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Sudeste Asiático/28


             Todavía hoy cuando escribo, me asombro de lo macarras que fuimos en algunos momentos del viaje (sobre todo en Vietnam y Camboya), pero es que hay en sociedades que, o te haces tan salvaje como son ellos, o te comen sin dejar ni los huesos.

 

            Tras completar el triste almuerzo con snacks y galletas del súper, continuamos viendo templos. Nos encanta la estupa negra y la

cotidianeidad sin doble fondo de los recintos religiosos. En el que estamos ahora, los monjes se dedican a labores de construcción, con el torso descubierto. ¡Y es que hace calor hasta estando sentado y a la sombra!.

 

            Nos vamos a dar un paseo por la rivera del río y las terrazas que la escoltan. Los camareros te abordan, a veces de forma algo violenta, con la carta. Son bastante pesados. Mucho más que las jóvenes que hay por la noche en los tenderetes de comida, que te saludan mientras preparan los guisos para la cena, diciendo “sabadí” (que debe ser algo así como, hola). El Mekong aquí, aunque con vistas más anodinas que en Luang Prabang, se muestra impresionante. En la orilla de enfrente se ve la añorada Tailandia.

                                                                             Vientiane (Laos)

            Allí están también los cubos con los peces vivos, recién pescados del río. No sabemos muy bien que son y el pescador que nos ha saludado efusivamente, tampoco sabe explicárnoslo. Nos quedamos con la duda.                                                                                  

 

            ¿Dónde vive la gente en esta ciudad?. ¿Dónde trabajan?. Apenas hay viviendas en el centro y cuando vinimos ayer del extrarradio tampoco vimos muchas. Casi solo hemos encontrado lugareños en el Patuxai y en el restaurante de calduverios, donde nos han intentado timar esta mañana.

 

            Pasamos el resto de la tarde repartiendo nuestro tiempo entre las tres calles principales, un lentísimo internet cercano a nuestro hotel y este último, dado que a las 8 de la tarde se pone a llover, como si no lo hubiera hecho nunca. Es increíble. ¡Con el calor que ha hecho todo el día y no se han secado la mitad de los charcos!. Es la maldita humedad (no sé si tendrá que ver algo el Mekong, aunque imagino que sí), que no te deja respirar y que te mantiene pegajoso a todas las horas del día. Lo que si se ha secado, es la ropa de la mochila

 

            Hemos descartado visitar mañana el Parque de Buda, que está a 26 km. de aquí. Se va desde la estación de autobuses locales, tomando el número 14, el mismo que conduce hasta la frontera. Pero nosotros no tomaremos ese mañana para volver a Tailandia. Hay uno directo al país vecino, que es más caro, pero te ahorras bastante tiempo y la incertidumbre y los costes de cómo cruzar el río 

 

            A pesar de no haber sido un día de mucho movimiento, lo hemos pasado bien en esta ciudad. Y además, ya nos merecíamos una jornada tranquila, después de las aventuras vividas en este país tan rural.

 

            Por segundo día consecutivo, nos levantamos sin prisa. Bajamos a la calle, que está tan vacía como siempre, aunque cerca de la plaza Nam Phu han inaugurado el Certamen de Gastronomía de Vientiane. Nos emocionamos. ¡Al fin podremos comer algo decente en esta ciudad. Pero cuanto mayores son las emociones, peor son las decepciones: Pollo, arroz y calduverios. ¿Y para ofrecer lo mismo que todos los días, hace falta montar un certamen de gastronomía?. Y encima casi todo cuesta un 25% más que en cualquier restaurante o que las terrazas del río.

 Vientiane (Laos)

            Hay que hacer tiempo hasta las 12,30, hora en que sale el autobús directo, así que nos vamos hasta un mercado cercano a la estación de autobuses. Es menos cutre de lo habitual y no tiene mal género, aunque los puestos están apelotonados los unos con los otros. Se vende casi de todo: Cosas tan normales en un mercado como ropa, bisutería o zapatos, conviven en armonía con bicicletas, cámaras de las bebidas (no sé quien las comprará, porque apenas las hay a lo largo de todo el país) o fuentes de las que enfrían el agua.

