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Sudamérica y Centroamérica/44


            Tomamos otro microbús por el mismo precio, ahora hasta la localidad de Ipiales. Como aceptan dólares, no cambio a los cambistas de la frontera, que dan una tasa nada favorable. Sacamos dinero del cajero, desayunamos y regateamos a tumba abierta en la terminal, el precio del autobús a Popayán, hasta donde se tarda siete horas (18.000 pesos).

 

            La empresa Transipiales, resulta ser un desastre. El autobús no es tal, sino un incómodo, viejo y sucio minibús y nos pasamos

las ocho horas y media del viaje –porque llegamos con una y media de retraso-, escuchando cumbias a todo volumen. A pesar de todo ello y como ya es tradición, me duermo.

 

            Al tenernos parados un rato al llegar a El Pasto y en otras escalas sucesivas, empiezo a familiarizarme con las equivalencias de los tiempos en Colombia, bastante similares a las que en su día, encontramos en Sicilia. Si te dicen “un momento”, prepárate para esperar cuarto de hora. Cinco minutos equivalen a media y veinte, a una hora.

 

            Nos enfadamos con el conductor, porque no nos quiere dar ninguna explicación sobre la larga parada de El Pasto, pero ni si inmuta. Otro pasajero extranjero, que sabe español, nos replica, que esto es lo que ocurre en los países del tercer mundo y yo, creo que acertadamente le contesto, que la pobreza no tiene porque estar reñida con la buena educación.                                           Ipiales (Colombia)

 

            Al rato de haber salido de esta localidad, tenemos el primer control militar, de nuestra estancia en Colombia. A las mujeres nos dejan arriba y a los hombres los bajan del autobús. Es rápido y no ocasionan molestias. El que revisa mi pasaporte, mira y remira los sellos de Siria y Jordania. ¿Tendrán los sirios, algo que ver con la guerrilla o es porque esos sellos son chulos?.

 

            Paramos a comer y la del restaurante nos intenta –como constatamos luego- cobrar casi el doble, que a los nacionales. Así que no comemos un almuerzo, que por otra parte y como los ecuatorianos, deja mucho que desear.

 

            El paisaje es ameno y la carretera un desastre. Al contrario que en el sur de Ecuador, no son los derrumbes los que abundan, sino los profundos socavones, en los que vamos cayendo una y otra vez. En distintas paradas, suben al vehículo vendedoras de piña, papaya, sandía y mango y gracias a eso, podemos tener el hambre bajo un ligero control.

 

 

POPAYÁN

 

   

         Nada más bajar, nos abalanzamos sobre un puesto callejero de pinchos de carne, que está cerca de la terminal. Son baratos y de vaca, bastante más ricos que los huesos de pollo de los almuerzos. Buscamos alojamiento. Preguntamos en dos, que están llenos y terminamos  en la residencia Capri, donde pagamos 18.000 pesos, por una habitación con baño y televisión. Es amplia, aunque algo oscura.

 

            La dueña, que es muy habladora, se sienta a charlar con nosotros. Tiene curiosidad por saber, ahora que el turismo no llega al país por su fama de inseguro, por qué hemos elegido este destino. Y aprovecha para lanzarnos un discurso propagandístico y para informarnos, de lo bien que está Colombia y del gran papel que está haciendo el presidente, Uribe, que ha sacado a la guerrilla de las ciudades y la ha mandado a lo más profundo de la selva amazónica.

 Popayán (Colombia)

            Salimos a dar una vuelta y constatamos que esto ya no es Ecuador: El tráfico vuelve a ser caótico, las calles están llenas de vendedores de todo y vuelven las “llamadas, llamadas, llamadas…”. Pero la ciudad, es increíblemente preciosa y está perfectamente cuidada. Si antes de venir a América, hubiera cerrado los ojos e imaginado una ciudad colonial, esta habría sido la escogida.

 

            En la bonita plaza principal, vemos una furgoneta, llena de papeles y publicidades pegadas. Es de un grupo de argentinos, que viaja desde Argentina, hasta México. Como no tienen recursos, piden ayuda en forma de dinero, comida y gasolina, a cambio de publicitar a los establecimientos o particulares que se lo den. ¿Y cómo van a pasar estos el tapón del Darien con la furgoneta?.

