El mercado nocturno del barrio hindú nos decepciona un poco. Es espacioso y ofrece variedad, pero es disperso y no tiene casi encanto, ni clientes. Volvemos al ciber, pero nada se ha solucionado. Estamos empezando a valorar la idea, de dejar Myanmar para otra ocasión y volar directamente desde Indonesia a la India. El buscador de vuelos, Terminal A, no redirecciona las tarjetas de crédito a la página de nuestro banco, sino que te emite el localizador directamente sin este paso, por lo que podríamos comprar los billetes mañana mismo. El inconveniente, es que el trayecto entre Jakarta y Delhi o Calcuta, resulta bastante caro. Y, aunque en un principio no nos llama mucho la atención, también estamos empezando a valorar la opción de ir a Filipinas, reservando con alguna low cost, que no pida verificación de tarjeta. Habrá que verlo detenidamente. Kuala Lumpur (Malasia)Nos levantamos a las diez de la mañana. El sol entra por la ventana y hace daño a los ojos, pero en diez minutos el cielo se nubla y se llena de nubes negras. Caminamos sin rumbo por la zona de la mezquita y de Little India, que no está mucho más animada que anoche. Compramos esas típicas barritas crujientes de pescado –con salsa agridulce y picante-, que venden en los puestos de Kuala Lumpur por un ringgit y que a nosotros nos gustan bastante. Empieza a llover con una fuerza tremenda. Entramos en un supermercado nuevo que hemos encontrado, a comprar algo fresco para pasar las migas. Tiene una distribución bastante rara, como otros muchos en el sudeste asiático. Me van a tener que dar un manual de instrucciones, donde expliquen los criterios de organización. Resulta que en la primera planta estás los refrescos y el arroz, entre otros. Subes a la segunda y hay ropa. Y una más arriba, tienen colocadas las papas fritas, los aperitivos y las galletas. ¡No hay quien lo entienda!. Son las doce menos cuarto y volvemos al hotel, a recoger el equipaje de la habitación y a bajarlo a recepción, donde nos lo guardan sin problemas. Como llueve y no para, paseamos por el mercado, que es cubierto. En una de sus exitosas panaderías, comemos algunas de las delicias que ofrecen (patatas rellenas de pollo, de queso, empanadillas…) y después, nos zampamos un par de hamburguesas en un puesto de la calle. Todo es muy higiénico. Están envueltas en plástico y conservadas en una cámara frigorífica. Además, muestran una placa, en la que se certifica, que tienen la aprobación de las autoridades sanitarias. Nos damos cuenta, de que en toda la mañana, no hemos hecho otra cosa que comer. Las condiciones climatológicas son cada vez más adversas y las calles comienzan a inundarse. Al cruzarlas, de acera a acera, el agua ya nos llega por encima de los tobillos. Nos vamos al cíber, pero las cosas no han mejorado. La suerte esta echada: Entraremos esta noche en Indonesia sin boletos aéreos de vuelta y que pase lo que Dios –o Alá- quiera. CAMINO DE JAKARTA Como en Kuala Lumpur no tenemos muchas más cosas que hacer y llueve tanto, decidimos ir yendo poco a poco hacia el aeropuerto y justamente cuando subimos al autobús, que tomamos en la estación de trenes, el cielo se abre y aparece un sol resplandeciente. El aeropuerto de Kuala Lumpur es acogedor, accesible y tranquilo. Todo está bien indicado –menuda diferencia con el de Hanoi- y el personal es amable. Antes de facturarlo, hay que pasar el equipaje por un escáner, pero a diferencia de la mayoría de los aeropuertos del mundo, te dejan meter los paraguas junto al equipaje de mano.Recorremos la terminal de arriba a bajo, a ver si tenemos la suerte de que aquí haya una oficina de Air Asia y así poder sacar el billete de avión in situ, dado que las tarjetas no dan un solo problema para pagar en comercios o agencias. Pero no hay suerte, porque la compañía no tiene oficinas físicas aquí. Vemos una bonita puesta de sol, que habría sido casi perfecta, sino fuera porque la afean todos los coches que están aparcados en el parking del aeropuerto. Damos vueltas y más vueltas y nos acercamos a un restaurante próximo. A diferencia del centro de Kuala Lumpur, aquí los calduverios huelen mal y apenas hay gente. Los trámites de inmigración son sencillos y rápidos, pero al entrar en la zona de tránsito nos enteramos de que nuestro vuelo se retrasa cuarenta y cinco minutos. El horario ya era malo y ahora pasa a ser peor, aunque ya estábamos medio mentalizados, de que nos iba a tocar pasar noche en el aeropuerto de Jakarta (si nos dejan entrar al país, claro está). Jakarta (Indonesia) El Vuelo
