Nos topamos con un entro comercial, donde hay un supermercado –no muy bien abastecido- y muchos puestos de comida (“foods”). Esto es una constante en este país. Me refiero, a los grandes complejos, con muchos tenderetes de comida y generalmente, abarrotados. En el centro hay edificios muy altos, pero ahora por la noche, la zona está bastante oscura. En toda la tarde no ha parado de llover. A ratos afloja, a ratos diluvia. Nos vamos al hotel, en busca de una reconfortante ducha. Nuestra obsesión en estos momentos, es buscar la mejor fórmula para salir de aquí, sin que el autobús nos deje otra vez tirados en la frontera. Tras la reconfortante y diaria ducha, volvemos a escuchar desde el exterior, el sonido de los fuegos artificiales. Parece que aquí también están de celebraciones. Nos levantamos a las ocho y media y nos vamos a recorrer Singapur. Ha llovido toda la noche y aunque el cielo sigue muy cubierto, ahora ha parado. Damos un paseo por Little India, que ahora está escasamente animado. Volvemos a la mezquita y al templo para hacer fotos. Nos vamos camino del centro y pasamos por varias iglesias, una de ellas es Armenia. El cura está dando misa de espaldas, las mujeres cubren sus cabezas con pañuelos y hay que quitarse los zapatos para entrar. Llegamos hasta el Distrito Colonial y contemplamos la catedral de San Andrews, donde también hay misa. Es bonita, tanto por dentro como por fuera. Según nos acercamos al Parque The Madang, vemos que se acaba de celebrar un maratón. Muchos atletas están todavía sudorosos y exhaustos, amarrados a sus botellas de agua, tratando de recuperar el aliento. Hay un cierto tufillo a sudor, pero las calles están muy animadas. SingapurLlegamos a la plaza del Ayuntamiento y vemos este primero y luego el Viejo Parlamento y otros edificios, como la Corte Suprema y el Victoria Concert Hall and Theatre. Cruzamos el río y acabamos en el Parque Merlion, con la famosa estatua del mismo nombre, que escupe litros y litros de agua sobre la bahía. Desde aquí se ven muchos rascacielos y también los famosos teatros de la Bahía. Es en esta zona donde se encuentran los escasos turistas que hay esta mañana. Vemos a un par de españoles. Contemplamos que la gente fuma por la calle y tira las colillas al suelo, al igual que los papeles. Se saltan los semáforos con la bici y los peatones cruzan con los semáforos en rojo y no esperan a que se pogan en verde. Vamos, como en todas partes. ¿No era este el país del máximo civismo?. Y eso que Singapur es el reino de las multas y te pueden castigar económicamente por cualquiera de las actitudes expuestas anteriormente. O peor: Mandarte a chirona. Eso sí. Nadie come chicle, a pesar de que ya hace algún tiempo que se levantaron –solo con fines farmacológicos- las absurdas prohibiciones sobre esta golosina. No me resisto a dejar de pegar aquí esta noticia, cuya lectura explica, mejor que lo pueda hacer yo, el triste y opresivo talante de este país: “Doce largos años tuvieron que esperar los habitantes de Singapur para tener acceso “legal” a los chicles.
Es que la goma de mascar había sido declarada “ilegal” por el ministro Lee Kuan Yew en 1992, luego de que se indignara por la cantidad de chicles pegoteados que tapizaban las calles del país.
Pero ahora la cosa ha cambiado, ya que los habitantes de ese país podrán comprar 19 marcas “medicinales” de chicle (como Nicorettes, una goma de mascar con nicotina que ayuda a dejar de fumar), como parte de un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos.. Esa es la buena noticia.
Claro, porque también hay una mala: el que quiera masticar chicle, deberá registrarse - antes de que se le ocurra abrir un envoltorio - como “usuario de chicle”, y mostrar un documento, tipo credencial, cada vez que quieran comprar una cajita o paquete.
En él aparece su nombre y su número de documento. En otras palabras, deben ser “consumidores registrados de chicle”. Y no será nada de fácil adquirir el producto. Singapur Habrá condiciones estrictas y controladas que se deberán cumplir. De partida, toda persona a la que se encuentre vendiendo chicles de manera ilegal puede ir a la cárcel y verse obligada a pagar una multa de hasta 5.000 dólares.
