Cuando llegamos a la habitación, la vemos grande y luminosa, pero cuando mira,ps más detenidamente, vemos que casi todo está roto (especialmente los sofás). El colchón es bastante viejo y el baño penoso: Por la tarde descubrimos, que teníamos que ducharnos a jarrazos (nos habíamos preguntado por la mañana para que servía la jarra, si había cisterna y ahí está la respuesta). El hotel se llama Valiant (y es que hay que ser valiente para alojarse aquí) y nos aplican una tarifa poco redonda: 36,80 ringgits. La llave de la habitación, está enganchada a una tarjeta de teléfono móvil muy desgastada, de la que se ha quitado la tarjeta SIM, por lo que solo queda el rectángulo de plástico exterior.No hay mosquiteras y el ventilador es una máquina de congelar, de tal forma que tras dormirnos durante hora y media larga, cuando nos levantamos estamos a punto de la criogenización. Nos vamos a ver Melaka, cuando faltan pocos minutos para llegar al mediodía. Visitamos el Stadthuys (3 RM$), ayuntamiento rojo y residencia del gobernador. Está en la plaza principal y ahora es museo de etnografía, historia y literatura. En la misma plaza esta la Crist Church (Iglesia Cristiana). Es algo fea y no hay muchos fieles dentro, pero al menos es uno de los pocos lugares en Malasia donde no hay que descalzarse y donde nada es de arroz. Melaka (Malasia)Visitamos la bonita puerta de Santiago y subimos hasta las ruinas de más arriba, que constituyen los restos de la Iglesia de San Pablo. Terminamos colándonos por la parte atrás en el Palacio del Sultán (2 RM$), con unos jardines bastante acogedores, pero el edifico, desde mi punto de vista, no tiene mayor interés. Nos vamos a comer al enorme Carrefour, que los fines de semana, abre hasta la madrugada. Nos tomamos un litro de zumo de mango y comemos allí mimo en las mesas de dentro. a base de espaguetis con salsa boloñesa y pollo (les recomiendo encarecidamente que cambien al cocinero/a). Rematamos con media sandía amarilla, que pesa casi dos kilos. Así que terminamos reventados y para bajarlo nos vamos hasta el Museo Marítimo (3 ringitts) y a recorrer las animadas calles de China Town. En el caso de Melaka –y es excepcional-, me gusta más este barrio que Little India.. Vemos varios templos chinos, una mezquita muy rara y cotilleamos por los animados puestos. Hemos visto unas zapatillas que dicen, son para dar masajes, pero a mi me parecen más para torturar. Cruzamos al barrio que está al otro lado del río. Es realmente animado. En el agua hay una noria, del estilo de las de Hama (Siria). Acabamos en Little India, que como ya he insinuado, no tiene nada de especial. Bueno, si: El único ciber que hemos visto en la ciudad hasta el momento, por el que nos quieren cobrar cinco ringitts a la hora. Así que nos abstenemos de entrar en internet, porque tampoco acabamos de tener claro como salir de Indonesia. Desde Bali, tanto hacia Bangkok como hacia Kuala Lumpur, resulta caro. Así que es posible, que tengamos que volver desde Surabaya (Java) o desde la misma Jakarta (lo que supondría tener que hace 2 veces el mismo camino, al tener que volver por tierra desde Bali). Damos otro paseo, ahora a través del bonito camino que discurre junto al río canalizado, por la parte contraria a la de antes. Llegamos a una preciosa mezquita, donde no nos dejan entrar. Estoy empezando a estar hasta las narices de los musulmanes. Y eso que dicen, que aquí son moderados. Pero me río yo de eso. Porque en realidad, todos los musulmanes son radicales. Hasta los que se dicen moderados discriminan a la mujer y comparten lo esencial de los fanáticos, impositivos y estúpidos preceptos del Islam.
