losviajesdeeva

Sudeste Asiático/51


Buscamos la tranquilidad del mercado de los ajos y del barrio de la mezquita. Hay puestos por la calle, que venden hamburguesas de pollo. Son enormes, tienen forma de gallo y emiten chillidos a modo de quiquiriquí. ¡Que estrés!. Comemos en el Carrefour, a base de pollo y bandejas de fruta. En la sección escolar hay cuadernos con la foto de Fernando Torres en la portada. Si vas a Carrefour con algún bolso, en vez de dejarlo en una consigna, te lo meten en una bolsa con sensores, para que si metes otra cosa estando dentro, pite a la salida. ¿Y no es más fácil lo de la consigna?

 

Como hace mucho calor y llevamos una semana sin entrar, nos vamos al cíber, pero hoy la conexión está tan lenta, que apenas nos da tiempo en dos horas, a consultar el correo electrónico y a ver de que manera se accede desde el centro, a los aeropuertos de Surabaya y Manila  No podemos sin embargo, mirar los vuelos a la India. ¡Cuándo no es por las tarjetas, es por la conexión!.

 

Como no nos ha quedado claro –ni a través de la Lonely, ni de una web-, nos vamos a la estación de trenes, a ver si alguien nos puede decir como se llega al maldito aeropuerto y lo que encontramos, es mucha gente dispuesta a llevarnos en transportes varios, pero nadie a decirnos como se va a través de medios públicos. Decidimos que intentaremos preguntarle al del hotel, aunque no sabe pronunciar ni “yes” y para dar las gracias dice “tenyu”. Hemos creído entenderle, que tendremos que tomar una taxi hasta la lejana estación de autobuses y de ahí, un autobús.

 

Matamos el resto de la tarde, dando vueltas por el barrio de la mezquita. En el exterior del templo, decenas de hombres duermen tirados en el suelo. ¡Ay que ver, cuando no están dando la lata están durmiendo y mientras las mujeres trabajando!. Cerramos la jornada yéndonos de compras al Carrefour, porque necesitamos avituallarnos, dado que en el vuelo a Singapur, como ya es tradición en las compañías bajo coste, no nos darán de comer. Pienso, que como me encuentre un casco de moto abandonado, me lo llevaré como trofeo y recuerdo del viaje. Me hacen gracia sobremanera, los que lo llevan puesto a la vez que el sharon. 1¡Realmente, son patéticos!!.

                                                  Surabaya  (Indonesia)

Llegamos al hotel y nos damos una reconfortante ducha de agua fría a cazazos. Es una buena forma de dar rienda suelta a la adrenalina, porque el caer brusco del agua helada sobre la cabeza y el cuerpo, tiene su punto de vértigo. Este baño si que es realmente el trono, porque la taza está en un pedestal, al que se llega tras subir dos escaleras.

 

           

DE NUEVO HACIA SINGAPUR

 

Nos enteramos por fin, gracias a otro empleado del hotel, que si sabe algo de inglés, de que para ir al aeropuerto, tenemos que tomar un Damri Bus primero (5.000 ID$), hasta la alejada terminal de autobuses de la ciudad y allí, un microbús (15.000 rupias, precio muy elevado para la distancia), que te conduce hasta el aeropuerto.

 

Nos cuesta dar con la parada del primer autobús y más nos hubiera costado, sino llega a ser por la ayuda de una chica -que se ha tomado nuestra petición de ayuda, porque se ha quitado hasta el casco de la moto-. Porque como ayer, nadie nos quiere indicar y todos nos quieren llevar. El viaje, entre ambos medios de transporte, se dilata hora y media y se hace pesado. Para cualquiera que no vaya con la economía de guerra, que actualmente vamos nosotros, le recomendaríamos que hiciera este recorrido en taxi y se evitar de molestias.

 

En un momento dado, en el primer autobús, se juntan tres vendedores vendiendo a la vez sus mercancías (uno chucherías, otro

periódicos y el tercero snacks) y un músico tocando la guitarra. Luego en la estación, los comisionistas nos tratan de liar y engañar, aunque nos conseguimos escapar. Y en el segundo autobús, como el conductor no tiene ayudante, se para diez minutos en mitad de la nada, para cobrar. Solo le importa llenarse los bolsillos. Si alguien pierde algún avión, le da igual.