 

            Antes de volver a nuestro hotel, vamos al cercano supermercado y constatamos, que los precios aquí son más caros que en Ecuador –sobre todo, los de las bebidas alcohólicas, el vino y la cerveza-. Al menos, venden pan que más o menos, resulta comestible.


            Nos levantamos bastante tarde y es que no hay prisa, porque tenemos el día completo para ver la esta bonita ciudad colonial, con iglesias preciosas –un poco menos por dentro- y calles con casas muy chulas. Nos había contado ayer tarde la dueña de nuestro alojamiento, que cuando esta ciudad fue destruida por un terremoto, el 31 de marzo de 1.983, se reconstruyeron todos los edificios milímetro a milímetro, con las medidas  y los planos originales. Por separado, son casi todos bonitos, pero lo que entusiasma y enamora sobremanera, es el conjunto

 

            Destaca la plaza Mayor/parque Caldas. En ella está la Catedral y la casa Mosquera, que hoy es sede de la oficina de Información y

Turismo, donde esta mañana atiende un amable policía, que nos proporciona un plano. Entre las iglesias, destacan el Carmen, Santo Domingo, La Encarnación, San Agustín…  ¡Y podríamos seguir!

 

También subimos al morro donde se encuentra la estatua de Benalcazar y paseamos por el bonito área donde se ubican los puentes Humilladero y Chiquito. Cerca hay un mercado sin asfaltar, que es bastante cutre y donde se venden muchas cosas usadas, entre ellas, montoneras de calzado. Recibe el nombre de Mercado Bolívar,  que si levantara la cabeza, no estaría muy satisfecho de que le hayan dado su nombre a este desolador lugar

 

            También hay un comedor popular, algo guarro y oscuro, en el que sin embargo, no faltan comensales. ¡¡Al rico arroz con poca carne!!. Tenemos que refugiarnos aquí un tato, porque para variar, ha comenzado a llover. Cuando para comemos como reyes, espaguetis  y arroz con vegetales preparados,  además de salchichas, que venden en un supermercado que hay cerca del centro. Pensamos que nuestra suerte ha cambiado y que a partir de ahora, volveremos a comer bien, a diferencia de Ecuador. Los siguientes días demostrarán, que nada más alejado de la realidad.

                                                                                                  Popayán (Colombia)

            Queremos subir a la iglesia  de la Virgen de Belén, que está en una especie de Cerro. Nos cuesta encontrar el camino y nos equivocamos varias veces, lo que nos sirve para ver otros lugares interesantes, que no vienen en el plano. No hay nada mejor que perderse. Cuando encontramos el camino bueno y le pedimos confirmación a un señor que pasa por la calle, nos dice: “¿Vais a llegar hasta el Belén?... Tened mucho cuidado, porque en esta ciudad hay personas tan groseras, que se dedican a atracar a la gente. Andaros con muchísimo cuidado y si decidís subir, hacedlo con mil ojos y no os separéis el uno del otro”. Por supuesto, después de escuchar esta advertencia, la excursión queda cancelada, a los pocos metros de adentrarnos un poco por el sendero y ver que no hay nadie. Una pena, porque el recorrido entre parajes naturales y con buenas vistas, tiene bastante buena pinta.

 

            Así que nos volvemos al centro, donde entretenemos la tarde. Volvemos a Turismo, a ver si tienen alguna información sobre el Tapón del Darien, pero nada nos pueden ofrecer, así que nos metemos en internet. Los vuelos a Panamá, son caros, dado que el de ida sólo, sale por unos 100 euros, para un trayecto que es muy corto. Y encima hemos leído en alguna parte, que si se entra en Panamá volando, hay que salir de la misma forma del país.

