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Sudamérica y Centroamérica/34

  

           Nuestro grupo de excursión a la mina de Santa Rita, está formado casi a medias, por israelitas y argentinos, además de un suizo y nosotros. Nada más llegar, nos dividen en otros dos subgrupos, uno con guía en inglés y otro en español, donde nos hemos juntado todos los argentinos, nosotros y el suizo. A este, aunque habla perfecto español, la razón que le motiva a venir con nosotros, es que no soporta a los israelíes. ¡¡Bienvenido al club!!.      

 

            Lo primero que hay que hacer nada más entrar al recinto, es vestirse para la ocasión, con el traje de minero, las pesadas botas y el casco. Hay de todas las tallas y todos estamos monísimos. Luego nos llevan a que regalemos algo a los mineros, que debemos comprar –a razón de 10 bolivianos por cabeza, que nosotros reducimos a 5- en la tienda de la mina. Hay que elegir entre tabaco –de sabor bastante rico y hecho con canela, anís, coca y tabaco-, alcohol de 98 grados, pólvora, hojas de coca y refrescos de tamaño grande.

                                      Mina de Santa Rita, en Potosí (Bolivia)  

De paso, Flor y yo aprovechamos para fumarnos un cigarro a medias y un argentino, se atreve incluso con el alcohol de 98 grados y eso que son poco más de las nueve de la mañana. También mascamos hojas de coca, que la mayoría escupimos enseguida, debido a su sabor, no demasiado agradable y a la asquerosa sensación de la bola de saliva y hojas, que se va formando en la boca. Sin embargo el guía, consume una hoja tras otra, como si fueran caramelos de menta.

 

La visita a la mina dura unas tres horas, aunque se podría hacer en algo menos de tiempo. Puede resultar un poco agobiante y entraña su peligro, para personas que no estén muy en forma o que tengan alguna discapacidad, dado que hay que afrontar tareas tales, como subir en vertical por una angosta escalera, una distancia de 15 metros, a casi 4.200 de altitud. También es fácil poder tropezar y caer por alguno de sus pasillos e incluso –y así mueren decenas de mineros cada año-, resbalar y precipitarse por agujeros, que van a llevar hasta la muerte.

 

Pero merece la pena hacer esta pequeña expedición, para sentir lo que es el trabajo duro, al menos por un rato y ver las condiciones medievales en las que laboran los mineros. Y es que en la mina, hay unos cincuenta muertos cada año, bien fruto de las duras condicione de trabajo o de descuidos e imprudencias, fruto de que los trabajadores están casi todo el día en un estado de drogadicción y perpetua borrachera, provocado por el alcohol de 98 grados y la coca.

 

Por supuesto, las viudas de estos hombres no tienen ningún derecho, ni pensión. Los mineros trabajan sin contrato y pueden ser despedidos en cualquier momento y sin indemnización alguna. No tienen seguridad social, ni derecho a bajas laborales remuneradas o a invalidez permanente o transitoria. Y aún así, se sienten unos privilegiados, porque ganan unos cien bolivianos al día, cuando el salario medio mensual en el país es de unos 500.

 

Todo esto, nos deja bastante impresionados. Realmente, mucho más que ver los procesos habituales de la mina y a los obreros picando el mineral, trasladándolo en carretillas o escuchar las explosiones, que provocan la apertura de las vetas y un gran estruendo, a través de las galerías.

 

Uno de los momentos estelares de la mañana, es el encuentro con el Tío, el amigo de los mineros y el dueño de la mina, representado en forma de pintura, en una de las paredes de una estrecha galería. También se nos explica el tipo de ofrendas que se realizan a la Pacha Mama (la tierra) La más básica siempre consiste, en derramar sobre el suelo algo del líquido, que a continuación va a ser bebido. En la mina, hay todavía suficientes minerales, para que las extracciones puedan continuar a lo largo de más de 500 años, periodo en el que, haciendo unos sencillos cálculos y de seguir las cosas igual, morirán 25,000 mineros

 

 

OTRA VEZ EN POTOSÍ

 

