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Sudeste Asiático/53


BAGUIO

 

 

              Desayunamos unas galletas –que son pura miel con coco-, que compramos en los puestos próximos a la terminal y tomamos el autobús (344 pesos), que sale diez minutos antes de la hora. Este hecho, no es infrecuente en Filipinas, dado que ya nos había pasado cuando vinimos a Vigán. Me cuesta, pero me duermo.

 

Al principio, se va bordeando el mar, pero al poco tiempo entramos en una especie de verde campiña, salpicada por pueblos, donde va parando nuestro medio de transporte, a recoger y dejar gente. Luego comenzamos a subir, pero entre las nubes bajas y que hay muchos árboles, apenas se ve nada. El tiempo es variable y hay un rato que llueve bien. Redefino el itinerario por Filipinas. Elimino Bontoc, que estaba en la agenda como posible visita y nos veremos obligados a hacer dos noches seguidas de autobús: La de hoy, que nos dejará mañana por la mañana en Banaue y la siguiente, de retorno a Manila.

  Baguio (Filipinas)

A renglón seguido, comenzaremos el recorrido por el sur, visitando un volcán que hay próximo a la capital y llegaremos hasta Batangas, para enlazar con Puerto Galera, Sabang y White Beach. Trataremos de terminar en Boracay. Por falta de días –es una pena que ya tengamos cerrado el vuelo de vuelta, porque si no, si que iríamos- hemos descartado prácticamente, la visita a Palawan y a Cebu. El camino se hace tan largo, que también me queda bastante tiempo para aburrirme. El bus es nuevo, aunque algo incómodo.

 

El vehículo de Partas, nos baja en una terminal en las afueras y para comprar los billetes a Banaue y dejar los bultos hasta la noche, tenemos que llegar a otra (la de KMS) que está en el centro, junto al Parque –que aquí es bastante pequeño- José Rizal. Son unos 3 kilómetros y los decidimos hacer andando, para desengrasar los músculos y comer algo por el camino. La ciudad está llenísima de gente. No sé si tendrá algo que ver, que sea domingo. Compramos los billetes por 360 pesos, para el servicio de las nueve y media de la noche.

 

Encontramos un supermercado y sin esperar más, nos damos al embutido, aunque luego caemos en la cuenta, de que en esta ciudad y –en realidad- en este país, hay muchas otras opciones para comer muy decentemente. Cuatro mendigos nos han estado dando la lata durante el almuerzo 

 

Incluso en los puestos de la calle –generalmente, bastante limpios-, que aquí no sirven calduverios y guisos más decentes, es posible comer muy bien. Hay también cadenas de comida rápida nacional, como la que utilizamos ayer, que están presentes hasta en lugares pequeños y que brindan una oferta limitada, pero muy rica y extremadamente barata. 

 

Nos vamos al mercado. En sus alrededores, además de casi toda la oferta citada anteriormente, hay tendeeretes de empanadillas, peces fritos, calamares, hamburguesas, perritos, salchichas, Lechón –así llamado-, pollo, menudencias… No podemos resistirnos y a pesar de haber comido ya, nos damos un atracón de clamares y de peces fritos.

 

No sé si este mercado, los dais de diario será tan interesante y vibrante, pero en domingo, es uno de los mejores –no sabría decantarme por uno solo- de todo el sudeste asiático.

 

            Como siempre, está el mercado interior, algo oscuro pero más o menos, limpio y bien cuidado y el exterior, algo más caótico y

lleno de clientes. Es muy colorido, enorme y en él, se puede comprar de casi todo: Hay muchos puestos de fruta (la piña es realmente barata y excelente, así que nos damos otro atracón), pero también hay pescado crudo, carne, ropa (te puedes montar un fondo de armario competo, por unos 10€), calzado, artesanía en madera y paja… y mucha, mucha gente, que hace casi imposible la circulación. Menos mal que como en Filipinas son bastante educados, los pisotones y empujones no son tan frecuentes, como en los mercados de Vietnam, Indonesia o Camboya. Tampoco por sus angostas calles, circula nada que tena ruedas, así que por lo menos, uno puede centrarse en contemplar el género, sin temor a ser atropellado

                                                                         Baguio (Filipinas)

