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Sudeste Asiático/30


               Les mandamos a la mierda y nos vamos a la mesa de al lado con los ánimos encendidos. Tampoco tienen bus a Siem Reap y si a Phnom Penh. Cuando vamos ya con el hacha de guerra en la mano, nos detenemos de repente. ¿Cómo?. ¿Nos estás diciendo que nos das los boletos con el precio impreso y que pagamos como si fuéramos camboyanos de pura cepa? (35.000 rieles). ¿Y qué aceptas qué paguemos en rieles y devuelves el cambio en la misma moneda?.  ¿Y qué nos llevas en un autobús limpio, casi nuevo y con aire acondicionado?. Hemos topado con la empresa Capitol, que afortunadamente, guiaría casi todos nuestros designios por Camboya.

 

 

PHNOM PENH

           

            Parece paradójico, pero es justo al salir de Poipet cuando empieza la carretera asafaltada. Unos ratos es buena y otros tiene

baches, pero es carretera. No me duermo, porque el escándalo en el autobús es tremendo. Con lo tranquilo que era todo en Tailandia. A ratos hay arrozales, a ratos solo verde, pero el terreno siempre es llano.

                                                                   Phnom Penh (Camboya)

            El vehículo va llenos de niños –al menos diez-. A las 11,30 paramos en un sitio de calduverios. La gente come con ansia y hasta repite. Nosotros nos abstenemos y entretenemos el hambre a base de una enorme bolsa de ricos platanitos fritos. En cada parada que hace el bus, hay vendedores agresivos (más ellas, que ellos), que golpean en los cristales o la chapa del bus.

 

            En un nuevo receso, nos atiborramos de snacks y compramos una fruta verde partida en trozos y rociada de chile triturado. No sabemos de qué se trata. Está buena, aunque dura. Este es el país de las sombrillas. Cada vez que cruzamos un pueblo es casi lo único que se ve. Pero no es que todos los camboyanos estén en la playa, sino debajo de sus tenderetes.

 

            En Camboya los rasgos de la gente nada tienen que ver con los de Tailandia. Su piel es bastante más oscura y los rasgos menos asiáticos, más vstos.

           

            La entrada a la capital es muy alargada, pero esto si que parece una ciudad y no Vientiane. La estación de Capitol está en el centro, justo en la zona de las guest houses. Al bajar, nueva merienda de negros, aunque no sabemos muy bien para qué, puesto que ni logramos entender lo que ofrecen o piden.

 

            Andamos y encontramos rápidamente alojamiento: La guest house Narin 2. Una habitación con baño y tele cuesta 28.000 rieles y la única pega que tiene, es que está en el cuarto piso y no hay ascensor. Abajo hay un restaurante en el que no llegamos a comer, pero parece recomendable.

 

            Nos reincorporamos al fluir de la ciudad. Constatamos con sorpresa, que los supermercados son más caros que los puestos de la calle de Poipet y que todos los precios están establecidos en dólares, aunque también se puede pagar en rieles. De  hecho todas las vueltas inferiores a un dólar son en esa moneda, por lo que hay que llevar una doble contabilidad y dos carteras. Una con dólares y otra con papelitos de escaso valor. Si no les gusta su moneda, ¿por qué no la eliminan definitivamente y acaban con el caos?.

 

            Las calles del centro de la ciudad  son anchas y están muy bien asfaltadas. El problema es que no están pensadas para los peatones, sino para aparcar cosas con ruedas. Hay hasta aparcamientos de pago sobre ellas, donde un guarda pone un número con tiza en tu sillín, cuando dejas la moto y cuando la recoges a la vuelta, pagas. En Tailandia se circula por la izquierda, en Laos por la derecha y aquí, por donde a cada uno le entra en gana (incluido en diagonal, perpendicular, oblicuamente, en círculos, en espiral…).

 

            Damos un paseo hasta el Arco de la Independencia. Los templos son algo más sobrios que los de Tailandia. A parte de los tradicionales tuk tuks, o los mototaxis, el turista puede recurrir también a los bicitaxis. Pero en la capital de Camboya se puede ir a casi todos los sitios andando.

