El plan para la mañana incluye llegar hasta el mercado de Chatuchack, que se celebra todos los fines de semana, en una zona algo alejada del resto de los sitios de interés. Nos sentimos fuertes y renunciamos a tomar el tren elevado, que nos podría haber llevado en un santiamén hasta allí y que sería fácil haber cogido cerca del Templo de Mármol. Cuando llevamos un rato andando, nos damos cuenta de que la distancia del plano es engañosa y el lugar está mucho más lejos de lo que habíamos previsto. Para tomar fuerzas, compramos unas cervezas en un Seven Eleven. El formato de las de cristal es algo raro, 640 centilitros. Al menos no cobran el envase. Bangkok (Tailandia)Son las once y tres minutos y la cajera mira el reloj cuando nos va a cobrar y da su OK. Ante nuestro asombro, nos comenta que en el país hay horarios en los que está prohibida la venta de alcohol, que van desde las 12 de la noche a las once de la mañana y desde las dos a las cinco de la tarde. Realmente resulta una norma bastante estúpida, porque me puedo comprar diez litros de cerveza a las doce menos un minuto y bebérmelos durante toda la noche. Al menos nos ha dado pajita (la suelen entregar cuando compras cualquier bebida en todo el país), así que nos decidimos a comprobar ese dicho de que la cerveza con pajita se sube más y constatamos que es completamente falso. Caminamos sin dejar nunca de lado la estructura elevada que soporta el monorraíl. Este tipo de transporte es muy habitual en las grandes ciudades de sudeste asiático, supongo, porque es más barato que hacer metro. Será eficiente, no lo dudo, pero afea enormemente el paisaje urbano, con esas enormes moles de hormigón partiendo las calles en dos. La mayoría de las calles están casi vacías hoy, aunque de repente aparecen montados cuatro puestos, se forma un mini mercado y comienza a aparecer gente. Hombres y mujeres visten aquí mejor que en América, especialmente las chicas, que tienen aspectos de inocentes muñequitas, con un físico proporcionado y generalmente de complexión fina. Los glúteos son prietos y casi perfectos. No es de extrañar que gusten tanto a los hombres occidentales. Con la lengua casi fuera, conseguimos llegar al famoso mercado, que es uno de los más grandes del mundo. La Lonely Planet asegura que allí hay metidos 15.000 puestos. Hay de todo lo que se pueda imaginar, pero esperaba algo más de colorido y autenticidad. Se venden productos de buena calidad y otros de un poco menor, falsificaciones (sobre todo Lacoste), comida y fruta, helados (algunos de sabores muy raros), dulces, zumos… Los tenderetes están esparcidos por varias calles. Las más principales son muy anchas. Pronto nos damos cuenta de que los de Tailandia no son realmente mercados, al menos como los latinos o los hispanoamericanos los entendemos: Aquí nadie grita, hace aspavientos o gestos bruscos y puedes ver y tocar el género sin ser molestado por el respetuoso vendedor Hacen bien, porque no es mucha la gente que compra bajo presión.Empezamos a constatar también, lo fácil que es hacer fotos de personas en Tailandia (algo que luego veríamos, es extensible a todo el sudeste asiático). Es increíble ver como se muestran con tanta naturalidad, a pesar de verse enfocados por un objetivo. Tal vez sea, porque ya han vivido esa escena decenas de veces. Damos varias vueltas, como es preceptivo en dos friquis de los mercados. Además, se anda bien a gusto sin el agobiante tráfico de Bangkok, que como es en dirección contraria (conducen por la izquierda), nos tiene hoy algo despistados y en periodo de adaptación, a la hora de cruzar las calles. Bangkok (Tailandia) Iniciamos el camino de vuelta. No sabemos si volver andando o en transporte público. De momento, vamos a buscar un sitio para comer. Al