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Sudeste Asiático/20


MERCADO FLOTANTE DAMNOEN SADUAK

 

            La mañana comienza con pequeños problemas. En la calle una chica nos indica que el bus 30 no nos va bien para ir a la estación sudeste y que tenemos que combinarlo junto con el 124 (cada autobús nos cuesta 8,50 baths, pero dependiendo de la línea, el precio es oscila). ¿Se abran equivocado en información y turismo?. Más tarde descubriríamos que no. Simplemente, la chica, había querido dejarnos en la misma puerta, pero con el 30 se llega perfectamente.

 

            La gente en Tailandia es muy amable y ayudan sin esperar nada a cambio, siempre con una sonrisa.  No me extraña que a este

país lo llamen el de las sonrisas y que el turismo se sienta tan a gusto aquí. Eso sí, el inglés no está tan extendido como parece y nuestro alfabeto tampoco. Pero al final, siempre suele resultar fácil el entendimiento.

 

            Una vez en la estación, tomamos el autobús número 78 (73 bahts) y en una hora y tres cuartos –casi todo el camino me lo paso durmiendo- estamos en el mercado flotante (también sirve el autobús 996). Nada más bajar, una agresiva chica nos quiere vender un transporte fluvial que nos lleve hasta el meollo del mercado. Nos cuesta un rato deshacernos de ella y tenemos que hacerlo de malas formas. No ha colado el que nos quiera hacer creer que no hay otra forma de llegar hasta allí.

                        Mercado Flotante próximo a Bangkok (Tailandia)

            En poco más de 10 minutos y andando, llegamos hasta el colorido mercado flotante. Son casi las once de la mañana y en los canales hay más barcos de guiris estúpidos –todos con el sombrerito típico de las vendedoras puesto en la cabeza-, que lugareñas. Y digo lugareñas, porque todas las que se dedican a la venta de fruta, artesanía o recuerdos, son mujeres.

 

            Afortunadamente, en tan solo una hora el panorama cambia. El ambiente se relaja, los autobuses de turistas se van, los restaurantes y tiendas en torno a los canales cierran y la actividad se reduce a medio gas, quedando tan solo unas decenas de vendedoras navegando por las tranquilas aguas e intentando dar salida a sus mercancías sobrantes.

 

            El mercado flotante es un lugar realmente agradable, sobre todo si se evita la visita entre las nueve y las 12 de la mañana, horas en que las hordas de turistas le ponen coto. Para visitarlo, quizás lo mejor sea llegar sobre las doce de la mañana y vivir el relajado mediodía y la tarde (horas en que es fácil conversar y tener confidencias con las vendedoras), quedarse a dormir y levantarse temprano (a las cinco o seis de la mañana) y ver entonces toda la actividad del lugar en su esencia, antes de que los guiris tomen el lugar.

 

            Es en esos momentos relajados del mediodía, cuando se pueden hacer las mejores fotos. Algunas mujeres hasta se ponen coquetas e interesantes, cuando se ven enfocadas por el objetivo de la cámara.

 

            La mañana es muy calurosa y casi llovemos, más que sudar. Y es que gran parte de las inmediaciones de los canales están cubiertas y debajo de los techados se respira y vive una sensación un tanto agobiante.

 

 

           Como nos morimos de sed, nos ponemos a andar por la carretera, dado que en las inmediaciones nos quieren cobran la coca cola a precio de barril de petróleo. Basta con alejarse unos 200 metros para encontrar un chiringuito estilo rural, con precios normales. Y además, al pedir las bebidas, nos obsequian con unas toallitas empapadas en colonia, que nos vienen de maravilla para refrescarnos. Nos encanta que sea la gente honrada la que se lleve nuestro dinero.

 

            Seguimos andando y llegamos a un bonito templo. Y más allá hay más canales con casas a ambos lados, donde vive la gente. También se avista una escuela y en los alrededores, muchos niños jugando, que centran su atención en nosotros cuando nos ven pasar.   

 Mercado Flotante próximo a Bangkok (Tailandia)

            Volvemos, tomamos unas cervezas en el garito de antes y comemos unos bocadillos sentados en el borde de un canal, al calor de las muecas, gestos, comentarios, de las vendedoras y la espantosa música de Enrique Iglesias, que afea todo lo anterior.. Parece que en estos momentos las tornas han cambiado y en vez de ser ellas la atracción turística, somos nosotros.

 

            Un perro vigila constantemente nuestros movimientos. Tiene premio, porque nos sobran un par de  rebanadas de pan. Se las untamos en el aceite de una lata de bonito y no tarda ni cinco segundos en dar buena cuenta de ellas. Damos las últimas vueltas por el lugar –ya no hay casi nadie- y emprendemos el camino de retorno hacia la estación de autobuses.

 

            No hay ninguno aparcado. Preguntamos y nos dicen que tenemos que salir a la carretera principal y tomarlo, al lado de un pequeño supermercado, donde nos abastecemos de agua.

