Existe la opción de subir en funicular (1.400 CH$ ida y vuelta, 800 CH$ solo ida), pero para unos andarines como nosotros, lo mejor es disfrutar del ascenso. En la cumbre se encuentra la estatua de la virgen de la Inmaculada Concepción, de 14 metros de altura. También hay una capilla, donde se da misa al aire libre y un Memorial. Se nota que es un centro de peregrinación, con multitud de mensajes pidiendo o agradeciendo cosas. Se nos hace de noche bajando y hasta el hotel todavía tenemos una hora. Llegamos a las nueve y media, exactamente doce horas después de haber salido. Estamos muertos, porque apenas hemos parado de caminar, pero el día ha merecido la pena, porque esta ciudad es realmente fantástica. No esperábamos gran cosa de ella y, francamente, las expectativas se han desbordado por su vitalidad, su elegancia, su accesibilidad –a pesar del tamaño-, su alegría y su patrimonio cultural y humano. Lo único que no nos ha gustado, es que por la noche Santiago es una ciudad bastante mal iluminada, aunque en ningún momento hemos llegado a temer por nuestra seguridad. Cuando llegamos al hotel, que está enclavado en una pequeña, pero bonita zona empedrada y de edificios clásicos, comprobamos que no funciona ninguno de los dos ordenadores que el establecimiento tiene para el acceso gratuito a internet. No es que estén estropeados, es que parecen no haber funcionado nunca y el sistema operativo es el arcaico Windows 95. Parecemos la oficina de turismo rodante. Todo lo que nos dan lo guardamos y entre las cervezas de la colección y los papeles, la mochila cada día va incrementando su peso.
CAJÓN EL MAIPO En un principio, habíamos valorado la posibilidad de volver a Argentina a visitar Mendoza. Ayer en turismo nos han dicho que se puede tardar hasta siete horas -sin incluir los trámites fronterizos-, así que es imposible hacer hasta allí una excursión de una sola jornada. Vamos a ver que tal resulta lo del Cajón del Maipú, del que no habíamos oído hablar en la vida. Santiago (Chile)Tomamos el metro hasta la estación de Bellavista -que nada tiene que ver con el barrio del día anterior, salvo el nombre- y desde allí, el viejo y roñoso metrobús (que aunque se llame así, es un autobús como otro cualquiera) hasta las Cascadas de San Alfonso. El boleto cuesta 800 CH$, mientras que si se pretende viajar entre los cercanos pueblos, el importe es de 400 CH$. El paisaje no es feo, dado que vamos entre montañas, al lado de un serpenteante río, pero tampoco es para dedicarle la hora y tres cuartos que nos cuesta llegar hasta las Cascadas de San Alfonso. Pensamos que el acceso es libre, pero en cuanto nos introducimos por un camino, nos grita una no muy bien educada señora, que tenemos que comprar un billete de ingreso. Nos pide 3.000 CH$. Además –en el ya muy supuesto caso de que queramos entrar-, tenemos que esperar una hora a que no sé quien, traiga la llave. Nos entra tal cabreo, que la mandamos a freír espárragos. Resulta que ahora nos quieren cobrar casi lo mismo por ver una cascadita, que por contemplar enteras las cataratas de Iguazú desde la zona brasileña. Comprobamos una vez más, como se las gastan en Chile con el fin de despumarte. No era la primera vez, ni sería la última. Decidimos dar una vuelta por las inmediaciones, a ver si por lo menos tenemos acceso al río, pero hay verjas y el embarcadero está cerrado. El único camino lleva a cabañas de alquiler y a una piscina, por la que también cobran un pastón por entrar. Lógicamente, no hay nadie, salvo un perro que retoza en la hierba. ¿Le habrán pedido también a él, qué abone la entrada?. ¡Estando en Chile es bastante posible!.
Una señora nos intenta colocar una de las bonitas cabañas y –dado el enfado que tenemos-, se convierte en la segunda de la mañana en irse a freír espárragos. Decidimos irnos, pero tenemos que esperar media hora al autobús. ¡¡Vaya día!!. Paramos un rato en San José de Maipo, un pequeño pueblo con una bonita plaza y con poco más. En los áridos y abandonados alrededores, hay interesantes vistas de la montaña y un riachuelo Aprovechamos para tomar unas cervezas, mientras los delgados y omnipresentes perros nos rodean y para comer –bastante decentemente-, en la terraza de un garito, ahora con la inquietante compañía de las avispas. Tomamos el bus de vuelta. Nos hemos gastado un pico en transporte y hemos perdido un montón de horas, pero el enfado va retrocediendo. En el bus, los colegiales que suben y bajan en los diferentes pueblos, viajan gratis. Cajón del Maipu (Chile)
DE VUELTA EN SANTIAGO
Tomamos el metro hasta la estación de Leones, que está en el Barrio de Providencia. Hoy vamos a explorarlo un poco más a fondo, dado que tiene unas cuantas calles que son bien bonitas. Son calles pobladas de restaurantes, bares y tiendas para niños pijos y gente de posibles. ¡¡¡Qué bien nos ha sentado la vuelta a la bendita civilización!!!.