poco, encontramos un enorme centro comercial, donde hay un supermercado con comida preparada. Como parece algo menos genuina que la de los complejos de calduverios de la calle y tiene un precio barato, nos decidimos a comprar un par de bandejas de pasta (que resulta saber dulce), una de bolas de carne y una última de pollo con diversas vegetales chinos (que no saben a nada) a la plancha. Todo rebosa sabor achinado: Las salsas agridulces para casi la totalidad de platos no nos acaban de convencer. Para un día no está mal, pero empiezo a pensar que vamos a pasar bastante hambre en el país. ¡¡Como tengamos que comer así los cuatro meses y medio…!!! Rematamos con más acierto, con un par de bandejas que contienen piña, mango, sandía roja y sandía amarilla (no la había visto nunca). La comida entera nos sale por unos 100 bahts (menos de dos euros, dado que el cambio del día es de casi 53 bahts por euro). Al pagar, la cajera nos ha hecho una reverencia. ¡¡Como se la haga a todo el mundo!!... Seguro que es porque somos guiris. Decidimos volver andando y tras casi deshacer el largo camino y cruzarnos con decenas de taxis rosas (muy habituales aquí), llegamos primero al templo que nosotros llamamos de las campanas (porque hay hileras de ellas según se va subiendo y se pueden tocar), que en realidad tiene como nombre Goleen Mount. Mientas subes las largas escaleras, vas siempre escuchando un discurso del que nada te enteras, pero supongo que será breve y machacón, como en todas las religiones. Al final se llega a una terraza, donde hay una campana dorada gigante, desde la que hay buenas vistas de la ciudad de Bangkok. Luego visitamos el Wat Ratchanatda (un bonito templo negro) y una cercana fortaleza, sin demasiados atractivos. Finalmente vamos regresando poco a poco hacia Khaosan, pasando por delante del monumentos a la Democracia. Por la mañana yendo a Cahtuchack, hemos pasado por el de la Victoria. Bangkok (Tailandia) En realidad y a lo largo de todo el día, hemos visto un montón de templos más que los expuestos, porque en Bangkok los hay a cientos y en casi cualquier calle, te puedes topar con uno. Prácticamente todos, tienen una estructura similar, que depende mucho de su tamaño. Los más pequeños, que suelen incluir las viviendas de los monjes, transmiten bastante encanto y son un remanso de paz en la jungla del asfalto. Es fácil que al irte a la cama un día cualquiera en Tailandia, hayas visto a Buda en sus múltiples posiciones más de 100 veces. Nos damos una vuelta por Khaosan para echar un vistazo a las terrazas y elegir una para ver de madrugada la final de la Euro. Recuerdo que tres domingos antes, estando en Villahermosa (México) y antes de que España hubiera jugado un solo partido, yo le vaticiné a mi chico que veríamos a la roja en esta final, tal día como hoy en Bangkok. ¡Y así va a ser! Nos vamos familiarizando con los puestos donde venden bichos e insectos fritos. Dicen que los más sabrosos son los saltamontes, los gusanos del bambú y los escorpiones. Cuentan que el gusano blanco sabe como las patatas fritas en forma de estrellita de Matutano. ¡¡Vaya, vaya!!. Como es un tema que despierta cierta curiosidad, copio y pego aquí un post del usuario Sawati, en el foro de Los Viajeros “…Normalmente los insectos están tostados y siempre les ponen algo para que sepan mejor. Antes de comerlos, sácales las alas o las patas y pa´dentro. Una "racion" vale poco, 10-20 baths. Con una Singha bajan muy bien. En Tailandia no venden cucarachas y si unos bichos parecidos, pero no son cucarachas. Hay puestos donde tienen los grillos vivos. Son pequeños y de color marrón: Tú pides los que quieras, los pasan por la sartén y ya esta.
