losviajesdeeva

Sudeste Asiático/54


No obstante, decidimos pasar el día todos juntos. Alquilaremos un coche y nos iremos a visitar el volcán Taal y los alrededores

. Luego ellos regresarán a Manila y nosotros tiraremos hacia Batangas, para  al día siguiente conectar con la isla de Mindoro. Así que Susana, Raúl y Javier buscan habitación, mientras nosotros nos vamos a tomar algo fresco.

 

Una vez que la han encontrado, preguntamos en varias agencias lo que nos cuesta alquilar un coche –con o sin conductor- y nos piden auténticas barbaridades. Con conductor –gasolina aparte-, 3.500 pesos y sin él, todavía es mas caro. Nos parece muchísimo, incluso para dividirlo entre 5. Nos han debido ver cara de guiris, porque no creo que a un filipino de a piem le soplen 50 euros por un día de coche de alquiler. Decidimos que haremos la excursión –por la tercera parte de ese importe- en transporte público. Antes tomaremos algo.

                                                              Manila (Filipinas)

Son las nueve y media de la mañana y ya caen las primeras cervezas, junto a unas extrañas tapas, en un restaurante coreano. Luego entramos a otro bar y nos tomamos otras tres. Susana y Raúl, en su anterior estancia en Manila días atrás, habían comido un rico lechón kawali, en un restaurante llamado L.A. Lo buscamos y no lo encontramos, pero seguimos tomando botellines por las inmediaciones. Nosotros continuamos con los bultos a cuestas. Aunque ya no vayamos al volcán, seguimos con la intención de acercarnos a Batangas

 

Al final –gracias a las gestiones de Javier, que es un auténtico relaciones públicas-, no encontramos el L.A., pero nos indican otro, donde este plato está todavía más rico, porque los trozos son más carnosos y el crujiente de fuera más sabroso. En total, nos comimos ocho raciones, pero además, las acompañamos de verduritas, arroz y probamos la longaniza. Todo ello, mientras sigue cayendo cerveza tras cerveza y la animadísima conversación, que había girado por la mañana en torno a aspectos puramente materiales, ahora ya se ha desviado a otros más espirituales. A lo humano, ha sobrevenido lo divino, sobre todo cuando el tema de conversación se centra en la India, país en el que ellos tres ya han estado y al que nosotros pretendemos ir, en apenas 15 días.

 

Son las seis de la tarde. Es imposible ya calcular la cerveza que podemos llevar encima. Nosotros nos rendimos ante la evidencia. Ya tenemos claro que hoy no llegaremos a Batangas, así que tomaos habitación en el mismo hotel que ellos habían elegido por la mañana. Se trata de la Pensione Malate, donde por una doble con baño compartido, nos cobran 750 pesos (muy cara). La habitación está reformada hace no mucho, pero es pequeña y el personal de este hotel, no es de lo más agradable que encontramos en Filipinas. Subimos a ducharnos y quedamos para las siete.

 
   
          
Queríamos haber ido a pasear por la zona de la playa y de las palmeras, a ver la puesta de sol, pero hoy los planes no nos salen y es lógico, porque cuando nos volvemos a encontrar, ya ha anochecido. Tras un breve paso por el cíber, para que ellos impriman los billetes de mañana –en este país suelen pedirlos y si no los llevas impresos, a veces no te dejan entrar en el aeropuerto-, nos vamos a continuar la fiesta. Primero entramos en un restaurante. Toamos varias cervezas, pero como no les queda pescado y estamos hartos de carne, nos vamos a un karaoke-restaurnate (abre las 24 horas), donde nos atiborramos a gambas, preparadas de diferentes formas –muy ricas unas que ponen con una salsa agridulce picante-, calamares y pescado rebozado.

 

Allí matamos el fantástico día, hasta las 3 y media de la madrugada. Bebiendo, charlando, riendo, bailando y compartiendo inolvidables momentos, también con los lugareños. Y es que lox karaokes son casi los únicos sitios de diversión en Filipinas y en otros países del sudeste asiático. Los de esta zona del planeta, se sueltan rápido. Más que cantar jadean, pero no tienen el más mínimo sentido del ridículo. Deberíamos aprender de ellos.   

