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Sudeste Asiático/27


            18,15: Empieza a atardecer. Estamos en mitad de la selva, así que aunque hace calor, decidimos cubrirnos lo máximo posible y darnos repelente en el resto del cuerpo. Queremos evitar a toda costa la picadura de mosquitos. Solo siguen nuestro ejemplo una pareja de alemanes. Los cuatro nos hemos puesto ropa blanca por arriba. El resto, da igual lugareños que guiris, permanecen sin repelente y con buena parte del cuerpo al descubierto.

 

            18,42: El primer camión consigue pasar al otro lado y detrás, tras varios intentos y no sin dificultades, un todoterreno, (que casi

quema el motor y al que tienen que empujar diez personas). Los lugareños se levan los pies con naturalidad en las piscinas naturales de agua marrón que se han ido formando. Hace un cuarto de hora, ha dejado de llover.

 

            20,10: Después de una aburrida espera –no sabemos las razones-, en la que ya hemos hecho amistad con bastantes pasajeros del autobús, nuestro vehículo pasa, no sin problemas y tras intentarlo por cinco veces, el peculiar tapón del Darien a la laosiana, que se había formado

 

            El panorama al otro lado de la carretera es impresionante. La gente ha bajado de sus coches, ha sacado sillas de camping y cenan en el asfalto, cantan, bailan y aplauden nuestro paso (como si aquí fuéramos los campeones de la Euro). Y así, durante más de quince kilómetros.

                                                                                                                                                                         Camino de Vang Vieng (Laos)

            Hacemos cuentas: Si al paso que va la cosa, ahora  está pasando un coche cada dos minutos. ¿Cuándo llegará al tapón el último coche?. Ahí quedan los datos para los amantes de las matemáticas.

 

            21,40: Tras haber circulado más de  una hora, entonces si, el conductor decide detenerse en un restaurante. ¡¡En mi vida había visto a la gente comer así!!. Y eso que apenas hay otra cosa que arroz y tallarines (con pocos tropezones, por cierto). Hasta llegar aquí, hemos tenido que pasar por otros dos derrumbes menores. Menos mal que ahora la zona ya no es tan escarpada y hay algún pequeño tramo de autovía.

 

            ¿Quién dijo que los asiáticos no son apasionados?. ¡¡Lo han vivido con una emoción increíble y han celebrado cada avance del camión en el fango, como si fuera un gol del Madrid o del Barcelona!!. Se me ocurre, que podría ser una forma de turismo alternativo. Se lo propondré a alguna agencia cuando volvamos a España. Lo llamaremos “derrumbing”.

 

 

VANG VIENG


            23,15 horas: Después de once horas y cuarto, seis y cuarto más de las inicialmente previstas, llegamos a Vang Vieng (aunque haciendo un mal chiste, diríamos que más que Vieng, Mal). Enseguida, empezamos a constatar, que va a ser casi imposible encontrar alojamiento, porque todo “is full”. Y eso que hemos mirado en más de 15 sitios.

           

 

           Vang Vieng por la noche es siniestro (por el día es un poco menos). Me recuerda a esos pueblos donde paraban los autobuses para tomar algo en los países del este, hace quince o veinte años. Tal vez un poco menos, cuando uno se acostumbra.

 

            Y es que el bus, nos ha dejado en la carretera, al lado de un par de guest houeses, pero para llegar a la calle principal, donde están el resto de alojamientos y los bares y restaurantes, hay que cruzar una explanada que a esas horas resulta algo draculiana, como mínimo. 

 

            Aún hay bastantes bares abiertos (decorados con lucecitas de navidad). En ellos no hay mucha gente, pero por la calle si encontramos a unos cuantos guiris borrachos. No nos engañemos, es a lo que viene la mayoría aquí, a hacer actividades acuáticas (algunas de dudosa seguridad) y a ponerse hasta el culo de alcohol.

 Vang Vieng (Laos)

            Una de esas actividades a las que me refiero es el estúpido tubbing. Esta práctica no es otra cosa, que bajar un río sentado en una cámara de aire de camión o de tractor (es decir, un flotador), parando cada dos por tres en unas construcciones de bambú, hechas al efecto para comprar, básicamente, cervezas, aunque también se pueden adquirir otras cosas. Hay bastante gente que, al perder los reflejos por el alcohol, se ha ahogado, pero allá cada uno. A mi la cerveza me apetece más en una terraza, la verdad sea dicha.