 

El aeropuerto es pequeño –para una ciudad de tres millones y medio de habitantes-, frío y desangelado. Primero, hay que pasar todo el equipaje por un escáner y es entonces cuando ya se accede a la zona de facturación. Seguidamente, hay que subir un piso a pagar las abusivas y duplicadas tasas de aeropuerto, que en la actualidad son de 150.000 rupias indonesias. Y finalmente, se pasan dos controles: Uno para demostrar que las han abonado y otro, el habitual de pasaportes, donde te plantan el sello de salida.

                                                                   Surabaya  (Indonesia)                                                                                                                                       

Es entonces, cuando llegas a otro lugar más desangelado todavía, donde hay un bar –te tratan de cazar a lazo para que consumas- y una tienda con cuatro cosas. Ahí están las puestas de embarque –con garrafas de agua fría gratuita-, que es donde te controlan el equipaje de mano.

 

Unos ingenuos lugareños, han aceptado la proposición de una pareja de mediana edad, de que facturen a su nombre varias cajas de dátiles y así ellos no tienen que pagar por sobrepeso. ¿Y si en realidad no fueran dátiles y por no saber decir que no, terminaran con sus huesos en la cárcel?.

 

Valuair es una buena compañía. Los aviones son nuevos, el trato a bordo es excelente, hay bastante espacio entre los asientos e incluso, te dan un tentempié gratis (en nuestro caso, un enorme y rico bollo). Tiene su matriz en Singapur y opera vuelos con varias ciudades de Indonesia. Está asociada con Jetstar, que cubre el resto de países del sudeste asiático. Aunque, en realidad, son la misma aerolínea y los billetes se reservan en la misma web, las compañías son diametralmente distintas, siendo Valuair, muy recomendable y Jetstar, no tanto.

 

 Hay mucha niebla y el vuelo resulta algo turbulento, pero nos compensa, con un precioso aterrizaje sobre Singapur. Desde el aire se ve toda la forma juguetona de la isla (cuyo nombre en sánscrito, significa ciudad de los leones). Por el contrario, la salida de Surabaya es muy fea, con un mar más marrón, que el propio río Mekong. Salimos y llegamos en hora.

 Singapur

 

EN EL AEROPUERTO DE SINGAPUR

 

Descendemos del aparato bastante preocupados. Aún tenemos bien frescas en la mente, las dificultades que tuvimos para entrar la otra vez al país. Pero no, hoy todo es bien diferente. El hombre que nos atiende en inmigración, nos recibe con una sonrisa y con una bandejita de caramelos junto a la ventanilla (que le dejamos casi vacía). El escáner no lee los pasaportes otra vez, pero sin dejar de sonreír, introduce los datos a mano y pone el sello exactamente donde le pedimos. Ni una sola pregunta y nada de controles de equipaje. Hay fuentes de agua fría cada pocos metros. Nos damos cuenta, de la diferente imagen que se puede tener de este país, según se haya entrado por tierra o por aire. En el primer caso, lamentable. En el segundo, excelente.

 

Al igual que el aeropuerto de Surabaya parece hecho para la penitencia, el de Singapur está concebido para el disfrute y el deleite, más todavía, en las terminales 2 y 3, que son desde las que opera la compañía nacional, Singapur Airlines. Es limpio, bonito, moderno y funcional. Tiene incluso, un supermercado para abastecerse, que no es nada caro. Además, los precios a la ciudad de todos los medios de transporte son baratos y están expuestos de forma bien visible. Es la manera de evitar los típicos timos, que tan mala imagen dan a un país. Porque no hay cosa que moleste más, que ser estafado ya en los primeros minutos de estancia, en un sitio nuevo.

 

Como mañana volamos a las seis de la mañana y ya conocemos la ciudad, hemos decidido pasar en el aeropuerto las doce horas que faltan para nuestro vuelo. Estamos en la terminal 1 y, primeramente, hacemos una rueda de reconocimiento para controlar los servicios básicos: Los baños, restaurantes y las distintas posibilidades para dormir. En la planta 2, hay una zona diáfana, algo apartada y semioscura, que tiene pinta de ser un buen lugar, para tirar la manta y dormir sobre el suelo. Parece mentira que un país tan pequeño, tenga vuelos directos a tantas partes del mundo.

