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Sudeste Asiático/25


            Aquí ya no hay Seven Eleven, aunque si algunos restaurantes bastante decentes, terrazas y cibers (donde por despiste o a posta, se empeñan en cobrarnos dos horas, cuando solo hemos estado una). Estamos estudiando la posibilidad de volar desde Vientiane a kuala Lumpur, en Malasia.

 

            Antes, nos hemos llegado hasta uno de los hoteles que hemos visto anunciado al bajar del autobús, el Hotel Guest House

Souliroug, donde nos han pedio 35.000 kips (menos que ayer), por una habitación doble, con baño y televisión por cable. Nos hemos emocionado tanto, que apenas hemos mirado el baño y al regresar por la noche, constatamos que es algo guarrete, de agujero tipo thai y no tiene cadena. Ya sabéis, a limpiar los excrementos a jarrazos o cubazos. ¡¡Madre mía con las almorranas!!. Me he dado crema tres veces ya hoy y no han bajado ni un milímetro. Las he ido a desarrollar, en el país más montañoso y en las carreteras con más curvas del continente, llenas de baches y charcos, ahora que atravesamos la época de lluvias. Al menos hoy no ha llovido.

 

            Damos una vuelta por el mercado nocturno, aunque se termina pronto, porque son cuatro puestos. Sin embargo, no es carente de encanto. Nos sorprendemos, al probar por primera vez en el país, la rica cerveza Lao.

                                                                       Luang Nam Tha (Laos)

            Dormimos hasta decir basta –ya era hora- y tras desayunar, comenzamos nuestro paseo. No hay mucha cosa que ver aquí. Me refiero a lo monumental, claro (ni siquiera un templo), pero la ciudad -que desde luego no parece una ciudad, sino más bien un pueblujo-, da mucho que pensar sobre la sociedad de este país y en algunos aspectos resulta flipante.                    

 

            Por la mañana, parece una ciudad fantasma y te preguntas: ¿Pero aquí no trabaja la gente?. ¿Dónde curran?. ¿De qué viven?. Resulta que en occidente se llenan las ciudades por la mañana y esta se vacía. Tan solo algunas mujeres, que ven la vida pasar, han montado una mesita frente a la entrada de sus vivienda de una sola planta, donde venden cuatro refrescos, tabaco, huevos, chocolatinas y snacks, que se nota a la legua –salvo los huevos-, que están algo deteriorados por el paso del tiempo. No hay otro tipo de establecimientos comerciales, aunque si damos con un almacén distribuidor de cerveza Lao. ¡Excelente!. ¿Por qué habrá cerveza tan buena en tantos países del tercer mundo?. Concluimos que porque los aditivos serán más naturales.

 

            Desde media tarde sin embargo, todo se llena de gente y hay una incesante actividad, que nos desconcierta completamente. Algunos cabos comenzamos a hilar, cuando leemos en el cíber que el 90% de la población se decía a la agricultura de subsistencia. Acabáramos. ¡¡Por las mañanas se van al campo!!. Sin embargo, muchas de las casas son bonitas y coquetas y el parque automovilístico bastante nuevo. No nos cuadra lo uno con lo otro. Y casi todos los jóvenes tienen moto y los niños bici.

 

            Tampoco por la mañana se ve apenas actividad colegial. ¿Será que estamos en época de vacaciones escolares?. Me temo que no, porque algún uniforme hemos visto, aunque la única escuela con la que nos topamos, está solo echa a medias. Los pocos guiris, dividen el tiempo entre el restaurante más elegante, la terraza cervecera y el cíber. Por aquí siguen todos los que conocimos ayer. En un restaurante de una de las calles laterales, están con los preparativos de una colorida boda.

 

            Queremos comer pronto, para aprovechar la tarde. Desde este lugar, hay varios trekkings recomendables, pero nosotros hemos elegido la opción de alquilar una bicicleta (10.000 kips) y dar una vuelta por los alrededores.

