Como Mats se hace el remolón para acercarnos a la isla, con el fin de abastecernos de líquidos, nos vamos nadando, con una mano fuera del agua, para llevar a salvo la cartera y nos gastamos 20 dólares, entre cervezas y coca colas, que llevamos al barco, deslizándolas por el agua. ¡Menos mal, que los dos nadamos muy bien!. Comemos a base de comida mexicana. La masa está precocinada y solo tenemos que elaborar el relleno. Zarpamos hacia Cayos Chichimé, los favoritos del Capitán, que detiene el velero, enfrente de una preciosa isla. A pesar de estar muy cerca de ella, hay bastante profundidad y menos vida marina, que en lugar anterior, pero el agua es igual de transparente. Hacemos una excursión a la isla y casi nos da un coco en la cabeza, al caer a menos de medio metro del grupo. La isla es más grande, pero menos auténtica que la de esta mañana o las del día anterior. Aquí ya hay una infraestructura turística montada y se pueden alquilar hamacas para dormir, al lado de cabañas, donde por 10 dólares, te incluyen las comidas del día, en las que –lógicamente destaca el pescado-, no es difícil que te toque langosta. Como ya estamos cerca de El Porvenir, aquí hay bastantes turistas, que han venido en unas seis horas a pasar una noche, desde Ciudad de Panamá. Disfrutando del Caribe y sus islas (Panamá)Sin embargo, la playa del otro lado de la isla es increíblemente bella, tal vez la más bonita que hemos visto a lo largo del crucero y hemos contemplado bastantes. Recibimos un serio ataque de hormigas voladoras y nos las deseamos, para quitárnoslas de encima. Volvemos al barco y por fin, conseguimos ver una bonita puesta de sol, además de ducharnos con champú –y acabarle el agua del depósito a Mats- y cenar el rico pargo rojo, que nos habían vendido ayer. De nuevo, agradable sobremesa con Catherine, cuyo español, se empieza a aproximar ya al de Cervantes.Es domingo, último día de nuestro crucero por el Caribe, porque mañana por la mañana, abandonaremos este velero, para empezar nuestra trepidante carrera por Centroamérica, a la que vamos a destinar entre dos y tres semanas, para que nos quede otro tanto, para recorrer México y poner punto final al viaje, en las playas de Cancún, a mediados de junio. El plazo es improrrogable, dado que queremos estar ya a principios del verano, en el sudeste asiático. Así que, habrá que pisar el acelerador, especialmente por Panamá, Costa Rica y Honduras. Nos levantamos pronto y desayunamos a lo bestia. Como a todos nos ha ocurrido lo mismo, el capitán nos traslada a la isla de ayer, para que pasemos la mañana, rebozándonos en las blancas arenas y haciendo snorkel. Se consiguen ver peces, pero no tantos como ayer y además, hay que meterse muy adentro, porque cuesta encontrar profundidad. También hay una barrera de coral, pero es mucho más modesta. Lo que si abunda a montones, son las estrellas de mar. Pero la playa en sí y el paisaje, es fantástico. Aprovechamos también, para seguir conversando con la inglesa, mientras engullimos una cerveza tras otra. Cuando vuelve a buscarnos el Mats, nos hacemos fotos conjuntas, que anuncian la cercana despedida. El día es intensamente caluroso, el que más de los que llevamos de crucero, así que hay que estar constantemente entrando al agua. Comemos y a poco más de las tres, nos vamos para El Porvenir. Todos estamos cansados y al llegar a este lugar, nos decepciona, dado que es pequeño: Un hotel bastante espartano, un minúsculo aeropuerto, un restaurante caro y la oficina de inmigración y policía, son prácticamente lo único que hay en este desolador sitio. Damos una vuelta, tomamos unos refrescos y volvemos al barco. Mats, recoge nuestros pasaportes y retorna el solo a sellarlos, a la oficina de inmigración, volviendo con ellos a los tres cuartos de hora. Oficialmente, acabamos de entrar en Panamá, aunque en la realidad, ya llevamos casi cuatro días. Cartí (Panamá)Cenamos