transcurre sin pena ni gloria, con algunas pequeñas turbulencias. En poco más
de hora y media estamos en la capital de Indonesia, pero como es mala costumbre
en Air Asia, no se nos ha entregado el formulario de inmigración. Caminamos por la zona de llegadas de este viejo aeropuerto y casi nos pasmos las oficinas donde venden el visado (a la derecha). Pagamos los 50 dólares que cuestan las dos visas y un funcionario las pega en los pasaportes (no es necesaria ni foto, ni rellenar nada, porque más que un visado, se trata de un impuesto turístico. Otro, nos pregunta si tenemos billete de vuelta y le contestamos que sí. Mi chico y yo, nos habíamos puesto previamente de acuerdo –para no contradecirnos- en responder, que nuestro vuelo de vuelta es con Air Asia, el día 11 de septiembre a las doce y diez de la mañana, desde Surabaya a Kuala Lumpur. Y eso es lo que le contestamos. Parece que se lo ha creído, porque nos deja pasar sin más preguntas. Al fin y al cabo, tenemos pinta de inofensivos turistas. Caminamos con paso firme hacia las ventanillas de inmigración. Tras rellenar el formulario correspondiente, nos ponemos en la única que hay abierta. Tras varios minutos, llega nuestro turno. No ha habido suerte. Nos ha tocado, a buen seguro, el oficial más riguroso del aeropuerto de Jakarta. Nos pide el billete de vuelta y le contamos la misma historia que al funcionario anterior, pero este, quiere ver el boleto físicamente. No le basta nuestra palabra. Le indicamos que se nos olvidó imprimirlo y que lo tenemos en el correo electrónico. Tratamos de dificultar la conversación haciendo que sabemos menos inglés del que en realidad sabemos, pero aún así, sigue empeñado en querer ver el billete, porque, según dice, son las normas y las normas están para cumplirlas a rajatabla.. Estamos desesperados, aunque intentamos mantener la calma, a pesar de que ya por nuestra cabeza, empieza a rondar la idea, de que nos van a deportar como a cayuqueros ilegales, como a los balseros que cruzan desde Cuba a Estados Unidos. O peor: Que el funcionario en cuestión, nos va a llevar a su despacho, a poner delante del ordenador y a decirnos: “Impriman aquí ustedes el billete, si es que es verdad que lo tienen”. Y entonces se nos va a caer el pelo, porque se va a descubrir nuestra mentira y el afán de engañar al estado de Indonesia. Escenas de la película “El expreso de medianoche”, cruzan por mi mente. La tensión sigue creciendo y cuando ya estamos completamente seguros, de que una de las dos cosas expuestas anteriormente va a ocurrir, tal vez es nuestra forzada carita de pena, lo que hace reblandecer el corazón de aquel hombre y por fin, terminamos por escuchar el tranquilizador sonido que hace el sello impregnado de tinta, al estamparse en nuestros pasaportes. ¡¡Estamos dentro!!. JAKARTA Felices y contentos, traspasamos la hilera de ventanillas, para darnos cuenta al abrir los pasaportes, de que la cosa no nos ha salido completamente gratis. Le habíamos pedido encarecidamente al funcionario, que nos estampara el sello en una hoja ya ocupada, pero no nos ha hecho caso –supongo que intencionadamente- y a ambos nos lo ha puesto en una hoja vacía. Esto supone, que nos quedamos con una sola hoja libre en los pasaportes, lo que a efectos prácticos se traduce, en que como Myanmar y la India emplean visados de hoja completa, tendremos que renunciar a visitar uno de los dos países, que por supuesto, será Myanmar. ¡¡Menudo hijo de puta!!. Jakarta (Indonesia)Salimos a la zona de