losviajesdeeva

Sudeste Asiático/35


 

           Llegamos al hotel empapados. No está la chica que nos atendió esta tarde. Ahí un chico sentado en una silla, que ni nos mira. Tras dos minutos, conseguimos captar su atención y tenemos que pedirle la llave de la habitación señalándole el número con los dedos. Aquí son un poco lentos de reflejos para todo, menos para ofrecerte mototaxi y sacarte el dinero

 

            Pero la ducha de agua caliente reconforta todos los males. Me tiro media hora bajo el agua. Aquí en vez de ventilador, vamos a necesitar un par de mantas.

  Dalat (Vietnam)

 

ALREDEDORES DE DALAT

 

            A la hora convenida, los de la agencia pasan a recogernos por el hotel. Parece que en Vietnam hay turismo interior, porque además de una australiana, dos ingleses y nosotros, los cinco excursionistas restantes son nacionales (una pareja y tres chicas muy jóvenes). Hace algo de frío y llueve intermitentemente. Caemos en la cuenta, de que ha sido buena idea no alquilar una moto y hacer la excursión con el grupo.

 

            Comenzamos yendo a un Centro de Meditación, que se ha hecho recientemente. Ambiente muy pomposo, en unos edificios tirando a feos, con estructura similar a los templos chinos. Hay un tipo pesadísimo tocando una campana. Las tres chicas vietnamitas meditan demasiado y tenemos que estar en la furgoneta un buen rato esperando por ellas.

 

            Tras meternos por otra carretera y transitar unos kilómetros, llegamos a la catarata (se pagan 5.000 dongs por entrar, que en nuestro caso están incluidos). El lugar resulta ser precioso y muy bien acondicionado. La catarata no es espectacular, ni en altura ni en anchura, pero el agua que cae hace un caprichoso recorrido, en el que unos hilos de agua se entrelazan con los otros. Para que los más vagos no se cansen, hay un coche cable que baja hasta la catarata desde la misma entrada (cuesta 20.000 dongs cada viaje).

 

             La siguiente parada es la Pagoda del Dragón, que desde mi punto de vista, resulta lo más atractivo de la excursión, por lo novedoso. Antes de viajar al sudeste asiático, yo me imaginaba que toda la zona estaba llena de espectaculares, esbeltas y curvilíneas pagodas de siete u ocho pisos de altura. Pero la realidad es que esta es la primera que vemos una de esas características (y más adelante no veríamos muchas más). Además de esta, el conjunto está compuesto por otra pagoda algo más ancha –y muy bonita por dentro-, pero de un solo piso (tal como son la mayoría) y un dragón de una juguetona y larguísima cola.

 

            La australiana lleva 6 meses por el sudeste asiático y los ingleses 3. Ella está bastante oronda y apenas puede subir hasta el

primer sitio de los siete que tiene la pagoda más alta. Sus piernas son de mayor grosor, que incluso las columnas de muchos templos.

 

            De los lugareños ninguno habla inglés, así que no conseguimos saber nada de la vida de las tres chicas –nos corroe la curiosidad de saber que hacen tres niñas de unos 15º 16 años solas en un tour de este tipo-, aunque la pareja, tiene toda la pinta de que son recién casados. En esta ocasión son ellos los que llegan tarde y el resto tenemos que esperarlos. Es curioso que siempre sean los de aquí los que demoran la excursión, pero la mala educación de esta gente, ya ni nos sorprende, ni siquiera nos indigna.

 

            Recuerdo el otro día en Ho Chi Minh, que abrí la puerta de una tienda y –siguiendo la típica cortesía- sujeté la misma para que salieran los  que estaban dentro. Se supone que siempre hay un tira y afloja y alguien te acaba dejando pasar a ti. En Vietnam no. Te puedes tirar diez minutos sujetando la puerta, viendo como entra y sale gente, que ni siquiera te mira.                           Alrededores de Dalat (Vietnam)

 

            De nuevo montamos en la furgoneta y nos encaminamos hasta la cuarta visita: El Palacio de Verano de Ho Chi Minh (la entrada cuesta 8.000 dongs, pero nosotros la tenemos incluida). No es nada del otro mundo, aunque uno se puede hacer una idea de cómo vivía el emblemático líder, dado que se conserva todo el mobiliario. Y a decir verdad, este hombre parece que fue una persona bastante austera, para el rango que tuvo. Si lo comparamos con cualquier palacio de una dinastía real europea, concluimos que este es algo cutre. Tampoco el edificio por fuera tiene encanto especial alguno. Para entrar, hay que ponerse una especie de babuchas sobre el calzado, que te dan en la puerta. ¡Mira que bien, así le vamos dando brillo al suelo y se lo ahorran en pasar la  enceradora!.

