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Sudeste Asiático/50


             Hemos planeado, que subiremos desde Dempasar a Kuta andando, porque cuando hemos ido en bemo, hemos visto que hay

bastantes templos y queremos verlos. Son una maravilla, aunque el camino llegado un momento, se hace algo penoso, porque a ratos no hay arcén y muchas veces cuando si lo hay, se trata de esas alcantarillas huecas, de piedra con agujeritos, tan frecuentes en Indonesia; que siempre están a punto de hundirse, con el peligro de caer en una trampa para elefantes. Por ellas también salen efluvios olorosos, cálidos y húmedos, que provocan una desagradable sensación a los pies y a las piernas. Tanto, como cuando tienes a dos centímetros de ellas, el tubo de escape de una moto.

 

             Además hay vehículos varios aparcados, obras eternamente inacabadas, montoneras de tierra, bordillos inclinados, agujeros, hierros que sobresalen puntiagudos y amenazantes…

                                                               Sanur, en Bali (Indonesia)

            En una hora y cincuenta minutos estamos en Kuta, cuando ya empieza a anochecer. Hemos parado en el Carrefour, que está a mitad de camino entre ambas poblaciones, en el lado derecho. Es bastante raro. Parece una nave industrial y muchas cosas no tienen precio. Y las que lo tienen, son más caras que en el supermercado de Kuta. Así que, no compramos nada. No sé si estarán de reformas.

 

              Nos vamos a la piscina y completamos la tarde haciendo lo mismo de siempre. Creo que hemos acertado durmiendo aquí estas noches también, porque en Sanur hay muy poca animación y no habríamos podido salir del hotel. Aunque mañana, será un día largo. Es divertido jugar con los plastas y comisionistas al juego “acierte mi idioma”. La mayoría son bastante torpes. No saben ni lo que es el español. Seguimos inventando nuevas fórmulas para ellos. Ahora nos ha dado por decir “only sepak japanese” (solo hablamos japonés). Y los pobres contestan “Really?” (¿en serio?). ¡Por cuarto día consecutivo, no hemos entrado en internet.

 

 

UBUD Y ALREDEDORES

 

            Si no es en el shuttle bus, llegar a Ubud desde Kuta lleva su tiempo. No obstante, ni perdonamos el desayuno, ni tampoco la piscina, ni el bemo que nos lleva hasta Dempasar. Hoy nos transporta un conductor devoto, con granos de arroz pegados en la frente, pero que también mira por la economía familiar y nos trata de engañar con el precio. Nosotros miramos pro la nuestra y no nos dejamos.

 

            Antes de continuar y para que no quede demasiado enredado, voy a tratar –no es fácil- de explicar, el entramado del transporte en la isla de Bali. Hay cuatro estaciones de bemos. Moverse entre una y otra, no siempre es fácil:

 

            -Tegal: Bemos a Kuta, Sanur y al aeropuerto

 

            -Ubung: Al norte del centro de Dempasar, tiene como destinos el norte y el oeste (Kiediri, Gilimanuk…).

 

             -Vatubulan: Está 6 kilómetros al noreste del centro y tiene como destinaciones el centro y el este de la isla, incluidos Candidasa y Ubud

 

            -Kereneng: Situada al este, tiene bemos a otras terminales y a Sanur. A su lado, está el mercado del mismo nombre.

 

            Aún hoy cuando escribo y después de que han pasado más de tres meses, de que estuvimos en Bali, me estreso al pensar en su entramado de transporte. Si no queréis sufrir demasiado por este asunto, basta con gastar unos cuantos euros más y coger los servicios directos de las agencias. A cambio de sentir menos frustración y estrés, no viviréis tampoco experiencias tan enriquecedoras. Pero es que todo a la vez, no puede ser.

                                             Ubud, en Bali (Indonesia)

            Como no hay transporte público desde la terminal de Tegal a la de Vatubulan, nos vamos andando hasta la de Kereneng (30 minutos), donde tras pelear, pelear y volver a pelear, un bemo amarillo nos conduce a los dos a Vatubulan, por 10.000 rupias. Está lejos.