            Se pueden encontrar americanas o zapatillas deportivas por menos de un euro. La gente es normal: Compran, van con sus bolsas, pasean con la familia y comen en los puestos. Lo que se suele hacer en todos los mercados del mundo, pero no en los de Camboya, Vietnam o Indonesia. Apenas hay turistas y eso es lo bueno. Porque el mercado está concebido para los habitantes de Baguio y alrededores y eso es lo que lo dota de cotidianidad y naturalidad. Hemos visto arroz negro y rojo y en total, más de diez clases diferentes de ese cereal

 

            Salimos del mercado y paseamos por el ayuntamiento y los alrededores y luego por el animado lago, donde hay muchos puestos de comida y embarcaciones, que pueden ser alquiladas para el paseo. Hasta los coches se detienen en los pasos de cebra, para dejar pasar a los peatones, algo que no veíamos desde que el 26 de junio, salimos para el sueste asiático

 

    Otros lugares de interés, que vamos visitando antes de que anochezca, son La Mansión, residencia oficial del Presidente de Filipinas en Baguio, el Mines View Park, el Parque Burnham, el  Parque Wright, y la Catedral de Baguio. También debe ser interesante el Jardín Botánico, pero hasta allí no nos acercamos.

 

            Luego caminamos hacia el otro lado de la terminal KMS. Hay bares escasamente animados y algunos locales de señoritas de compañía. Es posible encontrar, al menos, tres supermercados en el centro. Es ya de noche hace rato, pero las calles siguen abarrotadas de gente. Y eso que aquí estamos en altura y la temperatura no es demasiado elevada (no sobra el forro polar, que solo nos hemos quitado algún rato a lo largo del día y algunos lugareños, llevan hasta la trenca puesta).

 

  

          Después de dar la última vuelta por el mercado, nos vamos hasta la terminal de autobús, media hora antes de que salga, no vaya a ser que este también anticipe su salida. En ocho horas, nos tiene que poner en Banaue. Antes de partir, suben vendedores de huevos de codorniz y de cortezas de cerdo caseras (iguales que las que comemos en España), a las que les añaden –si se quiere- vinagre con ajos, con el fin de rebajar la grasa. ¡¡Están buenísimas, como todo aquí!. El caso es que llevamos todo el santo día comiendo y picando, pero aquí es imposible resistirse. Tenemos ganas -lo haremos en cuanto haya oportunidad-, de probar el lechón filipino –especialmente en su modalidad kawali y la longanisa –así llamada-, que es una especie de chorizo, algo más blando y con un cierto toque dulce. Hemos visto como en el mercado, venden 24 por un euro, pero están crudas.

 

            Nos hace gracia, que a lo largo del sudeste asiático, hayamos visto numerosos platos con la denominación “a la española”. Bajo ese socorrido nombre hemos encontrado alubias, arroz, empanada, tomates y macarrones. Pero el caso, es que esas especialidades, nosotros nunca las comimos en España.

                                                  Baguio (Filipinas)

            El bus resulta ser viejo y sucio y con restos de comida por el suelo. Debe hacer meses, que no lo limpian por dentro. Va lleno y para amortizarlo todavía más, meten gente de pie para destinos cortos y sientas a otros en taburetes en el pasillo. Ahora empiezo a entender, porque este autobús cuesta casi lo mismo que el de por la mañana, siendo tres horas más de viaje. Menos mal que no tiene aire acondicionado. Pero ponen música a todo volumen en mitad de la noche. Es la noche que peor duermo de todo el viaje. Y para colmo, ya entrada la madrugada, tenemos un ligero accidente contra un coche –culpa de este- y estamos apunto de caer por un precipicio. La gente se pone a gritar, como histéricos. Por poco, no lo hemos contado.

 

Con este serio incidente, empezó una de las semanas más duras que hayamos tenido en nuestras vidas, en la que estuvimos al borde del coma etílico en Manila, perdimos todas nuestras fotos en un borrado accidental, no pudimos llegar hasta Boracay y estuvimos a punto de romper nuestra relación, después de diecinueve años y medio juntos. Sí. Todo eso ocurrió o estuvo a punto de ocurrir, entre la madrugada de hoy lunes y el siguiente sábado por la tarde.