unas vomitivas lentejas, con las que Mats baja el aceptable nivel –sin tirar cohetes- de la comida a bordo. No hay ganas de nada, así que la sobremesa se reduce a cinco minutos y a las nueve, están todos durmiendo, menos nosotros, que caemos a las 10,30, después de contemplar la luna, cayendo sobre el mar. Ha cambiado hasta el tiempo y por la noche, tenemos que cerrar la ventana posterior de nuestro camarote, debido al frío. CAMINO DE CIUDAD DE PANAMÁ A las seis y media de la mañana estamos ya levantados, para tomar un rápido café y subir las mochilas a cubierta. Dos días atrás, Mats ya ha negociado, con los que nos van a llevar a Ciudad de Panamá, por un precio no muy barato, por cierto. Pero es lo que hay. Como no dice nada, en esta ocasión somos nosotros los que nos hacemos los suecos y no le abonamos la pepsi y las cervezas debidas. Nos viene a buscar una barcaza alargada, bastante vieja y peor mantenida, en cuyo suelo interior hay varios centímetros de agua. Vamos sentados sobre tablones, que apenas van sujetos a los lados. Nos dirigimos a la isla de Carti (40 minutos) y por este miserable servicio, nos han soplado 8 dólares por cabeza. Hemos pagado por adelantado, para que puedan poner un galón de gasolina. Hace frío y nos mojamos un poco. Allí tenemos que esperar un buen rato, a que venga el jeep, que ahora mismo transita desde Ciudad de Panamá y trae a nueve personas, entre las que están, 6 españoles.. Nos llevan a una especie de bar local, donde nos ofrecen gratis sandía, piña y café. Aquí lo tienen todo bien montado. El propietario del barco que nos ha traído, es el hermano del que ofrece las cabañas en la isla en la que estuvimos ayer y ambos son hermanos, del dueño del hotel Suly, de Ciudad de Panamá, que el de las cabañas nos había recomendado hace 24 horas. Los tres trabajan, tanto con los veleros como con los jeeps de transporte y tienen un negocio redondo y sin fisuras. Quizás y hasta la fecha, este es el lugar más pintoresco que hemos visto y parece más África, que América, con sus calles con casas de paja y las mujeres Kuna Yala, ataviadas con sus vestimentas y sus molas. Hay una animada escuela, donde los niños adquieres las enseñanzas, a ratos repitiendo en alto, a veces cantándolas. Empieza a llover, pero para enseguida. Por fin viene el Jeep, así que volvemos a tomar el barco, en una travesía de unos 10 minutos y llegamos a tierra firme. El conductor del 4X4 es muy simpático, pero el vehículo es tan viejo, que no se como no se desprende a cachos. Además de nosotros cinco, el pasaje lo componen una israelita –agradable, para ser de donde es- y una simpatiquísima pareja de uruguayos, bastante viajados por América, con los que prácticamente compartimos la conversación en exclusiva, en las más de tres horas de viaje.Tuvieron problemas bien gordos en su estancia en Perú y Bolivia, hace ya varios años, dado que coincidió una época de conflictividad social y fueron apedreados dentro de un colectivo camino de Cuzco y tuvieron que hacer frente en Bolivia, también en un autobús, a centenares de cholas tiradas en la carretera. Cartí (Panamá)Primero, tenemos que cruzar un río con el 4X4. Menos mal que hoy no viene muy alto de agua, pero aún así, el conductor debe actuar con pericia, porque si no sabes hacerlo, puedes quemar el motor y quedarte en medio del cauce. Luego vamos un buen rato por la jungla, donde vemos jaguares y escuchamos a chirriantes bichos, que parece que te van a hacer explotar los oídos Hacemos dos paradas. La primera para orinar. El conductor manda a los chicos a la derecha y a las chicas a la izquierda. Aprovecho para charlar un rato con él y para interrogarle, sobre la pregunta del millón: ¿Hay o no hay carretera por la selva del tapón del Darien?. “Sí –contesta, hay un camino de la anchura de un coche, por el que se podría recorrer perfectamente, con un vehículo todoterreno normal, sin ninguna característica especial. Pero no es recomendable, porque esa zona esta controlada por la guerrilla, que no quiere ingerencias y menos de turistas. Además, el índice de malaria y dengue allí, es bastante elevado”. Queda claro por tanto, para responder a una discusión eterna de los foros, que si hay camino. La segunda parada, es frente a un supermercado de carretera, conde al fin podemos comprar cerveza, a unos precios normales. CIUDAD
