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Sudeste Asiático/32


                Casi nos pasamos. ¿Quién nos mandará a nosotros haber venido a esta ciudad de la Camboya rural?. Es patética. Las casa son viejas (algunas ruinosas), todo está lleno de basura y polvo y como de costumbre, al bajar del autobús, nos tenemos que quitar a los cuatro o cinco pesados de siempre. Al menos aquí no ofrecen tuk tuks y motos. Solo el hotel donde encontramos alojamiento parece un oasis.


  

          La guest house Arunzas (6 US$) es de los mejores alojamientos que disfrutamos en el viaje. La habitación en si –muy confortable y recién reformada- es equivalente a lo que puede ser un tres estrellas en España, aunque luego el baño deja un poco que desear. La guest house es de la misma propiedad que el vecino hotel, que cuesta dos dólares más.

 

            Bajamos y damos una vuelta por el mercado en busca de algo que llevarnos a la boca. Es oscuro, viejo, de pasillos estrechos y de olores rancios. Las chicas duermen tumbadas al lado del género que venden, espantan las moscas de los trozos de pollo que comercian o ponen los pies descalzos sobre los mostradores, junto a las piezas de carne. Debimos comer en el restaurante del hotel, pero por ahorrarnos unos dólares, nos lanzamos a tumba abierta al mundo de los calduverios y la experiencia no resulta nada buena.

  Kompong Thom (Camboya)

            En un puesto muy básico, de cazuelas algo mugrientas y guisos con componentes desconocidos, comemos unas saladas cabezas de pescado y unas grasientas salchichas de no se sabe muy bien que animal. Todo regado con una buena montonera de arroz con salsa de chile, que en realidad es lo único que como. Al nuestro lado, dos críos pertenecientes a la prole de la que nos ha servido juegan a un videojuego bélico, que parece recién estrenado. Por mucho que lo hayamos visto tantas veces, no me siguen dejando de chocar esas escenas en las que las esencias de la pobreza rural, se combinan con las últimas tecnologías.

 

            La depresión post comida, el incesante calor, la mierda que hay por todas partes y la extrema fealdad del lugar, me han dejado tocada. Para colmo, desde aquí solo hay autobús a Siem Reap o Phnom Penh, por lo que por segunda vez, nos vamos a quedar sin ir a Kompong Chhiam, esa ciudad que según la guía, resulta tan agradable. ¡¡Que alguien nos saque de aquí!!. La única opción sería tomar un taxi, pero son 20 US$, así que descartamos definitivamente esa posibilidad.

 

            Rehacemos los planes una vez más: Volveremos a Phnom Penh, reservaremos los billete para Ho Chi Minh y nos marcharemos un par de días a la playa –que falta nos hace- a Shianoukville. Nuestro problema es que como no podemos entrar en Vietnam hasta el día 31 de julio, tendremos que hacer tiempo hasta que llegue esa fecha. El problema de Camboya es otro bien distinto: Las dos carreteras que arrancan desde la frontera del norte hasta la capital, están muy mal comunicadas entre sí por transporte público, por lo que para llegar a lugares que viéndolos en el mapa parecen próximos, se tarda un montón o hay que combinar varios transportes.

 

            Nos acercamos a un paseo que hay junto al río y se encuentra bastante bien cuidado. Es algo raro aquí. Por fin conseguimos sali

r de la basura rancia, los malos olores y las veredas encharcadas, hediondas y polvorientas. Las familias y los jóvenes pasan la tarde entre bicicletas y motos. Decidimos irnos pronto al hotel, no vaya a ser que encima tengamos problemas con los numerosos bichos del crepúsculo.

 

            Entretenemos la tarde viendo como Rafa Nadal gana su partido y se clasifica para la final del torneo de Toronto. A pesar de la calidad del hotel, no hay agua caliente. Como cada vez que dormimos en zonas medianamente rurales, nos pasamos un buen rato tapando los agujeros exteriores por donde pueden entrar mosquitos. En esta ocasión, solo cubrimos el extractor que hay en el baño.

