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Sudamérica y Centroamérica/32


 

            Desayunamos peor que habíamos cenado, así que siguiendo el curso de los acontecimientos, nos tememos que hoy a la hora de comer, nos despachen con un vaso de agua. Hacemos amistad con una simpática holandesa, que nos dice, estar pasando también bastante hambre. Desde luego, no hay mejor clínica de adelgazamiento, que Colque Tours y su circuito “Pierda 10 kilos en tres días por el Salar de Uyuni”.

 

            El programa para hoy empieza por el Desierto de Silote, que nada tiene de espectacular y prosigue por el Árbol de Piedra, que es otro mucho más bonito y con formaciones rocosas, que nos traen enseguida a la mente, el Desierto Blanco de Egipto. Luego vamos viendo una a una, las lagunas Ramaditas, Hedionda –tiene muy adecuadamente elegido el nombre, por cierto- y Cañapa.

 Parque Nacional Eduardo Avaroa (Bolivia)

            Tras atravesar el Cañón del Inca y dejar atrás algunos volcanes, llegamos aun pueblo de casas de adobe. Hoy llevamos bastante mejor la altitud y hasta nos atrevemos a pegar unas patadas al balón, con los animosos daneses, con los que hoy hemos hecho más migas, después de que a primera hora nos hayan pedido, que hoy vayan otros en la última fila del jeep. Por supuesto, hemos aceptado: Hoy van las chicas y mañana nos sentaremos ahí nosotros.

 

            La comida es tan escasa como de costumbre, y esta vez es a base de patatas y pasta, para variar. Al menos nos han dado coca cola, una de las cosas con las que habíamos soñado, a lo largo de la mañana. De carne solo han puesto salchichas en una bandeja y tocamos a dos pequeños trozos cada uno. Alguien se queja por la poca cantidad y la dueña del –simulacro de- restaurante le dice: “Tienen ustedes que aprender a compartir”. Sin comentario, porque la frase habla por si sola.

 

              El baño del local, que está en otra edificación, no tiene agua corriente y para tirar de la cadena, hay que meter una jarra y llenarla en un barreño. Estando donde estamos, parece esto más comprensible, que después de lo que hemos pagado, nos estén dando de comer de la manera que lo están haciendo y que encima nos llamen insolidarios por pedir otro simple trozo de salchicha.

 

            Tras la animada sobremesa, volvemos al jeep y afrontamos un largo y tortuoso camino, que nos va llevando al borde de profundos desfiladeros y a través de los encantadores  pueblos altiplánicos, llenos de sonrientes niños a los lados de la carretera. Vamos descendiendo notablemente por debajo de los 4.000 metros y ya comienza a aparecer alguna vegetación y la riquísima quinua, un cereal que es más nutritivo que el arroz y que se cultiva habitualmente en altura (crece desde el nivel del mar en Perù, hasta los 4.000 metros sobre el nivel del mar en los Andes, aunque su altura más común es a partir de los 2.500). Aparecen también, cabras, llamas y numerosos riachuelos, ahora si de agua cristalina y potable.

 

            Llegamos a un pueblo, que en su día fue próspero, debido a que por allí pasaba el tren, que llevaba los minerales hasta

Antofagasta. Ahora, aunque continúa habitado, parece un lugar fantasma, con las vías y los vagones abandonados, que se asemejan a las de cualquier convoy de los que trasladaban a los judíos a los campos de concentración, durante la segunda Guerra Mundial. Junto a Flor y Flopa, paseamos por su encantador cementerio. Llevamos solo dos días con ellas y pareciera que nos conociéramos de toda la vida.

 

            Volvemos al jeep y tras otro rato largo y un –de nuevo- insufrible camino, penetramos en el impresionante Salar de Uyuni, frente al que está nuestro alojamiento, que hoy si es mucho más confortable. La habitaciones son para seis, pero están recién reformadas y en cuanto a la limpieza, impecables. Además, tienen baño propio. El comedor donde cenaremos es acogedor y justo al lado, hay hasta mesas de billar y de tenis de mesa. Nos morimos por darnos una ducha y por tomar una cerveza fría, pero de momento no va a poder ser, porque nos han convocado en cuarto de hora, para ir a ver la puesta de sol.

