Nos vamos al centro comercial y entramos en el supermercado. Hay degustaciones de yogurt, queso, sopa, arroz, sándwiches…, así que merendamos por la patilla. Luego damos una vuelta por el centro. Hay menos niños pidiendo que la última vez, pero si te alejas un poco, encuentras gran cantidad de mendigos tirados en la calle. De repente, vemos a unos cuantos de ellos y a niños, abalanzándose sobre una furgoneta. Debe ser de alguna especie de ONG, que está repartiendo unas 30 bandejas de comida Desaparecen en menos de cinco segundos.
Buscamos el sitio donde comimos el lacón kawali, pero no lo encontramos. Lástima, `porque queríamos tomar algo allí y saludar a sus dueños, que tan bien nos habían tratado cinco días atrás. La hija además, habla algo de español –no mucho-, porque está casada con un hombre de San Sebastián, pero como ella dice: “No somos de la ETA”. Manila (Filipinas)Manila sigue oliendo a humedad, dulce y hedionda y tal vez por ser domingo, hoy hay montones de basura por la calle. Hace una ventolera tremenda y se pone a llover. La ducha del hotel es de la de lavarse a cacillos, pero hoy me decido a iniciarme en la técnica de la bolsa de plástico (el bolsazo). Hay que ir depurando poco a poco el estilo, pero básicamente consiste en llenarla hasta la mitad, hacer un rápido giro de muñecas y colocarla boca abajo sobre la cabeza, de golpe. Es más eficiente y provoca sensaciones más adrenalínicas, que el cacillo Cuando ya he terminado, descubro que hay otra llave, que girándola, hace funcionar la ducha. Empieza el día 89 de viaje. Nos levantamos tarde –sobre las 9,30-. Pretendemos sacar dinero del cajero, pero ninguno de los más de 10 donde lo hemos intentado, funciona. Tenemos que esperar más de media hora, a que las líneas dejen de estar caídas. Manila está hoy vibrante y llena de alcantarillas desbordadas por la lluvia, con malolientes charcos infectos, que han invadido algunas obras y han quedado hechas un barrizal. Los jeepnies suben y bajan por las arterias principales, como cualquier otro día.. Vamos a la oficina de Turismo. Queremos saber si hay algo cerca de Ángeles para ir mañana. No hay nada. Salvo que queramos ir directamente al aeropuerto de Clark -y el último bus es a las tres de la tarde-, tendremos que pasar la noche de mañana en Ángeles. El problema es que no hay autobús directo. Debemos tomar primero, uno hasta la localidad de Dau y luego un Jeepney hasta Ángeles, así que nos va a tocar perder otra mañana para llegar a este lugar, cerca ya del pequeño aeropuerto (81 kilómetros al norte de Manila), desde donde salen los vuelos de Air Asia. Nos vamos a recorrer Manila, como si fuera la primera vez. Parece que a la vez de las fotos, hubiéramos también perdido la memoria. En las sucursales de los bancos, hay guardias de seguridad a la puerta, con un atril –o mostradores-, como si fueran a dar un mitin. Hacemos las mismas fotos y nos gustan tan poco, que nos entran ganas de tirar la cámara a al basura. Y además las mismas, tampoco pueden salir, porque han puesto andamios a la iglesia de San Agustín, en nuestra ausencia. Cada vez leemos y oímos más cosas en español y es que el tagalo, parece una mezcla de un idioma raro, con español e inglés: “Lenguas de gato”, “veinticuatro horas”, “viceversa”, “antibiótico contra las bacterias” –así, todo de corrido-… No solo han cogido palabras, sino frases enteras. Y la mayoría de las marcas comerciales también están en nuestro idioma, incluso con “ñ”, como el arroz Doña María.Otra vez nos damos a los calamares y al lechón y podríamos estar así, durante días. Por fin y gracias al dueño del restaurante, conseguimos diferenciar las –hasta ahora- confusas zonas de Ermita y Malate. Si tomamos como referencia la calle Pedro Gil, Ermita es la parte que está hacia Intramuros y Malate, la del otro lado. Es decir: Nuestro Karaoke-Santuario y el hotel, están en Ermita. Manila (Filipinas)Nos vamos al paseo de la playa-vertedero