www.earthportals.com/P...inner.html ¡Ya se, ya se!. Que asco, ¿no?. Pues quería decir, que esas ratas no son de alcantarilla, son del campo y ni siquiera comen arroz, sino unos brotes que salen de esa planta. Según dicen, ¡bocato di cardenale!...” Muchos son los guiris que hacen fotografías de esos puestos de bichos, pero muy pocos los que se atreven a probarlos (incluidos nosotros). Dejamos las calles de Khaosan, donde muchos negocios abren las 24 horas –entre ellos Mcdonalds y Burguer King- y nos vamos a reposar y a tomar unas cervezas a la habitación, a la espera del comienzo del partido. Esta mañana hemos visto en el mercado camisetas de España a 150 bahts. Suponemos que hoy están sobrevaloradas por la final. No hemos comprado ninguna, pero si nos hemos puesto un polo rojo cada uno para ver el partido. Bangkok (Tailandia)Buena noticia: El recepcionista del hotel también va con España. Por un momento me vienen a la cabeza los recuerdos de hace cuatro años, cuando vimos la final de la Euro en Trieste (Italia). Disfrutamos de lo lindo de la victoria de Grecia ante Portugal, junto a decenas de italiano, también en una terraza. Lo que ocurrió esa madrugada del 30 de junio de 2.008, se detalla de forma pormenorizada en las primeras hojas del relato. Después de la larga e intensa madrugada vivida, nos levantamos a las diez de la mañana, cansados pero contentos. Hoy es el día que hemos destinado para visitar el Palacio Real (la entrada cuesta 250 bahts). Esta ubicado en el área Ko Ratanakosin, al lado del río Chao Praya. Allí se encuentran los sitios sagrados (es como el Vaticano para el budismo thai). Comprende el Wat Phra Kaew (donde se localiza el buda esmeralda), el Palacio Real y el Wat Po (donde reposa el buda reclinado, que vimos anteayer). Es junto al Palacio Real donde se encuentran los pocos personajes agresivos que pueden causar molestias a los turistas en la capital de Tailandia En nuestro caso, tenemos que librarnos de tres: Primero de una señora que vende alimentación para las palomas. Se abalanza sobre mi y con sus manos encima, me la coloca sobre las mías. De un fuerte golpe se las quito y tiro las bolsas al suelo, que al caer se rompen. ¡Así aprende! Luego de un tutukero (conductor de tuk tuk, logicamente), que nos agobia para que aceptemos sus servicios (es raro que en Bangkok lo hagan) y finalmente un hombre con un paraguas (a modo de guía turístico), que nos dice que no vamos a poder entrar en el recinto con pantalón corto y que él nos lleva a un sitio donde podemos comprar algo para taparnos. Le mandamos a hacer gárgaras. Efectivamente –y lo constatamos nada más llegar a la puerta-, hay que entrar con ropa larga en el complejo, pero te la prestan gratis allí (a cambio de que dejes mientras tu pasaporte o una pequeña fianza). Así que nos vestimos para la ocasión y nos adentramos en el Palacio. No hay excesiva gente, pero, la parte que dejan ver no es demasiado grande, por lo que parece que estuviera abarrotado. Las diferentes construcciones son muy bonitas, pero están algo apelotonadas y la composición acaba cansando a la vista e impide hacer buenas fotos. También hay mucho vigilante pesado, que parece que están para incordiar, en vez de para resolver problemas. En una parte están los templos y en otra las construcciones palaciegas. Cuidado, porque cuando se sale de la primera a la segunda, ya no se puede volver atrás con la misma entrada. Así que, aseguraros de que habéis visto suficientemente los tempos antes de pasar al Palacio. La visita total, se puede completar más o menos en un par de horas. Justo a la salida, hay agua fresquita gratis (esto ocurre también en otros templos). Es un buen detalle que otros deberían copiar, porque el calor nos va a acabar matando en esta ciudad. Bangkok (Tailandia)Nos vamos a un puesto de turismo, que hay cerca de una de