Además, la venta estará limitada a las farmacias, y los precios de algunas marcas serán más bien altos… Peor es nada.
Si los farmacéuticos venden chicles sin pedir el documento, arriesgan penas de hasta dos años de prisión y multas de 2.940 dólares.” Como no queda ya muy lejos, nos acercamos hasta el Carrefour y nos compramos otro pollo bien grande y una barra de pan para comer. Está todavía más rico y jugoso que el de ayer. Creo que ya estamos saturados de carne para unos cuantos días. Volvemos a adquirir algo fresco y nos damos cuenta, de que han llenado el supermercado de mostradores con degustaciones. Así que volvemos a comer otra vez y no perdonamos ni una, de las quince o veinte que han puesto. Ya de vuelta, nos tenemos que refugiar en los modernos –pero bonitos- Teatros de la Bahía, porque nuevamente, está cayendo el diluvio universal. Ya no lo dejará en toda la tarde, convirtiéndose en el día más lluvioso de todos nuestros viajes de este año. Menos mal, que en términos generales, aquí las alcantarillas tragan bien. Sin embargo, en las calles y llevando chanclas –porque otro calzado no puedes utilizar cuando cae agua de esa manera-, se patina bastante, por lo que son varias las veces, las que estamos apunto de caer de bruces sobre el asfalto. Nos vamos hasta China Town y vemos la mezquita, un bonito templo Hindú de espectacular portada y las agradables calles peatonales, donde ponen un poco más tarde el mercado nocturno. En el interior del templo, tenemos que hacernos hábilmente con un paraguas ajeno, dado que el nuestro –que antes también era ajeno-. se ha quedado en el hotel y estamos bastante lejos de allí. Esperamos que los dioses hindúes –y el propietario del paraguas, naturalmente- sepan perdonarnos
Nos damos una vuelta por el cercano centro comercial, justo en el momento que más agua cae. Como todos, esta lleno de los típicos “foods”, donde a todas horas hay gente comiendo. También existe un supermercado y varias pastelerías, donde venden deliciosos dulces. En Singapur si se ofertan las bebidas frías, pero suelen añadir el equivalente a unos veinte céntimos de euro por enfriarlas. ¡Aquí gratis hacen pocas cosas! Iniciamos el largo retorno hacia el hotel. Como ayer, las escaleras están llenas de gente y las parejitas se divierten, follando en las habitaciones colindantes. Nos vamos hasta la terminal de autobuses. El camino es largo y aburrido. No sabemos muy bien si irnos mañana por la mañana o hacerlo en un autobús nocturno, directamente a Kuala Lumpur, mañana por la noche, para tomar el vuelo a Indonesia el martes. Pero esta última opción nos da auténtico pavor, dado que como nos pase lo que a la ida, podríamos perder primero el autobús y luego el vuelo. Miramos en varias compañías y como las tarifas para ir a Kuala Lumpur son a veces , de más del triple, que haciéndolo en el sentido contrario, optamos por la solución menos arriesgada y barata: Por la mañana, tomaremos hasta la frontera, el mismo bus local en el que vinimos. De ahí, cogeremos otro hasta Johor Bahru. Y allí, ya decidiremos, si nos quedamos a dormir y nos vamos el martes por la mañana a Kuala Lumpur o nos largamos de inmediato. SingapurEn vista de cómo está la climatología, a las 18,30 –hora inhabitual-, regresamos al hotel y vemos la última actualidad olímpica, al sincrónico y melódico ritmo de los jadeos. Nos lamentamos de que España no haya podido ganar a Estado Unidos en la final de baloncesto. Y contemplamos también, como Singapur a obtenido una medalla, la única, en tenis de mesa. Menos mal que no estaremos aquí a partir de mañana, porque si hacen como en Malasia, pueden repetir el partido hasta la extenuación. Vemos la aburrida ceremonia de clausura. ¡Una lástima!. Se acaban unos Juegos Olímpicos, que apenas hemos podido ver. Lo más bonito y feo de este viaje, es que todos los días nos pasan cosas. Tú te