 

Volar a Costa Rica, es más caro todavía, dado que sobrepasa los 200 euros y eso ya equivale a lo que cuesta un crucero en un velero, de cinco o seis días, según pone en alguna web, que vimos hace unos días. Cada vez estamos más decantados por esta opción, pero no encontramos nadie en la red, que los ofrezca o que nos pudiera poner en contacto con alguien, para irlo gestionando ya, antes de llegar a Cartagena de Indias.. En estas estamos, cuando comienza otro día más el diluvio universal. La conexión se nos corta y dejamos el cíber

 

 

           Mientras esperamos a que escampe, se acercan un par de guapas, jóvenes y simpatiquísimas chicas –suerte tendrán, los hombres que compartan sus vidas con ellas-, que nos han confundido con los argentinos que van a México en la furgoneta. Les decimos que no somos ellos, pero que estamos haciendo lo mismo y eso da para que trabemos una buena amistad, conversemos y tomemos algo, durante más de tres horas. Son un encanto. Su máxima preocupación es si nos gusta Colombia, si lo estamos pasando bien y si hemos tenido algún problema de seguridad. Los colombianos son tal vez, la gente más amable, hospitalaria y encantadora, que hemos encontrado a lo largo de los 27 países que hemos visitado este año. Y mira que la competencia es dura en este terreno. Además son, uno de los pueblos que mejor saben vivir la vida, con mucho optimismo y poco dramatismo. ¡Eso sí, no son los más trabajadores!

 Popayán (Colombia)

 

CALI

 

              Tomamos el bus para Cali (10.000 pesos, casi tres horas) y ya nos toca discutir con el conductor, por una muy fea costumbre que tienen en este país. Y es que muchas veces, a pesar de tener horarios fijos, los autobuses demoran indefinidamente su salida, a la espera de que suban más pasajeros, como si se tratara de microbuses. Como ya expliqué, en Bolivia algunos también lo hacen. Al final partimos y mientras el paisaje va cambiando, se va haciendo más llano y aparecen decenas de kilómetros seguidos de plantaciones de caña de azúcar, me duermo.

 

            Me despierta otro control de los militares. Esta vez tenemos que bajar todos y aunque sin querer, me llevo un culatazo de metralleta en la cabeza, de un militar que tengo delante y que no se ha percatado de mi presencia. ¡Duele! Tras el control de la documentación, que es tan rápido como ayer y un leve vistazo al maletero del vehículo, nos dejan subir y partimos.

 

            Nuestros planes son pasar el día en Cali y mañana por la mañana, tirar hasta la Zona Cafetera, bien hacia Armenia, bien hacia Manizales. Lamentablemente y después de recorrer casi todas las compañías de autobuses, de las dos plantas de la estación, tenemos que hacer un brusco viraje de timón, dado que ir a Armenia resulta muy caro para la poca distancia (22.000 pesos, desconozco los motivo) y para Manizales, los horarios son pésimos, además de que el precio, tampoco es bajo (30.000 pesos)

 

            Nos iremos esta tarde a Bogotá, después de pasar el día aquí y para ahorrarnos unos pesos, empezamos la dura negociación

del precio de los boletos. Acabamos comprándolos a la empresa Magdalena, la que a la postre iba a ser, la mejor compañía de autobuses de toda Sudamérica y Centroamérica, por 45.000 pesos, para las ocho de la tarde. Como hay consigna (2.100 pesos/12 horas), ninguna de las empresas de transporte, se hace responsable de nuestro equipaje. Nos toca pagar

 

            Nos vamos al centro andando, dado que en la guía viene muy bien explicado el camino y llegamos sin equivocarnos. Contemplamos la plaza de Calledo, donde está la Catedral y el Palacio Nacional, las iglesias de San Francisco y la Merced y el Teatro Municipal, que constituyen los atractivos más importantes de la ciudad.

                                                                                   Cali (Colombia)

            Pero en realidad, por lo que merece la pena parar en Bali, es porque es una ciudad vibrante, con gentes de carácter muy abierto y fiestero. Los lugareños son igual de amables que en Popayán, pero aquí son mucho más alegres, lo que hace de sus mercados, unos lugares cálidos y animosos, por los que resulta encantador pasear y perderse. Nos llama la atención, que haya personas que debajo de sombrillas y con una máquina de escribir antigua sobre una mesa, redactan y escriben documentos a otras, que se supone, no saben leer ni escribir.

