La zona de tránsito es pequeña. En las tiendas de recuerdos, se pueden comprar figuras de señoras con el gorro cónico y bicitaxis. El vuelo sale puntual y va bastante lleno. Como en la mayoría de las compañías de bajo coste, Air Asia tampoco asigna asiento, ni ofrece comida gratuita a bordo Aunque la carta de snacks tiene buena pinta y son baratos, no comemos nada. Es demasiado pronto. Aprovechamos las más de tres horas de vuelo para recuperar sueño. ¿Estoy soñando o es realidad?. Creedme si os digo que es lo segundo, cuando al mirar hacia atrás, veo algunos pasajeros que viajan con ¡¡¡el casco de la moto de la mano!!. Menos mal, que por lo menos no lo llevan puesto KUALA LUMPUR En Kuala Lumpur hace bastante calor. Los trámites de inmigración son rápidos, a pesar de que Air Asia no suele dar durante el vuelo formularios de inmigración y nos toca rellenarlos en la ventanilla. En tan solo 28 minutos, Hemos bajado del avión, gestionado la entrada, recogido el equipaje, comparado cambios y sacado dinero del cajero automático. Ahora ya estamos sentados en el autobús que en una hora, nos va a llevar hasta la estación central de trenes (8 ringitts). Hay otro que va directamente hasta China Town, barrio donde queremos buscar alojamiento, pero es más caro y menos frecuente. Kuala Lumpur (Malasia) La estación es grande y moderna. Nada más llegar, ya nos hemos dado cuenta de que este, es un país diferente, más aproximado en su forma y nivel de vida, al mundo occidental. Nadie te agobia para venderte u ofrecerte nada y los edificios son altos mamotretos de acero y hormigón. Las aceras están hechas para los peatones y apenas hay motos. Esto, que debería resultarnos tan normal, después de casi un mes viajando por Vietnam y Camboya, nos parece extraordinario. Hacemos el chiste de que, más que en Kuala Lumpur, estamos en Sauna Lumpur. Y es que nos sentimos tan relajados aquí, como si estuviéramos en un balneario, a pesar de estar en el corazón de una gran ciudad. Tras comer algunos bocadillos ya preparados en una tienda similar al Seven Eleven, que hay en frente de la estación, nos vamos andando a China Town y tardamos unos veinte minutos. No sé muy bien por qué han puesto este nombre al barrio, porque apenas hay chinos y si una interesante y ecléctica mezcla de lo oriental, lo hindú, lo musulmán y lo occidental. Esta convivencia pacífica de culturas y religiones, es lo que más enamora de este país tan tolerante. China Town es un barrio colorista y animado, donde se juntan los vendedores de casi todo, con los restaurantes y los negocios de masajes. Tiene una doble vida, marcado por los periodos en que está montado o desmontado el acogedor, aunque a veces agobiante por el poco espacio entre tienda y tienda, mercado nocturno. Por cierto, tampoco sé por qué se llamará así, si muchos de los tenderetes ya están montados a las tres de la tarde. Hay bastantes extranjeros, pero apenas se ven españoles. Nos cuesta bastante encontrar alojamiento. Unos son muy caros y los que tienen un precio algo más razonable, o están llenos, o son auténticas pocilgas. El hotel Grocer’s Inn no llega a esa nefasta categoría, pero poco le falta. La doble cuesta 40 RM$, lo que significa que pagamos la habitación más cara –y la peor- hasta el momento de todo el viaje. La habitación es pequeña, oscura (no hay luz natural y la eléctrica se limita a una bombilla que debe tener 10 vatios (por la noche tengo que escribir con la linterna) y el baño es compartido. Menos mal, que el ruidoso ventilador, al menos funciona. ¡Del colchón, mejor no hablar, porque el papel de fumar es bastante más grueso!. Definitivamente, mañana habrá que madrugar y cambiar de alojamiento. Damos una primera vuelta de reconocimiento. Apenas hay supermercados (aunque hemos visto bolsas de Carrefour, debe estar alejado) y si algún Seven Eleven, pero mucho peor montados que los de Tailandia. Nos llama la atención el precio