 

 

BANAUE

           

            Llegamos a Banaue una hora tarde. Aquí si hay pesados, que nos reciben al bajar del autobús, para ofrecernos sus transportes y

organizarnos una excursión a las terrazas del arroz. Pero les decimos que solo hablamos español y que no entendemos nada de lo que nos dicen. Y hay uno, que al menos sabe decir: “Buenos  días, señores”.
            

             Damos un par de vueltas, para tratar de averiguar cosas y ejercer el control de la situación. Primero, encontramos la oficina de la empresa Florida, a quienes compramos los billetes para retornar a Manila, a las ocho de la tarde (450 pesos). Luego vamos a turismo y nos fastidia, que la que atiende sea poco amable y que nos quieran cobrar 10 pesos por el plano (poco es, pero en ninguna parte salvo aquí, se paga nada), así que no se lo compramos. Son las 8 de la mañana y hace calor, a pesar de encontrarnos a 1.200 metros de altitud.

                                                                        Banaue (Filipinas)

            Preguntamos a un par de lugareños, como ir a las terrazas. Hay que andar cuesta arriba unos cuantos kilómetros. Según subimos, va aumentando la fresca brisa. El camino va bordeando casas muy básicas –algunas en obras-, en cuyas puertas y alrededores hay muchos perros, gallinas, gallos, algunas personas trabajando y otras, aparentemente, ociosas. Hay mototaxis, como en otras tantas ciudades, pero aquí son más para uso doméstico. Aunque si cae alguien que pretenda contratar sus servicios, tampoco le hacen ascos.

 

            Pero en Banaue, no están acostumbrados ni exigen, vivir del turismo y ahí radica uno de los encantos de este pueblo, con unos paisajes inigualables y con una cotidianeidad apacible, que enamora. Al parecer, esta gente ya no solo vive del arroz plantado en sus terrazas –han añadido cultivos más rentables-, como en tiempos pretéritos, pero tampoco el pueblo tiene desarrollada una infraestructura turística, al menos a gran escala.

 

            Hay algún restaurante –tres o cuatro-, pero están vacíos a toda las horas del día en que pasamos por delante de ellos, no existen demasiados alojamientos –y menos económicos- y ni siquiera cuentan con una tienda 24 horas, que tanto demandamos los guiris, para darnos al alcohol o a los dulces a deshora. No hay demanda para eso. Y es que a lo largo del día, no llegamos a ver ni 10 turistas, a pesar de que estamos todavía, en la primera quincena de septiembre.

 

            A lo largo del camino que discurre por las terrazas, aparecen tres miradores –hasta el tercero, hay unos cinco kilómetros-, desde donde se ven vistas espectaculares. La estructura de las terrazas, recuerda a Machu Pichu (Perú), pero aún sin tener ruinas y sin el mítico Guaina Pichu –aunque hay también montañas-, esto nos resulta mucho más bello y apacible. Apenas hay algunas señoras de mediana edad trabajando el arroz en los campos. Si se asciende por la mañana, el sol juega malas pasadas y muchas fotos pueden quedar deslumbradas. Mejor a partir del mediodía. En cualquier caso, siempre encontraréis a las cuatro abuelas vestidas con trajes típicos, que deben estar en las fotos de casi todos los álbumes, de los escasos turistas que nos hemos acercado a este idílico lugar.

 

   

         Llegamos al tercer mirador y aún seguimos otros cinco kilómetros más allá, hasta llegar a una cascada más grande (hay otras de menores dimensiones a lo largo del camino). La excursión se puede hacer en mototaxi, moto y bicicleta –supongo que las alquilarán, aunque no lo sé-, pero bajo mi punto de vista y si se  está un poco en forma, lo mejor es hacerla tranquilamente andando.

 

            Cuando vamos bajando, el arroz ya está puesto en el suelo, delante de las puertas de las casas –bien en rama o ya en grano-, con el fin de que se seque. Los niños que todavía no están escolarizados, nos saludan, transmitiendo ingenuidad y ternura.

   Banaue (Filipinas)

El pueblo es bonito también, enclavado en un valle rodeado de montañas y con un puente en suspensión algo destartalado –que cruzamos con más miedo que vergüenza-, que atraviesa el serpenteante río de color marrón, lleno de rápidos. Banaue, es poco más que un par de calles colgadas en una ladera, con viviendas y cuatro negocios escasamente abastecidos y oscuros. No es que parezca que se haya detenido en el tiempo. Se ha parado en la historia.

