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Sudamérica y Centroamérica/48


            El mar primero es verde, pero al salir de Cartagena de Indias, se convierte en azul profundo. El velero empieza a ladearse y a botar con las olas. Los primeros que se retiran de cubierta son los japoneses, que se refugian en la habitación y se pasan el día y la noche vomitando. Salvo cinco minutos a la hora de cenar, no les volvemos a ver en toda la jornada. Catherine también se marea, pero al menos, aguanta tumbada en cubierta.

 

            Entre mi chico y yo, preparamos una ensalada de frutas, a base de sandía, plátano y piña, que junto a unas tostadas con mantequilla, se convierten en el almuerzo. Y eso es lo que comemos, sin haber desayunado. ¡Y me quejaba yo, de lo que nos habían dado de comer en Wadi Run el año pasado o hace mes y medio en Uyuni!.

 

Mi chico, que tiene una leve sensación de mareo, vomita la comida. Yo, junto al Capitán, soy la única que aguanta sin mal alguno, por lo que descontando a Mats, que es un profesional de la mar y no puede marearse, estadísticamente, atendiendo a nuestra situación, podríamos concluir, que el 80% de los pasajeros de un velero, se marean en alta mar (con mayor o menor intensidad).

 

            Resulta muy agradable, tumbarse en cubierta a tomar el sol y la brisa marina, mientras el mar golpea el barco de frente y a los lados. Poco más llegan a ver nuestros ojos, que el embravecido mar. Solo algunos cargueros, que aparecen y desaparecen de nuestra vista, en la lejanía. Es observando esta escena, cuando te das cuenta, de que efectivamente, la tierra es una esfera.

 

               Cenamos pronto, ahora de una forma más adecuada, a base de arroz, ensalada y pollo asado. Como soy a la única que le entra bien la comida, aprovecho para comerme tres tajadas de pollo, cosa que no hacía desde Chile. ¡Con que poco puede ser feliz una persona!.

                  Atravesando el Tapón del Darien en un velero

            El cielo se nubla y no hay puesta de sol. Nos quedamos sin fotos, aunque no es nada fácil hacerlas, con el barco tan volcado a la derecha y sin pararse de mover.  Esperemos que no haya una tormenta. Con lo que oscila esto sin haberla, no me quiero ni imaginar –y los japoneses, menos-, como se debe balancear esto, si al mar le da por enojarse.

 

            Menos mal que hemos traído agua mineral. El capitán nos dijo que estaba incluida en el precio del crucero, dado que el barco cuenta con una pequeña potabilizadora, que sanea la mezcla de agua de mar y de Cartagena, que Mats ha metido en el depósito. Pero por lo que sea, esta vez sabe a gasoil. Da igual tomarla sola, que hervida para el café. Es imposible quitarle ese sabor, tan desagradable.

 

            Los mecanismos para que la taza del water pueda evacuar, son hidráulicos, por lo que cada vez que se orina o defeca, hay que hacer una serie de procesos rutinarios, para higienizarlo todo.

 

            El barco tposee dos pequeños, pero confortables camarotes, que Mats tiene decorados con mucho gusto. El nuestro, casi es una biblioteca en el medio del mar, dado que estamos rodeados de libros por todas partes, menos por una: La puerta. Los japoneses han tenido más suerte que nosotros, dado que van en la popa (parte trasera). Mi chico y yo vamos en la proa, que es la parte del barco donde al avanzar, golpea todo el oleaje, por lo que se mueve mucho más  

             

            Catherine, como viaja sola, tendrá que dormir en uno de los sofás del pequeño  salón y el Capitán lo hará en el otro. Y si hubiera venido el argentino, ¿dónde habría dormido Mats?. Es una pena que no se animara al final, porque parecía un chico muy agradable, pero por otra parte mejor, porque así tocamos a más espacio y comida.

 

            Las instalaciones del barco, se completan con una pequeña zona para cocinar, en una de las esquinas, donde hay fregadera, cocina, horno y nevera, llena de hielo, coca cola y cervezas. Es muy curioso, porque la cocina tiene un mecanismo –como si fuera a través de imanes-, por el que a pesar de las fuertes olas que golpean y ladean el barco, los recipientes se inclinan a un lado y al otro, pero nunca llegan a caer.

