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Sudamérica y Centroamérica/23


             La estación está lejos del centro, pero hacemos el camino andando a través de la avenida 18 de julio. ¡¡Cuántas calles hay en Latinoamérica con nombre de fecha!!. La zona comercial está muy animada. En la concurrida plaza Caganche, hay varios indígenas vestidos con sus espectaculares trajes tradicionales, tocando música andina. Nos sentamos a tomar una cerveza y disfrutamos de un momento mágico (más adelante la escuchamos tanto, que casi acabamos aborreciéndola).

 

            Pero como todo lo bueno no dura demasiado, el cielo -poco a poco- se va ennegreciendo y acaba cayendo otro diluvio universal muy similar al de días atrás en Buenos Aires. Cuando escampa, nos dirigimos a la otra terminal, donde se cogen los buses para el aeropuerto. Copsa es la empresa que los gestiona y los hay frecuentemente. La idea es tomar un colectivo a última hora de la tarde y pasar la noche en el aeropuerto, a la espera del vuelo de Aerolíneas Argentinas, que a primera hora de la mañana nos debe devolver a Buenos Aires.

 

            Comemos a base de choripanes, hamburguesas y superpanchos (calorías a gogo). Es el momento de iniciar la visita a Montevideo. La catedral, que no es gran cosa por fuera, si que resulta atractiva por dentro. Junto al Cabildo, forman el mayor atractivo de la plaza Constitución. En la plaza de la Independencia se encuentran el Teatro Solís y la Casa del Gobierno.

                                                                      Montevideo (Uruguay)

            Luego damos un paseo por la peatonal calle Sarandí y terminamos en las Ramlas, que bordean el río de la Plata, que aquí ya es de color azul y tiene bastante oleaje. Todavía estamos a más de 100 kilómetros de la desembocadura, pero ya se entremezclan las aguas dulces y saladas. Hacemos algunas bonitas fotos de la zona, que podría estar más cuidada y adecentada. Vivimos unos momentos de relax, sentados en la orilla y vamos volviendo poco a poco.

 

            Resulta difícil, dar con una palabra para definir el casco viejo de Montevideo y si pudiera encontrarla, no sería buena. Montevideo no nos parece una ciudad bonita- Esperábamos bastante más de ella.  

 

            Al final, tomamos el autobús para el aeropuerto cerca de la terminal principal, dado que teníamos que volver a por las mochilas. Antes, abroncamos a un estúpido crío, que acababa de derribar una papelera a patadas. La empresa que nos transporta se llama Carrasco (22 UR$), como el propio aeropuerto.

 

            Los asientos del aeropuerto de Montevideo son incómodos, pero conseguimos dormirnos. No hay mucha gente ni bullicio. Cuando me despierto, me doy cuenta de que he sido picada por el mosquito más voraz del aeropuerto de Carrasco.

 

            Sobre las 7 de la mañana hacemos los trámites de embarque (después de descartar una oferta que nos hacen.para volar con Pluna, en vez de con Aerolíneas) y pasamos un control policial casi más denigrante y degradante, al que un año atrás habíamos tenido que soportar en Israel. Debo decir que fueron los únicos policías desagradables que encontramos en todo el continente.

 

            Antes de esto ya habíamos tenido la primera sorpresa: Hay que pagar 374 UR$ en concepto de tasas de aeropuerto. ¿Pero no habíamos pagado ya las tasas con la compra del billete?. Pues sí, pero en este país están empeñados en que hay que pagar dos veces por lo mismo. Y el concepto y verbo que definen esa actitud, no son otros que “robo” y “robar”.

 

            Pero las desagradables sorpresas no han terminado todavía. Dos imbéciles empleadas –que se deben creer las garantes de la vigilancia contra el terrorismo internacional-, nos obligan de mala manera a tirar o dejar allí, dos latas de cerveza (compradas en Brasil y Argentina para nuestra colección), una petaca con r

on, (¡¡aunque nos dan la opción de bebérnoslo todo a las siete y media de la mañana!!),  un desodorante y –lo que no hacen en ningún lado- dos paquetes de galletas. ¡¡Estos uruguayos han llevado la estúpida normativa de los líquidos al extremo, en un continente donde casi ningún país la aplica.

