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Sudeste Asiático/46


              Volvemos y miramos los horarios de los autobuses a Yogakarta en las agencias de la zona de Jaksa. Tardan unas 12 horas y

salen a media tarde, todos los días. Seguro que si vamos a la estación de autobuses en las afueras, los precios son mucho más baratos, pero si tienes que coger un tuk yuk para llegar, al final te gastas lo mismo o más. Los tuk tuks aquí son cochecitos entre naranjas y rojos, de forma alargada. Son parecidos a los que vimos en algunos sitios de América, aunque más viejos   

           

            Compramos cervezas en la tienda de enfrente y nos las tomamos en la terraza del hotel. Al menos aquí se está a gusto. Que casualidad: Siempre que hay cerveza a discreción, tenemos el baño compartido. Me dedico a escribir como cada noche –empleo diariamente más de una hora-, las anotaciones que darán vida a este relato, mientras mi chico retrata la crónica del día en su diario, terminando con  la frase, que bajo mi punto de vista, resume en una sola línea este viaje: “Y a pesar de todo, nosotros seguimos como si nada”.

                                                                         Jakarta (Indonesia)

            Me duermo, mientras pienso en la paradoja Indonesia: “Si no tienes un billete de avión, te deportan. Pero para poder salir del país deportado, necesitas tener un boleto aéreo. Por lo cual, cuando lo tengas, ya no te pueden deportar”. Esto es algo así, como la parte contratante de la primera parte… de los hermanos Marx.

 

            Empieza un nuevo día, en el que estamos más descansados. Nos hemos levantado tarde y no lo hemos hecho más, por miedo a quedarnos sin plaza en el minibús de la tarde, a Yogakarta. Por cierto, que mal me suena eso de minibús. ¿A ver si se va a tratar de un incómodo microbús?. En la agencia, vemos a una simpática norteamericana, que está algo desesperada, tratando de resolver sus problemas con un boleto aéreo, que tiene para el día 7 de septiembre desde Bali. ¡Como me suena la situación!. Y es que me acabo de dar cuenta, de  que ayer no hemos ni mirado a ver si se ha arreglado el problema de las tarjetas. Compramos los billetes para la tarde, por 75.000 rupias indonesias, cada uno.

 

            Después, damos una vuelta por la zona más deprimida de Jaksa. Es similar a la de Ho Chi Minh –un poco más vieja-, con las calles estrechas, las casas bajas y la gente haciendo su vida en la calle. Está llena de niños sonrientes, que saludan con regocijo la llegada del turista. ¿Acaso, no van al colegio?. La cuestión es, que nos encantan estos enclaves desbordantes de cotidianidad, la mayoría de las veces, dejados de la mano de Dios y Alá.

 

             Con buen ánimo, nos disponemos a completar el largo caminos que lleva a la Mesjid Istiqlal, que es la mezquita más grande de todo el sudeste asiático. Las avenidas aquí, además de anchas, no tienen casi ni semáforos, ni puentes elevados, por lo que para el peatón son todo un incordio. Aquí –como en Vietnam y Camboya-, el que no tiene un trasto con ruedas –sean dos, tres o cuatro- no es nadie. Da igual que se sea un niño o que se esté cerca del centenario

 

  

          La visita al recinto interior es guiada y al final, te piden sin mucho insistir, si quieres dar un donativo. Los no musulmanes no podemos entrar a la sala de oración, pero si la podemos ver desde la parte de arriba y salir al patio, desde donde contemplar el impresionante minarete que la preside. A pesar de ser de construcción moderna y de que es un poco mamotreto, a nosotros nos gusta bastante.

 

            Comemos a base de aperitivos salados en una pastelería y nuevamente, embutidos del supermercado. Hace un calor insoportable, más que ayer, así que nos vamos al ciber, donde seguimos constatando, que estamos en el mismo punto que hace dos días: No hay forma de reservar los billetes desde Surabaya a Kuala Lumpur, con Air Asia.

  Jakarta (Indonesia)

            Al salir y a pesar de que no estamos en época de lluvias, en tan solo media hora las calles se inundan y las alcantarillas no dan a vasto a tragar agua. Ha sido una tormenta breve, pero muy brava. Nosotros, hemos aprovechado para entrar en un pequeño y viejo bajo de Jaksa, que hace las funciones de peluquería, para que mi chico se corte el pelo, por unos ochenta céntimos de euro. Al menos aquí, lo hacen a cubierto, porque en Vietnam y Camboya, te plantan un sillón en mitad de la calle al aire libre, a veces entre la basura.

 

 

CAMINO DE YOGAKARTA

 

              Damos las últimas vueltas por este animado barrio y recogemos nuestro equipaje en el hotel. Como nos temíamos esta mañana, el supuesto minibús es un microbús. ¡Menuda nochecita que vamos a pasar!. De momento, hay cuatro personas, el conductor y un hombre, que no sabemos muy bien, si es pasajero o su ayudante.