 

            Aquí los vendedores son algo más agresivos, sin llegar a agobiar. En general, esa conciencia de ir intentando atraer la atención del cliente de forma brusca para que compren , se va desarrollando a medida que uno desciende hacia el sur del país, desde Luang Nam Tha.

 

 

DE VUELTA A TAILANDIA

 

            Volvemos a por los bultos al hotel y al llegar a la estación, descubrimos que no hay plazas en el autobús directo, Así que nos toca tomar el 14 (5.000 kips, 10.000 menos que el directo), que va abarrotado y que en media hora nos pone en la frontera. Sellamos el pasaporte y pagamos una tasa de salida de 2.500 kips. Es un importe ridículo, pero demuestra la avaricia de querer estar sacándote el dinero hasta el último minuto.

 

            Queremos cruzar andando el puente de la Amistad, que atraviesa el Mekong,. Cuando ya llevamos unos 300 metros, aparece un

militar motorizado, que hace amago de pedirnos el pasaporte. En la cara parece llevar escrito: “ñan, ñan, quiero dinero”. Cuando se los vamos a dar, sale de una garita cercana un superior, que aunque sin hablar ni papa de nada que no sea su lengua materna, pone un punto de sensatez, hace marchar al otro hombre y nos explica por mímica, que está prohibido cruzar andando. Eso no es lo que pone en la guía. Además, no entendemos el por qué, puesto que la distancia entre un lado y otro no es excesiva, pero, obviamente, tampoco se lo discutimos.

 

            Retornamos y pagamos el caro autobús (4.000 kips), que llega a la frontera de Tailandia. ¿Habrán terminado ya estos sinvergüenzas de Laos de sacarnos el dinero?. Ya en mitad del puente me giro hacia atrás y les lanzo un corte de mangas. ¡¡Que os den!!, como diría el americano que escapa de la Alemania del este en la película “Gotcha. Te pillé”

                                                                                                        Vientiane (Laos)

 

NONG KHAI

 

            Cubrimos los lentos trámites de inmigración (parece encima, que nos ha tocado en la cola del funcionario más torpe) y decidimos pasar de los  tuktukeros que nos asedian. Como creemos que ya nos han sacado bastante dinero, decidimos ir andando hasta Nong Khai, lugar al que un cartel anuncia a un par de kilómetros.

 

            El calor nos empieza a matar, pero estar otra vez en Tailandia resulta delicioso. Llegamos a un Seven Eleven y nos avituallamos. ¡¡Que maravilla. Qué buenas están las hamburguesas con la rica tonelada de ensalada. Que bonito volver a descubrir las sonrisas. Qué delicia, andar por una carretera con asfaltado normal!!. No parece que hayamos cambiado de país. Parece que estuviéramos en otro planeta o incluso en otra galaxia.

 

            Pero lo de los dos kilómetros es ficción. Puede que esa sea la distancia hasta la primera casa de la ciudad, pero en una buena parte, está extendida a lo largo de la carretera y hasta llegar al centro (metiéndose a la izquierda) hay al menos otro tanto. Nada tendría esta distancia de extraordinaria, sino fuera por el sol que quema nuestros cuellos y cabezas.

 

            Nuestra idea no es quedarnos a dormir aquí, sino llegar hasta Bangkok, para poder tomar mañana un tren hacia Aranya Prater, en la frontera con Camboya. Tardamos un buen rato en llegar a la estación de autobuses, pero al menos las noticias son buenas y hay plazas en el vehículo que nos llevará hasta la capital de Tailandia (402 bahts) a las 19,30 horas. Nos quedan por tanto, 3 horas para ver esta ciudad. Vamos al baño y constatamos, que decenas de bichos trepan y descienden por sus pareces. Hay una también una ducha que, por el calor que desprende, acaba de ser usada

 

 

           Dejamos la mochila en la oficina de la compañía de autobuses y nos obsequiamos otra ronda de hamburguesas en el Seven Eleven. Esta ciudad son cuatro largas calles paralelas entres sí, cortadas por otras transversales, mucho más cortas.