La avenida Providencia está siempre muy animada, con gente que sube y baja o que compra en los establecimientos de la zona. Cerca hay una oficina, que vende los boletos de Turbus, compañía que a cambio de 27.700 CH$, nos debe llevar en la tarde de sábado a S. Pedro de Atacama (un día completo de viaje). Cuando ya tenemos los asientos asignados y vamos a pagar con tarjeta, nos piden el pasaporte. No es lo habitual, pero hoy hemos dejado ese documento en el hotel, así que tendremos que posponerlo para más tarde. Vamos al hotel a por él y compramos los boletos en la oficina que está en el cercano metro de Universidad de Santiago. Ahora que lo llevamos, no nos piden el pasaporte al pagar con la tarjeta. Matamos la tarde paseando por las efervescentes calles peatonales y por la plaza de Armas. Hay muchísima gente y numerosos espectáculos callejeros (incluido uno en el que se explican técnicas de defensa personal y practican con voluntarios, que se llevan unas guayas espectaculares), vendedores de cuadros, láminas, ropa… Un excelente colofón, para un día que no ha sido del todo bueno. Hoy si que funciona el internet del hotel, así que le echo un buen rato. Miro por curiosidad lo que nos hubiera costado un vuelo a Calama (cercano a San Pedro de Atacama). ¡¡Un pastón!!. Mientras me duermo y pensando en lo que nos querían cobrar en las Cascadas de San Alfonso, llego a la conclusión de que en algunos países –incluido este, claro- deberían poner a la entrada en las fronteras, un cartel donde se leyera, en caracteres grandes y bien visibles: “Bienvenidos y prepárense para ser desplumados”. ¿Cuándo cambiaré los 100 pesos que todavía tengo de Argentina?. Como siga bajando el peso argentino y subiendo el chileno, voy a tener todavía que darles dinero. Santiago (Chile)CAMINO DE VALPARAISO ¡¡Bien!!. Por fin a primera hora de la mañana hemos conseguido cambiar los pesos argentinos, así que nos vamos tan contentos a tomar el bus para Valparaíso (7000 CH$. ida y vuelta, con la empresa Pullman). Es más caro de lo que nos habían dicho el día que llegamos, en la empresa Cóndor. En el asiento de delante viaja Tatiana, una de las personas más pesadas que conocimos en los colectivos de toda América (me ahorrare detalles). Santiago de Chile tiene varias estaciones de autobuses y hemos tenido la mala suerte, de que cada destino nos ha pillado en una distinta. En este caso, nos ha tocado salir de la Terminal de Santiago. El día que llegamos lo hicimos a San Borja. Y para san Pedro de Atacama, saldremos de Alamaeda. Hay otras, como San Pedro y Pajaritos. Podían –y deberían- simplificar las cosas un poco El recorrido dura hora y media, que se me hace largo, porque además de las lindezas de Tatiana, el colectivero de turno es un ferviente fan de los Iracundos, un grupo uruguayo de música casposa. Hoy nos deleita a todo trapo, con el video del concierto del 73. Cada conductor pone a toda pastilla la música que a él le gusta, sin encomendarse a nadie. ¡¡Y no hay a ninguno que le gusten Los Estelares o Los Tipitos, esas dos fantásticas bandas de rock argentino, que hemos descubierto en los últimos tiempos!! Hace sol, pero de repente cruzamos un túnel y aparecemos en mitad de una densa niebla. Aunque va remitiendo, la nubosidad nos acompaña hasta nuestra llegada a Valparaíso VALPARAISO
Al poco de estar en esta ciudad, uno ya se puede dar cuenta de que hay tres zonas bien diferenciadas: 1ª.- El espacio comprendido entre la estación de autobuses y el centro, que es eminentemente comercial y tiene bonitas casas, aunque algunas bastante decadentes. 2ª.- El centro. Está al lado del puerto. También tiene plazas y calles bonitas, pero está algo descuidado. 3ª.- Los cerros. Al contrario de lo que pudiera pensar y según mi opinión, claro, es más bonito lo que se ve en los propios cerros, que lo que se observa desde ellos. En los cerros, hay cuidadas zonas residenciales de casas de chapa y de vivos y variados colores. El más importante es el Cerro Concepción, al que por 250 CH$, se puede subir en un ascensor que fue inaugurado en 1.883 y que durantes bastantes años, funcionó con vapor (aunque se puede subir andando sin demasiados esfuerzos, nosotros nos dimos cuenta cuando ya lo habíamos usado). En la guía señalan que esta ciudad es algo peligrosa, sobre todo en los cerros. A nosotros no nos lo parecen y no sentimos ninguna inseguridad en los dos a los que ascendemos. No obstante, tened en cuenta esa recomendación.Lo que más decepciona de Valparaíso –al margen de lo descuidado que está el centro-, es que esperaba que fuera a tener más salidas al mar (que no sean el puerto) desde la zona