llegadas, la tensión acumulada ha sido tanta, que ahora, más relajados, nos da por vacilar a todos los taxistas que nos agobian y nos quieren llevar a alguna parte. Nos tratan de engañar, diciendo que a esas horas ya no hay transporte público –entre unas cosas y otras, son casi las doce y media de la noche-, pero las mentiras en un aeropuerto, tienen las patas muy cortas y con solo andar cinco o seis pasos, encontramos la parada del autobús y un vehículo estacionado, que se dirige hasta la estación de trenes de Gambir, en el centro de la ciudad. Algunos taxistas, sin embargo, han hecho gala de su buen humor. Uno nos dice: “¿Dónde os llevo, a Jaksa (zona de los alojamientos de Jakarta) o a la isla de Bali?. Habíamos pensado quedarnos en el aeropuerto a echar un sueño y bajar a Jakarta a las cinco o seis de la mañana, pero nos ha entrado miedo de que pueda aparecer el funcionario de inmigración y nos vea tirados en el suelo. ¡Para que queremos más!. Así que subimos al autobús (20.000 rupias indonesias) y en menos de una hora, estamos en la terminal ferroviaria. Nos tiramos al suelo. Hay algunas otras personas durmiendo, pero no somos muchos. Como no conciliamos el sueño, nos dedicamos a practicar el deporte nacional del sudeste asiático, que no es ni el bádminton, ni la meditación oriental, sino matar mosquitos a palmetazos. Y es que los que hay aquí, son casi de grandes como garbanzos. Nunca se nos hubiera ocurrido pasar la noche en la calle –o en una terminal- en Sudamérica y Centroamérica y solo lo haríamos por necesidad en Europa, pero en el sudeste asiático no hay ningún problema. Te puedes tirar al suelo y dejar al lado el equipaje suelto, porque con un porcentaje altísimo de posibilidades, cuando te despiertes, seguirá allí. Sirva el ejemplo de ayer por la tarde en el aeropuerto de Kuala Lumpur. Se nos olvidó el paraguas en el hall y cuando volvimos a buscarlo –sin ninguna esperanza-, a las dos horas y media, allí estaba. Y si la policía te ve tirado en el suelo, tampoco te dice nada. En este país te ponen todo tipo de pegas para entrar con sus estúpidas normas, pero luego les da igual que andes tirado por los suelos, como un mendigo.Como no conseguimos dormirnos y las adversidades parecen habernos aclarado la mente, a la decisión de no ir a Myanmar, acabamos de añadir la de visitar definitivamente Filipinas, país para el que no necesitamos visado y por tanto, podemos poner el sello en cualquier hoja ya ocupada del pasaporte. Eso, si las tarjetas funcionan y podemos reservar con Air Asia los vuelos Surabaya-Kuala Lumpur y Kuala Lumpur Manila. Si no funcionan y aunque es caro, partiremos desde aquí, directamente hacia la India. En ese caso, tendremos que hacer el visado de este país, durante estos días, en Jakarta. Jakarta (Indonesia)Empieza a amanecer y escuchamos el cálido canto del muecín de una mezquita cercana. La estación se llena de gente y por la megafonía empiezan a anunciar cosas, a ritmo de los acordes del big ben de Londres (din, don, din don…. din don, din, don). Creemos llegado el momento de coger los bártulos e ir en busca de alojamiento, a la zona de Jaksa. Jakarta es realmente caótica y puede perfectamente competir con Phnom Penh, por ser la ciudad más inhóspita del mundo (o al menos, del sudeste asiático). Tardamos un buen rato en llegar a Jaksa y otro tanto en encontrar alojamiento. Hay bastantes, pero el que no es caro es nefasto y la mayoría, las dos cosas. Optamos por el Bloem Steen Homestay, que por 70.000 ID$, nos brinda una pequeña, calurosa –a pesar del cavernario ventilador- y espartana habitación, con baño compartido. Como no tenemos dinero para pagar, porque en el aeropuerto habíamos cambiado lo justo, vamos a sacar dinero del cajero y nuestra desesperación va en aumento. Resulta, que ninguno de los cuatro en los que lo hemos intentado, nos da efectivo. ¿Al problema de las tarjetas de crédito, se ha unido ahora el del no funcionamiento de las de debito?. ¿Tendremos que pasar el resto del viaje con 100.000 rupias indonesias