Vamos a la oficina de Turismo, donde nos recomiendan ir hasta Piura, para entrar por Ecuador, en vez de por Chachapollas, que era nuestra opción. La razón, es que el camino es más largo y si luego queremos llegar hasta Vilcabamba, en Ecuador, como es nuestra intención, nos podemos encontrar con bastantes problemas de desprendimientos en la carretera, al ser época de lluvias. Y podemos hasta quedarnos asilados También nos informas sobre como llegar a las Huacas del Sol y de la Luna. Vamos andando hasta el óvalo Grau y tomamos un colectivo (1 sol), pero no hemos debido coger el correcto y nos dejan a un lado de la carretera, desde donde tenemos que andar unos cinco kilómetros. El paisaje es bonito, pero las Huacas (11 soles), apenas tienen nada, casi ni siquiera, para los friquis de la arqueología. Es una vergüenza que cobren por entrar a ver cuatro restos, tapados con uralitas y llenos de andamios. La excursión es obligatoriamente guiada, porque si la hicieras solo, no aguantarías aquí ni cinco minutos. Así, te la adornan un poco y te sacan más cuartos. ¿Que no hay ruinas?. Pues se las inventan y punto. El caso es tener la caja bien llena de plata y desplumar a los incautos viajeros. Trujillo (Perú)Alguien puede alegar, que 11 soles tampoco son tanto dinero, pero es que en Perú por esa cantidad, comen dos personas opíparamente. Y es que la Huaca del Sol, ni siquiera se ve, solo se intuye, en la lejanía. Compararlas con las huacas del Sol y de la Luna en Teotihuacan, en México, más que una ofensa, sería el peor insulto que habría escuchado jamás. Y la entrada cuesta casi lo mismo, teniendo además en cuenta, que México es un país más caro que Perú. Más que de cultura Moche, en cuanto a los restos que se conservan aquí, en Trujillo, yo hablaría del timo del Toco Moche. Ahora sí, cogemos el microbús correcto (son los que pone SD y CM) y retornamos a Trujillo, donde comemos regular. Y es que al norte de Lima, no solo el transporte y el alojamiento son más caros, sino que también tienen un precio superior, los almuerzos de los restaurantes, siendo peor y más escasa la comida. Dedicamos las primeras horas de la tarde a ver Trujillo, ciudad de casa bajas –algunas muy bonitas- y numerosas iglesias. Vemos la plaza de Armas, la Catedral, la casa Urquiaga –que hoy es un banco-, la calle Pizarro, la plaza del Recreo –donde están las picanterías-… y luego nos vamos a gestionar nuestro autobús para mañana. Nos toca recorrernos varias compañías y andar un montón, dado que están en puntos opuestos de la ciudad. Solo hay una que va a Chachapollas, con un único autobús, que sale a las 7 de la mañana. Después de lo que nos han dicho en Turismo y de conocer esto, descartamos la opción. Entraremos a Ecuador por Piura. Para llegar allí, tendremos que hacer cambio en Chiclayo. Iremos con la empresa Entrafesa. Esta anocheciendo y el camino a esta estación, pone en alerta al pasar por un barrio, algo deprimente y solitario.No han dicho que esta ciudad es peligrosa al anochecer y no lo ponemos en duda, porque hasta la del ciber de al lado de nuestro hotel, tiene la puerta entreabierta, pero delante hay una gruesa reja, que solo abre cuando entra y sale gente. Trujillo (Perú)CHICLAYO Dejamos el alojamiento de Trujillo, con el somier de una