urbana. Pero no es así, a pesar de ser apodada, como la perla del Pacífico, un calificativo algo exagerado A todas estas conclusiones hemos llegado, lógicamente, después de haber estado pateando toda la mañana la ciudad y sus atractivos turísticos y de haber subido a los dos mencionados cerros, después del almuerzo. El corazón naval de la ciudad es la plaza Sotomayor, donde se encuentra el Edificio de la Comandancia Naval y el monumento a los Héroes de Iquique. En la bonita plaza Matriz, se localiza la iglesia del mismo nombre. La zona histórica se completa, con el reloj Turri, la sede del Mercurio (periódico más antiguo de América en lengua española), la plaza Victoria (donde se halla la Catedral), la plaza de la Aduana (pasando el Mercado Central al lado el mar, donde se ubica el edificio de la Aduana Nacional). Cerca de la terminal de autobuse,s se encuentra el Congreso Nacional, que es realmente horrible y la siempre omnipresente plaza O’Higgins, como en todas las ciudades de Chile. Valparaiso (Chile)Como todavía tenemos tiempo, decidimos bajar por la avenida de la República Argentina, a ver si encontramos otro acceso al mar, más grande que el muelle Prat (el que está al lado de la plaza Sotomayor). Hay que andar un poco, pero al final se llega al Muelle Barón, más amplio, donde hay barcos y un espigón por el que se puede caminar relajadamente. A pesar de que en el bus de vuelta ni va Tatiana, ni el colectivero lleva la música de los Iracundos a todo volumen, la vuelta se hace algo larga. Creo que empezamos a tener saturación de autobuses. ¡¡Y anda, que no queda!!. ÚLTIMAS HORAS EN SANTIAGO Llegamos de noche. Habíamos pensado coger el metro, para franquear las seis estaciones que nos separan de nuestro hotel, pero los alrededores de las estaciones Alameda y Borja están tan animados –con decenas de puestos de todo tipo y muchas gente en sus alrededores-, que decidimos volver andando. Como es viernes, las pandillas de chicos y chicas también han tomado las aceras, para disfrutar de unas horas de diversión. El paseo se hace muy agradable. ¡¡Me encanta Santiago!!. Es una ciudad de la que he quedado prendada, tanto de día como de noche. Al contrario que Valparaíso. No es que no me haya gustado, pero tenía unas expectativas que no se han cumplido, tal vez por el abandono de muchas partes del centro. Vemos un garito infecto y oscuro, en el que hay música en directo (y cervezas de litro, a mil pesos). Decidimos entrar a recordar viejos –que en realidad eran jóvenes- tiempos y lo pasamos en grande. De un plumazo, nos quitamos unos cuantos años de encima (kilos ya nos despojamos de bastantes, en el Parque Nacional de las Torres del Paine). Cuando ayer llegamos al hotel, no nos habían puesto ni toallas ni papel higiénico. Hoy nos faltan, de nuevo las toallas y el jabón. ¿Nos habrá cogido manía la señora de la limpieza?. ¿Seremos fruto de un sabotaje antiespañol?... En recepción nos solucionan rápidamente estas minucias. Es sábado y aunque nos de pena, esta tarde tendremos que dejar esta maravillosa ciudad. El hotel se hace cargo de nuestros equipajes, así que aprovechamos para visitar algunas cosas sueltas que nos quedan. Las calles del centro, hoy tienen música ambiental. ¡¡Qué coñazo!!. Primero visitamos las bonitas calles París y Londres, al lado de nuestro hotel y después, nos vamos a la Estrarría, pequeño y coqueto barrio, con muchos bares y terrazas, que a esta hora, todavía no han abierto. Valparaiso (Chile)Proseguimos nuestra andadura hasta el barrio de Brasil, donde está la Basílica del Salvador. Es menos animado de lo que pensaba, dado que se trata de una zona plenamente residencial. Se distingue por sus bonitas casas de colores, pero aquí son de piedra y no de chapa, como las que habíamos visto el día anterior en la ciudad de Valparaíso. Volvemos a nuestra querida zona peatonal, que tal vez por ser sábado, está más vibrante que nunca. Nos sentamos a tomar una cerveza en la Plaza de Armas: La estampa de madres con sus hijos pequeños o respetables jubilados sentados en los bancos, contrasta con una pareja de mendigos, que tumbados en un altillo, se meten mano sin timidez ninguna, ni preámbulos. Él se acaba cortando, cuando ella intenta hacer el amor allí mismo. Una guiri con pinta de nórdica, no ha perdido detalle y lo ha grabado todo con su cámara. ¡¡Noo entiendo muy bien donde está el interés de esta escena, salvo que sea para un reportaje televisivo de los que disparan las audiencias, pero en fin, cada uno fotografía lo que quiere!!. En cualquier caso, justifico que no les haya pedido permiso, porque con el calentón, no era plan. |