 

            Luego nos damos un paseo por el Palacio Real, que ya está cerrado. Lo rodeamos entero –se tarda- y acabamos en otro templo junto al río. Seguimos su cauce y llegamos al mercado y a un centro comercial, donde hay un muy bien abastecido supermercado, que tiene hasta pan normal (incluso con versión rústica).

 

            Menuda diferencia con el mercado que acabamos de pasar. Es increíble que tanta miseria se encuentre a escasos 500 metros del Palacio Real. Empieza a llover y una amable chica, con su hijo en brazos, nos trae una silla para que nos sentemos y protejamos de la lluvia. Les fotografiamos.

                                  Phnom Penh (Camboya)

            Si la ciudad de día es intransitable (ningún vehículo cede nunca el paso a un peatón), de noche se convierte en peligrosa, dado que hay muchos conductores que van sin luces. La mayoría de motoristas no han debido cambiar nunca el faro y así lo llevan desde que se les fundió. Eso pudo ser ayer, o hace tres años.

 

            Por las aceras no se puede andar. Hay que ir por el borde de la carretera y nunca sabes de qué lado te va salir el próximo trasto. Porque además, no miran. La pobreza no debería estar reñida con el civismo y la buena educación, pero esto es una selva. Aquí si eres educado, te meriendan a la de tres.

 

            Si te sales de cuatro calles principales, Phnom Penh de noche también es siniestra, debido a la falta de luz. Y peligrosa nuevamente: Porque te puedes caer dentro de una de los centenares de alcantarillas que no tienen tapadera. Menos mal que suelen estar hasta arriba de basura, y esta amortiguará el golpe.

 

          Los tuktukeros son muy pesados y a veces hay que mandarlos a la mierda. Me paso la noche soñando con la dichosa frase: “Tuk ,tuk, Sr.”

             Hoy es el día elegido para hacer el visado de Vietnam. Vamos preparados, pensando que los trámites serán largos y pesados. Recorremos la media hora que hay hasta la sede diplomática (viene ubicada en los planos de las guías).

           

            Llegamos hasta una garita, donde un hombre uniformado nos hace mil y una preguntas, para terminarnos mandando a la oficina

interior. Hay gente esperando, pero no mucha. Rellenamos el corto y nada farragoso formulario del visado. El único problema es que hay que poner las fechas exactas para las que se quiere, pudiendo elegir entre 15 días o un mes. El precio es el mismo (35 US$), pero en el primer caso te entregan el visado en una hora, mientras que en el segundo, tienes que esperar al día siguiente.

                                                                    Phnom Penh (Camboya)

            Como no pensamos estar más de un par de semanas en el país y queremos irnos mañana temprano de aqui, ponemos como fechas del 31 de julio al 14 de agosto. Para evitar problemas y en las casillas donde se solicitan los puntos de entrada y salida al país, lo mejor es escribir: “any internacional border” (cualquier frontera internacional).

 

            En una hora tenemos el visado listo y pegado, sin más trámites ni preguntas. ¡No me imaginaba que tuera a ser tan fácil.

 

            La llegada de un nuevo día en Phnom Penh, no ha cambiado en nada la tónica cotidiana. Las esquinas de las calles siguen llenas de basura, incluso en la zona de los hoteles de los extranjeros, que ya parecemos habituados y contemplamos la escena con total naturalidad. Las aceras siguen sirviendo para todo menos para pasear o transitar (aparcar, cambiar las ruedas de los autos, soldar cosas, reparar un motor…). Nunca un espacio público estuvo también aprovechado e hizo tan buen honor a ese nombre.

 

            La capital de Camboya es una de las ciudades más inhóspitas que he conocido. Siempre tienes un amenazante vehículo a tu alrededor. Generalmente, son motos que circulan en todas las direcciones y que están constantemente arrancando y aparcando. Te llegas a sentir como el objetivo de un videojuego.

 

            Acabas teniendo la sensación, de que todas las motos (donde viajan entre una y cinco personas a la vez) se dirigen hacia ti. Es un estrés que se va acumulando a lo largo del día y que te hace llegar por la noche al hotel reventado. Y bien está si consigues haber pasado la jornada sin tener ningún percance.