haces unos planes y la realidad y la buena o mala suerte, te llevan a otros. No es infrecuente que ocurra, que aquello que consideraste mala suerte, al final te haya encaminado de una forma más adecuada a tus fines, que si hubieras tenido la supuesta buena suerte que esperabas. También ocurre al contrario. Las mujeres en Singapur, apenas llevan el hijab (pañuelo), pero el altavoz de la mezquita que hay cerca de nuestro alojamiento, se mete en la habitación de madrugada y se instala debajo de la almohada. ¡¡Ay que ver: Por la noche la mezquita y por el día los gemidos, conviviendo en amigable armonía en este hotel!! Es increíble que en un país tan pequeño, se aglutinen más de 30 culturas y vivan en igualdad, las cuatro religiones. Cuando nos levantamos por la mañana, nuestras ropas no se han secado. Parecemos la humedad personificada. DE REGRESO A KUALA LUMPUR, PASANDO POR JOHOR BAHRU Pronto constatamos, que hemos acertado en tomar el bus local, que por tramos, nos va conduciendo hasta Johor Bahru (2,40 SG$). Primero llegamos –debe ir por otro camino, porque apenas tardamos veinte minutos- a la frontera de salida de Singapur. Esta vez no hay preguntas, aunque si debemos dejar nuestra huella dactilar y comparan las fotos de nuestros pasaportes, con las de una persona que tienen en la pantalla del ordenador. Sin duda, debe tratarse de alguien muy buscado aquí, pero afortunadamente, nosotros no guardamos ningún parecido. El funcionario de inmigración que nos ha tocado escribe –o más bien, aporrea el teclado-, con un solo dedoDespués y ya en tierra de nadie, nos toca esperar un rato a que pase un autobús de la misma compañía que hemos tomado –operan varias-, que nos deja en la estación de Johor Bahru. Los trámites en inmigración de Malasia son rápidos –basta con rellenar la tarjeta migratoria- y la funcionaria que nos pone el sello y que lleva pañuelo, incluso nos sonríe. ¡¡Adiós a Singapur para siempre!! (o al menos, eso pensábamos en esos momentos). SingapurJohor Bahru es una ciudad fea donde las haya, según vamos contemplando desde el autobús, aunque pasamos por un bonito templo hindú. La estación está a cinco kilómetros del centro y este detalle nos ayuda, para tomar la decisión de no quedarnos aquí a dormir y regresar hoy mismo a Kuala Lumpur. Ante la desfavorable tasa del cambio, sacamos dinero del cajero. Antes, habíamos cambiado los dólares de Singapur sobrantes a una tarifa muy desfavorable y encima, nos han engañado. Salía el autobús y cuando hemos contado el cambio, ya estábamos lejos para reclamar los cinco ringitts que nos han dado de menos. Damos una vuelta por las inmediaciones de la terminal y el panorama es desolador. Nos encontramos en un barrio de aluvión, con casas no muy viejas, pero construidas con materiales de mala calidad y tiendas que venden cuatro cosas y que en cuanto te ven pasar, te las quieren colocar todas, con malos modos. Volvemos a la terminal y sacamos los boletos para Kuala Lumpur, esta vez a muy buen precio (24 RM$) y tras preguntar en varias compañías. Menuda diferencia. Solo ir desde Singapur a Melaka, cuesta 14 SG$ y a Kuala Lumpur 25 SG$. Comemos en los puestos de la estación, a base de empanadillas (dulces, caras y malas) y hamburguesas de ternera y pollo (lo de saber si son de esas carnes, es puro acto de fe). Hemos tenido que huir del Mcdonalds, porque primero, nos hicieron esperar demasiado tiempo y después, nos querían añadir a las hamburguesas, una tasa de un 15%, que no anuncian en ninguna parte. Así que allí le hemos dejado el pedido, para que se lo coman ellos. Nos acordamos, que ayer en el Carrefour de Singapur, hemos visto jamón serrano, a cincuenta euros el kilo. El queso más barato, ronda los trece. La verdad es que, a pesar de llevar tantos meses fuera de casa, no echamos mucho de menos la comida de España. Debe ser que nos mentalizamos bien