 

            También hay que regatear aquí, para tomar el bemo a Ubud, pero mucho menos (15.000 rupias por cabeza). No deja de haber bonitos templos a lo largo de todo el camino. En 45 minutos estamos en nuestro destino. Ha llovido la noche anterior y el día está algo nublado

 

            Nos dejan justo delante del mercado de artesanía (Pasar Seni), cuya parte de abajo en el interior es algo cochambrosa y con la mayoría de puestos cerrados -tal vez, por ser domingo-. En la de arriba, predomina los puestos de ropa. De forma desperdigada, hay muchas tiendas bonitas, que venden objetos de paja y mimbre (servilleteros, bandejas, reposacazuelas…).

 

Vemos un hermoso templo en la calle principal (JL Raya Ubud) y una impresionante casa tipo Palacio del Sultán de Yogakarta, pero en bonito (donde no se puede entrar, cosa que descubrimos cuando ya la hemos pateado de arriba abajo por dentro y cuando vemos al personal de servicio planchando y haciendo la comida).

 

Bajamos Por la calle que lleva al Santuario del Bosque de los Monos, llamada Monkey Forest Road (la entrada a este lugar,

pequeña reserva natural sin demasiado interés, son 15.000 rupias indonesias). Está llena de vacíos y caros establecimientos 24 horas, tiendas montadas con mucho gusto y estilo –con pocos clientes, por cierto- y galerías de arte. Ubud –dicen-, es el centro cultural de la isla de Bali. En esta calle hay más guiris –sobre todo germánicos- que casi en el resto de Indonesia junta. Si Kuta es caro, Ubud lo es, al menos un 20% más.

 

            Aparte del mencionado templo y esta calle demasiado artificial, pocas cosas más tiene Ubud. El resto del pueblo es decadente, sino pobre y está lleno de obras y de zanjas: Leeréis y oréis, que es un sitio mejor que kuta, para tomarlo como campamento base en la isla. Decir lo contrario no es políticamente correcto. Pero como yo no soy muy políticamente correcta, voy a defender lo contrario, en base a:

                                                               Ubud, en Bali (Indonesia)

            -Kuta es un sitio menos pijo (Ubud lo es muchísimo, el pijismo personificado) y más cosmopolita que Ubud

 

             -La oferta de restaurantes, bares y alojamientos es mucho mayor y sobre todo, a mejores precios.

 

            -La playa de Kuta no será la más maravillosa del mundo, pero Ubud no tiene.

 

            -Kuta ofrece muchas más posibilidades de entretenimiento para el ocio y las compras, en la tarde-noche.

 

            Si que hay que reconocer sin embargo, que al estar más centrada, Ubud tiene mejores accesos a casi cualquier parte de de Bali y que tiene unos bonitos alrededores, que son los que exploramos, después de comer de supermercado, para no perder demasiado tiempo y porque los restaurantes aquí son caros.

 

            Ubud también puede ser un lugar recomendable, si lo que se quiere es ver a alemanas con el último modelito y la pedicura hecha, con las uñas de los pies pintadas y decoradas con motivos, tipo horteras flores. ¡Hasta las chanclas que llevan, tienen tacón!. El acabose.

 

 

           Primero vamos andando, al bonito templo de Goa Gajah o Cueva del Elefante (a unos dos kilómetros, cruzando campos de arroz). Después alquilamos una moto (50.000 rupias indonesias) y nos acercamos a los Templos de Besakih, situados en un alto, a unos 50 kilómetros. Tienen varios pisos y son realmente bonitos.

 

            Terminamos nuestro periplo, visitando el templo Kehen (a unos quine kilómetros al norte de Ubud). Desestimamos por falta de tiempo y por parecernos algo complicada –quizás no lo sea, si se prepara con la suficiente antelación- la visita a Gunung Batur (donde se encuentran la localidad del mismo nombre, el volcán activo y las fuentes termales de Toya Bungkah).

  Ubud, en Bali (Indonesia)

.           A la vuelta a Ubud, contemplamos otro templo y un recinto de actuaciones –a modo de teatro-, con unos bonitos nenúfares flotando sobre el agua, al estilo de Hue (Vietnam). Y luego continuamos hacia la izquierda de la calle principal. Sigue siendo bonita y con comercios bien montados. Llegamos hasta un puente, con una bonita garganta debajo.