 

            En total, estamos dos horas y media para salir de Jakarta, Primero, partimos hacia un lado de la ciudad, hasta un lejanísimo

barrio de calles oscuras y casas bajas. Empezamos a dar vueltas y la situación nos parece tan sospechosa, que empezamos a tener miedo de que nos pueda pasar algo. Pero la realidad, es que andan buscando a dos pasajeros más y no encuentran la dirección. Luego vamos a otro punto bien alejado de este y allí se baja, el que nosotros suponíamos el ayudante. Al menos, nos ha dejado la fila de tres sitios del coche para los dos solos y podremos ir un poco más cómodos.

 

            Al contrario de lo que habíamos pensado, dormimos bastantes horas, a pesar de que la carretera tiene bastantes curvas. Pero las 12 horas de camino, se convierten en realidad en 14. ¡Otra vez nos la hemos jugado, con una persona tantísimas horas seguidas al volante!. Así que, si queréis nuestro consejo, gastaron un poquito más y tomad el tren.

                                                                         Jogakarta (Indonesia)


YOGAKARTA

 

            Encontramos rápidamente alojamiento con desayuno (85.000 rupias indonesias) en el Hotel Mónica, cerca de donde nos ha dejado el microbús, en la zona de Sosrowisayan, que es la de los alojamientos. Nos hemos emocionado tanto, que a primera vista no nos hemos dado cuenta, de que el baño tiene ducha, pero no lavabo. Aquí empezaría una constante de los alojamientos en Indonesia: La dificultad de encontrar un baño al completo. Cuando no falta el lavabo, es la taza y cuando no, la ducha. O dos de las tres cosas.

 

            La calle principal es animada, con tiendas y puestos a los lados, la mayoría de ropa. A diferencia de la poco turística Jakarta, aquí la gente es más pesada. Sobre todo los dueños de los bicitaxis –en Yogakarta son de los de la rueda grande y el asiento del conductor elevado-, que no dejan de ofrecer sus servicios con una perseverancia encomiable, sino fuera porque una y otra vez, te acaban desgastando la paciencia.

 

            Al final de la calle y en el cruce con la que a la izquierda, acaba llevando al Carrefour, al aeropuerto y a los templos de Prambanan, se levantan bonitos edificios blancos, que me recuerdan, más por añoranza que por similitud, a las lindas ciudades coloniales, que tanto nos impresionaron en Sudamérica.

 

            Lo que no nos gusta nada, es el tan cacareado Palacio del Sultán (12.500 ID$, más otras mil por la cámara de fotos). La visita es obligatoriamente guiada –en nuestro caso en español, aunque habla de corrido y entiende poco, pero aún así, es un detalle- y aparte de una colección enorme de fotos del Sultán, en todas sus actividades y edades, poco más tiene de interés, dado que los edificios, escasas emociones levantan (tiran a cutres, para lo que estamos acostumbrados en Europa).

 

            El sultán es musulmán-hindú (hace a todo) y tiene una sola mujer (vaya mierda de Sultán, pienso, cuando lo escucho). En un intento de vender Indonesia como un país moderno, que seguro viene impuesto desde las altas esferas, la guía trata de constatar constantemente este hecho, pero lo acaba estropeando cuando dice: “El Sultán es hombre de una sola mujer y no tiene ninguna concubina, porque si ya una mujer es un problema, muchas mujeres son muchos problemas y muchos más gastos. ¡Sí señor, viva el feminismo indonesio!.

 

  

          Vamos al mercado de los pájaros (Pasar Ngasem) y ahora si que nos emocionamos, con los bellos plumajes y las jaulas construidas en madera . Seguimos por el Palacio del Agua (Taman Sari) y también acabamos encantados con la contemplación de estas ruinas, de lo que fueron palacios, canales y piscinas. Desde aquí se pueden contemplar vistas de la ciudad, nada espectaculares. A mi me gustan más la que se ven desde el río.

 

            También vemos la Mesjid Besar, mezquita bastante bonita, que está ubicada muy cerquita del Palacio del sultán. El día es caluroso y hace cierto bochorno, aunque de momento está despejado y sin amenaza de lluvia.

 

            Comemos de supermercado y nos vamos a ver lo que resta, que no es mucho: Una estatua, un museo (Pakualaman Kraton) algo dejado y algunas mezquitas.         

 Jogakarta (Indonesia)

            Las calles que están junto al hotel, forman también un bonito barrio de arterias estrechas y casas bajas, estilo al Jaksa de Jakarta, aunque mejor cuidado, más limpio y completamente asfaltado. Por aquí apenas pasean los turistas y la cotidianidad es tal, que se puede ver a las señoras en plena calle y en cuclillas, planchando la ropa, mientras canturrean

 

            En esta zona de Indonesia, a las 17,45 de la tarde ya es de noche. Mal asunto, porque en Malasia nos habían acostumbrado a no anochecer hasta casi las 19,30. Nos vamos al cíber, a constatar que nuestros problemas con las tarjetas siguen sin solucionarse y a ver si desde el banco, ya nos han mandado los números de las tarjetas nuevas. De momento, nos han remitido solo el de la nueva Visa –que tras probarla, presenta el mismo problema que las otras- y esperan poder tener mañana mismo, cuando les lleven la valija, el de la Mastercad

             

            Nos vamos andando hasta un supermercado, que hemos descubierto al lado del río, cuando paseábamos esta tarde. Está bien abastecido y no es caro. Queremos avituallarnos para mañana, puesto que tenemos pensado visitar los templos de Prambanan y no creemos que nos de tiempo a volver a la hora de comer. Es una visita que esperamos con bastante expectación, ahora que la cultura hindú nos está llenando tanto.