 

Tras la excursión, primero nos damos a la cerveza y luego comemos, en el lugar más popular –o al menos, es al que acuden más clientes- del pueblo. Se trata de un puesto, montado sobre un carromato, que sirve ricas y picantes sopas de tallarines –listas, con solo verterles agua caliente-, hamburguesas –algo menos ricas-, perritos calientes y algunas otras variedades de comida rápida. No perdonamos una buena ristra de plátanos de postre, que hemos comprado en el destartalado, pequeño, oscuro y semivacío mercado.

 

Nos perdemos por el campo y hacemos un improvisado y pequeño trekking por los campos de arroz, hasta llegar a un lago, para luego volver por el mismo camino de por la mañana, hasta el tercer mirador. El arroz puesto a secar, ya está recogido y ahora en algunas casas –las mujeres también, a pesar de ser un trabajo duro-, lo machacan para obtener harina. ¿Será así como hacen los noodles o tallarines?. No lo sé, pero desde luego y a pesar de estar en un lugar tan apartado, los que hemos comido en la sopa no, porque son de Maggi y –se nota favorablemente- que su componente principal es el trigo.

 

Según avanza la tarde y termina el colegio, la calle se va llenando de niños y a medida que estos las pueblan, van desapareciendo los perros y las gallinas. Los niños deben ir al colegio a otros pueblos, porque un minibús de la policía turística, viene lleno de ellos por la carretera. Una de las actividades aquí para la gente joven –y en toda Filipinas- es jugar al baloncesto.

 

Cuando volvemos al pueblo, ya son las seis de la tarde. Hay bastante movimiento. Nos metemos en un cíber y cuando salimos, ha llovido y ya no hay nadie. Subimos hasta la terminal de Florida y me pongo a entretener el tiempo, tomando notas de lo vivido durante el día.

 

Unos veinte minutos antes de que salga el autobús, una persona –que es indudablemente turista-, nos pregunta en inglés si

hemos guardado el equipaje ya. Los tres nos hemos dado cuenta, de que nuestro inglés suena más a pronunciación de Alcobendas, que de Cambridge. Acabamos de conocer a Javier (Barcelona). Nos ponemos a charlar con él, emocionados de tan grato encuentro y cuando estamos intercambiando datos  y experiencias sobre nuestros respectivos viajes, alguien se acerca y dice hola, con toda naturalidad. Es Raúl, que junto a su novia Susana (ambos de Madrid), viajan también de retorno a Manila. Nos sentamos todos juntos en el autobús y estamos casi cinco horas de charla. Resulta increíble, que a casi 15.000 kilómetros de casa y en un lugar donde apenas hay turismo, nos hayamos encontrado cinco españoles, tan afines en gustos, en ideología, en experiencias por el mundo y hasta en carácter –como más adelante, podríamos comprobar-..

                                                                 Banaue (Filipinas)

 

OTRA VEZ EN MANILA

 

Llegamos a las cinco de la mañana. Es la segunda noche que dormimos poco y aún estamos emocionados, por todos los intercambios de experiencias de anoche. Nos vamos los cinco al cercano Seven Eleven, desayunamos y conversamos hasta las siete. Estamos barajando la posibilidad de cambiar de planes e irnos con ellos tres a Palawan, con la compañía de bajo coste Cebu Pacific. Susana y Raúl no viajan con Javier, pero asombrosamente, llevan itinerarios casi clavados.

 

Tomamos un jeepney (12 pesos por persona) hasta la calle Mabini –paralela a Mar Adriático-. Es difícil meterse con la mochila en estos abarrotados y coloridos cacharros. Bajamos. Susana y Javier entran a un cíber y el resto, nos quedamos fuera con los bultos. Susana reserva vuelo a Palawan para ella y Raúl, a las ocho de la mañana del día siguiente (no puede ser para hoy, porque tiene que hacerse con 24 horas de antelación). Cuando va a reservar Javier, son las ocho y un minuto y ya no le da para ese vuelo, sino para el de las tres de la tarde. Ante los nuevos acontecimientos, desestimamos de ir a Palawan, porque no nos apetece pasar día y medio más aquí, en Manila.



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