 

            Volvemos a Dalat. La agencia ha concertado un restaurante donde comer, pero al sentarnos y leer la carta, nos damos cuenta, que por lo mismo de otros días, los precios son el doble de lo que estamos acostumbrados a pagar. Nos levantamos con tranquilidad, le preguntamos al guía a que hora continúa el circuito por la tarde y buscamos otro establecimiento por los alrededores.

 

 

           Nos han dado solo tres cuartos de hora, así que no hay mucho tiempo para encontrar algo. La mayoría, son restaurantes algo viejos donde solo venden pho. Decidimos entrar en uno y la experiencia resulta poco reconfortante. Nos traen un tazón de caldo bastante claro e insípido, aderezado con cilantro y con un puñado de tallarines y cuatro raspas de pollo (entre los dos platos no juntaríamos ni un muslo). Paralelamente, nos han puesto dos bandejas con hierbajos verdes, se supone, para que untemos en el caldo (al menos, eso hacen otros comensales). Pero nosotros comemos cuatro hojas solas –no están malas- y al caldo le ponemos medio bote de chile, para que sepa a algo.

 

            Como nos hemos quedado con bastante hambre, nos proveemos de ricos dulces en una pastelería próxima. ¡Estos si que resultan estar deliciosos!.

  Alrededores de Dalat (Vietnam)

            El siguiente destino es la Crazy House (12.000 dongs, pero nosotros tenemos la entrada incluida). Junto a la Pagoda, de lo más bonito que vemos en el viaje por todo Vietnam. Se parece bastante al Parque Güell, de Barcelona y así nos lo dice el guía –aunque ya nos hemos dado cuenta-, que sabe que somos españoles. Este hombre habla inglés muy correcto y es amable. Aunque ya nos ha llevado un par de veces a lugares donde comprar cosas, luego tampoco te agobia si no quieres nada.

 

            ¡Será copia del Parqué Güell, pero a mi me gusta más que este!. Es verdad que en esta zona del planeta casi sólo saben copiar, pero también lo es, que a veces lo hacen con mucha maestría y mejoran el original.

 

            La Casa Loca es un conglomerado de construcciones con caprichosas formas curvilíneas, que forman un conjunto realmente encantador. Alguna de ellas está en obras. Las fotos quedan muy bien y eso a pesar de que el cielo está casi tan negro como la noche. Vuelve a llover, pero eso no es novedad, porque lo lleva haciendo la mayor parte del día. Nos encontramos con una pareja que viajaba ayer en el autobús que nos trajo desde Mui Ne.

 

            Nos abordan un par de conductores de mototaxi, que nos quieren buscar plan para mañana –por supuesto, con ellos-. Estos, al menos son amables y saben cuatro frases en español, todo un detalle. Les encanta Antonio Banderas.

 

            La penúltima visita está compuesta por el Parque o Valle del Amor (10.000 dongs, en nuestro caso incluidos). Es bonito, sin más, aunque algo hortera, con tanta figurita  y estatuas de enamorados y corazones a lo largo de todo el recinto. El lago no deja de ser una bonita estampa y junto a él, hay un pequeño mercadillo con tenderetes. Nos dan una hora para pasear y no ocupamos más de media. Porque no da más de sí y porque está lloviendo a cántaros.

 

            Cuando en el programa de la excursión vimos que se visitaba una galería, ya nos pudimos suponer que se trataba de ir de

compras. La verdad es que si estuviéramos algo más cercanos a la ciudad, nos habríamos escapado y evitado la visita, pero ya que no podemos, entramos diez minutos a verla. Está decorada con gusto y el recinto es acogedor, pero nos fastidia bastante tener que estar esperando una hora a que la parejita de enamorados acaben de comprar. ¡Y todo para llevarse un solo un pañuelito!.