de las dos camas en el suelo, que ha caído de madrugada, provocándonos un estruendoso susto. Tomamos temprano el bus para Chiclayo (13 soles). Nuestra intención es pasar allí unas horas, para visitar la ciudad y por la tarde marcharnos a Piura y allí, dependiendo de nuestro ánimo, investigar la posibilidad de irnos hacia Ecuador esta misma noche o buscar un alojamiento. En tres horas y sin novedad, llegamos a nuestro destino. Hay buses a Piura cada hora, pero al ser domingo, todos desde las dos de la tarde, están ya completos, así que no nos queda otra, que pasar noche aquí y partir mañana por la mañana. Nos quedamos en el Hospedaje Americano, por 30 soles. Nos ha costado encontrar algo por ese precio. La habitación es luminosa y grande, tiene un baño alargado, algo mal cuidado y televisión por cable. Nada de lo que quejarse en realidad, sino fuera porque las sábanas huelen a sudor y a perfume barato. Es el primer alojamiento del viaje en el que detectamos, que no las han cambiado las sábanas. Damos una vuelta por el animadísimo mercado. En verdad, este y la plaza de Armas, son los únicos atractivos de esta ciudad, algo decadente, salvo en la avenida Bacta, que al ser la más comercial, está mejor cuidada. Comemos fatal. El único trozo de pollo que acompaña a la montonera de arroz, con escasos frijoles, que hacen de segundo plato, es en realidad parte del esqueleto del animal, sin carne. Así que tenemos que llenarnos luego, en los puestos del mercado, a base de fruta y salchipapas. Aquí comenzaría una tradición, que perviviría a lo largo de Ecuador y en algunas zonas de Colombia: Las salchipapas de postre, en los puestos de la calle, por habernos quedado con hambre en el restaurante de turno. Chiclayo (Perú)En Bolivia y Perú –más adelante, también comprobamos que ocurre en Ecuador t Colombia-, el precio de la comida, no siempre guarda relación directa con la calidad y la cantidad. Pasamos la tarde paseando, fundamentalmente por el mercado y nos quedamos con la boca abierta, al ver como en un supermercado, han puesto a la puerta, fotos de las personas a las que han pillado robando y las declaran no gratas. Hay incluso una joven madre, a la que han pillado con un bote de leche infantil. Pero, ¿es qué en este país, más parecido al lejano oeste que a la civilización, no se garantiza el derecho a la intimidad y a la propia imagen?. Por humanidad, decidimos abstenernos de comprar aquí. Hoy cuando escribo, pienso que incluso, debimos poner un escrito de protesta. La plaza de Armas, se anima muchísimo al atardecer, llenándose de gente y de vendedoras de chocolatitos y gelatinas. Entramos en el ciber más lento del mundo y nos salimos a los cinco minutos. Vamos a sacar los boletos para mañana a Piura, pero las líneas están caídas. Ante tal panorama, nos recogemos en el hotel, donde ponemos de fondo el Almería-Villarreal, que están programando en la cadena de solo deportes, ESPN.
PIURA
Estamos a punto de abandonar Perú, pero hasta el último día, nos siguen ocurriendo cosas surrealistas, como tener que poner la huella dactilar, para subir al autobús con destino a Piura (12 soles). Para limpiarse no hay otra opción inicial, que un trato mugriento, que ha debido conocer millones de dedos, desde la última vez que lo lavaron.