 Retornamos Y nos vamos a comer con las chicas, en una agradabilísima velada. Como en el restaurante de ayer ya no sirven

comidas –cosa muy frecuente a partir de la dos de la tarde en la mayoría de establecimientos de Bolivia, incluida La Paz-, nos acercamos a otro, en la misma calle y en la planta superior de un edificio alto, desde donde se ven unas extraordinarias vistas del Cerro Rico (desde aquí, está tomada la imagen que sirve como presentación a este relato, en la página de inicio de la web, en la que aparecemos junto a Flor y a Flopa). Lástima que la comida, no esté en consonancia con las vistas y sea peor que la de ayer, aunque al menos el servicio, es adecuado.

 

Dilatamos la sobremesa en agradable tertulia (incluso las chicas, nos recomiendan nuevas bandas argentinas de rock, como Los Piojos y Charlie García),  hasta las seis de la tarde y nos vamos a la terminal, a despedir a las Flor y a Flopa, que van camino de Tupiza (40 bolivianos) y a sacar nuestros boletos para La Paz, para mañana por la noche (ayer nos habían pedido 80 bolivianos por un bus semicama y hoy nos ofrecen uno normal por 35 y es finalmente, con el que nos quedamos). Los billetes para Sucre, los sacaremos mañana, justo antes de la salida del autobús.

 

Con promesas de seguir en contacto, fuertes abrazos y achuchones y con casi lágrimas en los ojos, nos despedimos de Flor y Flopa, con las que tan buenos momentos hemos pasado, a lo largo de casi la última semana. Seguro que durante los próximos días, las echaremos bastante de menos.   Potosí (Bolivia)  

 

Mi chico se corta el pelo por siete bolivianos -menos de medio euro- y después entretenemos la tarde volviendo a pasear por la, ya mil veces recorrida, ciudad de Potosí. El centro está muy animado, aunque como todos los días a partir de las ocho de la tarde, la actividad baja bastante. Nos ha llamado la atención, lo poco que abren las iglesias aquí. Tal es así, que en dos días y medio, no hemos conseguido ver la Catedral por dentro. En esta ciudad –Cuestión que luego vimos, ocurre en todo Bolivia-, no hay supermercados.

 

 

SUCRE

           

            Madrugamos y tomamos un minibús urbano hasta la terminal (1,20 bolivianos), para abordar el autobús a Sucre. Dejamos los bultos en la consigna (5 bolivianos). Las expectativas sobre esta ciudad son muy altas, debido a las maravillas que Flor y Flopa nos han hablado sobre ella, en los dos últimos días. Gracias a ellas también, conseguimos ahorrarnos 10 bolivianos en el importe del autobús (nos pedían 25, pero ellas nos habían dicho que son 15). Esto nos serviría a partir de entonces, para regatear siempre los precios de los colectivos, bajo la frase: “Conocemos a unas amigas argentinas, que hicieron este mismo trayecto y solo pagaron…”. Y funciona casi siempre, porque en Bolivia y a diferencia de Brasil, Paraguay, Uruguay, Argentina y Chile, los precios de los buses son perfectamente negociables.

 

 

           Nos llama la atención, que en este país haya que pagar siempre tasa de terminal (2 bolivianos). En el hotel, nos habían ofrecido ir a Sucre en taxi, por 30 bolivianos por persona. Aunque lo hemos rechazado, no nos parece mala opción, mucho más rápida y confortable que el autobús.

 

            Ya desde los primeros minutos, el viaje es una sucesión de vendedores y oradores, que suben al autobús a vender sus mercancías o servicios. Estos últimos, tienen una locuacidad impresionante, digna de cualquier orador profesional. Es increíble, lo bien que se habla el español en la mayoría de los países que llevamos visitados. Con mucha más riqueza lingüística y vocabulario que en España y por supuesto, sin nuestra habitual y constante recurrencia a las palabras soeces y malsonantes.