 

            Cuando acaba el tenis bajamos a la tienda 24 horas de la gasolinera a comprar cerveza. Es noche cerrada y Kompong Thom tiene una pinta absolutamente siniestra. Solo el hotel y su animado night club dan pistas de que aqyñi haya civilización. La tienda está vacía y recuerda a las del desierto norteamericano de las películas, en las que está a punto de entrar atracadores o pasar algo. A la vuelta, nos asaltan una especie de hormigas voladoras, que pegan unos picotazos absolutamente voraces.

                                                                                           Kompong Thom (Camboya)

            Madrugamos y al final es para nada. Queremos tomar el bus de las 8, pero no solo ese, sino todos los de Capitol, que salen para la capital por la mañana, están completos  Los de la otra agencia que vimos ayer, también. En el hotel nos aseguran que pasa uno de la empresa Mekong sobre las 9,30, así que nos disponemos a esperar. Mientras, unos 15 guiris salen del hotel, toman una furgoneta y se van. ¿Serán los de la juerga de anoche en el night club?.

 

 

DE RETORNO A PHNOM PENH

 

            Llega el autobús a la hora señalada. Va a hacer una parada para desayunar y no sale hasta las 10. Guardan nuestros equipajes en el maletero y cuando vamos a salir, el conductor trata de estafarnos. El importe de los billetes a Phnom Penh –según nos han dicho en las otras agencias- es de 10 dólares los dos, pero este hombre primero empieza pidiendo 22, luego 20 y se detiene finalmente en 15. Como a las tres propuestas le hemos dicho que no, nos manda bajar el equipaje, cosa que hacemos sin rechistar y gustosamente.

 

            No sabemos como vamos a salir de aquí, pero lo que tenemos claro es que este tío no nos extorsiona. La satisfacción que sentimos porque no se haya salido con la suya, ahoga toda incertidumbre sobre como abandonaremos este lugar. Además, nos tocaba ir sentados en el pasillo del bus (aunque eso ya lo habíamos aceptado anteriormente)

 

            Hace un calor intenso y en los alrededores de la carretera han montado bastantes puestos. Además de los vendedores, la zona se ha llenado de pedigüeños de todas las edades, muchos de ellos mutilados. La cara de los niños transmite una mezcla de melancolía, inocencia, ternura y dureza. Uno de ellos, con un pie absolutamente destrozado, ha cogido una lata de coca cola vacía que le hemos dado, la ha pisado varias veces con su otro pie descalzo, la ha rematado con una piedra y una vez aplanada por completo, le ha metido una patada hacia el puesto de una señora, que la ha recogido y guardado. Una singular forma de reciclaje, la de este pueblo de la Camboya más profunda.

 

 

           Afortunadamente y a los 10 minutos, llega un autobús de la empresa PPPT. El conductor nos quiere cobrar seis dólares a cada uno y cuando –ya hartos- vamos a claudicar, el pasajero que está detrás de nosotros le recrimina su actitud y nos que no paguemos más de cinco, que es el precio oficial. Y así lo hacemos, dándole efusivamente las gracias. ¡¡Al fin alguien honrado en Kompong Thom!!.

 

            Es la tercera vez en hora y media que nos han querido engañar. Además de en lo dos autobuses, han intentado escatimarnos cinco dólares de la vuelta en la tienda de la gasolinera y cuando los hemos reclamado ponían cara de póquer. Nos hemos tenido que enfadar para recuperarlos.

 

             Subimos al bus. Es más incómodo, pero más colorista que los de Capitol y como vamos tan apelotonados, hay que defender tu espacio vital con uñas y dientes, porque si no lo pierdes. Y las orondas mujeres mayores y de mediana edad –más bien diría yo, gladiadoras- están muy acostumbradas a la lucha.

                                       Phnom Penh (Camboya)

               Paramos, como siempre, en una animada zona de pedigüeños (con niños de no más de cuatro o cinco años) y calduverios, donde los lugareños se dan el festín. ¡Parece mentira el ansia con la que come esta gente!. Algunos críos venden piña. Te piden un US$, pero en seguida y sin darte tiempo a hacer una contraoferta, bajan el precio a la cuarta parte. En este país puedes pasar de la ternura al desquiciamiento en tan solo un segundo. Las vendedoras de arañas, saltamontes e insectos en general ofertan sus mercancías, en enormes cuencos con montaña.