 

            Cuando ya habíamos perdido toda esperanza y pensábamos que tendríamos que dormir en la calle o pasar la noche tomando cervezas en un bar, encontramos sitio en la Vieng Vilay Guest House. Hemos tenido suerte, porque el empleado estaba a punto de cerrar la puerta. La habitación es amplia, pero vieja y tiene baño. Es carísima para lo que hemos pagado y para lo que es (80.000 kips), pero no estamos en condiciones de negociar.

 

            Nos levantamos sin prisa. Hoy queremos llegar hasta la capital del país, Vientiane, pero también sin agobios. Anoche, más gente que se bajó del autobús, buscaba alojamiento sin éxito (incluso un padre con una niña muy pequeña). No sabemos que habrá pasado con ellos.

 

            A pesar que había mosquitera, veo que tengo el cuerpo lleno de granos. Nunca en mi vida tuve tantos. Ahora solo toca esperar que ninguna de las picaduras sea de algún mosquito chungo. Porque en las zonas rurales de Laos aún sigue habiendo malaria y aunque digan que esto es una ciudad, en cualquier otra parte sería llamado pueblujo

 

            Cuando salimos del hotel, los guiris ya están formados en tropel, a la espera de que les lleven a hacer rock climbing, kayaking, rafting (descenso de ríos), tubing,.. Nosotros pasamos del tema. No porque no nos gusten esas actividades, sino porque se pueden hacer en cualquier otra parte y a este viaje hemos venido buscando experiencias distintas, relacionadas más con la observación de la vida cotidiana, que incluso de los monumentos y por supuesto de actividades lúdico-festivas. Pero esto es simplemente una forma e ver las cosas, tan válida como otra cualquiera.

 

            Algunas de las excursiones que las agencias ofrecen son:

 

            -Rock climbing en Vang Vieng: 200.000

            -Kayaking, de Vang Vieng a Vientiane: 290.000 kips

           

            Como ocurre siempre en las ciudades (y más en Laos), Vang Vieng es distinto de noche que de día. Al margen de los deportes reseñados antes, su único interés está en un par de templos y, sobre todo, en los bonitos paisajes., que se forman principalmente en torno al río. Hay un par de puentes, pero están medio caídos. No sabemos si es por las recientes lluvias o ya llevan así hace tiempo, pero la estampa suena a tercer mundo, aunque la fotografía queda preciosa, con los niños cruzándolo descalzos y metiéndose en el agua hasta casi las caderas.

 

            Lass viviendas y negocios son de planta única y peores que en Luang Nam The o Luang Prabang, aunque si hay algunos restaurantes de cierto postín, al menos en la decoración.                                Vang Vieng (Laos)

 

            Paseamos a lo largo del lugar y dedicamos buena parte de la mañana a la actividad local por excelencia: Tomar cerveza Lao. Luego buscamos un lugar para comer y nos quedamos con el más barato. Es una especie de nave, con una cocina y varios cacharros, pero el arroz y los tallarines con carne y vegetales, te lo hacen en el momento. Un guiri bebe cerveza, una tras otra, con la mirada perdida y llena de melancolía. ¿Será víctima del desamor?.

 

            La cantidad de salsa que un comensal pone sobre un guiso de arroz en el sudeste de Asia, es inversamente proporcional a la cantidad de carne o vegetales que porta ese plato. En esta ocasión, la salsa vence por 60% a 40%.

 

            Recogemos los bultos del hotel y nos vamos a la estación andando (2 kilómetros). Nos cruzamos con una catalana, que nos pregunta por una dirección. Solo nos damos cuenta de que los tres somos españoles, tras casi dos minutos hablando en inglés (y nos damos cuenta, por lo mal que lo hablamos). Es la primera compatriota en casi cinco meses y medio que llevamos de viaje, que está haciendo un viaje largo, de un año. Empezó en la India y ahora viene de Vietnam, país al que pone bastantes reparos, debido a que todo está demasiado preparado para el turismo de masas.