                                                   Manila (Filipinas)

Apenas nos hemos gastado 10 euros cada uno, en las 18 horas que llevamos de fiesta. Es imposible calcular la cerveza que hemos bebido, pero no es exagerado si establecemos la cifra, en siete litros por persona. Ante esto, no es difícil imaginar, el estado en que llegamos al hotel, casi más cerca del coma etílico, que de la consciencia. Pero hemos pasado tal vez, el día más feliz de todo el viaje. Nos despedimos, fundiéndonos en abrazos.

 

En el momento que escribo -16 de diciembre de 2.008-, no hemos vuelto a ver a ninguno de los tres, aunque tenemos una fluida relación, vía correo electrónico. Susana y Raúl, se volvieron a encontrar con Javier –también conocido por nosotros como Pau, por su parecido a Gasol o el Neng, en otras dos ocasiones, en Palawan y Cebu y siguieron compartiendo experiencias, roncitos y cervezas. Las fotos de ese día, las guardamos como si fueran preciadas joyas.

 

Raúl es algo tímido, aunque bastante gracioso y buen conversador. Se dedica a hacer reformas en casas. Empezó a salir con Susana, nada más se conocieron, cuando ella tenía 15 años (ahora tienen 40 y 38).

 

Susana es la que lleva la voz cantante en la pareja. Es habladora y muy noble, activa y con un punto de locura. Es de carácter fuerte, aunque no tiene maldad. Trabaja en la actualidad, en una empresa del sector servicios. Creo que ambos, se complementan a la perfección. A los dos, les encantan el sudeste asiático y la India.

 

Javier, es una de las personas más auténticas que he conocido en mi vida. Lleva una existencia distinta al resto de las

personas, movida por una sana actitud, de hacer en cada momento lo que le apetezca. Pero hasta ahora, no le han faltado ni oportunidades, ni dinero para hacerlo. No se ata a nada y a nadie, salvo a su necesidad constante por viajar Le encanta la India –ha estado tres veces y todavía no ha visto el Taj Mahal-, el submarinismo y ahora viene de Australia, donde este verano ha trabajado como guía, para turistas españoles. Vive el momento y es extremadamente abierto, de mente y de carácter. El año pasado en Sulawesi, le picó una mosquita de la arena y a cuenta de ello, estuvo a punto de perder un pie, sino llega a ser por la fantástica actuación, de un médico en Singapur, que encima, no le cobró nada.

                                                               Manila (Filipinas)

Con ellos tres, hablamos de política, religiones, nacionalismos, sexo…. Y por supuesto y como no podía ser de otra manera, de viajes. Y en casi todo, estamos de acuerdo.

 

 

VOLCAN TAAL Y ALREDEDORES.

 

Nos despertamos sobre las ocho y media de la mañana, con una resaca, que a duras penas nos deja saber siquiera, donde estamos y que es lo que ocurrió ayer. Dejamos el hotel y tomamos la LRT –si nos desagradaban normalmente los registros, hoy más- para ir a la estación de Gil Puyat –donde está la terminal de la empresa Jam- y luego, un incómodo bus –tres asientos a cada lado-, que en una hora, nos pone en la localidad de Santa Rosa (60 pesos). Afortunadamente, junto a la parada, hay un supermercado. Nos bebemos dos litros de coca cola y uno medio de agua.

 

La razón de llegar hasta aquí, es poder conectar con Tagaytay en jeepney (35 pesos). Desde ese lugarí, observamos vistas del bonito volcán activo Taal, aunque nos decepciona un poco, porque pensábamos que iba a ser más impresionante.