 

            Fruto de las imprecisiones de la Lonely Planet y mayormente, de que nos entra una torrija importante, la vuelta resulta más complicada de lo previsto. Nos han dicho que tenemos que tomar el autobús 996, pero como estamos esperando una hora y no llega, paramos a otro, que pasa por la carretera y le preguntamos si va a Bangkok. Nos engaña y nos dice que sí y lo que hace es dejarnos a la media hora en Samut Songkhram, desde donde nos indica, no tendremos problemas para llegar a la capital. ¿Será hijo de puta?. ¿y por qué lo de nuestra torrija?. Pues porque ni siquiera nos dimos cuenta de que íbamos en dirección contraria a Bangkok. En fin, parece que estamos en periodo de adaptación a esta zona del planeta.

 

            No hay mal que por bien no venga, porque Samut Songkhram tiene un colorido y animado mercado, donde no osó llegar nunca un

guiri. Como nos han dicho que el bus para Bangkok saldrá en cuarenta minutos, aprovechamos para dar una vuelta por lo puestos y por un bonito templo cercano, que está en obras.

 

            Comienza en esos momentos una pasión que duró varios días a plena intensidad: Los granizados del Seven Eleven. ¡Qué vicio!. Y de nuevo la eficiencia tailandesa se pone de manifiesto. La pajita para absorberlos es a la ver cuchara, por lo que se incorporan dos utilidades en el mismo artilugio.

                        Mercado Flotante próximo a Bangkok (Tailandia).

            Subimos al autobús y nuevo lío. Nos quieren cobrar 30 bahts a mayores por los boletos. Protestamos, pero el ayudante es algo cortito y en el vehículo nadie habla inglés. Gracias a la intervención de una encantadora chica, conseguimos enterarnos de que ese autobús si va a Bangkok, pero dando bastantes vueltas y que lo que tenemos que hacer es ir a la parada del 996, que es el que teníamos que haber tomado desde el principio.                                                            

 

            Ella misma nos acompaña y por fin a las seis y media, conseguimos tomar el autobús de vuelta a Bangkok, después de que en la parada, un simpático thai, nos ha hecho hasta reverencias por la victoria de España en la Euro. ¡¡Se sabe la alineación de la escuadra de Luis Aragonés al completo!!. Sobre todo, le encantan Sena y Fernando Torres. El del chiringuito de las toallitas de por la mañana, también nos había felicitado efusivamente. Y es que si de algo ha servido ganar la Euro, es para que los tailandeses al menos ubiquen a nuestro país en Europa (aunque todavía no exactamente en el mapa en el mapa).

 

            Mientras acometemos la vuelta empieza a llover. El tour –teniendo en cuenta los dos autobuses- nos ha salido por 17 bahts más a cada uno que por la mañana. Nos llama la atención que en los autobuses no pongan películas o música a todo volumen, algo que ocurría con demasiada frecuencia  en América. La gente va tranquila y relajada y tampoco hay vendedores agobiando, como sucede en la mayoría de los países de al otro lado del charco.

 

            Afortunadamente, la lluvia para enseguida. Un amable hombre nos acompaña a la parada del 30 y llegamos hasta Khaosan sin más incidencias. Como de costumbre, damos una vuelta por la zona. Los lugareños comen en los locales de pucheros, mientras los guiris lo hacen en los de cocina más internacional.

 

           

CAMINO DE AYUTHAYA

 

 

           La mañana del séptimo día de viaje se inicia también con dudas. Nos han dicho que tenemos que tomar el autobús 40 o el 159, pero nadie sabe donde se abordan. Si un defecto tienen los thais, es que raramente saben decir que no, por lo que son capaces de indicarte mal, antes de reconocer que no saben responder a lo que preguntas. Así que damos bastantes vueltas antes de subirnos al 47, que nos deja cerca del Tesco, a casi veinte minutos andando de la estación principal de trenes. Nuevamente habían tenido razón en información y turismo sobre como llegar al enclave ferroviario.

 

            Nada más entrar en la estación, una simpática chica nos aborda y nos da toda la información –esta vez con gran eficiencia- de horarios y precio (15 bahts) para Ayuthaya, nuestro siguiente destino.

 Ayuthaya (Tailandia)

            El tren es de tercera clase y en teoría tarda dos horas, aunque hoy se ha demorado veinte minutos. El recorrido ha sido entretenido. Hemos atravesado gran parte de los suburbios de Bangkok. Al borde de la vía hay montones de infraviviendas y de gente haciendo vida en la calle. Luego, el paisaje se ha tornado bastante verde. Como de costumbre, el día es caluroso, aunque el cielo está cubierto de nubes negras.

 

            El tren es incómodo –como no podía ser de otra manera en tercera- y bastante colorido, gracias a los numerosos vendedores, que ponen a disposición de los viajeros casi de todo. Los thais son atentos hasta límites nunca vistos en occidente. Una chica y un señor se desviven por entender nuestro destino (las estaciones solo están en el alfabeto thai, al menos en este tramo) y es finalmente el revisor el que nos indica donde debemos bajarnos.

 

            En la terminal ferroviaria nos interesamos por saber si podemos llegar en tren a Sukhothai. Algunos se piensan que el inglés, lo inventaron ellos y se niegan a hablar despacio. En fin, que al final logramos constatar que deberemos ir mañana a ese destino en autobús.