 

            Así, van desfilando un vendedor de caramelos, otro de medicina natural orientada al estómago, una vendedora de fruta, la siguiente es de bizcochuelos, otra de humita (un preparado de maíz en la hoja de la propia mazorca), charque (carne deshidratada) y salteñas (una especie de empanadillas muy típicas, a lo largo del país, que a mi no me gustan nada, porque suelen contener algo de líquido de la cocción del relleno y un cierto toque dulce), una más, que comercializa sobrecitos de crema para el cuidado de la piel…

Sucre (Bolivia)       

            Me duermo durante un par de horas y me pierdo parcialmente, el bonito paisaje escarpado. Y es que en tres horas y media que dura el viaje, hemos bajado desde los 4.300 metros, hasta los poco más de 2.500 de altitud, en los que se encuentra Sucre. Esto se nota en la temperatura y aquí hace bastante calor. Bolivia se divide en tres zonas bien diferenciadas: Las tierras bajas -donde estamos ahora-, el altiplano –de donde venimos- y la cordillera.

 

            Lo primero que hacemos, es sacar el billete de vuelta a Potosí para las tres y media de la tarde, pero nos toca estar esperando más de cuarto de hora, a que el empleado nos devuelva el cambio. Así que solo dispondremos de cuatro horas y media, para ver la ciudad.

 

            Sucre se asienta sobre siete colinas y es Patrimonio de la Humanidad. Está plagada de edificaciones de color blanco y muy bien conservada. En realidad, se trata de nuestro primer contacto con una ciudad colonial española, que nos resulta impresionante. Hasta ahora, solo habíamos visto ciudades coloniales portuguesas, como Paraty y Colonia del Sacramento.

 

            La ciudad es una red de plazoletas, jardines y parques, que otorgan gran armonía al conjunto urbano. Es una de las ciudades de arquitectura hispánica mejor conservada en América, con calles empedradas, fuentes labradas en granito, iglesias antiguas, casas techadas con tejas de barro cocido espolvoreadas con cal y con paredes blancas, características del diseño colonial.

 

Es abundante la arquitectura religiosa, destacándose la iglesia de San Lázaro -la más antigua-, la iglesia la Merced -que cuenta con una hermosa capilla-; el convento de San Francisco Javier, y la Catedral, cuya construcción comenzó en 1571 y finalizó un siglo más tarde, donde resalta su bella fachada barroca.

 

En la arquitectura civil destacan el hospital, el Arzobispado de La Plata (hoy de Chuquisaca), la Universidad de San Francisco Javier de Chuquisaca  y la Corte Suprema de Justicia. Además, durante la colonia, Sucre fue sede de la Audiencia de Charcas, la Casa de Gobierno (hasta fines del siglo XIX) y la Casa de la Libertad (donde se reunió el primer Congreso Constituyente de la Nación y se firmó el Acta de la Independencia). También se puede visitar la Biblioteca Nacional, que conserva más de 100.000 piezas impresas desde 1493, así como muchos otros edificios.

 

La plaza 25 de mayo es el corazón de la ciudad y uno de los lugares más agradables de toda Bolivia, para hacer un receso,

tomar un tentempié y familiarizarse con las costumbres y la vida cotidiana de la ciudad. Aunque hay algunos niños pedigüeños, que a veces son algo pesados y otros más ilustrados, que a cambio de unos bolivianos, te cuentas historias de la ciudad o te llevan a algún sitio.

 

  Tal como nos dijeron Flor y Flopa, esta ciudad es maravillosa y creo que nos hemos equivocado al dedicarle tan poco tiempo. Al menos hay que estar aquí un día entero y hacer noche, porque seguro que a esas horas, la ciudad tendrá un toque mágico, como hemos visto que ocurre en otras ciudades coloniales, como por ejemplo, en Popayán (Colombia)

                                                                    Sucre (Bolivia)

Tras comer pollo, con diversas guarniciones en un puesto del animado mercado que hay en una plaza, retornamos a la alejada terminal, desde donde tomaremos el bus de retorno a Potosí. El que nos llevará a La Paz, sale a las nueve de al noche, así que aun que tenemos dos horas de margen, hasta ese momento.