que nos quedan?. Cuando estoy empezando a hacer memoria, a ver que habilidades soy capaz de hacer, para pedir dinero en la calle, el quinto cajero automático escupe la cantidad solicitada. Parece que era un problema de redes y no de nuestras tarjetas. Estamos tan agotados física y mentalmente, que nos vamos a dormir. Ya nos ocuparemos de ver Jakarta por la tarde. En cierta medida, esta ciudad nos recuerda a Managua. Por un lado, las rotondas y las autovías que pasan por el centro. Por otro, el barrio donde estamos alejados, nos evoca al de Mata Quezada, en aquella ciudad; aunque el de hoy es algo menos cutre. Hemos vuelto a motorilandia y a la falta de respeto por el peatón y al código de circulación. Al menos, aquí hace menos calor que en Kuala Lumpur y parece que no va a llover. Estamos en el hemisferio sur –que tas buenos momentos nos deparó en nuestro viaje por Sudamérica- y las estaciones están cambiadas, por lo que ahora no es época de lluvias. Eso si que es una buena noticia. Conseguimos dormir unas cuatro horas. ¿Qué comeremos?. De momento, compramos algo frío, en una tienda tipo Seven Eleven y tras andar una media hora, descubrimos un supermercado más grande. Nos damos un atracón a embutido y pan de hamburguesas -no hay del normal- y finalizamos con una enorme bandeja de rica y variada fruta cortada. Es el momento, de comenzar a patear Jakarta. Nos acercamos al Monumento Nacional, conocido por los lugareños, como la última erección del dictador Sukarno. Se trata de una horrible columna de 132 metros de altura, que es visible desde muchos puntos de Jakarta. Se encuentra en medio de un gigantesco parque, pero solo hay un acceso abierto, por lo que para llegar a los cercanos Palacio Presidencial y a la Mezquita, hay que volver por donde se ha entrado y dar un rodeo tremendo
Antes y de camino, hemos pasado por la tienda libre de impuestos. Como no venden alcohol en los supermercados –salvo cerveza-, lo tienen todo aquí expuesto. Tiene unas puertas gruesas y opacas, que, como si fueran las del infierno, esconden la mercancía del recatado mundo exterior. Hay más trabajadores que clientes, cuestión que no me extraña, porque los precios son bastante elevados (se paga en dólares, no en rupias indonesias). Dejamos el resto de las escasas atracciones turísticas de Jakarta para mañana y volvemos a la abarrotada estación de trenes de Gambir. Mañana por la tarde queremos tomar un tren para Yogakarta, pero no los hay ni de categoría “economy”, ni de “eksekutif”. Solo de “bisnis”. Si así escrito, porque en Indonesia no se complican la vida y escriben el inglés como se pronuncia. Ya habíamos visto algo parecido en Malasia, donde muchas compañías de buses después de su nombre, llevan la palabra “bas”. Jakarta (Indonesia)Como el precio que nos dan nos parece de AVE (entre 210.000 y 230.000 ID$), primero decidimos ir a las otras estaciones de la ciudad a ver si hay trenes más baratos, pero como luego nos da pereza, optamos por hacer el viaje por carretera. Se tarda algunas horas más, pero el pasaje es más barato (175.000 rupias el más económico, aunque los hay que llegan hasta las 210.000). Volvemos hacia la zona de los hoteles. Este área de la ciudad es cutre, intransitable, lleno de puestos infectos y roñosos. En realidad, se trata de carritos azules, con una rueda grande y oxidada en el medio, que sirve para moverlos. Nos acercamos a un gran centro comercial, llamado rimbombantemente, Plaza de Indonesia, un guiño a la modernidad, tal vez el único en la ciudad. Es tan elegante y nuevo, que parece que hubiéramos cambiado de país. Hay un supermercado. Al mirar los precios, constatamos algo que nada tiene que ver con la lógica: Cuanto más pequeño y más en el centro está un supermercado, más barato es. Así, este que es el más grande y el más lejano, tiene los precios más elevados. El de mediodía, que es algo más céntrico y pequeño, es más barato. Y la tienda de al lado de neutro alojamiento, que es minúscula, es la que ofrece los precios más competitivos. |