Luego bajamos lentamente hasta el mar, que por esta zona está sucio y estancado. Hay un señor pescando, metido dentro y con el agua hasta el cuello. Va también tirando de una barca. ¡¡Qué horror!!. De tanto andar, acabamos encontrando una guest house, donde si ofrecen internet a un precio normal. Así que investigamos un rato sobre los vuelos para volver desde Indonesia. Confirmado: Lo más barato va a ser, volar con Air Asia desde Jakarta a Kuala Lumpur y desde ahí a Bangkok, para una vez allí, gestionar el visado de Myanmar. De momento, no sacamos los billetes, por si se nos ocurre algo mejor. De paso –y como los nuestros ya casi no escriben-, le mangamos dos bolígrafos al de la guest house. Vaya día de ilegalidades que llevamos. Ahora robamos bolis, pero está mañana hemos cogido pollo y patatas sin pagarlos en el Carrefour, cacahuetes en el otro supermercado, dátiles en los puestos de la calle y –como ya hemos dicho-, nos hemos colado en el Palacio del Sultán. ¡Lo que hace la dura economía de guerra!. Debe ser por eso, que Dios me ha castigado, porque me acaban de dar al bajarla, con la barra del parking del Carrefour en la nuca. Me he quedado un poco aturdida, pero no ha pasado a mayores. Melaka es una ciudad bien preparada para el turismo y hay bastantes guiris. Tienen autobuses turísticos de los que te pasean por la los monumentos y hay un elevador cerca del Museo Marítimo, donde puedes subir y contemplar la ciudad desde el cielo, dando vueltas. Melaka (Malasia)Hoy Melaka, está llena de banderas de Malasia por todas las calles. En realidad, este símbolo está bastante presente en todas las ciudades. Yo no sé si la gente necesita autoconfirmación de su patriotismo, porque en la televisión ponen también unos publirreportajes que exaltan al ejército y a otras instituciones –con músicas patrioteras-, como si en vez de un país civilizado –que lo es-, estuviéramos en una república bananera. Uno de los símbolos fundamentales de esta ciudad, son los decorados y bonitos bicitaxis. Además de colocar flores, los esmerados propietarios ponen en sus trastos, figuritas (incluso superhéroes, en algún caso) y todo aquello que se les ocurre y que decorativamente resulte adecuado. Me ha gustado esta Melaka, pero la verdad, no tanto como pensaba. Al atardecer, en las calles de China Town, montan un animado y colorido mercado nocturno. Las chicas se entretienen revolviendo en los puestos de collares y pendientes, mientras sus parejas esperan pacientes. Los lugareños de más edad, se atiborran sin disimulo en los puestos de calduverios o se desfogan en el karaoke callejero. Y los guiris –ellos y ellas-, contemplan expectantes a un hombre, que está en medio de la calle y que parece que va a comer ardientes antorchas, a pisar cristales y a darse latigazos, pero hasta donde nosotros aguantamos –y es más de cuarto de hora-, lo único que hace es soltar la charla y preguntar a los extranjeros por su nacionalidad. Como en todas partes, esto está lleno de británicos y australianos. Parra terminar el día, nos damos una “reconfortante” ducha de agua fría a jarrazos -más adelante iríamos perfeccionando la técnica y lo haríamos, de forma más sofisticada y efectiva, a bolsazos- en la habitación del hotel. Empezamos a escuchar fuegos ratifícales. Preguntamos en recepción y nos dicen que hoy se celebra aquí una fiesta importante y por eso están los hoteles tan llenos y hay tantas banderas por todas las calles Melaka (Malasia)CAMINO DE SINGAPUR Madrugamos y dejamos nuestro decadente hotel, para ir a la parada del autobús 17 y que nos deje en la estación, que está a unos cinco kilómetros de la ciudad. Tarda mucho y al subir, nos cobran un 50% más por el billete que ayer. Protestamos y nos dicen que es porque el autobús va dando la vuelta. Menuda cara, que tiene este conductor. ¿A nosotros que nos importa que vaya dando la vuelta, si a efectos prácticos, los puntos de salida y llegada son los mismos, nada más que a la inversa?. Y encima, a diferencia del bus del día precedente, este es un cacharro, tiene los asientos rotos y circula sin aire acondicionado. A este paso no cogeremos el autobús de las 9 y decidimos que tampoco el de las 10. Partiremos a las 11 y así nos dará tiempo a comprar