  Luang Nam Tha (Laos)

            Además del restaurante para guiris y los básicos locales de lugareños, hay uno que es mitad y mitad, que es por el que nos decantamos. Un acierto, porque comemos divinamente a base de arroces con carne y pollo, al curry y con chiles uno y con una espesa y sabrosas salsa blanca el otro. Y también noodles fritos. Ya explique en la parte general, que los segundos platos muchas veces son caros y contienen más vegetales que carne, así que con un arroz para cada uno y uno de los tallarines a medias, nos basta y nos sobra. El servicio, eso sí, es lento.

 

            Hemos conseguido que en el hotel nos dejen un mapa bien detallado de la zona. Llegamos hasta Ban Pasak (aldea étnica) y, tras pasar por exuberantes campos de arroz, a Bon Moa La carretera se acaba y comienza un camino de tierra que nos lleva hasta Boa Soptud, otra aldea con mucho encanto. Rodeamos por los alrededores, cruzamos un poco profundo, pero embarrado río y decidimos darnos la vuelta por el mismo camino que habíamos venido.

 

            Se pueden hacer otros cuantos recorridos en bicicleta y siempre será mejor –como tuvimos la suerte-, que no haya llovido los días anteriores, porque se hace, como mínimo, el doble de duro. Habíamos ya descartado de antemano hacer las excursiones organizadas que se ofrecen en la zona. Tampoco pensamos hacer trekking, a pesar de que en los alrededores hay muchas posibilidades.

 

            Volvemos a la ciudad. Aún no ha anochecido y desde un altavoz, lanzan mensajes adoctrinadores (supongo que políticos), que se escuchan en toda su superficie. La gente no hace mucho caso. Más tarde, también nos daríamos cuenta que son frecuentes en otros países

 

            Hay gente que está todo el día sin hacer nada. Es el caso de los de nuestro hotel. Son unos ocho. No debe haber más habitaciones llenas que la nuestra, pero de eso viven. Pases a la hora que pases por la recepción, siempre está allí: Unas veces comiendo, otras sentados sin hablar, las más, jugando a las cartas…

 

            Las cinco es la hora en que comienza el mercado nocturno y nosotros, antes de subir al hotel, compramos ricas piñas y plátanos.

Hay también unos fritos raros, que parecen ratas enteras y que fotografiamos todos los guiris que por allí pasamos.

 

            Apenas hay cámaras frigor´´ificas en esta ciudad y es toda una proeza poder tomar una coccacola fría. Lo que si hay, son muchos perros y pocos gatos (suele ser al revés, en casi todo el sudeste asiático). Vemos una escena entrañable. Dos felinos casi recién nacidos, mordisquean nuestras zapatillas, mientras un enorme perro les da protección.

 

             Hay algo que nos tiene preocupados. No hemos visto muchos sangtaews por aquí y mañana queremos madrugar y llegar en uno a la estación, para proseguir camino a Luang Prabang

                                                                  Luang Nam Tha (Laos)

 

CMAINO DE LUANG PRABANG

 

            A las siete y media nos levantamos. Pagamos el hotel. Para darnos la vuelta, la chica se saca un fajo de billetes de tal tamaño, que parece que viniera de atracar un banco. Afortunadamente, no hay problema para encontrar un sangtaew, aunque nos cuesta hacerle entender a su conductor, que queremos ir a la estación (y eso que vamos con los bultos).

 

            Nos toca esperar una hora, a que parta el autobús a Luang Prabang. (90.000 kips en autobús y 120.000 kips, si se  quiere ir en minifurgoneta). Mientras, tomamos algo en el cutre bar y damos algunas vueltas por los puestos de las mismas características que hay en las inmediaciones. Decenas de hombres conversan o esperan en cuclillas, como en los países árabes.

 

 

           Partimos puntuales. La primera hora y media –en la que me duermo- la carretera es buena, pero las 7,30 horas restantes son un calvario, sobre todo para mis almorranas, que no mejoran nada y siguen sin darme tregua. Los baches parecen socavones. El bus es viejo, aunque más confortable que el de anteayer, lo cual no es decir mucho. Y con mejor motor, lo cual es decir menos. Comemos piñas y plátanos hasta casi reventar.

 

            Hay tres guiris más en el autobús. Paramos a las 12,30 para la “toilette” en mitad del campo, hombre y mujeres mezclados. Un hombre mayor aprovecha para hacer ejercicios gimnásticos. La segunda parada es ya para comer, en Udomxai. Hay mondongos y tripas hechas y sin hacer, además de los típicos –aunque más refinados- calduverios. Los guiris comen galletas y nosotros papas fritas.

