Y también seguimos sin acostumbrarnos a muchos olores y eso nos desazona. Porque hasta ahora, incluso en los sitios menos atractivos –culinariamente hablando- de América, la comida nos había olido bien siempre. Pero es que aquí hay guisos que tienen tufo a animal muerto. Nos vamos a un templo que está más alejado. Son las cinco y media y fuera del mercado, no hay casi nadie por la calle. Todo está cerrado. Parece que aquí han aprendido a conciliar ya, la vida familiar con la laboral. Me alegro y de eso deberíamos aprender los occidentales. Porque no vive mejor quien tiene más cosas, sino quien tiene tiempo. Volvemos. Aquí también hay la típica calle de restaurante y terrazas para guiris, pero hasta esta, resulta armoniosa. Nos vamos camino del mercado nocturno, que a la postre, es de los que más nos iba a gustar en toda Asia. A veces es una pura cuestión de sentimientos, más que de explicar razones. Pero aparte de eso, resulta un lugar muy accesible, con buen género. Aquí también hay puestos de comida, que tiene mejor pinta que los del otro mercado. Chiang Rai (Tailandia)Al igual que en el mercado nocturno de Chiang Mai, también hay un escenario, donde tocan una desquiciante música, que para los no instruidos, siempre suena como la que entendemos como china. El otro día en Chiang Mai, era una niña de unos siete años la que hacía de maestra de ceremonias encima del escenario. Si hay algo que envidiamos de esta gente, es la naturalidad y la ausencia del miedo escénico o al ridículo. Retornamos al hotel y en las mesitas de afuera de los bungaloes, los guiris están dándose a la cerveza y el Jack Daniels. ¡Como se nota donde hay posibles!. Nosotros nos tendremos que conforma con el habitual sucedáneo de arroz. A las tres de la mañana un intenso dolor me despierta. La culpa la tienen tres almorranas gigantes, fruto del desarreglo intestinal de ayer tarde. No hay forma de reconciliar el sueño en ninguna posición. Y lo peor es que toca viajar. Valoramos quedarnos un día más en Chiang Rai, pero como me duele de todas formas, decidimos que seguiremos nuestro plan y llegaremos a Chiang Khong (70 bahts). Así que a las nueve de la mañana y sin que todavía haya abierto ninguna farmacia de las que vemos, nos vamos a la estación, a abordar el duro viaje de dos horas y veinte minutos (casi los cuento uno a uno). Encima, el trasto es más viejo todavía que el del día anterior y la carretera tampoco colabora en exceso. Ni, por supuesto, me consigo dormir. No me preguntéis ni siquiera como era el paisaje, porque no me fijé. Los últimos 50 kilómetros son especialmente truculentos CHIANG KHONG Hasta de las situaciones más dramáticas, te puedes acabar partiendo de risa. Lo primero que hacemos en esta localidad es buscar una farmacia. Como ni tengo fuerzas, entra mi chico y pide en inglés una crema para las hemorroides, pero no hay forma. Se señala el culo y le dan supositorios. Imposible. Finalmente, le indican que pase a la trastienda y busque por si mismo lo que necesitamos. ¡¡Y asombrosamente, lo encuentra!!.Me cuenta que se podría haber llevado absolutamente de todo y por supuesto, sin receta médica. El botecito, sin embargo, es minúsculo y caro para lo que es la vida en Tailandia (93 bahts). Y mientras tanto, yo me muero de envidia viendo a la gente sentada. Chiang Khong (Tailandia)Si no apunté mal y para casos similares, el medicamento se llama SCHERIFROCT (y está fabricado precisamente en Milán, en cuyo aeropuerto estuvimos 16 horas reposando). Me doy el medicamento en plena calle sin preocuparme de más. Entre sus efectos y una cerveza del Eleven, parece que el dolor remite, pero es ficción, porque las tres almorranas se asemejan –a la inversa- a los templos de Angkor (y eso que a estas alturas, solo los hemos visto en foto). Paseamos en la medida de lo posible y vemos un bonito templo, donde los monjes se están pegando una comilona casi bulímica. Nos invitan a sentarnos con ellos y por motivos obvios, lo rechazamos. Una señora se interesa por nosotros y nuestro viaje, pero resulta que lo que pretende es ofrecernos habitación. ¿Será que estamos ya en la frontera de Laos y la gente ya no hace nada por nada?. Dejamos las mochilas en una tienda del mercado. Es grande, para lo pequeño que es el pueblo. Comemos lo de siempre. Entre que la cosa duele menos y que somos así de rácanos, más que chulos, hacemos andando los dos kilómetros que hay hasta inmigración. Vamos probando en los numerosos cajeros, a ver si nos dan dólares, para pagar la visa de Laos, pero todos absolutamente, solo dan bahts. Varios tutukeros “samaritanos” se nos ofrecen por el camino. La vida en las zonas fronterizas siempre es distinta, se esté donde se esté. Y a veces bastante dura (no es el caso de esta) De repente hay casas, al poco rato no hay nada. ¡Qué manía tienen aquí de hacer las ciudades a cachos!. El calor, como cada día, nos