de la cerveza: La lata vale casi un euro, cuando en Vietnam, comprábamos cuatro por ese precio. Hay bastantes restaurantes de tipo popular, donde se vende comida algo insulsa, con el arroz y el pollo como mayores protagonistas. Son una especie de calduverios, pero más refinados y con menos caldo que los de Tailandia. Huelen mejor y más o menos, es posible identificar lo que contienen.Nos levantamos y solo un buen rato después, nos damos cuenta de que hoy en fiesta en España: 15 de agosto. Y es que para nosotros, va el verano que vuela y sin diferenciar mucho entre días laborales y festivos. Y en realidad, podemos decir que nuestro verano empezó el 7 de febrero, cuando partimos para Río de Janeiro, porque desde entonces casi no hemos abandonado las zonas tropicales del mundo. Hemos madrugado, con el fin de encontrar un nuevo alojamiento. El panorama es deprimente. Estamos más de una hora mirando y todo lo que hay por el mismo precio, es peor a donde estamos. Es sin duda, lugar más nefasto en cuestión de alojamientos desde aquel 7 de febrero antes mencionado. Hemos llegado a ver, hasta una habitación en ladrillo, sin pintura, llena de pintadas, con un camastro y un ventilador mugriento. Torres Petronas, en Kuala Lumpur (Malasia)Finalmente, hemos ampliado el presupuesto u por 55 ringgits, hemos reparado en el Excel Inn. Las habitaciones con baño son algo pequeñas y prefabricadas (han debido hacer varias de lo que antes era una), pero aceptables. La televisión es vieja y se van pocos canales y el aire acondicionado es centralizado. Para ser Kuala Lumpur, no nos podemos quejar, pero por primera vez en el sudeste asiático, pagamos más de diez euros por una habitación. Nos vamos andando a visitar las Torres Petronas. Están lejos, pero se anda de maravilla por las anchas y asfaltadas aceras. Se ven bastante tiempo antes de llegar y son espectaculares. Es arquitectura moderna, pero muy bien diseñada y escasamente agresiva para la vista. Como podéis intuir, nos gustan bastante y ganan más todavía, si se las compara con los feos rascacielos de los alrededores. Ahora por la mañana es difícil fotografiarlas, porque se mete mucho el sol. En la época de su construcción fueron el edificio más alto del mundo, pero ya han sido ampliamente superadas, al menos, por otros dos. Porque ahora todo lo más de lo más, se hace en el Golfo Pérsico Detrás hay una plaza con bonitos lagos pequeños. Son las 10 de la mañana. Entramos por la parte de abajo. Pretendemos subir al piso 41, que es donde se juntan ambas torres, pero nos comentan que a esa hora ya se han agotado los boletos para ese día y deberemos volver mañana a las siete y media de la mañana. Nos da rabia, pero no volveremos y menos a esa hora. Las torres miden 452 metros y suman un total de 88 pisos. En la parte de abajo, donde estamos, hay un coqueto centro comercial, con tiendas de prestigio y marcas internacionales. Hay varias oficinas de cambio de divisas, donde canjean absolutamente de todo, menos nuestros sobrantes kips de Laos. También hay un supermercado, que es bastante caro. Volvemos por el mismo camino que hemos venido, pero por la acera de enfrente, con el fin de entrar en la oficina de turismo. Queremos preguntar como podemos llegar hasta las Cuevas Batu y los horarios y precios de los autobuses para ir a Penang (Georgetown), que será nuestro próximo destino. Seguimos en un mar de dudas. No sabemos si desde ahí subiremos a Pulau Langkawi –el ferry es bastante caro- o tiraremos hacia el este de la Malasia peninsular, con el fin de alcanzar Kota Bharu y las islas de Pulau Perhentian. Hagamos una cosa u otra, terminaremos el viaje en Melaka, eso si que está claro A las Cuevas Batu –junto con otro par de atracciones turísticas- es posible llegar en circuito organizado por la oficina de turismo, pero también en un autobús urbano, que se toma al lado del mercado central. A Penang hay un autobús cada