Llegamos a Piura, ciudad –con el río del mismo nombre, que la parte en dos- con pocos atractivos turísticos y que comparte las mismas características de las del resto de Perú: Los taxistas pesados y agresivos, las chicas ofreciendo “llamadas, llamadas, llamadas…”, los tenderetes vendiendo de todo y el tráfico infernal, que no conoce –ni quiere conocer- de códigos de circulación. Por agotar una opción que tenemos ya casi descartada, preguntamos si hay autobús a Macará o Vilcabamba y la respuesta es la esperada. Solo hay a Loja (28 soles), tarda 8 horas y sale por la noche. Nos hubiera encantado ir a ese paraíso perdido, que en cierta medida es el valle de Vilcabamba, famoso también por la longevidad de sus habitantes, pero de momento no va a poder ser. No obstante, mañana desde Loja y puesto que solo está 52 kilómetros al sur, haremos un último intento.Dejamos las mochilas en la compañía de autobuses y nos vamos a explorar la ciudad, que apenas cuenta con más, que la plaza de Armas y algunas iglesias. Bueno, si tiene bastantes museos, pero a nosotros no nos llaman mucho la atención, más que los excepcionales. Hace mucho calor, así que hemos vuelto al pantalón corto, que habíamos dejado desde el día que entramos en Bolivia. Comemos bastante bien para estar en el norte, pero nos sale casi al doble, de lo que por ejemplo, pagábamos en Lima. Piura (Perú) Paseamos –aquí muchas calles tienen los bordillos dobles-, con el simple objetivo de que pasen las horas, para ir a la terminal. Encontramos un centro comercial, en el que hay baños gratuitos. ¡Vaya por Dios. Hemos tenido que esperar al último día, para encontrar algo gratis en Perú!. Hay mucha policía por las calles. CAMINO DE LOJA En cuanto anochece, nos vamos a la lejana y vieja terminal y hacemos tiempo hasta la salida del bus, que parte más de una hora tarde, porque viene de hacer el recorrido inverso con retraso. ¡Nos enteramos, de que nos va a llevar el mismo conductor que trae ese autobús y que ya lleva conduciendo diez horas!. Estamos a punto de renunciar a subir, pero tampoco es plan de perder otro día aquí, para que mañana nos pase lo mismo. Y puede ser, que esto ya nos haya ocurrido otras veces, sin enterarnos. Nos persignamos y subimos al bus
Solo vamos seis pasajeros. Como el autobús tiene puerta de separación, entre el conductor y el pasaje –como tantos otros en Sudamérica, sobre todo en Bolivia y algunos en Perú, Colombia y Ecuador-, nos encierran, nos dejan sin luz y ponen la música a todo volumen. Al poco paramos en la frontera, donde el hombre que controla la oficina de inmigración peruana, parece drogado y nos pregunta, mirando las tarjetas migratorias: “¿Y esto quien os lo ha dado?”. “Pues mire usted, nos obligaron a rellenarlo a la entrada al país. Vamos, que no es cosa nuestra”, le respondemos. Las mira nuevamente, les estampa el sello y nos pone dos en el pasaporte (el normal y uno redondo, donde pone “Policía”). Salimos rápido, no vaya a tener otra ocurrencia, cruzamos un puente y llegamos al puesto fronterizo de Ecuador, donde nos ponen un sello mecanizado, en una hoja en blanco, a pesar de que hemos pedido, que lo hicieran en una ya usada. Consigo dormirme, pero a las dos de la mañana, me despierta mi chico. El conductor está pidiendo ayuda, para ver si podemos mover una enorme piedra que hay en la carretera, dado que con las intensas lluvias que hay en la zona, llevan produciéndose derrumbes hace ya un rato y este enorme pedrusco, nos acaba de caer ahora mismo, justamente delante. Conseguimos quitarlo, pero a pesar de ello, el conductor dice que no sigue, porque no tiene garantías de que la carretera esté bien. Esperaremos a que amanezca y vengan las máquinas a limpiar la carretera. Se echa a dormir, pero nosotros vemos que hay tráfico en la otra dirección y le presionamos para que siga. Sabemos que está sin pegar ojo durante casi un día, pero estamos parados al lado de un precipicio y en el otro lado hay un terraplén rocoso y arenoso, al que no le queda mucho para desprenderse. Conseguimos convencerle –creo que es el primer conductor en todo el viaje, que da su brazo a torcer- y seguimos, rezando todo lo que sabemos, al borde