algo de comer, en el cercano supermercado Tesco. Nos hacemos con un enorme pollo asado a la pimienta (nadie lo duda) y una barra de pan y nos pegamos un festín estupendo. Previamente, hemos colocado nuestras mochilas en un carro y los hemos dejado en la consigna del supermercado. El bus a Singapur (37 RM$) sale tarde y me duermo casi dos horas. Paramos en un complejo donde hay tiendas, un pequeño supermercado y un gran restaurante bien montado y con bastante variedad, aunque resulta caro. Nos morimos de sed, pero solo nos quedan 55 céntimos de ringgit, que no nos sirven ni para poder ir al baño. Encontramos una botella de agua de medio litro en una cabina de teléfono. Está abierta, pero solo le falta un poco. No nos lo pensamos dos veces y nos la zampamos. Afortunadamente, no sufrimos ninguna consecuencia. El paisaje es aburrido y antes de llegar a la frontera, pasamos por la importante ciudad de Johor Bahru. Sellamos la salida de Malasia sin problemas y con rapidez y tras cruzar un puente, volvemos al autobús y paramos en las modernas instalaciones de migración de Singapur. Nos indican que tenemos que llevar los bultos con nosotros. SINGAPUR Nos situamos en la cola y sacamos los pasaportes. A estas alturas de viaje, están bastante viejos, algo arrugados, desgastados (en el mío no se ve el escudo) e incluso hemos tenido que pegar la parte trasera –donde va la foto- con pegamento, dado que se estaba dividiendo en dos. En este estado, ha resultado imposible que el escáner, los lea y ahí empiezan nuestro calvario. Nos dicen que debemos ir a una oficina, hasta la cual nos acompañan. Hay más gente y nos hacen esperar un rato. Cuando nos toca, nos fríen a preguntas, como si de dos sin papeles o terroristas internacionales se tratara. ¿A qué venís a Singapur?. “A poner una bomba” ,me quedo con ganas de decir, aunque contesto: “Para hacer turismo”. ¿Cuántos días vais a estar?. “Dos”. ¿Tenéis billete de salida?. “No, retornaremos por tierra y por esta misma frontera, el próximo lunes por la mañana?. ¿De cuánto dinero disponéis?. “Tenemos 400 euros y 220 dólares en efectivo, más tarjetas de crédito y débito”… Y así, hasta más de 20 preguntas. SingapurAún después de eso, tenemos que esperar otros diez minutos, a que nos devuelvan nuestros pasaportes sellados. Llegamos a la aduana. Ahora toca registro. Llevamos cuatro latas de cerveza en la mochila. Son de Tailandia, Laos, Camboya y Vietnam y las hemos comprado para nuestra colección, pero aunque así se lo explicamos, el policía de aduanas sigue erre que erre, diciéndonos que en Singapur está prohibido introducir alcohol. Cuando pensamos que el hijo de puta se va a quedar con ellas, pone gesto de perdonarnos la vida y nos las devuelve. Salimos al exterior. Han pasado tres cuartos de hora desde que empezamos los trámites y el autobús, a pesar de tener billete pagado hasta Singapur, se ha ido sin nosotros. El hecho nos lo confirma una policía, que amablemente, habla con los conductores de otras compañías e intenta colocarnos gratis en alguna de ellas. Pero todos los conductores quieren cobrarnos, bien en ringitts, bien en dólares de Singapur. Pero nosotros no tenemos, ni una moneda ni la otra. Para colmo no hay cajero automático aquí. Es increíble, ¡si es que lo hay hasta en la frontera de Nicaragua con Costa Rica y aquí nada!. Nos indican que si cruzamos la carretera, hay un centro comercial, donde es posible, que haya alguna oficina de cambio. Encontramos una, pero curiosamente, no cambian ni dólares americanos, ni euros. La situación va adquiriendo cada vez, tintes más surrealistas. Encontramos otra y por fin conseguimos cambiar diez euros. Aprovechamos para tomarnos algo frío. Según bajamos por la escalera mecánica y vamos tomando la Mirinda, nos preguntamos: ¿Se podrá beber aquí o nos meterán en la cárcel?. Volvemos por la extensa maraña de pasillos y nos encontramos con todos de frente. En este paísestá todo regulado y hay