deshace. Sellamos en inmigración y tomamos una destartalada canoa de motor, que cruza el marrón río Mekong (40 bahts) en un plis plas y nos deja indefensos y mojados ante los insaciables funcionarios de inmigración de Laos. Las maniobras para levantarme de la tabla que hace de asiento, coger la mochila y salir del barco, resultan más que duras en mi estado. Pero sentarme tampoco había sido fácil HUAY XAI Hay tres ventanillas. En la primera rellenas los pesados formularios (el del visado y el de inmigración) y entregas una foto. En la segunda pagas los 35 US$ que vale la visa. Pero como no tenemos dólares, nos aplican –y era esperado- una tasa de cambio un 25% mayor a la vigente, no nos dan factura y cuando protestamos, hasta nos vacilan. Puedes también pagar en bahts o kips (la moneda local), pero no sale más ventajoso. Y eso que los precios por nacionalidades están bien a la vista, pero no los de la tasa de cambio del banco. Por cierto, ¿por qué los suecos pagan solo 31 dólares de visado?. Vamos a la tercera ventanilla, donde por fin nos ponen la visa y sellan el formulario de inmigración. Si no era poco y por ser fin de semana, nos toca pagar un dólar en la primera ventanilla y 20 bahts en la tercera. ¡¡A este paso y para viajar por aquí, nos vamos a tener que buscar un contable!!. Huay Xai (Laos)Subimos la empinada cuesta hasta la calle principal –y única- del pueblo. Queremos preguntar por horarios de autobuses, pero la estación ya ha cerrado. Creedme si os digo, que las almorranas duelen menos cuesta arriba, que andando en horizontal o bajando. Preguntamos en tres hoteles y nos quedamos en el más barato, el Phone Trip Guest House (40.000 kips la doble, con baño compartido). Sondeando los precios de todo, nos damos cuenta de que en este pueblo ttodo es más caro que en Tailandia. La coca cola local, cuesta un 50% más y la normal, te la sirven con hielo de una botella de dos. Pero especialmente, nos llaman la atención, los 108.000 kips (casi 10 euros), que nos acaban de pedir por cada pasaje en una furgoneta a Luang Nam Tha, mañana a primera hora. Los esfuerzos hacen mella y ya, solo soy capaz de andar con las piernas arqueadas, a modo de cualquier forajido del oeste. Aún así y con fuerza de voluntad, consigo subir las largas escaleras que conducen a un bonito templo.Pero a las cinco y media no puedo dar un paso más y tenemos que subir al hotel, donde me paso el resto de la tarde retorciéndome de dolor. Encima, para llegar a la habitación, hay que subir una angosta escalera de madera. En este establecimiento hay bastantes guiris y todos con ganas de fiesta. Llueve. Hacía una semana que casi no caía ni gota, desde Mae Shariang. Gracias a la pomada y al cansancio, consigo dormir de un tirón. No sé si mañana seré capaz de viajar, pero moriré en el intento, a pesar de que mi chico quiere convencerme de quedarnos. Pero si puede ser, otro día más aquí, no. Huay Xai (Laos)HACIA LUANG NAM THA Mi chico se levanta temprano a negociar el transporte a Luang Nam Tha. Los precios suben y bajan de forma vertiginosa y en un momento dado, consigue que los 108.000 kips de ayer, se queden en 80.000. Dejamos el hotel y, después de estar en una especie de pequeña nave atestada de guiris, nos van dividiendo en dos grupos con sabia maestría, sin saber muy bien que van a hacer con cada lote. ¡Vaya, parece que hemos tenido suerte!. Junto a una pareja de alemanes nos suben a una furgoneta nueva, impecable, hasta donde yo consigo sentarme y me encentro medianamente a gusto, para realizar las cuatro horas que hay hasta Luang Nam Tha. La escenificación es perfecta. Hacen un amago de arrancar. Ponen música relajante y a la que bajamos las defensas, nos vuelven a dividir sin explicaciones. No sabemos donde mandan a los alemanes, pero a nosotros nos meten en un sangtaew con una pareja de australianos. De nada sirve preguntar adonde vamos… El día es lluvioso y la pésima carretera está hecha un asco. Bajan a los australianos en otro sitio y a nosotros nos dejan en un lugar que no tiene pinta de terminal, pero al parecer lo es. Cuatro casas bajas rodean la esplanada y un autobús vetusto, en medio de un enorme charco, parece ser que es nuestro próximo transporte, dos horas después. ¡¡Nos la han colado bien!!. El del sangtaew encima nos quiere cobrar, así que le mandamos a la mierda si más contemplaciones. Pasamos el tiempo de espera pisando charcos, tomando cerveza y viendo como a otros guiris les hicieron lo mismo. Y también haciendo fotos, porque la ocasión lo merece. Bonitas estampas rurales de un Laos medio inundado. Las cuatro tiendas que hay tienen los precios caros y no se bajan del burro. Imposible regatear. Saben que viven de la necesidad que los guiris tenemos por las chuches, los dulces, los snacks y la cerveza y esperan que vayamos cayendo uno tras otro, como moscas. ¡Qué razón tienen!. El lamentable autobús, finalmente parte