 

            Para terminar nos llevan a tomar un “tea free” a una tienda de las afueras. Nos dan de probar jugos, chucherías asiáticas y te. Todo, lógicamente, para que compremos. Los ingleses y la parejita compran algo. Pero no mucho. Allí estamos todos como si estuviéramos esperando el fin del mundo, hasta que nosotros decidimos levantarnos y dar por terminada la molesta y no solicitada invitación. Los demás nos siguen prestos. Por la tarde en el mercado comprobaríamos, que las chucherías que habían adquirido los británicos, valen una cuarta parte.

                                                           Alrededores de Dalat (Vietnam)

            Volvemos a la agencia. Queremos comprar los billetes que nos permitan llegar a Nha Trang, tomando el autobús de las 7,30 de la mañana (90.000 dongs). El conductor que nos ha llevado hoy, es amable y nos espera para acercarnos al hotel. Luego nos indica donde tenemos que coger el autobús mañana, en una especie de terminal muy vieja, cercana a nuestro alojamiento.

 

            Nos vamos al mercado. Hoy está abierto, pero casi vacío. Tampoco hay el mismo ambiente en los alrededores. Debe ser que ayer era domingo y por la incesante lluvia. Volvemos al hotel, tras dar un paseo por una calle de garitos muy básicos, donde solo hay hombres. Además, muchas luces de tonalidades azules y rojizas, mesas, una tele y, tal vez, algunas señoritas de compañía en la trastienda.

 

            Tras la ducha caliente, me pico con el jueguecito de la tele del hotel, que es una secuela del tetris. En hora y media consigo pasar cuatro de las cinco fases que ofrece y lo dejo.

 

 

CAMINO DE NHA TRANG

 

            Cuarto de hora antes de la hora prefijada, a las 7,15, ya estamos muertos de frío en el interior del autobús que nos debe llevar a Nha Trang. Pero no salimos hasta las ocho y diez, porque al resto del pasaje lo van trayendo poco a poco y porque el motor no arranca durante más de diez minutos. Suena fatal y está en unas condiciones pésimas, hasta para quienes no entendemos de mecánica. Nunca debimos permitir –el pasaje está compuesto mayoritariamente por extranjeros- que ese autobús saliera de la estación. Debimos exigir que nos pusieran otro. Pero no lo hicimos y así nos fue.

 

 

           Como el maletero está sucio y con agua, todos los equipajes tienen que ir apilados en asientos vacíos o desparramados por el manchado suelo. El autobús es más sucio y roñoso que el que nos trajo de Mui Ne, record que parecía difícil de superar. Entre el pasaje, identificamos a las tres niñas de la excursión de ayer y a la pareja cuya chica, tenía problemas urinarios, que venía en el bus de Mui Ne.

 

            El paisaje es montañoso y a los lados hay precipicios –más feo que el de Laos, esos í-, pero la carretera no está mal de firme. Me duermo dos horas. Una más tarde, la chica de los problemas urinarios necesita evacuar. El autobús para a un lado de la carretera y ya aprovechamos casi todos. Al intentar marcharnos no hay manera posible y como era previsible el maldito motor no arranca.

  Camino de Nha Trang (Vietnam)

            El conductor trata de arreglar la avería sin éxito (no parece que entienda mucho de mecánica). Un pasajero australiano que parece que algo más avezado en esa materia, también fracasa en su intento de poner el vehículo en marcha. Así que toca empujar, cosa a la que mi chico y yo nos negamos, porque no hemos pagado para que nos traigan en un vehículo de estas condiciones. Pero siete u ocho musculines si se animan inmediatamente. Tras 200 metros de impulsos, el autobús sigue sin arrancar.

 

            Efectuamos una parada de cinco minutos, en la que el conductor habla por el teléfono móvil. Le han debido decir que sigamos empujando, porque los musculines –que ahora se han despojado de la parte de arriba de sus ropas- vuelven a arrastrar al vehículo, al menos otros 300 metros. Y todos los demás, detrás andando. No pueden más y lo dejan. Su jadeante respiración denota que están agotados y que mañana tendrán unas cuantas agujetas.