 

  

AYUTHAYA

 

            Rápidamente encontramos alojamiento, en el primer establecimiento que nos topamos, la guest house Mint. La habitación doble con el baño fuera nos sale por 150 bahts. El alojamiento es bastante básico y el cuarto muy pequeño, pero el precio es bueno y el propietario muy simpático. Ha aprendido a decir tacos en español y le gusta Manu Chao.

 

            Tomamos el ferry (4 bahts) para cruzar a la otra orilla, donde está la parte principal de la ciudad y de los templos. No hay otra

forma de hacerlo, porque aunque hay un puente, está algo lejos y solo es para vehículos.

 

            Tardamos un rato en llegar a la oficina de información turística, que está al lado del templo principal y de la policía turística. Conseguimos los horarios de autobús para Sukhothai. Dudamos si ir en un nocturno, pero al constatar que son solo cinco horas y media de trayecto, decidimos viajar por la mañana. Nos indican que hasta la terminal, a unos cinco kilómetros de la de trenes, debemos llegar en tuk tuk y que nos deben cobrar entre 80 y 100 bahts

 

            Ayuthaya es un conjunto de templos y ruinas, que están esparcidos por un radio amplio. El principal es el wat Phra Si Sanphet (30 bahts), al cual accedemos después de haber visitado otras ruinas menores, que son gratuitas y de poco interés.

                                                                         Ayuthaya (Tailandia)

            Tratamos de colarnos por un lateral, pero en esta ocasión nos pillan y resulta imposible. Apenas hay nadie. Junto a las ruinas hay un templo más nuevo. Se accede por el mismo sitio y la entrada vale para los dos. El conjunto de ambos es bastante interesante y da para casi un par de horas de visita. Hay ruinas espectaculares, pero al ser básicamente de ladrillo, a primera vista resulta imposible datarlas. Da la sensación de que son antiguas, pero también podrían ser de hace unos pocos años. A los murciélagos les encantan y habitan y llenan de heces y hedor el interior de muchas de ellas

 

            Tras el almuerzo –a base de bocadillos, porque no hay restaurantes cerca- nos dirigimos al wat Phra Mahathat, pero como se ve bastante bien desde fuera y está comenzando a llover, decidimos no pagar y entrar en su interior. Por la carretera nos vamos cruzando con impresionantes elefantes, que llevan de paseo a los turistas en todo lo alto.

 

            Como la lluvia arrecia, nos metemos en un cíber de mullidos butacones. Parece que estuvieran hechos para dormir la siesta en vez de para navegar por internet. Los niños juegan al fútbol en máquinas de pantalla muy grande. Siempre uno de ellos va con España. Enviamos mensajes a la familia y a los amigos.

 

            Como la lluvia cede algo, damos un paseo por la zona nueva, que tiene escaso interés. Hay un centro comercial, pero es bastante cutre. En las calles existen máquinas en las que puedes llenar tu botella de agua, por tan solo un baht. Tomamos el ferry de retorno (se paga a la salida) y damos una vuelta por los alrededores de nuestro hotel.

 

            Hay un templo a cada lado de la carretera. Uno es estresante. Hay un cadáver con la foto del muerto y una corona y unos tipos –que te sonríen como tontos- tocando unos machacones xilófonos como locos. Todos los guiris se arremolinan en torno al Seven Eleven.

 

            El del hotel trata de persuadirnos para que cenemos, pero rechazamos su invitación con amabilidad y lo hacemos en la habitación

 

 

CAMINO DE SUKHOTHAI

 

  

          Empieza un nuevo día. Nos levantamos y decidimos ir andando a la estación. El camino es entretenido, se tarda unos cincuenta minutos. A mitad del recorrido, preguntamos a una chica por donde se va. ¡¡Esta gente es increíble!!. Como no sabe, llama por el móvil y cuando lo tiene claro, nos quiere llevar a los dos –con mochilas incluidas- en su moto. Le damos las gracias y la convencemos de que solo con que nos indique es suficiente.

 

            La terminal es pequeña y escondida (en la parte derecha de la carretera), así que nos pasamos medio kilómetro. Otro amable chico nos ofrece volver en su moto. Esta vez aceptamos y me quemo la pierna con el tubo de escape.

 

            Queremos tomar un bus de segunda  clase. Es absurdo, pero no nos quieren vender el billete justo hasta el momento en que llegue y salga. Nos vamos media hora tarde. A los equipajes no les ponen pegatina como en América, pero se ve que el conductor controla de narices.

                                              Sukhothai (Tailandia)

            A la hora de pagar hemos protestado. Nos han cobrado 246 bahts y en turismo nos habían dicho que eran 207. “¿Cuándo ha subido”, preguntamos a la boletera. “El 13 de junio”, contesta rápidamente, como si ya hubiera escuchado esta interpelación decenas de veces.. Ante tal contundencia, decidimos asumir lo irremediable. El autobús es bastante bueno, nadie diría que es de segunda clase y no me parece peor que el de primera, que salió hace ya una hora (50% más caro).


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