 

            Los almuerzos aquí son caros y un pollo asado cuesta tanto como en España, así que comemos de supermercado, bastante mal por cierto, porque aquí el pan es bastante peor que en Popayán y el embutido que hemos comprado, sabe excesivamente a cilantro

 

            Seguimos explorando la animada ciudad, pero empieza a llover y tenemos que refugiarnos. Entablemos conversación con un chico colombiano, que vende cinturones y que ha sentido curiosidad por nosotros. Como la señora del hotel de Popayán, también esta convencido de que Uribe ha cambiado el país para bien: “Antes de que llegara, no es que por el país no pudierais viajar los extranjeros, es que no podíamos ni nosotros”, señala y apostilla: “Antes entre la guerrilla y los carteristas, tenían acongojados a los habitantes de Cali. Hoy ni una ni los otros, tienen cabida aquí”. Sin embargo, sigue echando de menos la falta de oportunidades en Colombia. El mismo, que es músico profesional, tiene que estar vendiendo cinturones: “Menos mal que aquí en Cali, todo lo que saques a la calle, lo vendes”, asegura

 

            Por seguir teniendo datos comparativos con el resto de países, le preguntamos el sueldo medio en Colombia y nos responde que 250 dólares. También charlamos sobre otros países del continente, que hemos visitado o vamos a visitar: “Sí, es verdad, que los argentinos son muy buena gente –dice-, pero eso es ahora. Antes de la crisis que tuvieron, se creían los ricos de América, como si su Madre Patria fuera Italia y no España. Se iban de vacaciones a Disneyworld, toda la familia entera, pero ahora cambiaron. Y los panameños, esos no te dan ni la hora…”. Poniéndose algo más trascendente, nos dice: “Aunque estoy vendiendo en la calle, tengo interés por conocer y por la cultura. Me encanta leer, especialmente a García Márquez”. Y se despide de nosotros, animándonos a cruzar el tapón del Darien en velero.

 

            Ya ha dejado de llover y aún tenemos tiempo para perdernos otro rato, ya sin plano de la mano. Las calles de Cali, parecen una feria con tómbolas, los puestos de fruta son una constante tentación y las discotecas, sin cristales en las ventanas y con las puestas abiertas, para que se oiga la música desde todas partes, hacen de este lugar una constante fiesta. ¡La pena es que odiamos las cumbias!.

 

            A las seis y media, emprendemos el retorno a la terminal. Es ya de noche y volvemos andando. Según lo vamos haciendo y al ver que no hay nadie por la calle, tomamos conciencia de estar cometiendo una de esas imperdonables imprudencias, de las que pueden acabar ocasionando disgustos. Afortunadamente, nada pasa, pero debimos coger un taxi.

 

 Tomamos  el autobús de Magdalena, que es nuevo, confortable, limpio y con una atención y servicio a bordo, para ser tomados como ejemplo. En América, los autobuses siempre llevan las luces de lectura desconectadas. Hoy incluso, nos hemos atrevido a pedir hasta que las conecten y lo han hecho.

 
 Cali (Colombia)


BOGOTÁ


            Llegamos dos horas tarde a Bogotá, debido a que  hemos tenido que parar ese mismo tiempo, para poder cruzar las obras que hay en Cajamarca, pero resulta mejor, porque así no llegamos tan temprano. La terminal está bastante lejos del centro y a ella ese accede en un microbús (1.250 pesos) de color negro, nuevo, pero poco funcional, sobre todo para ir con bultos.

 

            Nos cuesta encontrar alojamiento más de una hora, porque no hay demasiados y son caros. Al final, decidimos quedarnos en el hotel Zaragoza, en la calle Jiménez donde por 30.000 pesos, nos dan una doble con baño y televisión. Esta algo descuidada, pero es habitable y el personal del hotel es amable. “Qué Dios os lo pague”, nos dice la chica de la recepción, cuando le abonamos el importe de la habitación.

 

            Nos vamos a recorrer Bogotá, que en su parte histórica, hoy está cortada en su mayor parte y con muchos voluntarios de la alcaldía, que visten petos amarillos. Es una bonita ciudad, con los impresionantes Andes al fondo. La plaza Bolívar es el corazón de la misma y a mi me recuerda ligeramente, a la del Obradoiro, en Santiago de Compostela. En ella se encuentran la Catedral, la capilla del Sagrario, la iglesia de San Ignacio, el Capitolio Nacional, la Alcaldía Mayor de Bogotá, la iglesia de Santa Clara, el palacio de Mariño y la Corte Suprema de Justicia


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