 

 

CAMINO DE VIENTIANE

 

            En la estación hay transporte a Vientiane de forma muy frecuente. Hay autobuses expresos, normales y vips y también “pick up”, que es lo más próximo en salir. Eso de pick up y en este país, nos suena a sangtaew. No nos equivocamos. 35.000 kips hasta la capital.

 

            Para colmo, los asientos son bastante más incómodos que los del que cogimos de Mae Sot a Mae Shariang. No son mullidos, solo una tabla con un recubrimiento fino de tela. Colocan nuestro equipaje en el techo, presumiblemente tapado Vamos solos, pero al cuarto de hora paramos a recoger a dos chavalas muy jóvenes y a una pareja. Posteriormente va subiendo gente, hasta llegar a sumar 19, en un vehículo en que no deberíamos ir más de 11 –conductor incluido-. Las cosas quedan así: Dos adelante y el conductor, diez en el cuerpo del vehículo y seis colgando por fuera y agarrados a las barras. Esto último es divertido –lo probamos-, pero para ir media hora, no más

 Vang Vieng (Laos)

            Para más incomodidad, cuando va al completo empieza a diluviar y tenemos que meternos los 16 dentro. Aquello adquiere unos tintes importantes de entre orgía y merienda de negros. El agua entra por todos los laterales (supuestamente  tapados) y de poco sirve tratar de evitarlo a base de colocar bolsas. Y para darle más emoción, uno de los pasajeros lleva bichos vivos en una bolsa de plástico. No los consigo identificar. No se si muerden, pican, arañan o no hacen nada –algo improbable-, pero me temo lo peor Al menos la carretera es buena y escasamente escarpada, así que evitaremos derrumbes, que ya es bastante.

 

            La lluvia es aprovechada por dos niños para ducharse debajo de un canalón, dándose champú mutuamente, en un de esas escenas de impagable cotidianidad. Soy de las que opina que no hay mayor espectáculo –me da igual ciudades que naturaleza- y encima es gratuito, que el de la cotidianidad en el tercer mundo.

 

 

VIENTIANE

 

            Finalmente, en tres horas y media, estamos en la estación de sangtaews de Vientiane. Si la de autobuses está lejos, esta todavía más. Al bajar las mochilas, nos damos cuenta de que están empapadas. Como hemos pagado, nos tenemos que limitar a insultar en todos los idiomas que sabemos al sinvergüenza del conductor, que tampoco se inmuta más de la cuenta con nuestro acaloramiento.

 

            Dos jóvenes nos ofrecen tuk tuk. Preguntamos el precio y uno pide 70.000 kips. Nuestra contraoferta es clara: Replicamos que 10.000 kips. Ambos se quedan anonadados. Deben ser pocos los guiris que conocen el precio real de las cosas. Nueva contraoferta: 15.000 (hablamos en todo momento, por persona). ¡¡Hecho!!. La verdad es que si se hubieran empeñado, podrían habernos sacado bastante más, porque no hay más transporte esperando y sobre todo, llueve a cantaros. Pero en el sudeste asiático no tienen la habilidad de regatear, tan desarrollada como en arabilandia.

 

            Bajamos en la zona de los hoteles. El suelo es un enorme charco. Todo en este país huele a humedad –nosotros incluidos- y a

veces rancia. Esperamos a que amaine y nos ponemos con el asunto del alojamiento.

 

            El primer sitio no nos gusta y los 15 siguientes, están tan completos como los de Vang Vieng. No nos lo explicamos. Cuando ya estamos decididos a volver al inicial, encontramos una guest house. El precio es algo elevado, pero la habitación es mucho mejor que en el otro (sobre todo el baño y tiene televisión por cable). Se trata de la Siry2 guest house.

 

            Vientiane es, lo más parecido a la civilización que hemos visto en los últimos 8 días. Tiene más de medio millón de habitantes, aunque no sé donde estarán, porque tanto de día como de noche (algo menos, porque salen los guiris), da sensación de ciudad fantasma.