 

            Un conductor desdentado nos lleva en el bemo de vuelta, pagando lo mismo que por la mañana y sin tener que negociar (¡Qué alivio!, porque ya vamos con la reserva). En el interior, coloridas escenas de cotidianidad balinesa, con vendedoras de casi todo. Unas van con los cestos vacíos y otras con casi toda la mercancía entera. Nos llama la atención una que vende cullillos, tipo espada y que saca uno para mostrárnoslo. Solo de verlo en su mano entra miedo. ¡Lástima de no haberlo tenido, el día que nos engaño el del bemo de Dempasar!. Sube una lugareña, con un ojo a la virulé. Todas mastican betel. ¡Así tienen los dientes de negros!. La puerta del bemo va abierta y el aire que acaricia los pies, resulta una delicia.

 

            Llegamos a la estación de Vatubulan y a pesar de estar muy lejos, nos decidimos a ir andando hasta la de Tegal, porque por el camino hay un par de templos interesantes, que nos quedan por ver. En uno de ellos hay una colorida y multitudinaria celebración, en la que las mujeres están coquetamente vestidas y ellos llevan el sharon –especie de falda a cuadros negros y blancos- y ese atillo que se ponen en la cabeza y que siempre quise saber como se llama, pero nunca lo supe. Nos invitan a pasar, si nos vestimos de la misma forma (las ropas las ponen ellos) y con ganas nos quedamos, pero se hace tarde. 200 metros más adelante, el contrapunto: Una mezquita, con dos chicas con hijab, vendiendo a la puerta. Vamos intentando sacar dinero en cada cajero que encontramos y para variar, hasta la quinta ocasión no lo conseguimos.

 

            Llegamos a la estación de Tegal de noche y el del bemo a Kuta, nos quiere cobrar el doble. ¡Va a ser que no!. Rematamos la tarde bañándonos en la piscina, viendo a Fernando Alonso al resto de pilotos de la Formula 1, en una pantalla gigante, desde el agua-

 

 

DE RETORNO A SURABAYA

 

           Nuestro último bemo de vuelta a Kuta va lleno. Un hombre con un maletín trata de entablar conversación. No, a nosotros no nos

vendes lo que llevas ahí dentro, así que nada de confianzas. Otro sube al vehículo y deja un buen taco de folletos del Carrefour, con una sonriente mujer con hijab en la portada y las ofertas del “especial ramadán”. Son del 26 de agosto al 9 de septiembre y hoy ya es ocho. Como cada día, el conductor nos quiere engañar con el precio. Los hay de todo tipo: Desde los que se conforman con estafarte un 20%, hasta los que ambicionan más del 100%.

 

            Según bajamos del cacharro, ya tenemos a tres empleados de la estación rodeándonos. ¡Dios mío, que servicial es esta gente!. Si cualquier guiri normalmente, parece un objetivo fácil en Bali, cuando te ven con bultos, se piensan que eres la oportunidad de su vida. Pero nosotros a lo nuestro. Hoy nos ha dado por preguntar a todo el que nos entra que si sabe español. Y tras quedar desconcertados inicialmente, luego ponen cara de circunstancias y dicen que no, muy serios.

 

            Como no tenemos ganas ya de negociar con nadie más, de la estación de Tegal nos vamos andando a la de Ubung. De camino, los pesados de los bemos no nos dejan de pitar, a la búsqueda de carne fresca. Hay uno incluso, que nos quiere llevar a la terminal, cuando estamos a 50 metros. De verdad, que por lo que odiamos a esta gente, no es porque nos traten de sacar el dinero, sino porque nos tomen constantemente por estúpidos gilipollas. Y esa sensación de sentirte como un pajarillo, al que apuntan decenas de escopetas.

                                                                      Banyuwangi, en Java (Indonesia)

            Tomamos un microbús para Gilimanik (25.000 rupias indonesias) y el viaje resulta bastante más largo de lo esperado (cuatro horas, para en teoría, 134 kilómetros). No hay ni un solo turista. El ayudante del conductor fuma y fuma y los hijabs, olvidados durante estos días, vuelven a aparecer en el pasaje El paisaje es entretenido. Hay muchas curvas y predomina la superficie forestal, aunque a veces se ve el mar en la lejanía.