                                      Camino de Luang Prabang (Laos)

            Partimos. El ayudante nos cuenta y nos recuenta. Parece que nos hemos olvidado de alguien, porque volvemos a la terminal. Hay chicas que venden pan –parece del normal, que untan con leche condensada-.

 

            Partimos finalmente, sin que haya subido nadie. Por las calles de este lugar se ven algunos extranjeros. Es lógico, porque es un nudo de comunicaciones con destino a otros lugares interesantes.

 

            El nuestro, es el único bus a Luang Prabang ese día y ni siquiera va lleno. Una niña de no más de un año, engulle de la mano de su madre, amasijos de arroz untados en salsa. Aquí pasan, sin solución de continuidad, de la teta a las bolitas que luego comerán durante toda su vida. Otro pasajero, lleva pollos en una bolsa. El de delante, fuma y fuma, a pesar de que está prohibido, pero nadie dice nada. Y el viejo malayo (con el que luego compartiríamos el tuk tuk a la ciudad y una agradable charla), sigue haciendo flexiones cada vez que paramos. Nadie come casi nada. Así están de  casi todos de delgados.

 

            El primer tramo de viaje  ya es algo montañoso y con muchas casas –casi todas unifamiliares- al lado de la carretera. Diríamos que, casi Laos entero parece una calle infinita, sin paralelas ni perpendiculares. Luego el terreno se escarpa todavía más y desaparecen las casas. ¡Bellísimo!. Más tarde comienzan a aparecer infraviviendas, apoyadas sobre pilotes de madera, al estilo hórreos, que sustentan paredes de bambú y tejados de paja. Pero todas tienen antena parabólica de televisión.

 

            Hay muchos tramos sin tendido eléctrico y otros que si lo tienen, pero sin enganchar a ninguna red –al menos, aparentemente-.

Parece que este país no tuviera actividad económica visible, salvo la autosuficiencia de cada familia. Nos cruzamos con algunos camiones. Llaman la  atención, porque todos van recubiertos con la misma lona. ¿Serán estatales o militares?. Nos entra una repentina curiosidad por saber que llevarán dentro.

 

            Otras mercancías, van a lomos de las personas, en grandes sacos. Hay muchísima gente de edad mediana a lo largo de la carretera y decenas de niños jugando, algunos casi desnudos. Las ancianas, sentadas en las puertas de las casas, rebosan tristeza en su cara.

                                                    Camino de Luang Prabang (Laos)

            Afrontamos la última parte de la carretera, que nos debe dejar en Luang Prabang. La belleza es descomunal, a pesar de que lo estoy pasando tremendamente mal con las  dichosas almorranas, después de tantas horas sentada y de tanto bote. A ratos pienso, que como esto siga así, me vuelvo para casa. Pero las increíbles estampas del río Mekong –siempre al lado izquierdo de la carretera, serpenteando entre valles y montañas-, lo alivian casi todo. Cruzamos al menos un par de veces el río, mientras se divisan picos espectaculares

                

            Atravesamos tres controles policiales. Son suaves, porque hablan con el conductor y ni siquiera suben al vehículo. Más vale que controlaran que uno de los ayudantes de este, tendrá como mucho diez años, esté trabajando. Aunque da la sensación de que aquí, ni la escolarización es obligatoria.

 

            Llegamos en punto. Ni uno más de las nueve horas previstas. Una eternidad para tan pocos kilómetros, sino fuera porque los bellos paisajes lo compensan todo (almorranas incluidas).