que ir por la izquierda –tal como se conduce- y nosotros, por costumbre, nos hemos metido por la derecha. Conseguimos alcanzar la parada y tomamos un bus urbano, que en una hora nos debe conducir a Singapur. El precio es de 1,70 dólares de Singapur, pero nos va a salir a 2,50, en la realidad. Como no tenemos suelto, el nos ha dicho que metamos los cinco dólares en una caja que tiene a su lado. Nos da tres billetes y no nos devuelve cambio alguno. Le decimos que nosotros solo queremos dos y le devolvemos el otro. Lo tira por la ventanilla. Le exigimos el cambio y nos dice, que allí no se devuelve nada. Tratamos de abrir la caja, pero va más soldada, que las propias cajas fuertes. Le llamamos de todo, le amenazamos y nos enfadamos hasta la extenuación y ni pestañea. Paulatinamente, el cielo se ha ido ennegreciendo y comienza a llover con fuerza. El paisaje es de un monocromático verde y la carretera y las aceras están en un estado perfecto. El bus no nos ha dejado en la estación que queríamos, sino en una algo más cutre, pero tiene la ventaja, de que está mucho más cerca de la zona de alojamientos. En seguida nos damos cuenta, de que esto está más próximo a una ciudad europea, que a cualquiera de las que hemos estado en el sudeste asiático.También comprobamos lo elevado de los precios de los alojamientos. Ya nos habíamos hecho a la idea de tener que pagar 25€, pero los primeros que vemos, rondan los 40, como mínimo. Tras mirar unos cuantos en el pequeño, pero atractivo, barrio hindú, nos topamos con el Tai Seng hotel. Subimos. SingapurVemos que las escaleras están llenas de parejas jóvenes y, en muchos casos, multiétnicas. Se les ve con cierta ansiedad. Paralelamente, otras van bajando, sonrientes y mucho más relajadas. Es un hecho al que no damos la mayor importancia, hasta que al día siguiente, lo relacionamos con los constantes gemidos en las habitaciones colindantes. Resulta que una parte del hotel se alquila por horas a parejas. A nosotros no nos importa nada, sino fuera porque con tanto ruido, casi no pudimos escuchar la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos al día siguiente El hotel cuesta 50 SG$, por una habitación doble algo pequeña (más barato que dos camas en el dormitorio de un hostel), con un baño minúsculo, televisión con pantalla plana (por fin logramos verla sin rayas o niebla -a diferencia de todas las habitaciones que la tenían en Malasia- y con aire acondicionado. Además hay máquina para preparar té o café, que también incluyen, así como un par de botellas de agua. Bajamos a explorar el barrio indhú. Son poco más de dos calles. Una es en la que estamos alojados. Hay una preciosa mezquita. Las casas de colores y los puestos de verdura y de especias, le dan un colorido y un calor que nos reconforta bastante, especialmente después de todos los acontecimientos vividos hoy –algunos, absolutamente surrealistas-. Luego encontramos un templo hindú, al estilo del de Kuala Lumpur, que a estas horas está también muy animado, porque hay algún tipo de celebración, con ofrendas (plátanos y flores). Hay gente tumbada boca abajo y otra sentada y con las piernas cruzadas. Suenan campanillas y música hindú, que transmiten espiritualidad Al final, me doy cuenta de que voy a tener dos visiones de los precios en Malasia. Cuando llegamos de Vietnam, me pareció un país carísimo. Pero seguro, que cuando volvamos el martes desde aquí, me va a parecer baratísimo. Constatamos, que la cerveza es todavía más cara que en Malasia. Una lata vale más de un euro –está machacada a impuestos-, así que habrá que seguir con la abstinencia. Prefiero pasar necesidad, que enriquecer al insaciable gobierno de este minúsculo estado. Buscamos un cajero y nos cuesta encontrarlo. El cambio no es muy bueno, pero al menos te pone la tasa, antes de que aceptes la transacción. Necesitábamos sacar dinero, porque hemos dejado pendiente el abono de la habitación del hotel. Singapur |