                                                                                                                                                                       Salar de Uyuni (Bolivia)

             Y realmente resulta alucinante, mejor incluso que la de tres días atrás, que nos había parecido insuperable. En época de lluvias –de diciembre a marzo-, la superficie blanca del Salar se llena de agua, provocando que con los reflejos del sol, se vean imágenes simétricas del cielo y el encharcado suelo. Realmente un espectáculo, que inmortalizamos con bonitas instantáneas, que quedarán para siempre. Estábamos agotados, de ser agitados todo el día por el 4X4 y esto nos ha reconfortado sobremanera. Últimamente estoy empezando a entender, lo que significa la palabra felicidad.

 

            Ahora si, nos duchamos, nos damos a la cerveza y cenamos un poco mejor, a base de repollo y una pieza de pollo con guarnición de arroz. A los daneses les hace gracia que una cosa se llame pollo y otra repollo y se ríen aún más, cuando nos lo oyen pronunciar de forma distinta: Nuestro pollo, se transforma en pollllo –con s líquida-, dicho por las chicas. No saben nada de español, pero tras el paso por Argentina, al menos han aprendido a decir “bife de chorizo” y “lomo”, además de “churrasco”. No son listos, ni nada. De nuevo, la sobremesa  resulta muy agradable. Todavía no hemos hablado con Flor y Flopa, de si les apetece que sigamos viajando juntos por Bolivia. ¡Nosotros estaríamos encantados!

 

            En un principio, nos habían dicho que el desayuno del tercer día no estaba incluido, pero no sé si es que tienen remordimientos por lo mal que nos han dado de comer –que lo dudo- o por qué razón, al final nos lo dan. Hay regocijo generalizado, porque por primera vez aparecen productos como el jugo de naranja y la leche.

 

            Nos despedimos del amable propietario de nuestro alojamiento y comenzamos la última jornada de nuestro tour. A los pocos minutos y en medio del Salar, falla la correa de transmisión y el vehículo nos deja tirados. Con la ayuda de otros conductores, consiguen arreglarlo, mientras nosotros damos un reconfortante paseo sobre la sal, que más bien parece nieve. Llegamos a la isla Hincauasi (la del Pescado), a la que se accede pagando 30 bolivianos. Escalamos hasta la cumbre y aunque todavía nos cansamos un poco más que de costumbre, estamos ya casi adaptados a la altitud, sin necesidad de haber masticado una sola hoja de coca (los lugareños que lo hacen, es por pura drogadicción, que en este país es legal). Si que habíamos tomado una infusión, por probarla y no nos gustó mucho.

 

 

           La isla está llena de cactus y me pincho  bastante fuerte con uno, al tropezarme y tenerme que apoyar sobre su punta. Según bajamos, nos encontramos con una simpatiquísima y joven pareja de españoles. Estudian en la Universidad de Santiago de Chile y aprovechan las vacaciones para recorrer los países fronterizos. ¡Lástima que lleven planes distintos, porque tampoco nos importaría viajar con ellos!.

 

Una vez ya abajo, decidimos junto a nuestras amigas argentinas, que seguiremos juntos por Bolivia hasta el lunes, días en que ellas tienen que iniciar el lento retorno hacia Salta, desde donde volarán el siguiente sábado a Buenos Aires. Pensamos en alquilar un coche.

 

            De camino al hotel de sal, vamos planificando nuestros próximos destinos y decidimos, que el primero será Potosí. El hotel es precioso por dentro, aunque creo, que es más para verlo, que para alojarse. Está hecho completamente de sal y diseñado con gusto y armonía. Hay una cara tienda de recuerdos dentro. En teoría, se debería comprar algo por entrar adentro, pero nosotros nos vamos sin nada.   Salar de Uyuni (Bolivia)

 

            Jugamos al fútbol con los daneses, con una pelota muy pesada, llena de borra. A estas horas al más simpático de los dos, ya  le llamamos Michael Laudrup. Parece que no nos guardan rencor por haberles mandado el primer día a la parte de atrás del coche y a la litera.