hora, desde una estación cercana a China Town. Empleamos el resto de la mañana en ver la mayoría del precioso patrimonio de que dispone esta ciudad. Visitamos la plaza Merdeka, el magnífico y muy bien cuidado edificio del Sultán Abdul Samad, el antiguo Ayuntamiento, la Catedral Saint Mary y la Masjid Jamek, que es la impresionante mezquita que está al lado de un canal. De momento, no nos dejan entrar, porque es viernes y están en plena oración. Volveremos a la tarde. El tráfico no estropea la zona, pero si los rascacielos, que afean las vistas y las fotos Kuala Lumpur (Malasia)Nos acercamos al Templo hindú Sri Mahariamman, que es muy bonito por fuera. Hemos tenido suerte, porque están en plena celebración y aquí si nos dejan entrar. Acaba de salir un sacerdote y está empezando a repartir entre los fieles, diversas cosas que antes estaban bendiciendo (plátanos, cocos, flores…). También les va colocando un punto rojo en sus frentes y como andamos por allí, igualmente a nosotros. Luego los fieles –hombres, mujeres y niños- se sientan en el suelo del patio, cruzando las piernas, formando un rectángulo y comen en hojas de plátano, arroz, una especie de sopa dulce –que pruebo y no me gusta-, una especie de cosas que parecen calamares rebozados –pero que no lo son- y algo de carne. Mezclan todo y a comer. Nos hinchamos a hacer fotos y en vez de mandarnos a la mierda, que sería lo propio, nos invitan a sentarnos a compartir mantel. ¡Creo que la India va a ser algo que nos va a marcar para siempre!. Rechazamos con mil agradecimientos la invitación. Son nuestros primeros contactos con la India, pero en Malasia. A la tarde y en nuestro paseo por Little India, los ampliaríamos con el chapati (pan parecido al de pita, que se utiliza como cuchara) y el shari (vestido que se ponen las hindúes). Es donde hemos llegado a parar, después de haber comido en un mediocre restaurante de especialidades locales. En Little India hay una simulación de zona peatonal, que no es muy respetada. Es un barrio muy colorista y agradable. También aquí ponen un menos animado mercado nocturno, pero paradójicamente, si los tenderetes en China Town no están regentados por chinos, muchos de los de aquí sí. Volvemos a la mezquita y ahora sí y tras vestirnos adecuadamente a los dos, con el kit musulmán al completo, podemos visitarla por el exterior. No nos permiten entrar en los pequeños edificios abiertos donde los fieles rezan o duermen, pero se ven desde fuera. Quizás sea esta la mezquita más bonita que vimos en Malasia. Empieza a llover, pero no cae ni la quinta parte de lo que parecía que iba a caer. Nos vamos a la estación vieja de trenes, que no está demasiado lejos de la nueva, a pocos pasos de China Town. En este país cuesta menos cruzar una autovía, que en Vietnam una callejuela. Y para completar lo que está resultando una de las jornadas más fantásticas de todo el viaje, vamos a ver un par de templos chinos, algo alejados, que encontramos en el plano. El primero de ellos, resulta ser fantástico. Esta ciudad es alucinante. En tan solo diez minutos pasas de escuchar el canto del muecín de una mezquita a absorber las esencias de una celebración hindú. De asistir a una austera ceremonia china, a contemplar la extraña catedral de dos cuerpos –cristiana, aunque no católica-, en la que apenas hay nadie.Nos vamos a un ciber. Queremos seguir estudiando como vamos a hacer los vuelos por Indonesia, pero la conexión es lentísima. Cambiamos a otro más barato, que va de maravilla. Las posibilidades son múltiples y decidiremos entre esta noche y mañana, pero lo más probable es que tomemos un vuelo con Lion Air, desde Singapur a Dempasar, en Bali. Desde ahí iremos por tierra atravesando todo Java, hasta Jakarta, lugar desde donde volaremos a Bangkok, con el fin de obtener el visado de Myanmar. En estos momentos, ni se nos pasaban por la cabeza los problemas que iban a surgir con las tarjetas de