 

Matamos la tarde escuchando y cantando las viejas canciones de Abba, a la luz de la luna y de relámpagos circulares. Y es

que hemos tocado la fibra sensible del sueco, con nuestras premeditadas peticiones musicales. Aunque habría procedido más, cantar aquella de los payasos de la tele, llamada “El barquito de cáscara de nuez”

 

            Esta experiencia no está mal, pero es algo dura. Yo no hubiera sido ni buena marinera, ni una gran descubridora de nuevos mundos. Viajamos a buena velocidad, a unos 12 kilómetros por hora y Mats hace ya un buen rato, que apagó el motor y nos movemos solo, con la enorme fuerza de las velas. La verdad es que te llegas a sentir bien minúscula aquí, en la inmensidad del Mar Caribe.

Disfrutando de Cayos Limones, en mitad del Caribe (Panamá)

Apenas podemos dormir, porque el barco se mueve hacia todas partes y es imposible permanecer de forma fija y no rodar a lo largo de todo el camarote. Abrimos la ventana posterior, porque tenemos calor. No entra mucho aire, porque va la barca que nos trajo hasta el velero, puesta encima bocabajo. El fin, conseguimos conciliar el sueño y a las cinco de la mañana, nos despertamos sobresaltados. El camarote está inundado de agua y la primera sensación, es que hemos volcado. ¡Dios mío. Esto se acabó y de qué manera!

 

            El pánico se apodera de nosotros, pero al irnos despejando, nos damos cuenta que lo que ha ocurrido, es que una descontrolada ola, se ha colado por arriba en el camarote. Estamos completamente empapados, así que salimos a cubierta a secarnos y a tumbarnos sobre una superficie seca. Está comenzando a amanecer, pero sigue nublado y los laterales del barco, se han llenado de peces –algunos bien grandes-, que han sido violentamente lanzados hacia el interior de nuestra embarcación, por la fuerza de las indomesticables olas. Dormitamos un poco.

 

            El desayuno es completo y abundante: Huevos, sándwiches de queso y jamón de york, mantequilla, mermelada…, pero el zumo, el café y el agua, siguen sabiendo a combustible. Aparecen los japoneses con muy mala cara y vacían al mar, dos botellas de agua de medio litro, en cuyo interior han estado vomitando. ¡Esa precisión, solo es digna de los nipones!.

 

            La habitación se va secando, con el paso de las horas. Mats nos ha dicho, que cómo se nos había ocurrido abrir la ventana en alta mar y nosotros le replicamos, que nos lo hubiera advertido. Los japoneses también la llevaban levantada, pero en la popa vas más protegido.

 

 

           Mats es un periodista que al jubilarse, ha conseguido su sueño de dejar Suecia y convertirse en marino. Ahora vive de transportar a viajeros, entre Cartagena y El Porvenir (Panamá) –y viceversa- o de montar cruceros a la carta, por el mar Caribe. El velero en que nos desplazamos, tiene 19 años –lógicamente el motor no es el de entonces-, pero no lo parece, debido al buen mantenimiento. Funciona prácticamente todo el rato con el piloto automático, así que el Capitán se pasa el día entero tumbado leyendo y solo sube a cubierta, cuando detecta algún problema.

 

            Al menos por el pasaje que aquí estamos, nos damos cuenta de que en estos cruceros, no vamos gente muy convencional. Los japoneses llevan cinco años viajando por el mundo. No son pareja, pero duermen juntos. Se conocieron por internet y en un mes se van a separar. Ella vuelve a Japón y el se queda viajando hasta navidad. No conseguimos sacarles una palabra, sobre como obtienen los ingresos, para llevar esa vida. Pero si nos dicen, que no han trabajado en su vida.

 Disfrutando de Cayos Limones, en mitad del Caribe (Panamá)

            Tampoco sabemos muy bien, que fue lo que motivó que Catherine vendiera su casa de Londres y se decidiera a vagar por el mundo. Lleva ocho meses viajando por Sudamérica y en ese tiempo, ha estado en menos sitios que nosotros en tres, porque viaja con mucha más calma. Eso sí, ha ido a la isla de Pascua o a las Galápagos, en un crucero de lujo con un grupo de norteamericanos, porque como ella dice, una casa en Londres, da para mucho.