 

            La zona más turística consta de tres calles: La del río, llamada Fa Ngum, que junto a su rivera aglutina en montón de puestos de comida y terrazas, en una zona sin asfaltar. La de nuestro hotel, tiene por difícil nombre Setthatitirat y en ella hay unos cuantos templos y guest houses. Es más tranquila. Y la más comercial Samsenthai, com muchos comercios, restaurantes y una tienda parecida el Seven Eleven. Allí compramos nuestra primera pepsi cola en ocho días (en Luang Prabang las había, pero no nos apeteció pagar su disparatado precio).

                                                                                                        Vientiane (Laos)

             Entramos en un pequeño supermercado a echar un vistazo a las bebidas alcohólicas. Conocemos a una simpática pareja de irlandeses y los cuatro compartimos nuestras experiencias alcohólicas en el país, a ver si así acertamos en comprar ahora algo acertado. Pero al final, como casi siempre, nos decantamos más por el precio que por otra cosa.

 

            Tengo el culo plano de haber ido sentada tanto tiempo en el sangtaew. Menos mal, que las almorranas esta mañana ya habían mejorado bastante. Si algo nos ha quedado pendiente en este país, ha sido visitar cuevas. Por unas y otras razones no ha podido ser. Si no se tiene mucha experiencia, se desaconseja hacerlo por libre y a nosotros las excursiones de forma organizada, nos da mucha pereza.

 

            Es sábado y hemos decidido no madrugar, aunque desde las siete hay niños correteando por el hotel. A las 9,30 nos lanzamos a tumba abierta a descubrir Vientiane y ocurre lo mismo de siempre: No hay nadie en la calle. De momento y a priori, ya hemos descartado ir a Pha Thatt Luang (la estupa dorada), que se encuentra a varios kilómetros de la ciudad. Hemos visto tantas estupas en este casi mes de viaje, que no nos emociona demasiado la visita.

 

            Empezamos por el Wat Si Saket (5.000 kips). Es el templo más antiguo de la ciudad, aunque hoy ejerce funciones de museo. Está rodeado por jardines, pero no es otra cosa, que una buena forma de sacarte medio euro para no ver nada. Por cierto, necesita una buena reforma, al menos por fuera.

 

  

          Tras dar una vuelta por el Talat Sao (el centro comercial que hay cerca de la estación de autobuses) y comernos un rico gofre, recorremos el largo paseo que nos lleva hasta el arco del triunfo de la ciudad, conocido como Patuxai. Es bonito, original y con elegantes fuentes y jardines, que están muy bien cuidados. En esta zona si que hay gente, pero la mayor parte son gente del país.

 

            Volvemos y vamos explorando los templos. Hay algunos realmente bonitos. No sé porque se empeña la guía en decir que esta ciudad no es de las más bonitas del sudeste asiático. Exploramos el Wat Miday. Conversamos con un monje. Es otro de los grandes seguidores de la roja en el sudeste asiático, pero su pasión futbolera pierde fuelle cuando al hablar de Laos, le decimos que resulta más caro que Tailandia y que tratan peor al turismo. Son las duras consecuencias que siempre tuvo la franqueza.

 Vientiane (Laos)

            Buscamos un lugar para comer. La mayoría de los restaurantes están vacíos. Solo uno de la calle más comercial, con cocina típica de la zona (calduverios de colores con cosas difíciles de describir, así en dos líneas), que está abarrotado de lugareños. No obstante, pedimos la carta y nos quedamos alucinados. Por cada plato nos piden más de tres euros. No creemos que eso sea lo que pagan los de aquí. Concluimos que tiene una doble carta, una para los nacionales y otra para los turistas. Nos vamos.

 

            Optamos por comer hamburguesas en la tienda que se parece al Seven Eleven. El pan está revenido y la carne es minúscula, dejando una tercera parte del pan sin cubrir. Como siempre, llenamos el sobrecito hasta arriba de ensalada. Pero cuando vamos a por la segunda, uno de los empleados -que parece que fuera a heredar el negocio-, nos quita la hamburguesa de la mano y pretende enseñarnos la cantidad de ensalada que hay que poner. Nos entra tal enfado, que vaciamos medio bote de salsa en cada una de las dos hamburguesas y luego se las dejamos despanzurradas sobre el mostrador. ¡¡A ver si así aprende!!.


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