y vemos el mar picado. El cielo está otra vez muy oscuro y el viento dobla las palmeras. Va a resultar, que el único día que hizo sol en esta ciudad, nos lo pasamos enterito en los bares. Hay vendedores de helados con carritos, que emiten como soniquete “Para Elisa”, de Beethoven y otros con planchas llenas de cacahuetes calientes con cáscara Y mientras tanto, seguimos alternándonos en catarros: El de mi chico normal, el mío tan raro como siempre, aquí en el sudeste asiático, con unos síntomas y dolencias diferentes cada día. Menos mal, que por lo menos no tenemos necesidad de comprar medicamentos. Aunque en Manila, las farmacias están bien surtidas y las pastillas tienen el precio por unidad, aunque luego haya que comprar, como mínimo un blister (las aspirinas, a 1,80 pesos la unidad, la amosicilina a 4…). El día, la verdad, no da más de sí. ÁNGELES Y ALREDEDORES Es martes, 23 de septiembre y empezamos a agotar las últimas 24 horas en este país, que nos ha marcado para siempre. Dejamos nuestro hotel y a sus afables propietarios y tomamos la RTL –el registro de hoy no es muy exhaustivo, cosa que agradecemos- y nos dirigimos a la estación Edsa, que nos deja a cuarto de hora andando de la terminal de Victoria Lines. El camino está lleno de pedigüeños, que no esperan que seamos nosotros, los que les pidamos a ellos. Compramos el boleto a Dau, que nos cuesta 145 pesos, más otros cinco de un seguro obligatorio, que en caso de que algo nos pase, se compromete a darnos 300 (menos de 5 euros). ¡Qué generosos!. Me duermo, a pesar de que hay música y cuando me despierto, nos encontramos en un enorme atasco, en una autovía de tres carriles por dirección. A los pocos minutos descubrimos, que han volcado dos camiones de San Miguel. ¡Eso pasa por beber tanto!.Al lado de la estación de Dau, están todos los establecimientos de comida rápida imaginables, a la vez que un enorme supermercado. Nos tomamos unas cervezas en la terraza del Seven Eleven, mientras varios niños pedigüeños tratan de sacarnos algo. Pero nos bastamos solos para espantarlos y no tiene que salir ni el vigilante. Investigamos sobre el medio de transporte más barato para llegar a Ángeles y en este caso, sale más rentable el jeepney (18 pesos), que tomar un mototaxi. Empieza a llover, como si no lo hubiera hecho nunca. Menos mal, que cuando llegamos para. Ángeles (Filipinas)Buscamos un establecimiento hotelero. No hay muchas opciones y tenemos que quedarnos en uno por horas, donde nos alojaremos exactamente, hasta las siete de la mañana. Se trata del Viceroy Lodge (370 pesos). Se ve –y tampoco intentan disimularlo-, que el establecimiento es una casa de citas en su primera plantas, mientras en la segunda, ofrecen algunos cuartos para huéspedes. Pero en esta zona hoy, solo debemos estar nosotros. La cama es algo dura y la habitación esta pintada en color azul chichón, que parece hacerla más pequeña. El baño no está para muchas florituras. Se ve que está más cuidada la planta donde se ejerce el sexo, que en la que alojan a los extranjeros despistados, pero en cualquier caso, nuestro único interés es que la convivencia sea lo más pacífica posible. En ningún momento nos dan la llave. Siempre que entramos, sube un empleado –que está muy en forma y no me extraña- a abrirnos la puerta y a poner el ventilador. Nos zampamos un pollo asado, que compramos en un supermercado y nos vamos a explorar la ciudad. En la oficina de Turismo de Manila, nos habían imprimido una documentación, en la que parecía que esta ciudad tiene un montón de atracciones turísticas. Nada más alejado de la realidad: Solo una bonita iglesia –siempre cerrada-, en un estado hipermegadecadente y un par de edificios, estilo colonial español. Empieza a llover y nos tiramos más de una hora debajo del toldo de una pastelería. Nos recuerda al día, que nos pasamos más de dos en una zapatería de Ho Chi Minh. Pero al menos, hoy podemos comer pasteles. De todas