 

   Pasamos el resto de la tarde de forma entretenida, comprobando todos los servicios que ofrece este aeropuerto,

fundamentalmente en la zona de tránsito y sobre las once, nos vamos a dormir a la  zona elegida. Pronto nos damos cuenta, de que estamos encima de una obre y nuestros cuerpos y –fundamentalmente- los oídos, vibran al ritmo de los martillos hidráulicos. Tenemos que movernos unas decenas de metros. Se sigue oyendo, paro mucho menos. Nos dormimos y nadie nos molesta, hasta que suena el despertador a las tres y media. Cuando nos levantamos, nos percatamos de que otra mucha gente ha tenido la misma idea que nosotros, al elegir el lugar en el que echar una cabezada.

 

Nos vamos a facturar y comienzan nuestros problemas con Jetstar. El estado filipino no exige a los turistas presentar ningún boleto aéreo de vuelta a la, a la llegada al país. Pero Jetstar sí –no sabemos si por iniciativa propia o porque lo obligan las estúpidas leyes de la república de Singapur-.

                                                                                                                                                             Aeropuerto de Singapur

Una vez nos hacen la petición, le respondemos a la grosera empleada, que si tenemos billetes de retorno de Manila, para el 24 de septiembre, con Air Asia, pero que están en el correo electrónico y no los hemos imprimido (la historia empieza a sonar a la del aeropuerto de Jakarta). Nos dice que no hay problema, que entremos en internet y se lo mandemos por correo electrónico y que ella lo imprime. ¡¡Menos mal qué esta vez no vamos de farol!!.

 

Afortunadamente, en el aeropuerto de Singapur, internet es gratuito (en sesiones de quince minutos, que puedes renovar, si no hay nadie esperando). De no ser así, las molestias habrían sido tremendas, porque tendríamos que haber ido a cambiar dinero, o a sacar del cajero, para una simple conexión de 10 minutos.

 

Le mandamos el correo, pero nos ha dado mal su dirección y da error. Nos la vuelve a dar –siempre con un trato bastante desagradable- y por fin, tenemos el billete Manila-Kuala Lumpur impreso y nos permiten facturar. Nos pensaremos muy mucho, el volver a volar con esta compañía, porque el trato a bordo tampoco fue nada bueno, no dieron nada de comer y la distancia entre asientos, es mucho menor que en valuair. Además, la comida que venden a bordo, huele a calduverios. ¡Que asco!. Y anuncian a bombo y platillo el plato del día, como si fuera un manjar, pero luego no es otra cosa que chicken whit rice (pollo con arroz)

 

Mientras estamos en la zona de tránsito haciendo tiempo y navegando por internet (vemos que España está ganando a Armenia 4 a 0 en esos momentos), nos surge una pregunta. ¿A ver si fue la propia Jetstar la que nos obligó a contratar el seguro para este vuelo y no el estado de Singapur?. Lamentablemente, no podemos dar una respuesta a esta circunstancia, pero si recomendaros, que evitéis en la medida de lo posible esta compañía. La tarjeta de embarque de Jetstar parece el ticket de la compra de un supermercado, aunque anteriormente, ya vimos otras iguales.

 

Salimos algo tarde, pero llegamos en punto a Manila. El despegue, justo al amanecer, es precioso y también el aterrizaje en Filipinas, porque aunque está algo nublado, se ven a la vez diversas islas. El vuelo ha sido tranquilo y despejado, pero justo 45 minutos antes de llegar, hemos atravesado una densa y enfadada tormenta. El personal del vuelo ha dado bastante la brasa en las tres horas y media de duración, pero aún así, he conseguido dormirme dos horas.

 

 

MANILA

 

Pasamos los controles de inmigración de forma ágil y sin preguntas. Se han quedado con la tarjeta de entrada, que habíamos rellenado previamente en el avión y nos han puesto el sello donde hemos pedido. Recogemos el equipaje, que no pasa por ningún control a la salida y dadas las contracciones entre una página web que hemos visto y la Lonely Planet, preguntamos en la oficina de Turismo, como se llega al centro. Por lo menos el primer tramo, lo tendremos que hacer en taxi, dado que desde el aeropuerto, no parte ningún transporte público.