las entradas del Po. Queremos saber como llegar hasta la estación de autobuses sudeste (donde tomar un bus al día siguiente para el mercado flotante) y a la principal de trenes (Hua Lamphong), desde donde queremos acercarnos hasta Ayuthaya, un día más tarde. En el primer caso debemos tomar el número 30, frente al Seven Eleven de la calle de Khaosan donde está la oficina de turismo y en el segundo, nos valen el 40 y el 159 Comemos a base de snacks del Seven Eleven, la mayoría de ellos derivados del arroz y sándwiches. Todavía nos quedan algunas viandas de las que trajimos de nuestra casa. Nos decidimos a cruzar el Chao Praya en un vetusto ferry (3,50 bahts), para ver el Wat Arun (templo del amanecer). La entrada cuesta cincuenta bahts y esta vez nos cuesta más tiempo colarnos. Finalmente, lo hacemos metiéndonos en medio de un grupo de japoneses. ¡¡Que almas cándidas son estos thais!!. El templo es realmente precioso, sin duda uno de los que más me gusta de todo Tailandia. Damos una vuelta por los alrededores y nos vamos de visita hacia unos templos que vienen en el plano y que están, saliendo a la izquierda. Caminamos por callejuelas con modestas viviendas bajas. ¡Seguro que si estuviéramos en Río de Janeiro, ya habíamos salido corriendo!, pero aquí la sensación de seguridad es elevadísima. Vemos un par de templos, pero la sorpresa agradable la supone uno muy bonito que no viene en el plano y que tiene un buda precioso. Lástima que está medio en obras. En las tejas, que están dispuestas para ser colocadas, hay escritos nombres y peticiones, suponemos de los fieles. Todos los templos están llenos de ofrendas, en pequeñas bandejitas o cuencos, que siempre incluyen incienso y también otros elementos como huevos, arroz cocido (luego es fácil verlo por la noche en la basura), beicon, pulseras de flores, velas muy amarillas… Parece ser que hay hasta diez tipos de ofrendas. En general, se puede ofrendar casi todo, siempre que esté limpio, sea nuevo y agradable a los cinco sentidos, además de haber sido conseguido por medios lícitos. No os puedo contar más, porque no estoy muy puesta en budismo.Cruzamos de nuevo el río y nos perdemos un largo Rato por el Wat Po, que tanto nos gustó y emocionó ayer. Luego nos vamos hasta un complejo comercial que descubrimos ayer cuando volvíamos del mercado y que contiene un supermercado llamado Tesco ( no recordamos en que país, pero ya lo hemos visto en alguno de centroeuropa). Queremos comprar alguna bebida alcohólica y es el sitio donde las hemos visto más baratas. Bangkok (Tailandia)Hemos calculado mal y está más lejos de lo que pensábamos. Se hace de noche y de repente, cae el diluvio universal en apenas media hora. Es nuestro primer encuentro con la maldita época de lluvias (de la que acabaríamos hartos, porque la pillamos enterita a lo largo de todo el viaje). La lluvia de hoy es en forma de grifo, que se abre y cierra de golpe. Y mientras llueve, la gente se sienta en sus motos, como si fueran barcos del parque En el supermercado, merendamos más que comprar, porque hay degustaciones de siete u ocho cosas y probamos de todas (de algunas repetimos). Ha sido una buena forma de ahorrarnos la cena Cuando volvemos al hotel son las ocho. No hay nadie por las calles y la iluminación es escasa, pero al igual que cuando paseábamos por la tarde por las calles de infraviviendas, no tenemos ninguna sensación de inseguridad. No hay casi gente tirada por la calle, lo que nos sorprende y no hubiéramos imaginado, en una gran ciudad de Asia. Debe ser que a veces confundimos Asia con la India. Nos emociona esta ciudad: La cotidianidad del Templo de Mármol, la fantasía del de Arun, la quietud y la proporcionalidad del Po, la belleza sin igual (aún aglomerada) del Palacio Real… |