formas, aún estando a cubierto, con esta forma que tiene de llover en el sudeste asiático, siempre te acabas empapando desde los pies a la cintura.Callejeamos un poco y vamos a parar a un colorido mercado, donde los vendedores nos jalean al hacerles fotos. ¡Falta nos hacen esos ánimos!. Comemos ricos cacahuetes fritos y sin cáscara, calientes y con especias. Nos vamos al cíber. Recibimos noticias de Javier, que sigue en Palawan. Ha estado un par de días allí con Susana y Raúl, pero ellos ya se han ido para la isla de Cebu. También nos cuenta –en respuesta a la noticia de la pérdida de nuestras fotos-, que a él le robaron la cámara hace un par de años en Vietnam, con más de dos gigas de fotos de aquel país. Seguimos estudiando como ir de Kuala Lumpur a Bangkok y como no hay ningún tren directo entre ambas ciudades, tenemos casi decidido, que optaremos por tomar un primer convoy nocturno a Butterworth –el destino nos llevará por tercera vez a esta bonita ciudad- y otro al mediodía del día siguiente, hasta la capital de Tailandia, donde hace tres meses, empezamos nuestro periplo por los ocho países del sudeste asiático, que hemos visitado. Ángeles (Filipinas)Nos abastecemos de comida para mañana y de ron, para casi un siglo y matamos la tarde en el mercado, entre verduras, frutas y pescado fresquísimo. Apenas ha dejado de llover en ningún momento. Nos llenamos de tal forma los pies de mierda en los enormes y profundos charcos, que nos cuesta un montón dejarlos limpios, incluso frotando con la esponja. Más nos valdrá que por aquí, no ande merodeando el maldito dengue. Vamos al hotel. En la primera planta, las prostitutas pululan de un lado a otro, mientras un niño, ajeno a todo, juega y corretea de forma inocente en su coche de juguete. Nos muestran sonrisas de complicidad y ya no volvemos a enterarnos de su presencia, en toda la noche. Para ducharnos necesitamos hacer bolsing, pero no me preocupa, porque ya tengo muy perfeccionada la técnica. Es mejor que la bolsa sea un poco más pequeña que la que he usado otras veces, porque así se puede llenar más y la muñeca sufre menos en el giro, para volcarla en la cabeza. Un karaoke cercano, nos machaca los tímpanos, con las habituales desafinadas voces de los atrevidos vocalistas. CAMINO DE KUALA LUMPUR Nos levantamos a las siete y regateamos el transporte para el aeropuerto. El precio que nos piden es 150 y el que pagamos finalmente es 100, después de constatar, que nadie nos quiere llevar por menos. En realidad, el mototaxitero de turno, nos ha mentido, porque no nos lleva a la terminal aérea. En un momento dado, nos dice que de allí no puede pasar y nos deja en el centro de Clark.Allí hay decenas de jeepnies hambrientos, en busca de carne fresca extranjera. Investigamos si se puede llegar andando. Parece ser que el camino es largo, así que empezamos las duras negociaciones con el sector del transorte. Nos piden 200 pesos a cada uno. Es una barbaridad, que no estamos dispuestos a pagar. Estamos desesperados, pero seguimos resistiendo, cuando de repente aparece un conductor, que dice llevarnos a los dos por 100. Monta también un lugareño, que ha debido pagar aún menos, porque lo ha hecho muy a escondidas. Ángeles (Filipinas)El aeropuerto está cerrado, así que nos toca esperar en los bancos exteriores a que abran, junto a otras cincuenta personas. Abren a las nueve y es necesario presentar el billete impreso, para que te dejen entrar al interior. Al menos la que nos lo ha pedido, es amable y nos ha obsequiado con unas palabras en español. Seguidamente, asistimos a un férreo control de equipajes, a través de escáner. Ya estamos listos para facturar. El aeropuerto es muy pequeño y el aire acondicionado tiene tal potencia, que casi empezamos a sentir síntomas de congelación. Facturamos, pagamos el atraco a mano armada que suponen las tasas de salida (600 pesos por persona), rellenamos un formulario de inmigración, pasamos otro control