desde el principio. No ha estado mal, la visita a Singapur. Al fin y al cabo, nos han pasado cosas y en eso, este país se ha parecido al resto de los del sudeste asiático, que hemos visitado. Pero si volviéramos a entrar por tierra, haríamos lo mismo que hemos hecho ahora al salir: El viaje por tramos, llegando primero hasta Johor Bahru y luego, cruzando la frontera y tomando un bus de la misma compañía a Singapur. ¡Ahí queda esa recomendación!. Nos gusta el ambiente de la estación de Johor Bahru, que nos recuerda –hasta en la música-, a los países árabes. Como ya he escrito, esto también ocurre en otras terminales del país. Arrancamos. El conductor es muy simpático y el autobús respira musulmanidad, con casi todas las mujeres con el cabello oculto bajo sus pañuelos. Caemos en la cuenta, de que en muy poquitos días, entraremos en el ramadán y que al menos en parte, nos va a pillar en un país musulmán como Indonesia. ¡Menos mal que en Bali, son mayoritariamente hindúes!. Cuevas Batu, en Kuala Lumpur (Malasia)El autobús es cómodo, aunque más que un transporte interurbano de pasajeros, parece un camión frigorífico que transportara carne. ¡Qué frío!. Tanto es así, que todos celebramos como agua de mayo, la parada que se realiza junto a unos puestos de calduverios. Hay también un lúgubre supermercado, de precios muy caros. El paisaje es tremendamente aburrido, pero como casi siempre en Malasia, circulamos por autovía. Paramos otra vez en unos baños bastante asquerosos, donde esperan una propina que no damos y, finalmente, llegamos a Kuala Lumpur, en cuatro horas y cuarenta y cinco minutos.. OTRA VEZ EN KUALA LUMPUR (Y NO SERÁ LA ÚLTIMA) Al igual que cuando partimos desde aquí para Butterworth, hoy también hay problemas en la terminal de autobuses, para que estos entren y salgan con normalidad, así que todos los pasajeros nos bajamos antes de entrar. Preguntamos precio en dos hoteles, que hay enfrente de la estación, pero son demasiado caros. Luego, nos sumergimos en el caos del tráfico de media tarde y nos vamos a preguntar a uno que habíamos visto la otra vez, por solo 36 ringitts y que estaba completo. Hoy también lo está. No sé si es verdad o esas habitaciones las ponen como gancho, porque de otras más caras, si tienen Finalmente, nos decidimos a volver al último hotel dibde estuvimos, el Excel Inn. Hemos aplicado aquel viejo dicho de, más vale malo conocido, que bueno por conocer. Pero esta vez –así nos agradece esta gente nuestra fidelidad-, nos dan una habitación mucho peor y más vieja. Nos vamos al cíber a reservar los vuelos de Jakarta a Kuala Lumpur y, como si hubiéramos vuelto a entrar en el túnel del tiempo, constatamos con impotencia, que las tarjetas nos vuelven a dar el mismo problema que días atrás. Se disparan los nervios: Mañana nos va a tocar entrar en Indonesia sin billete de vuelta, así que como caigamos en las manos un funcionario estricto, ya nos veo deportados, como si fuéramos cayuqueros, intentando buscar el paraíso de una vida mejor. De todas formas, mañana antes de ir al aeropuerto, haremos otro intento de reserva Empieza a llover y para colmo, la conexión se atranca. Nos vamos al mercado nocturno de Little India y nos jugamos la vida, porque como ayer, con las chanclas vamos patinando por todas las calles, cuyo asfalto no debe ser antideslizante. Empiezo a valorar las diferentes opciones que tengo, en estos momentos: a) Ir al hotel y empezarme a comer la cabeza sobre el sunto de las tarjetas.. b) Seguir patinando por las calles y partirme la crisma. c) Volver al cíber de la conexión caída. Así de ensimismada estoy en mis pensamientos, cuando alguien me da un suave toque en la espalda. Miro y una chica me dice: “Hello, massage?”. Sonrío y quedo aliviada. Esa, es precisamente la opción que a mi no me venía a la cabeza y que apunto con la letra d). Kuala Lumpur (Malasia) |