 

            La primera es la que bordea el río, con una amplia acera elegantemente asfaltada y varios bares con terraza. Al final del  todo se ubican la mayoría de las guest houses, que ofrecen alojamiento. ¡Menuda diferencia de este paseo al borde del Mekong, con el que bordea la ribera del mismo río en Vientiane, sin asfaltar y con los puestos de calduverios. Hasta el río está aquí menos marrón que en la parte de Laos.

 

            La segunda calle está ocupada por un mercado, a trozos cubierto, donde hay bastante variedad y mucha mejor calidad que en el país vecino. En la tercera se encuentran algunos templos budistas y un par de ellos chinos. Es nuestro primer contacto con ese tipo de templos, que tanto veríamos posteriormente en Vietnam y Malasia.

 Nong Khai (Tailandia)

            Y en la última es donde está la estación de autobuses, el Seven Eleven, restaurantes de ubicación fija y  otros de calduverios, que empiezan justa a montar cuando comienza a anochecer. ¿No los podrían poner por la mañana y servir mejor unas tapitas?.

 

            El autobús es confortable, pero no tiene baño. Parece que solo los vehículos vip tienen el “privilegio” de poder mear a bordo. Tampoco hay ni música, ni video (como en Laos), ni luz de lectura, así que pocas cosas más que dormir se pueden hacer. Lo que si hay son muchos guiris a bordo. El conductor corte y corre, como si a la llegada le esperara alguien. Menos mal que vamos por autovía.

 

            Duermo lo suficiente, aunque no todo lo que hubiera querido. Tardamos una hora menos de lo que nos han dicho  (nueve y cuarto), con lo que a las 4,45 estamos pisando de nuevo Bangkok, en una terminal que debe ser la noreste, pero ni lo sabemos, ni lo preguntamos. Vamos tan dormidos que no somos capaces ni de encontrar las ventanillas de boletos.

 

 

OTRA VEZ EN BANGKOK

 

            Salimos a la calle. A pesar de ser las cinco, ya hay montado un mercado en plena actividad. Como no encontramos tampoco la forma de llegar directamente a la estación sudeste (seguro que la hay), nos decidimos por tomar el 49 (20 bahts), que conecta con la de trenes. Teníamos dudas sobre si ir desde aquí a Siem Reap (Camboya) en bus o a Aranya Prater, frontera de Tailandia con ese país, en tren, Pero entre que no hemos encontrado el bus a la estación del sur y que no queremos pasar otra noche de transporte seguida –encima, con frontera de por medio-, nos vamos decantando por la segunda opción.

 

            El 49 tarda, pero nos deja en la misma puerta de la estación de trenes, donde una gentil chica nos aborda. Como el tren de las

5,30 ha salido ya, no nos queda otra opción que esperar al de la 1 de la tarde. Nos ofrece la alternativa de tomar minibuses, pero ya hemos decidido que continuaremos nuestro periplo en el tren.

 

            Como conocemos la zona, nos vamos al Tesco. Lo hacemos con la mochila a cuestas, porque nos han pretendido cobrar 70 bahts por cada bulto en la consigna y nos ha parecido una barbaridad. Cuando llegamos, son las 7,30 y el centro comercial no abre hasta las nueve. Estamos cansados y nos aguarda una larga espera. En la calle hay poca gente, pero lo que no falta, lo que también hay a estas horas, son los puestos de calduverios.

 

            En cuanto abren, dejamos gratuitamente las mochilas en la consigna del supermercado. Volvemos afuera. Hace mucho calor y las calles de los alrededores son algo descuidadas. Hay algunos canales, que no huelen precisamente a rosas.