de precipicios y asistiendo a derrumbes intermitentes, que por suerte, no cortan la carretera por completo, ni nos caen encima. Cuando empieza a amanecer y por fin conseguimos conciliar el sueño, pone a todo volumen la radio, con el Jiménez Lozanitos de turno, versión ecuatoriana (en Arequipa, como ya he narrado, habíamos tenido la peruana), que está despotricando contra las autoridades, por la insoportable situación de las carreteras en el sur del país y las inundaciones, que tienen a muchas localidades aisladas. Llegamos con más de tres horas y media de retraso, pero al fin y al cabo, sanos y salvos. LOJA Llueve y nos empecinamos en ir al centro andando, a pesar de que está algo lejos y de que hay un servicio de metrobús (autobuses canalizados por una vía exclusiva, que tienen estaciones fijas, por las que se accede y se paga), por lo que acabamos empapados. Para colmo, nos cuesta más de cinco intentos, sacar dinero del cajero y un buen rato también, encontrar alojamiento, que no es barato.Al final, pagamos 12 US$, por una oscura, pero correcta habitación con baño, en el algo vetusto hotel Intercontinental. En seguida nos damos cuenta, de que esta ciudad es mucho más habitable que cualquiera de las que venimos y que la gente no es maleducada, ni agresiva, como en Perú: No pitan con el claxon, ceden el paso al peatón, no te empujan, no venden nada en la calle y menos a voces… Cogemos los impermeables, porque no deja de llover. Primero preguntamos en un edificio de la policía, como están las comunicaciones con Vilcabamba y tras telefonear y con un trato tan amable, que ya no recordábamos, nos indican que la carretera esta cortada, inundada y con bastantes desprendimientos. Todavía no han conseguido que llegue la máquina y es bastante probable, que hasta dentro de un par de días –más, si sigue lloviendo-, no se pueda abrir la carretera. Así que descartamos la visita, ya definitivamente, del valle de Vilcabamba. Hay destinos que por lo que sea, se terminan trabando, de una u otra forma y no merece la pena luchar contra algo, que pareciera ya escrito. Luego nos vamos a ver la ciudad, que tiene unas cuantas iglesias bien interesantes, como la Catedral, la de Santo Domingo y la de la Merced, entre otras. También destacan el Mercado Central, la Puerta de la Ciudad, el Museo del Banco Central y el de la Música. Comemos bastante mal, al estilo del norte de Perú, pero peor, en lo que iba a ser el inicio, de un calvario gastronómico, que nos iba a llevar por todo Ecuador y buena parte de Colombia. Así que de postre y en un establecimiento de comida rápida, nos zampamos un perrito caliente doble. Dormimos una larga siesta, para recuperarnos de la movidita noche. Cuando nos despertamos, subimos al mirador, desde donde hay vistas de la ciudad, que tampoco son nada espectaculares. Al bajar, nos encontramos a dos de las chicas que iban en el autobús de anoche. Son una pareja de simpáticas peruanas –habéis leído bien, simpáticas-, que han venido a Ecuador, a ganarse la vida vendiendo bolígrafos y lapiceros. Comentamos las repeticiones de las jugadas de anoche y nos despedimos, no antes de que nos traten de colocar sin éxito, algunas de sus mercancías. Damos un último paseo por el centro, bien asfaltado, aunque lleno de charcos y como ocurre en casi todas las capitales pequeñas, la gente se recoge pronto. Así que done fueres, haz lo que vieres, que dice el refrán. Hemos decidido, que mañana iremos avanzando hacia el norte –donde la climatología es mejor- y, concretamente, a la ciudad de Cuenca. Cuando me duermo, me viene a la mente –no sé por qué-, porque no me duele nada, la imagen de las grandes y lujosas farmacias, de casi todos los países en Sudamérica. ¡Algunas tienen hasta carritos de supermercado y todo!. CUENCA Hoy si y a pesar de que no llueve, tomamos el metrobús a la terminal (0,25 US$) y compramos los boletos para Cuenca (7,50 US$). Según la guía, son cinco horas de camino, cinco y media, según la compañía y 6 y cuarto, termina siendo la realidad, después de que nos aburramos bastante por el camino y de que estemos hartos ya de escuchar a Enrique Iglesias, en los colectivos de este continente. |