DE PANAMÁ Y EL CANAL Llegamos. Por este recorrido, hay que pagar 25 dólares por persona, precio algo desproporcionado. Los japoneses y nosotros no tenemos dólares, así que tenemos que ir al cajero y luego volver, para pagar al conductor.Los japoneses se quedan en el Suly, el hotel recomendado, los uruguayos se van, porque esta misma tarde parten para Costa Rica y Catherine y nosotros, a los que no nos convence el Suly, buscamos nuevo hotel. Ella se queda en uno de 30 dólares (ya se sabe, lo que da de si una casa en Londres), así que nos despedimos y acabamos en la pensión Madrileña –calle 35 este-, en una doble con baño y televisión, bastante aceptable, aunque oscura. Pagamos 15 dólares. Eso sí, la cama es más dura, que las de Bogotá y Cartagena juntas. Ciudad de Panamá (Panamá)Nos vamos al centro andando. El camino es largo y feo. Como es tarde, comemos lo primero que pillamos, que en este caso, son salchichas de un puesto callejero, que tiene una placa, donde pone que están autorizados y supervisados higiénicamente, por la autoridad competente. Nos volvemos a encontrar con Catherine y no será la última vez. Llegamos a una animada calle comercial muy larga, donde hay un enorme supermercado, que se llama el Machetazo -muy bien surtido y bastante barato, a diferencia de los de Colombia- y muchas tiendas de ropa. En algunas, vocean la mercancía a través de altavoces. Hay hasta un par de pantalones cortos para chica, que no tienen mala pinta, los dos por un dólar. Así que, compramos algunas cosas. También hay muchos puestos de fruta, pero el mango, no está ni la mitad de bueno que de donde venimos (por eso, lo sirven con sal y vinagre, para disfrazarlo y aún así, está duro, como una piedra). El casco antiguo no está mal. El asfaltado del suelo, está generalmente cuidado, pero hay muchas casas parcialmente derruidas, incluida en la que Noriega se corría sus juergas. Y apenas hay nadie. Dicen que con Ciudad de Panamá, quieren hacer un Cartagena de Indias para el 2.015 y yo replico: Ja, ja y ja. Pedimos un plano en la oficina de la amable policía turística, que se desvive por darnos toda la información, para que no nos perdamos nada de la ciudad y de sus alrededores. Me siento extraña, porque desde que hemos llegado a tierra firme, parece que cuando ando, me voy yendo para los lados. Supongo que es el irremediable efecto secundario, de llevar 5 días y medio, en un pequeño velero. Visitamos la plaza de la Independencia, la iglesia de San José, el Teatro Nacional, la plaza de Francia –al lado del mar, el paseo de las Bóvedas, el palacio de las Garzas –palacio presidencial-, el Club de Clases y Tropas –el de las fiestas del general Noriega- y vemos por fuera, los museos de Historia y del Canal. Después, primero vamos a El Machetazo, donde compramos rico ron y robamos un cuaderno, que sacamos de la mano, como si fuera nuestro (y es que hay que seguir tomando notas, para escribir este relato). Seguidamente vamos a internet, dado que pretendemos ir mirando ya vuelos, para a mediados de junio, volver desde Cancún a España. De momento Air Europa, que es con la que contábamos, no tiene nada barato. Hay una conexión vía la Habana, que no está nada mal de precio, pero tratándose de Cuba, no sabemos si necesitamos visado, aunque sea para hacer tránsito. Escribimos un correo electrónico a la embajada española en ese país, con el fin de que nos informen y solucionen la duda. Ocho meses después, cuando estoy