y nos ponen el sello de salida, no sin antes hacernos algunas observaciones y plantearnos algunas pegas, por parte de una funcionaria algo estricta y amargada de la vida. ¡Pero mujer, no ve que nos vamos ya del país y que estamos en plazo. Qué más da que el pasaporte esté un pelín descolorido!. Nos ha parecido ridículo, que en el formulario de salida, te pregunten en que hotel te alojas en Filipinas. ¿Qué utilidad tiene eso ahora?. ¿Quieren qué les ponga los siete en que hemos estado?. En algunas fichas de inmigración de otros países, también lo piden a la entrada, pero –salvo en Israel, que si suelen hacerlo- nunca contrastan la información, así que si no se tiene reserva, se abre la guía y se pone el segundo o el tercer hotel que venga (evitad elegir el primero, porque es el que pone todo el mundo). Nos quedamos con la imagen, de que Filipinas nos ha parecido un país excepcional. Eso sí, con un montón de trámites absurdos y aburridos y con constantes controles de seguridad estúpidos. La espera es larga y heladora, el embarque rápido y el vuelo transcurre sin incidencias y con casi todos los estados climatológicos posibles (tormenta, pocas nubes, muchas nubes, despejado…). Como siempre en Air Asia, no nos dan el formulario de inmigración, así que hay que rellenarlo en el aeropuerto. Entramos por tercera vez en Malasia, con la misma facilidad y alegría, que las dos veces anteriores. La recogida de equipajes es lenta y cuando llegan, constatamos que nos han roto una botella de ron y una de las mochilas, apesta a alcohol. ¡Porca miseria! KUALA LUMPUR, POR TERCERA VEZ Habíamos pensado quedarnos aquí a dormir y tratar de ir mañana a la embajada de la India, pero en la oficina de Turismo del aeropuerto, nos indican que está bastante a las afueras y que no hay transporte público hasta allí, así que en pleno arrebato y una vez que llegamos a la estación de trenes, compramos dos billetes para Butterworth. Los hay de tercera y de segunda clase, pero puesto que hay que pasar la noche abordo, elegimos estos últimos (34 ringgits). Dejamos los bultos en la consigna (4 ringgits más cada uno) y nos vamos a Chinatown y Little India, a tratar de recuperar algunas de las fotos perdidas. ¡Qué diferencia con Filipinas, aquí se hace de noche casi a las siete y media de la tarde!. Un lujoEl ramadán está en su máximo apogeo y todos los edificios importantes –incluido el Palacio del Sultán-, están decorados con lucecitas de navidad. Es una mezcla entre bonito y hortera, aunque desde luego, queda menos raro que ver un árbol de navidad en pleno septiembre , como ocurríaen el karaoke –nuestro Santuario- de Manila. Hay muchos más puestos –la mayoría de comida-, que en nuestras visitas anteriores, sobre todo, en torno a la mezquita principal y en Little India. Aunque se recogen bastante pronto, una vez que ha oscurecido y los musulmanes devotos, que siguen el ramadán, han saciado su hambre a base del correspondiente atracón. Nosotros nos damos a los crujientes de pescado, que tanto nos gustan y además hoy, hemos tenido suerte, porque por el mismo precio, nos han dado más del doble de cantidad. ¡Así está el puesto de lleno!. Kuala Lumpur (Malasia)China Town, por el contrario, está menos animado. Hay pocos guiris e incluso los de los masajes, parecen desanimados y ni siquiera –contra su costumbre- dan la lata. Volvemos a la estación. Viajar en segunda en Malasia, es el doble de confortable que hacerlo en “bisnis” en Indonesia. Salimos casi tres cuartos de hora tarde. Los vagones tienen pantalla de video, que va a todo volumen. Entre eso y los llorones niños, se convierte en difícil conciliar el sueño. Solo hace unas horas que dejamos Filipinas y ya echo de menos su comida y también esa frase, tantas veces odia cada día de: “Yes, mam”. Al menos en Malasia, nos hemos librado de los machacones controles de seguridad, que no es poco. Pero hemos vuelto a ramadania y eso, nos gusta todavía menos. |