 

            Los asientos de cuero del bus se pegan por todas partes y el sudor impregna cada centímetro del cuerpo. Viendo que nos desviamos mucho y que el vehículo no va para el centro, le decimos al conductor que nos pare al llegar a al estación de trenes. Nos queda un buen trecho andando hasta la zona de alojamientos.

 

 

DE NUEVO EN PHNOM PENH

 

            La entrada en Phnom Penh se ha hehco interminable. Soñamos con la mortadela al chile y con las salchichas del supermercado, pero al llegar se les ha terminado el pan. Después de cuatro días comiendo fatal, no estamos dispuestos a engullir pan de molde, así que dejamos los bultos en la consigna del supermercado y nos pasmos más de media hora recorriendo establecimientos, hasta que finalmente lo encontramos. Comemos como marqueses.

 

            Elegimos otro hotel. Es que estuvimos estaba muy bien, pero pasamos mucho calor. Este es algo peor, pero más fresco. Es la Vimeantep guest house. Seis dólares por la doble con baño y televisión.

 

            Nos vamos a buscar billete de autobús para Ho Chi Minh y recorremos diversas agencias. Queremos irnos el día 30 por la noche,

para aprovechar el tiempo al máximo, pero todas las empresas, con horarios muy similares, no salen antes de las 6,30 de la mañana y el último servicio lo tiene sobre las 13 horas. Así que compramos el billete para esa hora con  Capitol (10 US$, pero no se compran en la agencia, sino en un restaurante que hay a un par de decenas de metros).

 

            Nos damos cuenta de que Phnom Penh no ha cambiado en nuestra ausencia. Agobios y más agobios. Aunque después de haber estado en Siem Reap, los tuktukeros de aquí nos parecen hermanitas de la caridad. Tomamos un asqueroso refresco verde que encontramos de oferta, en un supermercado, donde cada vez que entramos salimos con los bolsillos llenos de cacahuetes sin pagar y me sienta fatal al estómago.                                                                                               Phnom Penh (Camboya)

 

            Nos vamos al ciber. Tenemos claro ya que vamos a volar el día 14 de agosto, desde Hanoi a Kuala Lumpur, así que queremos hacer la reserva, pero unos pequeños problemas de la página web de Air Asia nos lo impiden. Previamente hemos obtenido los billetes para mañana a Shianoukville (18.000 rieles). 1Qué bien, por fin a la playita!. Hace que no vemos el mar desde que a medidos de junio, abandonamos Playa del Carmen, en México y de eso ya va a hacer mes y medio. ¡Vaya ritmo que llevamos: 33 días de viaje y 20 alojamientos diferentes!.

 

           

SIHANOUKVILLE

 

            En el autobús a Shianoukville nos ponen otra vez el mismo humor amarillo que nos habían exhibido camino de Siem Reap y ayer, viniendo desde Kompong Thom. ¡Podían cambiar un poquito!. A pesar de todo, me duermo y lo hago en dos partes, antes y después, de la habitual parada para los calduverios. Aunque estos me siguen dando asco, me estoy planteando probar la otra parte del menú: Los insectos fritos. Pero de momento hoy no me animo.

 

         

   Parece que las pruebas de ingreso para ser conductor en esta compañía incluyeran dos preguntas básicas:

 

            1.- ¿Es usted amante y degustador empedernido de los calduverios?

            2.- ¿Le gusta a usted pitar seis o siete veces a todo lo que adelanta?.

 

            Si en ambos casos la respuesta es sí, quedan admitidos en la compañía. Luego lo de que tengan carné de conducir o experiencia al volante, son aspectos meramente complementarios.

 Shianouville (Camboya)

            Llegamos a Shianoukville en cuatro horas y cuarto y encontramos rápidamente un buen alojamiento, de los mejores del viaje y baratísimo. Se trata del hotel New Singapore, que por 8 dólares nos obsequia con una espléndida habitación con baño impecable, televisión por cable (incluida la TVE internacional), nevera y aire acondicionado. No saben decir ni “hello” y quizás ahí resida el secreto de esta ganga. Lujo asiático para mochileros.