 

            Creo que mañana saldré a la calle con un cartel donde ponga: “I don’t want tuk tuk”. Para los de las motos, de momento, no tengo solución. Se pasan todo el día diciéndonos algo así como “paisa” (que debe significar, supongo, que te subas).

 

 

           Solo los alrededores del Palacio Real son un remanso de paz (al menos por dos de sus lados, no circula tráfico). Nos llama la atención que hoy también esté cerrado. Así que nos vamos a quedar sin ver la Pagoda de Plata, que está dentro de sus muros y el resto del Palacio. No sé si estarán de obras o habrá alguna celebración, porque en la guía pone que abren todos los días menos los lunes. No hay casi turistas a los que encasquetar las frescas botellas de agua fría, que algunas adolescentes venden a un dólar en esta zona.

 

            Nos llegamos hasta el Museo Nacional. ¡¡Anda, pero si es un museo!!. Y es que parece más un templo. La verdad es que no nos quedan demasiadas visitas por hacer, porque lo vimos casi todo ayer  tarde.

  Phnom Penh (Camboya)

            Nos vamos al mercado central (Psar Thmei), que está distribuido en estructura circular. La parte central está muy bien cuidada y ocupada por los relojes y las joyas. De ahí, van saliendo brazos y circunferencias de puestos clasificados por gremios, hasta llegar a la exterior, donde se encuentran los tenderetes de comida preparada, verduras, fruta, pescado y mariscos. Como en Tailandia, todo tiene pinta de estar fresquísimo, a pesar de que no se ve una sola cámara frigorífica.

 

            A mi modo de ver, la de este mercado es una estructura muy acertada, que lo hace muy atractivo, ameno y apetecible para el comprador o el mero visitante. Está entre los diez mercados que más nos gustaron en el sudeste asiático. Por momentos, me recuerda al de Mae Sot, aunque este último es algo más auténtico, caótico y menos cuidado.

 

            Aquí si que hay algunos turistas: Unas, probándose sujetadores en una tienda de ropa interior, otros paseando, los menos, comiendo calduverios… Volvemos al centro comercial de ayer, el Sorya Shopping Mall, donde está el supermercado Lucky. Compramos pan normal y rústico y nos hacemos unos deliciosos bocadillos de mortadela boloñesa con chiles (muy recomendable este embutido). Los comemos sentados en unas escaleras en la calle. Aunque aquí te están molestando todo el día, al menos a la hora de comer te respetan.

 

            Compramos plátanos para comer de postre y cuando los pelamos, tiramos despreocupadamente las cáscaras al suelo. Es algo que no haríamos en otra parte, pero parece que aquí, la basura llama a la basura.

 

            Nos acercamos hasta el Wat Phnom, algo alejado del centro. Esta en lo alto de una pequeña colina. En la parte de abajo tiene un parque, donde ofertan paseos en elefante. Esta abarrotado de lugareños. Llegamos hasta lo alto y de repente, alguien se acerca y nos pretende cobrar un dólar. Entre que ya hemos visto la mitad y nos tememos que este tío es un vividor (no da boletos a cambio del dólar), nos volvemos a bajar y le dejamos sin ingresos.

 

            Caminamos hasta la cercana Boeng Kak Area, que está al lado del lago, más allá de la estación de trenes. Junto a la nuestra, es la otra gran zona de alojamientos económicos de la ciudad. Hay decenas de guest houses, restaurantes y cibers y tiene bastante ambiente, a pesar de que solo son las cuatro y media de la tarde. Es una pena que esté tan alejada de los otros puntos de interés y de la terminal de Capitol, porque como zona de alojamiento es más recomendable que la nuestra.

 

            Nos cuesta encontrar el lago y finalmente tenemos que verlo, introduciéndonos en el patio de una guest house. La temperatura es

aquí mucho más agradable, aunque es posible que al atardecer haya mosquitos. El lago no es bonito, pero si acogedor. Está demasiado lleno de arbustos y hierbajos en el medio.