 

            Tiene previsto pasar unos tres meses en Centroamérica y no sabe que hará a la vuelta a Inglaterra, sin oficio, beneficio o casa, aunque parece que sus padres, a pesar de sus 38 años, están dispuestos a acogerla. Cuando viajó a Perú, a finales de agosto pasado, no sabía ni una palabra de español y ahora, ya se defiende bastante bien con nuestro idioma.

 

            Comemos crepes rellenos de cosas varias y sobre las tres y media, divisamos por fin tierra. Hemos recorrido los 360 kilómetros, que nos han traído a territorio panameño, aunque vagaremos por las islas de este páis como ilegales, sin sellar nuestro pasaporte hasta el domingo, cuando al llegar a El Porvenir, pongamos fin al crucero

 

 

DISFRUTANDO DEL CARIBE Y DE SUS ISLAS

 

El mar se ha vuelto de un bellísimo verde transparente. Hemos llegado a los Cayos Holandeses, que son unas pequeñas islas, con muchas palmeras. Hay algunos veleros amarrados. Son privados, no de los que trasladan a turistas. Por fin nos podemos tomar una cerveza fresquita –de las que  hemos traído nosotros-, con cacahuetes, a los que nos invita Catherine. ¡Esto es el paraíso!. Y además, parece que los japoneses empiezan a ver la luz, después del túnel.

 

            Cenamos espaguetis con una salsa boloñesa exquisita y con un montón de carne. Es el regalo que Dina, la buena cocinera y esposa de Mats, nos ha preparado para recobrar fuerzas, tras la dura travesía. Los japoneses, recuperan todo lo que no comieron el día de ayuno obligado. ¡Zampan como limas y no les sobra ni un gramo!. ¿Será el Tai Chi?. Son más raros que un perro verde, aunque no mucho más, que para nosotros, cualquier oriental

 

            Después de un reconfortante baño, empieza una agradable tertulia nocturna, a la luz de una lámpara de mimbre. Una vez más, nos volvemos a dar envidia a nosotros mismos.


            Nos bañamos antes y después de desayunar y media hora más tarde –aquí no respetamos ni los periodos de digestión-, nos

vamos a hacer un poco de snorkel con Catherine, durante más de una hora. No hay demasiados peces y si muchas algas, algunas un tanto agresivas, que dejan a la inglesa con toda una pierna irritada. Seguro que si saliera el sol, habría todavía mayor visibilidad, en este mar transparente. Los japoneses no bucean. Ella incluso se baña medio vestida y no se quita ni en esos momentos de la cabeza, su horrible pamela rosa. Lo dicho: Más raros que un perro verde.

                                  Disfrutando del Caribe y sus islas (Panamá)

            Nos hacemos unas frutitas tropicales, a media mañana. Realmente, aquí estamos haciendo un trabajo duro. Mats prepara la cesta de  picnic, a base de pollo y ensalada de puerro y repollo. Bajamos la barca auxiliar y nos dirigimos a una de las islas, donde comeremos y pasaremos las primeras horas de la tarde. A los japos, si les dieran de comer 10 veces, 10 veces comerían. ¡Qué barbaridad!.

 

            La isla es pequeña y accesible en toda su totalidad, de tal forma que en menos de media hora, se le da la vuelta. Es, como cualquier otra isla idílica y paradisíaca del mundo, porque en todas partes son iguales y siempre, como cualquiera ha imaginado: Llena de cocos, enormes corales de diferentes tonalidades, frondosas palmeras de diversas formas y altura, muchas de ellas retorcidas, arena blanca, aguas verde esmeralda y transparentes…

 

            En la isla, están acampadas una bióloga y una antropóloga australianas, que han venido hasta aquí para realizar diferentes experimentos y estudios. Charlamos un rato con ellas, pero me resulta más interesante conversar con los dos panameños, que gobiernan el barco que las lleva y les hacen de guías. Normalmente transportan carga entre Colón y Cartagena, pero esta vez, les ha surgido una buena oportunidad, muy bien pagada. Nos dicen que hemos hecho fenomenal, en cruzar el tapón del Darien como turistas, porque para enrolarse en un carguero, se necesitan muchos papeles y permisos. Y además Colón, no es el sitio más agradable, para entrar en Panamá.           

 

            Como ya no nos queda cerveza, les preguntamos si hay alguna isla cercana, donde podamos comprarla. No ha habido suerte, porque ellos lo que suelen transportar son bebidas alcohólicas, pero como esta vez van con las australianas, no llevan carga alguna. Nos indican, que le digamos a nuestro capitán, que nos lleve a Río Diablos, donde podremos comprar agua por galones –que nos va a venir muy bien, para dejar de beber la que sabe a combustible, dado que ya se nos ha acabado la mineral- y aguardiente.