 

 

LUANG PRABANG

 

            Nuestro primer contacto es con los voraces mosquitos y el segundo con los conductores de sangtaews, más voraces todavía. De los 20.000 kips que nos pedían por cabeza (en Laos, los precios se negocian siempre por persona), lo hemos dejado en 10.000 y del mismo importe se benefician también el malayo y las chicas que llevaban a la niña que comía bolas de arroz. Tardamos media hora a la zona de los hoteles, porque antes tenemos que dejar en la otra estación (la más grande y de la que partiremos cuando sigamos hacia el sur) a estás últimas. Definitivamente, prefiero el tuk tuk al sangtaew

 

  

          Nos dejan en la entrada del mercado nocturno. Casi al lado, hay decenas de guest houses. Es de los pocos sitios donde hay gente ofreciéndote alojamiento en la calle y los propios propietarios, salen a buscarte para proponerte alojamiento, cuando te ven pasar. Es muy recomendable mirar en varios sitios -están muy cerca unos de otros-, porque la calidad, grado de renovación de las instalaciones y precio, varían enormemente.

 

            Con la mochila todavía a cuestas, nos salen el paso David y Eloy. Son dos catalanes, uno de veintitantos y el otro de cerca de cuarenta, que vienen por tierra desde China, donde han pasado un par de semanas. Charlamos un largo rato con ellos. Nos cuentan que ese país es mucho más difícil de hacer que este, sobre todo porque la gente no sabe ningún idioma, aparte del chino y tampoco son muy amables.

 Luang Prabang (Laos)

            Nos recomiendan su alojamiento, pero al ser habitaciones sin baño, decidimos seguir buscando. Nos despedimos de ellos con la esperanza de volverlos a ver.

 

            Finalmente, nos quedamos en Xaysana guest house, un sitio bastante recomendable. Las habitaciones no son muy grandes, pero tanto estas como los baños, están recién reformadas. El personal es muy amable y el precio, algo más caro que en el norte (en este caso, 50.000 kips, pero casi todo lo que hemos visto estaba por encima de este precio y la mayoría era peor). En esa misma calle, llamada Ban Batthat y que muere en la orilla del río Mekong, hay numerosos alojamientos.

 

            El recibimiento, cuando se enteran de que somos españoles es calurosísimo, a pesar de que para ellos Villa y Torres –los jugadores de España- sean Vila y Toles. Hace ya tiempo que nos cansamos y ya nunca nos quitamos las zapatillas a la entrada de los alojamientos. Es una lata, sobre todo cuando lleve.

 

            Nos vamos a dar una vuelta por el mercado nocturno. No se venden malas cosas, pero está todo muy apelotonado. Montan los puestos casi unos encima de otros y los toldos son bajos y sujetados por pilotes, lo que hace que te des en la cabeza con unos y te tropieces con los otros. El calor es asfixiante y eso que son las ocho de la noche.

 

            A la entrada hay una zona dedicada a la fruta y más afuera los sospechosos calduverios. En realidad, la comida tiene aquí mejor pinta que en Tailandia y hay muchas cosas que si se distingue lo que son. Incluso el pescado rebozado tiene una pinta excelente y hay bastantes lugareños comiendo. Todo eso, sería indicativo de que el lugar es seguro, pero los perros y gatos que pululan por debajo de las mesas sin control y que están a la que salta o a la que se despista el dueño del puesto, nos hacen echarnos para atrás y no comer ahí.

 

            También el hecho de ver a mucha gente cogiendo la comida con la mano, llevándosela a la nariz y volviéndola a dejar, nos pone alerta. Si un lugareño hace eso, es porque no está seguro de que la comida sea del día. Y cuando lo hace uno y luego otro, la pieza se pone negra, no por exceso de fritura, sino de huellas dactilares.

 

            Luego, hay demasiada comida, para podernos creer que se va a vender esa noche. A una vendedora le contamos más de cuarenta pollos. Ahora son las nueve. ¿Alguien es tan ingenuo para no pensar que la mayoría de ellos volverán a estar aquí mañana? La mayoría de los guiris comen grandes platos de noodles con salsas. Y algunos se atreven con especialidades más exóticas, pero son los menos.

 

            El resto de los extranjeros esta en Guirilandia Street (oficialmente llamada Sisa Vangvong), la calle principal –que es tan distinta, de noche que de día-, atiborrándose a cerveza sin más contemplaciones.

 

            A la vuelta vemos una pareja de franceses, que llevan a una niña de unos dos años semidesnuda. Aunque el riesgo de malaria en las ciudades se reduce considerablemnte, creo que deberían tener más cuidado con un ser tan pequeño, dado que las consecuencias de la picada de un mosquito chungo, son mucho peores para los críos.


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