 

            Previamente, habíamos estado a punto de pegarnos don un tuktukero pesadísimo, que se había puesto en paralelo durante un par de centenares de metros al salir de la estación. Ha sido la primera toma de contacto con un gremio, el del transporte, que es especialmente agresivo en este lugar, dado que por la tarde estuvimos a punto de tener problemas muy serios con un mototaxi por los mismos motivos. Tras discutir, nos ha intentado atacar con un palo y hemos tenido que defendernos con una enorme piedra. Afortunadamente, la sangre no ha llegado al río. Aquí, a diferencia del resto de Camboya, si se te encaran. No tienen intención de prestarte un servicio, sino de molestarte. Y no hay policías por la calle a los que denunciar estos hechos. ¡¡Claro, ahora caigo, deben estar todos en las fronteras extorsionando turistas con el visado!!.

 

              En la no demasiado turística Shianoukville, hay dos zonas de hoteles. Una, en la que estamos nosotros, cerca de Serendipity Beach y la otra, en Victory Beach y otras playas aledañas. Ambas están –aunque se puede ir andando- algo alejadas entre si y comunicadas por la carretera, a través de la rotonda Golden Lions.

 

            Es en la segunda donde están los alojamientos más turísticos, los restaurantes, terrazas y las tumbonas, justo al borde del mar, en la estrecha pero bonita playa. El agua es verde, aunque turbia y cuesta mucho encontrar profundidad. La arena es blanca y fina. Paseamos al borde del mar, viendo como los guiris toman el sol. A pesar de que hay gente, como siempre en el sudeste asiático, la oferta es superior a la demanda. Y eso que estamos en las cruciales fechas de cambio de mes entre julio y agosto.

 

            Quizás hubiera sido buena opción alojarse aquí, pero puede que por la noche haya bastante follón y música descontrolada. Y aemás para llegar, no queda otra que tomar transporte y de los tuktukeros de aquí, que nos libre Dios. Matamos la mañana yéndonos a las zonas más alejadas, tranquilas y acogedoras de la playa.

 

            Hay chicas vendiendo langosta, cigalas y calamares. Parecen muy frescos y no son caros, pero finalmente no nos atrevemos a

catarlos y volvemos a la zona de nuestro hotel a comer. Luego nos vamos para las otras playas más alejadas, teniendo que aguantar por el camino a esos hombres ociosos, que sentados desde su moto te incordian, más que ofrecerte transporte. Estamos muy cansados de esta gente, a estas alturas de la película.

 

             Después volvemos a la playa de por la mañana y nos damos el primer y reconfortante baño de mar después de 46 días. Será la primera, pero no la última vez, que nos sumergimos en las aguas del inmenso mar del sudeste de China. Pero es imposible estar tranquilo sobre la arena, porque los pedigüeños –lisiados o no- y los vendedores, son más pesados. Uno incluso no tiene piernas y se va arrastrando por la arena. Los niños, como no tienen cubos para jugar con la arena, usan los cascos de los cocos con idénticas funciones

                                                                     Shianouville (Camboya)

            Sobre las cinco y media ya no hay casi turistas en la arena y van llegando lugareños, algunos con no muy buena pinta. Como hemos también leído advertencias en la guía sobre posibles peligros –incluso violaciones- que hay en esta playa al atardecer, decidimos levantar el campamento e ir volviendo poco a poco a nuestro hotel. Compramos cerveza y nos decidimos a disfrutar de esta tan buena habitación. Aquí en Camboya, siempre te suelen poner una botellita de agua en los alojamientos y en días como hoy, champú, jabón, cepillo y pasta de dientes y papel higiénico.

 

            Previamente hemos comprado los boletos para retornar mañana a la capital, a las 13,30. No queremos tener contratiempos y que peligre nuestro viaje a Ho Chi Minh. Aunque los pasajes se adquieren en la agencia de Capitol, el autobús hay que ir a cogerlo a la estación de autobuses.

 

            Esta ciudad es del estilo al resto de las que hemos visto en Camboya, aunque hay menos basura. No es Marina d’Or, pero tampoco Durrés (Albania).



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