 

            Como casi siempre en estos casos, nosotros somos los que más nos enfadamos, aunque cierto es que el joven conductor no tiene la culpa. Nos ha contado que gana un millón de dongs al mes (unos 40 euros) y si trabaja mucho y duro, medio más. El calor tropical de la jungla nos está matando por momentos y como de costumbre, no llevamos agua y comida.

 

            Una vietnamita que está casada con un francés, nos va traduciendo al inglés todo lo que ocurre. Es tan políglota como crédula. Al comentarnos que van a traer un nuevo autobús de reemplazo, que llegará en una hora, mostramos nuestra desconfianza, dado que Dalat está a tres y Nha Trang a más de dos, así que no creo que tengamos un nuevo vehículo en ese tiempo. Menos mal que la vietnamita-francesa lleva agua de sobra y se decide a compartirla con nosotros, cuando le lloramos un poco.

 

            Paseamos a un lado y al otro de la carretera, a ver si encontramos algún sitio civilizado donde avituallarnos. Pero solo hay una pequeña aldea con cuatro casa, vacas y cerdos. Bueno y con un maleducado conductor de mototaxi, con el que casi nos terminamos pegando. ¡Si es que hasta ni en el centro de la jungla,  te puedes librar de ellos!.

 

            Al contrario que nosotros, la mayoría de la gente ha reaccionado con paciencia y con buen humor. Se nota que no es la quinta vez

que se quedan tirados en la carretera del sudeste asiático en sólo 40 días. Entablamos amistad con el australiano. Es agradable y hablador. Nació en Australia, pero luego sus padres emigraron a Italia. El ha vivido allí muchos años, pero no le gustan ni el país ni Berlusconi. Así que ha retornado a su Oceanía natal.  

            Otros pasajeros con los que a lo largo del día entablaríamos conversación son.

 

            -Cinco chicas israelíes y un chico de esa misma nacionalidad. No iban juntos, pero tras la avería han hecho buenas migas. Contrariamente a lo que siempre ocurre con ellos, son encantadores y muy amistosos. Nos invitan a galletas y una especie de lacasitos, que nos saben a gloria.

 

            -Un matrimonio vietnamita con un niño. No saben ni una palabra de inglés, pero son muy agradables, sobre todo ella. También sabe enfadarse cuando es necesario. Ha llamado a la compañía de autobuses muy indignada y al menos ha conseguido, qu

e el conductor pague a un mototaxi, para que nos traiga un par de cajas de botellas de agua de litro y medio. Nos ha dado pan para que comamos. 

 

            Esa será nuestra única comida a lo largo del día hasta la llegada a Nha Trang, además de unos plátanos que reparte otro pasajero y un paquete de dhucherías asiáticas, que habíamos comprado en el mercado de Dalat la tarde anterior.

 

            -Los fiesteros. Dos británicos (uno de ellos es el que reparte los plátanos) que no viajan juntos, pero en este rato han trabado amistad. Uno toca la guitarra y canta muy bien, versiones de clásicos del pop británico, aunque su voz se va aflautando a medida que inician su segundo litro de vino. El otro habla algo de español, aunque menos que nosotros inglés Gente muy sana, con la que más tarde compartiríamos unas cervezas y mucha conversación.

                                                                                                                                                             Camino de Nha Trang (Vietnam)

            Son las 15,30 horas y por fin llega el autobús de reemplazo. Es mucho más nuevo. Pasamos a la altura de un restaurante de carretera y nos preguntan si queremos comer, pero todos tenemos más ganas de llegar a destino que otra cosa, así que continuamos, hasta que a los 20 minutos, se rompe de nuevo el autobús. La verdad es que nos ha debido mirar todo un congreso de tuertos, que se debe estar celebrando por aquí cerca estos días.

 

            Al lado hay un café muy básico donde venden especialidades locales de jugos, que resultan un poco asquerosos. El inglés de la guitarra ha decidido mezclarlo con ginebra, para mejorar el sabor. Poco antes de volver a subir al autobús, descubrimos un chiringuito algo más alejado donde venden cerveza y los británicos y nosotros nos aprovisionamos. La señora se ha fiado, de que le vamos a devolver los envases y no nos los ha cobrado, pero han reparado por fin el autobús, salimos deprisa y no nos da tiempo. Sentimos remordimiento. ¡¡Para una que se fía aquí!.


<   35    >