 

            Llegamos a Colchone, donde hay montado un mercado con puestos de artesanía, recuerdos y de comida. Pero no compramos nada, porque seguro que en sitios menos turísticos de Bolivia, lo encontramos todo más barato. Flor se queda con las ganas de adquirir unos dados.

 

 

UYUNI

 

               A poco más de las dos, nos plantamos en Uyuni. Pensamos que nos van a presionar, para que demos a los conductores una propina, pero al menos el nuestro no pide nada y nada se lleva. Vamos al cajero y las chicas a hablar por teléfono con Argentina. Como llevamos varios días alejados de la civilización, no hemos caído en que es Viernes Santo y por la localidad, desfilan varias procesiones.

 

            Así que nos resulta imposible encontrar carne en la carta de ningún restaurante y comemos a base de locro de pecho y un

pescado algo chamuscado, en un establecimiento económico. Como no tiene cambio, el dueño del restaurante nos dice que nos vayamos y que volvamos a pagarle más tarde. ¡Nos ha parecido un detallazo, la confianza que ha depositado este hombre en nosotros!. Por supuesto, volvemos luego y le abonamos la cuenta.

 

            Recorremos todas las agencias de Uyuni –que no son pocas-. En ninguna alquilan coches sin conductor y solo en un par de ellas, los rentan con chofer, pero sale muy caro

                                                                               Uyuni (Bolivia)

            Los intereses de las chicas y los nuestros, comienzan a desviarse un poco. Ellas quieren tomar un bus a Potosí y a las dos de la mañana, otro para Sucre, dado que nos han asegurado que lo hay, aunque a nosotros nos extraña que salga a esas horas de la madrugada. Si no lo hubiera, dormirían en el propio colectivo (les han asegurado que no hay problemas). A nosotros no nos apetece ese plan, porque lo que queremos es ir primero a Potosí, verlo y tirar para Sucre luego, pero no ahora de un tirón.                 

 

            Si hubiéramos hecho los deberes y lleváramos preparado el viaje, habríamos sabido que para ir de Sucre a La Paz, hay que volver por Potosí, con lo cual, el plan de las chicas nos venía perfecto, pero al no saberlo, decidimos quedarnos a dormir en Uyuni e irnos por la mañana temprano a Sucre.

 

            Primero nos vamos con Flor y Flopa a comprar sus billetes (25 bolivianos). Las mujeres, a las puertas de las agencias, cantan el destino con contagiosa dulzura: ¡¡¡Potosí, Potosí!!!. Luego ellas, nos acompañan a buscar alojamiento. Nos quedamos con el segundo que vemos, el Hotel Inti Uyuni, en la avenida Arce, esquina Perú, 354. Pagamos 50 bolivianos por una doble correcta y luminosa, con baño compartido. Tenemos que dejar El DNI, como depósito, a cambio de la llave.  No lo entendemos: Porque ella en cierta ocasión tuviera algún problema con otro viajero que no le devolvió la llave, no tenemos que pagarlo el resto.

 

            Nos vamos los cuatro a una terraza a tomar cervezas, a la espera de la salida del bus. Nos da pena separarnos de las chicas, pero como ellas después de Sucre, el domingo van a Potosí y nosotros estaremos por allí, seguro que nos encontramos. Nos despedimos, con abrazosm besos y casi con lágrimas.

 

            Paseamos por Uyuni, ya una vez que ha oscurecido. En las pizzerías y las terrazas de la zona más nueva, vemos a la mayoría de los guiris con los que en diversos momentos, hemos coincidido estos días en el Salar. Charlamos on una alemana muy alegre, que lleva siete semanas recorriendo Bolivia y Perú y que ya pronto, vuelve para casa.

 

 Los viajeros aquí no somos muchos, pero como el pueblo es pequeño, parece que estuviera abarrotado de ellos. Este es uno de los numerosos tapones –por así decirlo-, que hay en el continente americano, dado que aquí empiezan y terminan todas las excursiones que recorren el Salar y que conectan con el norte de Chile. Por cierto que anteriormente, habíamos preguntado en una agencia cuanto cuesta la excursión a Atacama desde aquí y se puede sacar hasta un 25% más barata.