 Manila (Filipinas)

Llegados a este punto hay que decir, que el capítulo correspondiente a Filipinas, de la Lonely Planet del sudeste asiático, fue a lo largo de nuestro periplo por el país, más un lastre, que una ayuda real. Esta escrito de oídas, con informaciones muy incompletas y –lo peor- muchas veces erróneas. Así que os recomiendo, que para este destino compréis otra guía, porque al ser un archipiélago tan disperso, no es de los países del sudeste asiático más fáciles de hacer. Menos mal, que en este territorio es muy fácil entenderse en inglés –con una pronunciación bastante más comprensible que la del resto (con la excepción de Singapur) del sudeste asiático.

 

Queremos ir a la zona de Ermita-Malate y concretamente a la Calle Mar Adriático, donde se concentran la mayoría de los alojamientos económicos y para ello, vamos a  tomar un taxi, que nos lleve a la estación de Baclaran, donde abordaremos el Light Rail Transit (LRT), directo hasta la de Pedro Gil

 

Aunque según otras versiones, hay jeepneis (se trata del transporte público nacional –urbano y a veces interurbano- y son jeeps abandonados durante la Segunda Guerra Mundial, por las fuerzas armadas norteamericanas) hasta el centro, nosotros lo único que encontramos a la salida de la terminal, son dos tipos de taxis diferentes: Unos son blancos y otros amarillos. Los primeros operan por cupones, mientras los segundos, cobran una bajada de bandera de 70 pesos y van añadiendo cuatro más, por cada 300 metros.

 

Primero, observamos que la gente opta más por los amarillos y tras hacer cálculos estimativos de tarifas, constatamos de que probablemente, son estos los más baratos. Acertamos, porque la carrera nos sale por 124 pesos, casi la tercera parte de lo que nos habían pedido los taxis blancos. El taxista hace intención de colocarnos algún “alojamiento muy recomendable”, pero ante nuestra falta de interés, no insiste mucho más. Los taxistas del aeropuerto de Manila, no son muy pesados. Como no tiene cambio de 1.000, tenemos que bajar a comprar algo fresco al Seven Eleven y así le podemos pagar. El cambio en el aeropuerto es bastante malo, así que hemos sacado del cajero y no tenemos billetes más pequeños.

 

Debemos caminar unos 300 metros hasta la estación de la LRT. La zona es de las más animadas que vimos en Manila, con un

variado y colorido mercadillo de puestos, bajo enormes y alegres sombrillas. Al entrar en la estación, nos registran los equipajes bastante a fondo. Comenzamos a constatar, que en esta ciudad, la profesión más demandada es, a buen seguro, la de vigilante de seguridad, porque los hay en casi todos partes. Es una verdadera molestia, sobre todo cuando vas con los bultos grandes y te hacen sacar todo.

 

El precio del billete de la LRT es variable, dependiendo del destino (en nuestro caso, seis estaciones, quince pesos) y es una buena forma de moverse por la ciudad, porque es bastante rápido, aunque en horas punta va muy lleno. Al final, hemos tardado menos y nos ha salido más barato, que ayer ir desde el centro, al aeropuerto de Surabaya.

                                                                Manila (Filipinas)

Empezamos a buscar hotel y solo tenemos que ver los dos primeros, para darnos cuenta de que aquí, vamos a pagar bastante, por muy poquita calidad. Optamos por la Pensione Joward’s. Por 525 pesos, nos dan una luminosa –aunque pequña- habitación con baño compartido. El colchón es como el papel de fumar y nos llama la atención, que haya un caldero en una de sus esquinas. Por la noche, cuando cae el diluvio universal, nos percatamos de su función: Recoger el agua de la incesante gotera que hay en el techo.

 

¡Menos mal que solo va a ser una noche!. No tenemos aún trazado nuestro recorrido por el país. Solo sabemos, que mañana por la noche trataremos de llegar en autobús hasta la ciudad colonial española de Vigán. Aquí todo suena a español: Los nombres de ciudades y pueblos, los de las calles, los nombres y apellidos de las personas… ¿Cómo es posible, que dejáramos todo eso y aquí prácticamente nadie hable nuestro idioma?.

 

Descubrimos rápidamente, que en Filipinas un litro de cerveza cuesta menos de un euro, así que nos tomamos venganza de nuestra prolongada abstinencia en Indonesia. La marca nacional es la San Miguel -también se fuma Fortuna-, que tiene tres gamas: La normal, la Red Horse (muy fuerte) y la Light (no engorda y tiene 5 grados de alcohol), que es muy rica.


<   51   >