 

            Si en el resto de la ciudad son pesados, aquí redoblan sus esfuerzos y llegan a resultar agobiantes. Nunca había visto tantos hombres ociosos en la calle, sentados encima de las motos viendo la vida pasar. Mientras, las mujeres trabajan en los mercados, cuidan a los niños o compran. También desempeñan trabajos tan duros como la recogida del arroz en los campos. Ahí no se ven hombres.

                                                                  Phnom Penh (Camboya)

            Volvemos poco a poco. Nos acercamos de nuevo al mercado –ahora menos animado- y al templo que está junto al río y que ya habíamos visto ayer. Hoy esta cerrado. Quizás el día anterior lo encontramos abierto porque había una boda.

 

            Nos sentamos junto a la ribera, después de pasear por el mercado donde el día anterior nos habían ofrecido la silla cuando llovía. Los tenderetes hacen a la vez, de puesto de venta y de vivienda. Los niños juegan y se engorrinan en las sucias calles, mientras te miran con inocencia y con limpia sonrisa. Dos de ellos practican el deporte nacional, que ya hemos visto jugar a más niños: El tenis con chancla. Otro deporte nacional es el basuring, que no es otra cosa que lanzar la basura donde caiga

 

            Se nos hace de noche y nos toca volver por los bulevares desiertos. Debimos estar más atentos. No es que esta ciudad no parezca segura, pero no hay ninguna necesidad de jugárnosla. Ya no solo con posibles delincuentes, sino con el maldito tráfico, las zanjas, tropezar con algo, cruzar las calles sin semáforo…

 

            Nos vamos a un cíber. Con el visado de Vietnam ya en la mano, comenzamos a mirar vuelos. La idea es ir desde aquí a Ho Chi Minh en un bus directo. Hemos descartado hacerlo en buses locales por tramos. Es posible –aunque no seguro- que sea más barato, pero la diferencia de precio nunca compensará el engorro y la pérdida de teimpo..

 

            De Ho Chi Minh iremos subiendo por todo Vietnam hasta terminar en Hanoi. Lo previsible es que volemos desde allí a Kuala Lumpur (Malasia), con Air Asia. Pero habrá que ir por partes y de momento, mañana toca retroceder hasta Kompong Chhnang, para al día siguiente llegar a Siem Reap y a los templos de Angkor, que tantas ganas tenemos de ver.

 

            A las ocho ya no hay nadie en la calle. Esquivamos los últimos obstáculos –con y sin ruedas- y nos vamos al hotel.

 

CAMINO DE SIEM REAP


            Cambio de planes. No hay billetes a Kompong Chhnang en el autobús de las 8,15, así que tomamos otro para Siem Reap (22.000 rieles) El tiempo de camino son seis horas, aunque tardamos hora y media más, porque el conductor es muy suyo. Estamos contentos de dejar esta ciudad y a su miles de pesados y ociosos, pero no nos queda más remedio que volver en unos días.

 Phnom Penh (Camboya)

            Me cuesta dormirme, porque nos ha tocado un subnormal al volante, que pita seis o siete veces a cada vehículo que adelanta (casi todo motos y motocarros). Esto que nos ha parecido chocante, se convertiría en el pan de cada día en Vietnam. Además pone la música a todo volumen. ¿Por qué en todo el mundo hay tanta música ligera y casposa?. Además hay muchos baches. Y el loco del volante nos mata a frenazos.

 

            El paisaje hasta llegar a Kompong Thom es verde, liso y con muchas casas. Paramos a comer calduverios a las 11,30. Parece que –al menos para los conductores de autobús- es la hora habitual del almuerzo en este país. Nosotros compramos cerveza en una pequeña tienda, mientras nos agobian los limosneros (entre ellos, una agresiva niña de unos siete años). En cada parada se tienen los espacios muy bien repartidos. Uno siempre pide sentado a la puerta del autobús –suele ser minusválido- y el resto se distribuye estratégicamente por resto de las instalaciones y en las inmediaciones.

 

            Estos complejos de carretera suelen tener baños gratuitos, pero hasta para las mujeres es más recomendable alejarse un poco y hacerlo en los arcenes o tras algún arbusto en la carretera.



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