 

 

           Pero cuando se lo sugerimos a Mats, se hace el sueco. Estamos desesperados por tomar agua limpia, una cerveza y una coca cola fría, porque aunque Catherine ha tratado por la mañana, de persuadir al Capitán, a ver si podíamos tomar una pepsi de dos litros, que hay en la nevera, también en ese caso, ha hecho honor a su nacionalidad. Antes de volver al barco, practicamos nuevamente snorkel. El paisaje marino es algo más interesante que el de la mañana y con el sol en lo alto, que ya salió hace unas horas, hay mucha más visibilidad, pero la molesta corriente, nos arrastra hacía la zona derecha de la playa. Antes de que nos venga a buscar el Capitán, nos hacemos con un par de enormes corales. No sabemos si e legal cogerlos o no y Mats, tan escurridizo como siempre, no nos saca de dudas. Así que, suponemos que no.

 Cayo Chichimé, en mitad del Caribe (Panamá)

            Su plan no es ir a Río Diablos y si a Cayos Limones, así que levamos el ancla e iniciamos una agradable travesía marinera de más de una hora. El paisaje es similar al de Cayos Holandeses, aunque aquí, las islas son más grandes y algunas –como la que tenemos enfrente-, están pobladas. Como no nos quiere llevar hasta ella, para que podamos abastecernos de los líquidos expuestos anteriormente, accede a darnos la pepsicola y todas las cervezas que hay en la nevera, ha cambio de que se las remplacemos cuando lleguemos a tierra. Nos damos un baño al atardecer, pero hay sustancias picantes –no alérgicas- en el agua, así que no lo dilatamos mucho.

 

            Cenamos y como ayer, nos quedamos de tertulia con Catherine. La verdad es que hemos hecho muy buenas migas con ella, más que con los japos. Se nota que cada día y gracias a la práctica, habla mucho más fluidamente español.

 

Comienza en los alrededores, una especie de mercadillo flotante. Desde una barca en la que traen un enfermo, tres lugareños nos quieren cambiar plátanos por gasolina, a lo que Mats accede. Luego viene otra, que vende pescado fresquísimo y el capitán, le compra un par de lomos de pargo rojo, para la cena del día siguiente. Y finalmente, vienen varios vendedores de molas, uno tras otro. Se trata de unos ridículos trapujos, que elaboran los indígenas Kuna y que adorna la vestimenta, de las mujeres Kuna Yala, de esta zona de Panamá,. Por uno de ellos, Catherine paga 40 dólares, cuando le hemos advertido, que no vale ni la cuarta parte de esa cantidad.

 

            De madrugada, cae una tormenta de mil demonios. ¡Menos mal, que el mar permanece tranquilo.

 

            Desayunamos y salimos inmediatamente hacia una isla, llamada de El Perro, junto a la que hay un galeón hundido. Cabría imaginar que es de la época española y que se hundió en una cruenta batalla, pero la realidad es menos novelesca: Llevaba ron y se fue al fondo por causas desconocidas, hace menos de 60 años.

 

            Primero hacemos un par de horas de snorkel y aquí si, el paisaje es maravilloso, con innumerables peces de colores y otros

más grandes, que no consigo identificar en su totalidad, al no ser experta. Aunque me parece contemplar, rayas,  peces de arrecife e incluso, algo parecido a peces martillo (mucho más pequeños que los que he visto en la televisión) y por supuesto, tortugas, pulpos y otros cefalópodos. También hay innumerables corales, formando una cordillera subterránea, un arrecife, que hace que el fondo del mar aparezca claramente desnivelado, entre unas zonas y otras. Igualmente, exploramos por debajo del agua, los restos del galeón.

 

            La isla está habitada por algunos indígenas, que moran en sus tradicionales casas, hechas con las diferentes partes de las palmera. Más que de la pesca, viven de vender refrescos y cervezas a los turistas, por un  no regateable dólar (ni aunque lleves muchas, hay precio especial). También cuesta esa misma cantidad entrar en ella, aunque nosotros no pagamos nada.

                                Disfrutando del Caribe y sus islas (Panamá)

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