crédito, ni mucho menos que acabaríamos en Filipinas Luego comemos fruta cortada, por un ringitt, en el animado mercado nocturno de la calle JL Petaling. Nos encanta la jack fruit y nos desagrada bastante el mal oloroso durian, una fruta tan cara como asquerosa. Este mercado tiene una calle donde está la comida, la fruta y los puestos de castañas achicharradas, más que a la plancha. Kuala Lumpur (Malasia)En la calle principal, se montan los puestos de ropa en varias hileras, dejando apenas espacio parra que pasen un par de personas. Y al fondo en una zona más amplia, se ubican los negocios de masajes y algún restaurante. Algunos vendedores son capaces de esbozar algunas palabras o frases en español o italiano, aunque se les entiende a medias, porque hablan como si hubieran bebido. El resfriado asiático que he pillado hace tres días, es bastante raro. El primero tuve dolor de garganta, el segundo mocos, ayer nada de nada y hoy tos y ligero dolor de pecho. Ya es el segundo de estas características, que engancho en el sudeste asiático. Y es que los constantes cambios de temperatura, de la calle al potente aire acondicionado, hacen que mi chico y yo vayamos sucediéndonos en catarros, como dos ciclistas se relevan en plena escapada.
CUEVAS BATU Una vez más, madrugamos y nos vamos en el autobús número 11 (2 ringgits) a las Cuevas Batu. Como es temprano, tardamos solo media hora en llegar (a la vuelta, a mediodía y con el atasco, tardamos casi una). La entrada a las cuevas es gratuita, aunque si cuesta entrar a otras atracciones, como las pasarelas sobre el agua y la Cueva Oscura (35 RM$). Hay mucha gente hindú practicando sus ritos y pocos guiris, aunque estos van aumentando a medida que pasan las horas. También hay decenas de monos, que jugueteando por la escalera que da acceso a las cuevas principales, esperan la generosidad de los visitantes, en forma de plátanos (la velocidad de estos primates para pelarlos es diez veces la humana), mangos y otras frutas Si se quieren hacer buenas fotos y al menos en esta época del año, es mejor evitar las horas que van desde las nueve de la mañana al mediodía, porque van a salir deslumbradas. Tras subir los 272 escalones –están numerados- y cruzar el dintel con las típicas figuras hindúes, llegamos a varios templos, que están metidos en las bonitas grutas. Entre enero y febrero, hasta aquí se acercan un millón de personas en peregrinaciones. La música hindú que acompaña las ceremonias despeja y relaja la mente, aunque es algo repetitiva. El punto que hoy están poniendo en la frente es blanco y de nuevo nos lo colocan, como a dos fieles más. Al igual que en las mezquitas, en los templos hindúes hay que descalzarse.
El punto en la frente que se ponen los hindúes se llama en hindi, bindi y en sánscrito, tilak. Puede ser de diferentes colores: púrpura en las solteras, rojo en los casadas, amarillo en las viudas… Cuevas Batu, en Kuala Lumpur (Malasia) Más tarde, bajamos y damos un paseo por los restantes edificios religiosos. Los templos hindúes son sencillos y con esas típicas figuras, con varios brazos y/o cabezas, que pueden parecer algo infantiles. Suelen tener unas bellas y recargadas portadas, pero su interior es menos interesante, salvo cuando hay reuniones o celebraciones religiosas. En los alrededores hay también restaurantes, algunas caras tiendas de recuerdos y un pequeño supermercado. Tomamos el autobús de retorno y en menos de diez minutos, se suban tres revisores a pedirnos el billete. ¡Insólito!. Trabajos como los de cobrador de autobús o barrendero, están aquí desempañados en un porcentaje bastante alto, por hindúes. OTRA VEZ EN KUALA LUMPUR Compramos pan y comemos bocadillos de quesitos y pollo de lata. Queremos ir pronto a internet, para cerrar de una forma definitiva los vuelos de Indonesia. A las dos y media ya estamos en el cíber. Empieza Nuestro particular calvario, que duraría varios días. |