cuando le viene en gana. En este, extranjeros solo vamos cuatro: Nosotros y una pareja de israelíes. Cuando estoy acomodada, cosa que es difícil en mi estado actual y la música que pone el conductor empieza a gustarme, llega una insignificante cuesta y el autobús se rompe. ¡Bueno, así por lo menos aprovechamos para mear!, me digo. Huay Xai (Laos)Menos gracia nos hace, cuando consecutivamente, paramos otras ocho veces. En unas, el conductor y el ayudante tratan de reparar la avería y para ello, sacan del maletero del bus más viejo en que viajamos jamás, cuatro motores de repuesto en triste estado y dos cajas de herramientas oxidadas. En otras, tenemos que acudir al rudimentario taller de turno, donde a base de soldadura, proporcionan soluciones momentáneas hasta la próxima. Hay que reconocer, que por lo menos, conductor y ayudante son los primeros en currar y no se escaquean Cambian un motor por otro y lo hacen con una práctica, que pareciera que la llevaran a cabo cada día. Casi pareciera, que tanta parada estuviera realmente pensada para el alivio de mis almorranas. Como no tenemos comida, aprovechamos a comprar, en un bar que parece una oscura cuadra, papas fritas y otros shacks, que habían caducado antes del mundial de Alemania (2.006). Una flaca vaca y un gallo, tratan de que los compartamos con ellos. ¿O tal vez solo buscan cariño?. Rematamos con una bolsa de platanitos rellenos de chocolate, que debieron conocer mejores tiempos en el siglo XX. Definitivamente, la vaca nos ha cogido cariño y un pesado de Laos que dice –muy optimistamente- que habla inglés, también. Con una hábil maniobra, digna de pilotos añereos de exhibición, nos deshacemos de él (el inglés de Laos en mucho peor que el de Tailandia). Nadie protesta ni gesticula. A los lugareños esto le parece normal y a las cuatro guiris que vamos –los israelitas y nosotros- nos empieza a parecerlo. Por el camino, no deja de haber casas de techos de paja y estructura de madera: Los paisajes son bonitos, a veces con muchos árboles, que se alternan con ríos, plantaciones de arroz y mucha gente andando por el borde de la carretera. Las vacas lo hacen por el centro de la misma y se lo están pasando bomba. Aquí se conduce por la derecha. Menos mal. Y no podemos echarle la culpa de nuestras desgracias al firme, porque es bueno. Deben circular pocos coches, porque hay ratos que ni cada diez minutos, nos cruzamos con uno. En total, las cuatro horas prometidas, se han convertido en seis y diez. Eso, tendiendo en cuenta solo el último transporte, porque desde las ocho de la mañana que íbamos a salir al principio, han pasado diez. Todo el día, para hacer unos dos centenares de kilómetros.La estación está a diez kilómetros del centro. Eso nos dice un tutukero. Contrastamos la información con los de los puestos del mercado de la parte trasera y no parece ser exagerada. Así que no queda otra que ir en tuk tuk. Hacemos peña, con el fin de intentar presionar y nos juntamos a los israelitas, una americana estresada (y estresante) y su paciente novio y al “laosiano británico”, que tanta lata nos había dado antes. Nosotros somos de la opinión, de que los dos tutukeros que hay, no van a bajar de los 10.000 kips por cabeza que piden. La oferta se siente fuerte y sabe que la demanda, no va a poder llegar a la ciudad de otra forma que con ellos. Camino de Luang Nam Tha (Laos)Los israelitas son de nuestra misma opinión (y es raro, que no quieran sacar hasta el último kip) y el laosiano también. Solo la americana se afana, algo nerviosa, en bajar a 5.000. Ella tira y los tutukeros que no aflojan, así que mi chico y yo, vamos hacia uno de los sangtaews y nos subimos con el equipaje. A ver si después de venir tan retrasados, vamos a estar peleando aquí por un euro hasta que se haga de noche. Nos siguen los israelitas y el resto. Aunque la americana sigue lanzando un largo y sonoro discurso. “Aquí son todos unos ladrones. En Vietnam y Camboya también. Llevo tres meses por la zona y están todo el día estafándote”… Casi me dan ganas de volver. ¿Acabaremos nosotros tan grillados como esta, después de un trimestre por aquí?. Espero que no. Nos piden que paguemos por adelantado. Todos lo hacemos, pero la gringa se niega, advirtiendo de que lo mismo nos dejan tirados y se van con el dinero. Definitivamente está desquiciada. Pues mira niña, llama al Tio Sam y que venga a salvarte, pero déjanos tranquilos a los demás. A todo esto, el pobre marido no ha abierto la boca en todo el camino. ¡Debe tener prohibido hablar cuando salen de casa y hay gente delante!. LUANG NAM THA Llegamos al centro de Luang Nam Tha. ¿Al centro?. Lo que se anunciaba como una ciudad de más de 30.000 habitantes resulta ser solo una calle alargada, con algunas otras laterales. Enormes regimientos de mosquitos nos dan la bienvenida, mientras está anocheciendo. ¡Esperemos que no sean de los chungos!. |