 

Hemos guardado los restos de la comida en una bolsa y el ayudante, sin contemplaciones, la coge sin ni siquiera pedirnos permiso y la tira por la ventanilla. ¡Viva el medio ambiente!. No así la botella de agua vacía, que se la guarda.

 

            Nos sentimos tristes. Esta isla nos ha dado unos momentos excelentes y nos ha marcado para siempre. ¿Y a quién no?. Parece mentira que en tan minúscula franja de tierra, pueda haber tantos encantos y para todos los gustos: Centenares de templos, selva, volcanes, playas de arena negra, aguas para hacer surf (sobre todo en el sur), snorkel y buceo (mayormente en el noreste), resorts….

 

            Tomamos el ferry a Java. El mar esta picado y el barco se mueve bastante, pero aún así, tardamos menos que el día de nuestra llegada. Esquivamos al ejército de comisionistas del puerto y nos dirigimos a la estación de ferrocarril. No sabemos muy bien, si quedarnos a dormir aquí o si  tomar el tren nocturno para Surabaya. Ante la falta de alojamientos, en este pueblo de casa bajas, pero cuidadas, optamos por esto último. Se nota que hemos retornado a Ramadania, porque en la elegante mezquita, llevan toda la tarde cantando y lanzando monsergas. Lo único animado aquí, son las puertas de los dos supermercados que hay en la calle principal, que rebosan de actividad. Nos convertimos en la atracción del lugar. Cualquier cosa que hacemos, la observan con lupa y muchas veces ríen. ¡Poco necesitan aquí para entretenerse!

 

            No hay consigna, ni se quieren hacer cargo de nuestras mochilas en la ventanilla de la estación de trenes, así que pasamos la tarde, dando paseos cortos y escribiendo -en mi caso, tomando anotaciones solo-, sobre los acontecimientos vividos en la linda isla de Bali. Los niños se acercan y nos miran con curiosidad. Nos preguntan con total naturalidad si hablamos indo  Podríamos habernos quedado un día más en la isla y haber viajado en el nocturno de mañana, pero nos pareció demasiado riego, teniendo dos vuelos casi encadenados a las pocas horas.

 

            El tren va lleno, así que no nos podemos tumbar, como la otra vez, pero aún así, duermo bastantes horas. El convoy resulta igual de colorido que a la ida, aunque esta vez, nadie reparte ningún objeto mullido para acomodarse en el asiento. Muchos hombres se tumban en el suelo, para que sus mujeres duerman en el asiento, pero mi chico no sigue el ejemplo. Llegamos cuarto de hora tarde a Surabaya y como la otra vez, nos dejan tirados en mitad de la nada, por lo que tenemos que caminar a través de desniveles, charcos, cables y traviesas. Varias personas –incluso con niños pequeños-suben al tren, con el fin de hacerse cargo de los olvidos –uno de ellos, es nuestro paraguas, mangado en Butterworth- y de las sobras de los pasajeros, que puedan tener alguna utilidad. Es una estampa, que me impacta. 

 

Nos tiramos a dormir en un banco y lo conseguimos durante un par de horas, a pesar del jaleo que hay en la estación y de la megafonía. Nadie nos molesta. Son pesados, pero al menos respetan la hora de comer y dormir.

 

Nos vamos al hotel Irian (80.000 rupias indonesias). Es tan lamentable como el otro que padecimos aquí, pero tiene la ducha dentro –aunque sea de los de ducharse a cazazos y jarrazos-, posee televisión –por primera vez en el país, aunque menudo modelo- y está más próximo a la estación. Son las ocho y media de la mañana y decidimos dormir hasta las 12, a pesar del molesto gallo, que no para de chillar, aunque ya hace bastante tiempo que amaneció.

 Banyuwangi, en Java (Indonesia)

Cuando nos levantamos, nos vamos a entretener el tiempo paseando. Todo sigue aquí, igual que hace una semana: Tráfico caótico, basura por las calles, bicitaxis de dueños plastas y nosotros, como máximos protagonistas y fuente de entretenimiento de los ociosos lugareños. Si Egipto o Grecia fueron la cuna de la cavilación, Surabaya es la de la incivilización. Hay personas –algunas incluso, nos chistan a graznidos-, que parecen bestias. Y lo peor, es que es contagioso y tú también te acabas haciendo un bárbaro, para sobrevivir en esta jungla.


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