escribiendo esto, todavía estamos esperando la respuesta. Cuando volvemos al hotel, es de noche, no hay nadie en las calles y los diez minutos que transcurren desde el cíber, se nos hacen largos, al tener que atravesar un parque. Nada pasa, pero asumimos una situación de riesgo, por no haber tomado un taxi.Nos levantamos, dejamos los bultos en la recepción del hotel y tomamos un bus urbano para llegar hasta la terminal de autobuses (0,25 US$), que está bastante alejada del centro. Son muy coloridos, dado que el transporte urbano aquí, lo cubren los típicos vehículos de las escuelas americanas, que siempre hemos visto en las películas. Los han pintado y decorado a su gusto, aunque resultan, algo incómodos. Queremos irnos esta misma noche para San José, la capital de Costa Rica. Hemos descartado recalar en Bocas del Toro, porque después de casi una semana recorriendo el mar Caribe en velero, no le vemos demasiado sentido a atragantarnos con más playas –por muy de arena blanca que sean y de azul turquesa sus aguas-, teniendo el tiempo tan justo. En cualquier otro momento, habría sido o será, una visita muy agradable y a tener en cuenta. Sí trataremos una vez que compremos los boletos, de contratar un taxi, para que nos lleve a ver el Canal, concretamente las esclusas Miraflores, cercanas al barrio de Albrook. Ayer Catherine nos ha contado, que sale por unos 10 dólares. Ciudad de Panamá (Panamá)Si se quiere hacer una visita más pormenorizada y completar una jornada de excursión, se pueden añadir lugares como el Parque Nacional Soberanía, Gamboa o el poblado Emberá. En ese caso, lo recomendable es alquilar un vehículo, que hará las cosas, mucho más fáciles y rápidas. Aunque creo que para el último destino propuesto, es incluso necesario, cruzar en barca, negociando el precio. Compramos los billetes a San José, para el autobús de las diez de la noche (25 dólares), damos un paseo por el curioso centro comercial de enfrente, donde la decoración es vanguardista y hay también animales de proporciones gigantes, como jirafas, elefantes o dinosaurios. Negociamos el taxi a las esclusas Miraflores (5 US$, la entrada) y conseguimos reducir un dólar, sobre el precio que nos había indicado Catherine. El Canal de Panamá, inaugurado el 15 de agosto de 1.914, cuenta con tres juegos de esclusas gemelas (Miraflores, Gatún y Pedro Miguel) y uno de los mayores lagos artificiales del mundo, el Gatún. Cada año transitan por el Canal unos 14,000 barcos, entre el mar Caribe y el océano Pacífico. Hoy en día, se transporta alrededor del 5% del comercio mundial por aquí. En el Centro de Visitantes en las esclusas de Miraflores, hay exposiciones sobre el funcionamiento e historia del Canal, donde se puede aprender sobre su sistema de compuertas, presiones de agua, buques remolcadores y demás elementos que hacen que el Canal, pueda mover barcos de un océano al otro, con relativa facilidad. Las embarcaciones que ingresan desde el océano Pacífico, salvan el desnivel de más de 15 metros, gracias a este sistema de esclusas, generalmente por la mañana, llegando por el Canal hasta el océano Atlántico por la tarde. Los que hacen el recorrido inverso, ingresan en el Océano Pacífico, a través de estas esclusas de Miraflores.. Desde el punto de vista técnico, el Canal de Panamá es uno de los mayores logros de la ingeniería moderna. Del Atlántico al Pacífico mide 80 kilómetros de largo; tiene una profundidad de 12,8 metros en el Atlántico y de 13,7 metros en el Pacífico; el ancho es de 91 a 300 metros..Volvemos al centro, comemos y damos un paseo por un mercado, que resulta de los más cutres del viaje. Aquí, no son tan frecuentes como en Sudamérica, los típicos almuerzos de primer y segundo plato y es más normal componer una ración, sumando el coste de cada guarnición, que se añada a la carne o pescado (normalmente, menos de dos dólares). Ciudad de Panamá (Panamá) |





