para los desplazamientos entre unos puntos y otros. Nos hace gracia –y a la vez indigna-, un

párrafo de la guía que dice: “En Manila, el asunto de las terminales de autobús, no es tan complicado como parece. Basta con preguntar a un taxista el destino al que quieres ir y el te lleva a la terminal adecuada”. ¿Y para que nos suelten esto, nos hemos gastado nosotros el dinero en comprarles la guía?. 

 

Abandonamos el hotel. En la recepción nos quieren cobrar más, porque  dicen que nos hemos pasado de la hora. ¡¡Pero si son las nueve de la mañana!!. Los mandamos a hacer gárgaras, al mismo sitio que a los de los mototaxis, que son bastante agresivos. ¿Acaso alguna vez, consiguieron clientes así?. Nos vamos andando, dado que no queremos desgastarnos en otro duro regateo esta mañana. Hemos decidido llegar hasta Santa Rosa –el primer sitio donde paramos a la ida al volcán Taal- y aunque sea, dormiremos allí. Todo, menos volver a Manila y tener que pasar otros dos días enteros allí.

                                                                Batangas (Filipinas)

 

RETORNANDO A MANILA

 

No hay autobús directo, así que tenemos primero que tomar uno hasta Turbina (90 pesos, 1 hora). Nos paran en mitad de la carretera, junto a una gasolinera, un Seven Eleven y una especie de explanada con jeepnies, donde vociferan los destinos, con la misma potencia que si lo hicieran desde el minarete de una mezquita.

 

Nos tomamos tranquilamente unas cervezas fresquitas y cogemos un jeepney para Santa Rosa (30 pesos). Menos mal que solo son veinte minutos de camino, porque en el trasto vamos montadas 18 personas –algunas con bultos-, que me río yo de las sardinas de lata: Parecemos un puzzle mal encajado.

 

Buscamos hotel y no encontramos ninguno, por increíble que parezca, así que dejamos los bultos en la consigna del supermercado y nos vamos a comer a un animado centro comercial, donde hay muchas vendedoras pesadas y más niños pedigüeños. Desde nuestra estancia en Sudamérica, habíamos desarrollado una técnica, que empleamos siempre en estas situaciones: Cuando te viene a pedir un niño, lo mejor es pedirle tú a él y ponerle también la mano. Suelen decir que no con la cabeza y salen corriendo.

 

Comemos hamburguesas, ricos calamares y una ración de lechón, que hoy no es kawali, pero que también está estupendo. Y rematamos, como siempre que podemos, con una bandejita de fruta, comprada en el supermercado.

 

Seguimos buscando hotel. Preguntamos y nadie sabe. Al final encontramos uno que es realmente miserable, pero es tal nuestro deseo de no volver hoy a Manila, que estamos apunto de quedarnos. Pero hay problemas con el precio. Es por horas y solo nos han presupuestado hasta las cuatro de la mañana –doce horas- y cuando le decimos, que nos de el precio hasta las 10, se sube un pico, para ser un cuchitril. Vemos salir de una habitación, a una parejita recién duchada y con cara de felicidad. A 34 pesos la hora de polvo, no parece un precio caro. ¡Aunque el sitio sea una auténtica guarrería!.

 

No queda otra, habrá que volver a Manila. Estamos algo desanimados. Se nos sigue sin ir de la cabeza el borrado de las fotos y el plan que nos queda hasta que abandonemos Filipinas, no es muy balsámico, pero habrá que pasar estos días como sea. Este país y en muy poco tiempo, fue capaz de darnos los mejores y los peores momentos del viaje.

   Manila (Filipinas)

 

OTRA VEZ EN MANILA

 

En una hora nos ponemos en la terminal (60 pesos). No queremos ir a dormir a ninguno de los dos sitios anteriores, así que buscamos por los alrededores de la misma terminal, pero no hay nada. Tomamos la LRT al centro y buscamos sin éxito por Ermita y Malate. Cuando ya estamos convencidos de que nos va a tocar ir al de nuestra primera estancia, que al menos es más barato y lo hemos rebautizado como Goter Inn .por la gotera-, vamos a parar a la Pensione House Santos. Por 455 pesos, nos dan una habitación doble con baño, algo desvencijado. Cuando nos queremos dar cuenta y miramos la puerta de al lado, resulta ser la del karaoke donde cenemos, bailamos y rematamos la juerga de Manila con Susana, Raúl y Javier. El hotel es de la misma propiedad. Mira por donde, después de tantas vueltas y sin pretenderlo, habíamos retornado a nuestro Santuario, en Manila.




<   55    >