 

           

TEMPLOS DE PRAMBANAN

           

              Como habíamos supuesto y no podía ser de otra manera, el desayuno resulta bastante básico: Café negro con posos y un sándwich vacío (aunque te dan a elegir entre piña y fresa). Tomamos el bus 1A (3.000 ID$), justo al lado de la oficina de Turismo, en la calle principal, que nos pone en los templos en tres cuartos de hora. El autobús pasa tanto por el Carrefour, como por el aeropuerto.

 

            Pagamos la entrada y nos quedamos boquiabiertos, no por su precio, que es razonable (90.000 rupias indonesias), sino por la

belleza que se levanta ante nuestros ojos (aunque la frase suene hortera, así es). Y eso que uno de los templos está en obras, con andamios y afea un poco la vista general.

 

            Lástima también, la estridente música que en ese momento hay en el recinto, que solo se pueda subir a un par de templos y no a todos y que no se puedan circundar individualmente. No hay muchos turistas, pero si colegios enteros de niños, que han venido a hacer la excursión, al ser sábado. Ellos solo pagan 4.500 rupias (veinte veces menos que nosotros, por ver lo mismo).

 

            Prambanan es un conjunto de 240 templos dedicados a Shivá, construidos a lo largo del siglo IX, bajo la dinastía Sanjaya, del primer Reino de Mataram. El Conjunto de Prambanan, está clasificado como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, desde el año 1991.

                     Templos de Prambanan, en Yogakarta (Indonesia)

            El templo central, dedicado a Durgā, esposa de Shivá, descansa en una estructura sobreelevada de 34 m de lado. Contiene una estatua de la diosa. Esta estructura está rodeada de un recinto de 110 m de lado, incluyendo los templos anexos. Todo ello apoyado, sobre una plataforma rectangular de 390 x 222 m. Más allá, pequeños templos aislados.

 

            Entramos en el templo principal: En su interior, escenas de combates entre el bien y el mal y por supuesto, representaciones de Brahmā, Shivá, Vishnú, Ganesha y otras muchas divinidades.

 

            Comemos en el recinto de los templos sin ningún problema y tomamos el bus de retorno a Yogakarta.

 

 

VUELTA A YOGAKARTA

 

            Como hemos visto, que los microbuses para turistas, que salen de la zona de Sosrowijayan y que van hasta Surabaya son bastante caros, pretendemos encontrar la lejana estación de autobuses, para ver si desde allí los precios son más moderados. ¡Vaya ocurrencia!. Nos da por ir andando y tardamos exactamente dos horas de reloj, con el calor pegando fuerte y por unas calles sin interés alguno.

 

            Menos mal que a mitad de camino nos cruzamos con un desfile, en el que con coloridos y folclóricos trajes, están desfilando numerosos grupos étnicos, culturales y religiosos. Todos son simpáticos y animados y se ponen en primer plano o se paran, para que les podamos captar más fácilmente con el objetivo de la cámara.

 

 

           Pasamos por una calle por donde solo hay concesionarios, mientras al torcer por la siguiente, todos los negocios se dedican a la fabricación de lápidas. Sí, parecen sectores complementarios. Unos les venden el coche y como aquí conducen como bestias, los otros les venden las lápidas.

 

            La hora oficial de este país está tan mal puesta, que a las nueve de la mañana te asfixias de calor y a las cuatro ya empieza a refrescar. Tendrían que adelantar la hora, al menos  un par de ellas y a la divisa quitarle tres ceros

 

            La terminal de autobuses es bastante rara en su distribución y está llena de buscavidas algo pesados, que andan a la caza de su comisión. Pero nos ha merecido la pena acercarnos –aunque podríamos haber venido en transporte público-, porque el autobús a Surabayaí, cuesta la mitad que en el centro

 Jogakarta (Indonesia)

            En el camino de vuelta se nos hace de noche, así que desistimos de nuestra primera intención de ir hasta el mercado de los pájaros, que tanto nos había entusiasmado ayer. La calle principal cambia su aspecto de noche. Siguen los tenderetes de ropa, pero en la zona próxima a la oficina de Turismo, se van montando puestos de calduverios, de mesa baja y alfombra como asiento. Como en Camboya o Tailandia, en Indonesia, también nos dan la bienvenida al paraíso del calduverio. En la zona cercana a los bancos, ponen stands de baratijas y bisutería.

 

            Al igual también que en Camboya y Vietnam, las aceras en Indonesia no sirven para andar. Sus funciones son múltiples y sólo cuando no hay nada que poner, quedan a disposición del peatón. Sirven, por este orden de prioridades para:

 

            -Aparcar las motos o cualquier vehículo mediano o pequeño.

 

             -Montar el puesto de calduverios, con la cocina y las sillas y mesas para sentarse (eso suele ocurrir por las tardes).



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