 

 

CAMINO DE LA PAZ, PASANDO POR POTOSÍ

 

Pero los nervios no tardan en aparecer. El bus de la empresa Alonso Ibáñez –recomiendo abstenerse de viajar con ellos-, es viejo y mugriento y ya al poco de salir, empieza a dar problemas. Desde otro vehículo nos avisan, de que llevamos las ruedas desajustadas. ¡¡Es tremendo. Pasando al lado de precipicios y gargantas y nosotros con las ruedas desajustadas!!. Hay que hacer varias paradas para ajustarlas y ya solo en la primera hora de camino, acumulamos otra de retraso. Y menos mal, que uno de los pasajeros sabe de mecánica.

 

Tenemos una fuerte discusión con el conductor, al que hemos mentido para meterle presión y para que busque soluciones, al decirle que tenemos que tomar un autobús a La Paz esta noche, porque mañana volamos a Madrid y no podemos perder 900 euros del boleto aéreo. Nos responde de malas maneras, que a él eso le da lo mismo, que esto es Bolivia y que nos busquemos la vida si querremos, parando un coche que vaya hacia La Paz.

 

Continuamos, pero cada poco hay nuevas paradas y vamos con bastante miedo por si tenemos un accidente. Ahora  son otros pasajeros los que se enfrentan al conductor. Y eso si que resulta raro, dado que en los bolivianos, por lo que hemos visto hasta ahora, hay siempre una actitud de resignación, ante este tipo de adversidades. Al final, llegamos a Potosí, tan solo ocho minutos antes, de la partida teórica del autobús a La Paz

 

Y digo teórica, porque sale una hora y media tarde y no por problemas mecánicos, precisamente, sino porque como el autobús no va lleno, esperan a que vengan más pasajeros, para sacarle más rendimiento económico al viaje. Esta forma de actuar, es muy frecuente en países como Bolivia y Colombia  Antes de subir, ya habíamos tenido un incidente con el conductor de este vehículo, dado que después de tenernos esperando un buen rato sin decir nada, nos manda a la planta de arriba con el equipaje, a que le pongan una pegatina. ¿Y no lo podía haber dicho antes?. ¡¡Vaya tarde!!!.

 Sucre (Bolivia)     

Y lo que nos queda. El autobús no tiene baño y tras cinco horas de camino, el conductor se niega a parar, a pesar de nuestros constantes requerimientos y solo conseguimos que lo haga, tras entablar una discusión en la que le hemos llamado de todo. Por segunda vez en menos de 24 horas, hemos tenido que escuchar que esto es Bolivia y que nos vayamos a reclamar a nuestro país.

 

La mayoría del pasaje es de poblaciones rurales, no saben leer ni escribir –muchos nos habían dejado los billetesm para que les dijéramos los números de su asiento-, van vestidos con folclóricos trajes –tanto ellos, como ellas-, hablan quechua y muchos ni siquiera dominan el español, pero uno de ellos ha acertado a decir, mientras se produce la discusión: “Españoles, rateros”. Pero no nos amilanamos, respondemos con la artillería pesada y al final, nos terminan dejando por imposibles.

 

 

LA PAZ

 

Llegamos a La Paz sin más incidentes –aunque pasando un poco de frío-, con la misma hora y media de retraso que habíamos

salido. Nos pasamos un buen rato buscando alojamiento, porque lo que nos ofrecen sin baño (40-60 bolivianos), no nos convence y por las habitaciones que si lo tienen, nos piden 150, un precio muy elevado. Queremos algo intermedio y al final y tras muchas vueltas, damos con el Hotel Lavalle, en la calle Evaristo Valle, 153. La habitación matrimonial cuesta 100 bolivianos y está muy nueva y limpia, además de tener baño y televisión. Aunque está afectada por tres pequeños problemas.

 

-Nuestra habitación está en un cuarto piso sin ascensor, lo cual desalienta bastante, a casi 4.000 metros de altitud.

 

-El agua caliente de la ducha, sale como un hilillo finísimo.

 

-Hace un poco de frío y no tienen encendida la calefacción.

                                                                                               La Paz (Bolivia)     


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