 

Por lo demás, el pueblo nada tiene, porque son cuatro calles, donde apenas hay gente y los hoteles –hemos barajado la opción de quedarnos a dormir- son caros. Lo que si hacemos es comer, a base de ricas empanadillas, que compramos en una panadería. En este pueblo hay bastantes puestos de piña, fruta del dragón y durian, atendidos por jóvenes chicas, a las que debido a la falta de clientes, no cuesta mucho hacer bajar el precio de su mercancía. Así que comemos rica piña de postre (incluso te la pelan).

 

Nuestro objetivo ahora es llegar hasta Batangas, cosa que al final no conseguiríamos hasta el día siguiente, después de dar media vuelta al mundo. No sé realmente si hay otro camino más corto, pero por mucho que preguntamos, no nos lo ofrecieron. Además en Filipinas, tienen una costumbre muy fea. A veces preguntas por un destino a un conductor y te dice que si va. Luego en realidad, lo que te lleva es hasta un punto intermedio, donde tienes que tomar otro transporte..

Tigaytay (Filipinas)

Cogemos  primero un breve jeepney a Olivares (8,50 pesos) y allí otro a Nasugbu (70 pesos). Es una hora y media, de un incómodo viaje y más en nuestro resacoso estado. No deja de subir y bajar gente en todo momento –sobre todo escolares-, ni de haber casas en los laterales de la carretera.

 

 

NASUGBU

 

Nos dejan en la estación de autobuses, frente a la oficina de la Policía Turística (la hay en todas partes, incluso en los lugares más pequeños). Preguntamos donde está la zona de los hoteles y ni corto ni perezoso, el policía toma el coche patrulla, nos dice que subamos y nos acompaña hasta la puerta de uno, donde nos piden 1.000 pesos por una noche. Como solo estamos dispuestos a pagar 600, él personalmente, se encarga de regatear con la propietaria. ¡¡Cómo para decirle que no a la policía!!, piensa ella, que inmediatamente acepta.

 

Se trata del Matyland Beach Resort, un complejo decadente –tuvo mejores tiempos- de bungaloes individuales, con el baño común. Dentro, son bastante básicos y no demasiado grandes. Tiene piscina –esta sí, bien cuidada y tratada- y está al lado de una bonita playa de arena negra, que lamentablemente, está llena de porquería y suciedad.

 

Nos vamos a dar una vuelta al centro, o más bien, a las cuatro calles que forman el pueblo. Hay un mercado que a estas horas, ya no tiene demasiada animación y cuatro o cinco puestos exteriores de fritanga –comemos bolas de pescado-, a modo de improvisado mercado nocturno. ¡Pero es que hasta la fritanga de los puestos callejeros de Filipinas, está casi siempre deliciosa!.

 

En esta ciudad, hay casi más bicitaxis que habitantes, aunque como ocurría en Banaue, son más para uso de los propios lugareños, que como negocio, porque a pesar de que esto está lleno de resorts –casi todos, tan decadentes como el nuestro-, apenas hay turistas. En esta misma zona hay algunos bares de chavalas de compañía. Como equilibrante contrapunto, junto a la pequeña estación de autobuses, hay una bonita iglesia.

 

Volvemos a nuestro alojamiento, nos damos un baño en la piscina, una ducha de agua fría en el campestre baño, solucionamos unos pequeños problemas con la cerradura –que nos hacen recordar, todos los que tuvimos en Sudamérica por este tema- y nos vamos a dormir. Estamos realmente cansados, por tanto viaje y sobre todo, por la inolvidable juega de ayer.

 

 

CAMINO DE PUERTO GALERA

 

Nos levantamos temprano. Se ha pasado la noche lloviendo y a estas horas, todavía pintea. No obstante, aprovechamos para

darnos un baño en la piscina. Todavía nuestro cuerpo –aunque ya de forma más suave-, sigue notando las secuelas del día en que quemamos Manila. De todas formas, no hemos dormido bien, porque el colchón es papal de fumar y se nos clavaban los muelles. Ya es la cuarta noche consecutiva, en que no descansamos lo suficiente.