                                                                                                                                                                         Bangkok (Tailandia)

            Volvemos al supermercado y compramos algo para desayunar. Hacemos más tiempo y a las 10,30 pretendemos comprar una cerveza en el Seven Eleven. No nos la venden, se nos había olvidado lo de la prohibición de beber alcohol entre las doce de la noche y las 11 de la mañana. Pero todo tiene remedio. En la tienda de al lado, la propietaria no es tan legalista y nos la vende. Eso sí, tras envolverla en cuatro hojas de periódico y meterla en dos bolsas de plástico negra. Ni el contrabando o la droga van tan disimulados. No andamos ni cincuenta metros y se cruzan dos policías. Manos mal que todavía no la hemos abierto.

 

            Recogemos las mochilas del supermercado. Antes, nos hemos pasado por todas las degustaciones, así que hemos comido salchicha y queso y bebido zumo y yogurt líquido. Volvemos hacia la estación. Queremos ver el cercano Wat Trimit, que nos había quedado pendiente de la visita anterior. Nos decepciona un poco. Es el lugar más lleno de turistas de Bangkok, junto al Palacio Real. Justo al lado hay un colegio, donde las niñas uniformadas juegan a la goma.

 

            Regresamos a la estación y compramos los billetes para Aranya Prater (48 bahts). En el interior hace fresquito y en la explanada central hay mucha gente sentada o tirada por el suelo durmiendo, sin que a nadie le moleste, ni siquiera a la policía. Este es el país de la tolerancia (menos con el alcohol y el juego). Hay también sillas en los laterales y dos pantallas gigantes que emiten videos. Se nota que estamos en la segunda quincena de julio, por la cantidad de movimiento que hay

 

 

ARANYA PRATER

 

            La tercera clase de los trenes thais es algo dura, sobre todo para más de dos horas y este itinerario lleva cuatro y media. El pasaje es muy colorido y casi salimos a vendedor por viajero.

 

            Nos comemos dos bandejas de arroz y un pollo asado grande entero, que hemos comprado en el Tesco. La gente nos mira de manera rara. Probablemente con esa cantidad de pollo, aquí come el vagón entero. Cabeceo a un lado y a otro, pero no me duermo.

 

 

           El paisaje no es muy atractivo. Verde y llano. Hay muchas casas de campo, con mucha mejor pinta que en Laos y kilómetros y kilómetros de arrozales. No hay pobreza en los trenes thais de tercera.

 

            Paramos en un montón de pueblos, donde suben y bajan niños que vienen de la escuela. Lo peor es al volver a arrancar, porque el convoy hace un ruido chirriante, que penetra hasta los huesos.

 

            Llegamos con veinte minutos de retraso. Nos cuesta deshacernos de un tuktukero, que nos quiere llevar a la frontera. Hemos decidido que no cruzaremos a Camboya hasta mañana. Estamos demasiado cansados para meternos ahora en fronteras y visados y más habiendo leído que en Camboya los trámites son algo durillos y que te tratan de extorsionar sin complejos (sí o sí), para sacarse un extra.

 

            Nos cuesta, pero acabamos enccontrando un alojamiento barato, aunque bastante básico. Se trata del Aran Garden hotel 1. La doble con baño, nos sale por 200 bahts. Nos vamos a ver un templo antes de que anochezca y después al mercado nocturno. Poco más se puede hacer o ver en este pueblo, invadido por las motos.

 Aranya Prater (Tailandia)

             Vamos a la estación de autobuses y con sorpresa vemos, que desde aquí hay servicios directos a Nong Khai. Así que no nos habría hecho falta ni pasar por Bangkok. La verdad es que nunca habíamos siquiera contemplado este plan. Ahora bien, como la ventanilla está ahora cerrada, no logramos –ya solo por curiosidad- conocer los horarios. No hemos conseguido tampoco saber, cuál es la forma más barata de llegar a Poipet, frontera de Camboya. Tocará investigarlo mañana.



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