 Cementerio cercano al Salar de Uyuni (Bolivia)

            Los lugareños sin embargo, están en la otra parte del pueblo, en una animada avenida, donde a primera hora de la tarde estaban vendiendo zumos y ahora los tenderetes se han transformado y despachan salchichas con patatas fritas, bajo el precioso nombre que el español de América, ha convertido en “salchipapas”. Ha sido nuestro primer contacto con ellas y desde entonces, ya no nos dejarán de seguir a lo largo de todo el continente.

 

           

CAMINO DE POTOSÍ

 

            Duermo poco y mal. Cuando nos levantamos, apenas hay nada para desayunar. Compramos unas papas fritas y completamos con mandarinas, que nos habían sobrado de la excursión.

 

            Compramos los boletos y le entregamos las mochilas a un ayudante, que las sube al techo del autobús. No es muy nuevo y ni mucho menos, es tan confortable como los de Argentina o Chile pero, francamente, por lo que había leído, me lo esperaba bastante peor. Pensé que íbamos a ir como sardinas,  con gente incluso tirada por el suelo, en un cacharro que no iba a ser capaz ni de subir las cuestas. Hay que decir que a pesar de haber leído historias de este tipo en algunos blogs, a nosotros nunca nos tocó un colectivo así, en todo nuestro periplo por Bolivia y siempre viajamos cómodamente sentados.

 

            Lo que si resulta ser el autobús, es colorista, con las cholas ataviadas con sus trajes, que van subiendo y bajando del vehículo, cargadas de bultos, con un par de niños en ristre y con otros dos o tres de la mano. ¡No sé como pueden!.

 

            Salimos en punto. El recorrido es sencillamente espectacular, transitando a través de una carretera, que no es ni siquiera de ripio, llena de baches y hondonadas, algunas cubiertas de varias decenas de centímetros de agua, que casi parecen lagos. Pienso, que nos habría venido mejor haber tenido hoy el 4X4, que en el tour del Salar de Uyuni de días anteriores.

 

            Hacemos constantes giros, que a veces llegan hasta los 270 grados y bordeamos precipicios con unos paisajes que cortan la respiración, por lo bonitos que son y por lo cerca que pasamos del borde de la carretera. Estamos un poco de bajón y echamos de menos la compañía de nuestras queridas amigas argentinas.

 

            Cruzamos por  encima de riachuelos, a veces a través de inestables puentes de madera, que parece que van a caer de un

momento a otro. También atravesamos gargantas, rodeadas por montañas por todos los lados y así durante cinco, de las seis horas que dura el viaje. Nos alegramos de poder ver esto por el día, pero cada vez estamos más convencidos, de que debimos irnos ayer con las chicas, aunque cruzáramos esto de noche.

 

            Paramos a comer en un bar de carretera. Me zampo solo el primero, que es una insustancial sopa de tallarines. Y es que el segundo, no consigo saber que es. Tiene la textura de los callos, aunque porta más grasa – de esa asquerosa, que se deshace en la boca- y un sabor demasiado fuerte. Entre eso y que los dientes también sufren al masticarlo, allí se queda.

                                                                              Potosí (Bolivia)

            Volvemos al autobús y empieza a nevar, por si no había ya suficiente belleza paisajística. Pero los precipicios con la carretera llena de nieve, acongojan todavía más. Afortunadamente, no dura mucho y sobre las tres de y media de la tarde, estamos en Potosí, sin retraso alguno.

 

 

POTOSÍ

 

            La terminal está lejos del centro y hay que subir para llegar, una empinada cuesta. Estamos a casi 4.300 metros de altitud y llevamos las mochilas a cuestas, pero subimos tan campantes. Parece que ya estamos completamente adaptados a la vida en el altiplano

 

            Nos cuesta bastante encontrar alojamiento, fundamentalmente, porque la mayoría nos parecen bastante caros –nos llegan a pedir hasta 360 bolivianos en un hostal de mala muerte- y en otros casos, porque están llenos. No pensábamos que la cosa estuviera tan difícil


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