 

Nos vamos hasta la terminal y tomamos un incómodo y caro (122 pesos) bus a Batangas, adonde llegamos tras dos horas y cuarto de viaje. Me duermo un buen rato, ante lo insulso del paisaje, lleno de frondosa vegetación y de pueblos donde, como siempre, no para de subir y bajar gente.

                                                               Manila (Filipinas)

La estación de Batangas está a las afueras y el puerto todavía más. Decidimos ir andando y nos equivocamos, porque está lejos –media hora de camino y con los bultos a cuestas- y al llegar al puerto, no nos dejan entrar, porque no se puede hacerlo a pie. Tenemos que esperar a un autobús, que tarda un cuarto de hora y que nos deja junto a los muelles, sin cargo económico alguno.

 

A pesar de la feroz competencia de la que habla la Lonely Planet, todas las compañías piden el mismo precio (280/500 pesos ida/ida y vuelta), por los ferries que conectan en hora y media, este lugar con Puerto Galera. Obtenemos boleto de ida solo, dado que es posible, si encontramos un vuelo barato, volvamos volando desde Boracay a Manila. Hay que pagar diez pesos de tasas, antes de embarcar.

 

Damos una vuelta por los cercanos puestos, donde compramos cerveza y somos molestados, constantemente, por las decenas de comisionistas que pueblan este puerto. Los hay, que son propietarios de transporte –generalmente bicitaxis-, pero también de hoteles y de las propias compañías de ferries. Y lo que nos faltaba, hasta uno sordomudo, que nos hace gestos, indicándonos hacia un lado, mientras parece que muge.

 

 Finalmente, el barco no es un ferry, sino una embarcación alargada, que corre que se mata y que va dando saltos por el agua. Sensaciones muy divertidas y placenteras, recorren nuestros cuerpos. Hay algunos guiris y el personal del barco, invita al pasaje a te y a bollos. ¡Un buen detalle, si señor!.

 

Bajamos y ya desde el mismo muelle, tenemos que enfrentarnos a los pesados dueños de los mototaxis –parece nuestra profesión de cada día- y a los comisionistas del transporte. Ahora, cuando nos preguntan, “where are you going?”, respondemos “where are you from?” y les dejamos completamente descolocados.

 

Nos vamos a comer a un bar cercano al puerto, donde nos atiende una simpática joven, que se deshace por complacernos. Nos atiborramos a salchichas a la plancha y, sobre todo, a gigantes calamares rebozados, con una salsa picante y de ajo. ¡Sin lugar a dudas, los mejores que probamos en Filipinas y eso, que los comimos muchas veces y en todas partes están buenos!.

 

La propia chica nos ha dicho, que sale más barato rentar un mototaxi, que tomar el jeepney, para llegar a White Beach, que es nuestro objetivo hoy. Así que comenzamos una dura labor de regatero, con varios transportistas, hasta que encontramos uno, que accede a llevarnos por el precio que hemos establecido: 50 pesos (nos pedían 110, en un principio).

 

 

WHITE BEACH

 

El mototaxi aquí, como en otras partes, es una pequeña cabina –donde vamos los pasajeros-, adosada a una moto, pero en este lugar está última, también va cubierta. A pesar de lo reducido del habitáculo y de lo encajados que vamos –llevamos también las mochilas-, la sensación es agradable. Parece que vas a gran velocidad, pero cuando miras el velocímetro, en realidad, vamos a 50 por hora. En veinte minutos estamos en White Beach. A veces en estos vehículos montan hasta seis personas: 2 en la cabina, dos en la parte de atrás de la moto y el resto en el techo.

   White Beach (Filipinas)

  Nada más bajar, ya están esperándonos los de los resorts. Nos empiezan pidiendo mil pesos, pero conseguimos  rebajarlo hasta los 600, cantidad por la que obtenemos una habitación bien cuidada, con baño, aire acondicionado, ventilador y televisión por cable, en el White Beach Resort (edificio Doña Concepción). La única pega es, que no hay agua caliente, ni dan toallas y jabón.





<   54     >