 

Por fin, el avión de Aerolíneas parte con destino a Buenos Aires. Durante el vuelo, nos ponen una coca cola caliente. ¡¡Qué cutres!!.

 Montevideo (Uruguay)

 

DE NUEVO EN BUENOS AIRES, POR UNAS HORAS.

 

            Llegamos al aeropuerto desde donde parten los vuelos domésticos. Esta mucho más cerca de la ciudad que el internacional. A pesar de que volaremos a El Calafate con la misma aerolínea, deberemos hacer de nuevo los trámites de facturación y embarque (supongo, que es debido a la distinta naturaleza de los vuelos, dado que uno es internacional y otro nacional). Cuando tienes prisa, tu equipaje sale el último de la cinta y cuando no, como hoy es nuestro caso, sale el primero.

 

            Nos ponemos a andar por la carretera y en unos cuarenta minutos conseguimos llegar a la ciudad, mientras vamos bordeando el omnipresente río de la Plata. Se observan algunas grúas cerca del agua y camiones aparcados al lado de la carretera, cerca de polígonos industriales. Llegamos hasta un recinto de -lo que parecen- chavolas. ¿Estaremos en Villas Miseria?. Por si acaso –y a pesar de que cerca hay un almacén de bebidas algo miserable y nos morimos de sed-, nos volvemos por donde hemos venido.

 

            A la salida del aeropuerto hay varios chiringuitos con terraza, así que nos sentamos a tomar unas cervezas mientras leemos, en el periódico uruguayo que nos han dado en el avión de la mañana, que Zapatero ha derrotado a Rajoy en el segundo debate electoral de ayer por la noche.

 

            Según el panel de salidas, volamos con Austral, pero finalmente el avión es de Aerolíneas Argentinas. Salimos algo tarde. La comida a bordo es bastante mala, peso al menos dejan repetir cerveza. Llegamos en hora, tras un vuelo que no llega al as cuatro horas. El autobús que lleva desde el aeropuerto hasta El Calafate es caro (18 AR$, empresa Ves Patagonia).

 

 

EL CALAFATE

 

            Como ya es habitual, no llevamos reserva de alojamiento, pero como la localidad es pequeña y hay tantos hoteles y albergues, no tardamos ni diez minutos en encontrar un alojamiento, barato para lo que es El Calafate (cuyo nombre procede de una flor muy frecuente en la zona y que es de color amarillo y bayas negras), bastante caro para lo que es el resto del país: Hostel Buenos Aires (C/ Buenos Aires 296), donde pagamos 120 pesos argentinos, por una habitación doble con baño. Es un lugar recomendable, a pesar de que no incluye el desayuno y hay que dejar la habitación a las 10 de la mañana.

 

            Antes habíamos preguntado en otros alojamientos y después, cuando estamos paseando, lo hacemos en otros tres. No

encontramos nada por debajo de los 150 pesos.

 

            Se podría decir, que la estación de colectivos parte a El Calafate en dos. A un lado, bajando una larga escalera, está la calle principal y más visitada por los turistas (zona noble). Al otro es donde está nuestro alojamiento y, en general, los más baratos (zona algo más sórdida, pero tampoco mucho). Si el presupuesto es un poco más desahogado que el nuestro, hay magníficas cabañas, que tampoco tienen un precio desorbitado.

 

            Tras preguntar por los horarios de los autobuses, vamos tomando decisiones: Iremos al Perito Moreno por la tarde (hay también otro autobús por la mañana y a Puerto Natales al día siguiente a primera hora.

                                                                   El Calafate (Argentina)

            En Argentina y en otros países de Sudamérica -casi en todos menos en Colombia- hay cervezas de envase retornable y de no retornable. Esto nos provocó a lo largo del viaje, algunas situaciones un poco surrealistas, tales como la de hoy. Entramos en un supermercado y compramos una retornable (al no haber de las otras). Al llegar a la caja, la cajera nos pide el envase de retorno. Le decimos, lógicamente, que no lo tenemos y responde que entonces no nos la vende. Le explicamos que nos lo puede cobrar y cuando lo retornemos nos devuelve el dinero, pero no accede. Entonces, ¿qué quiere, qué nos traigamos el envase desde España o desde Montevideo?, le preguntamos. Nos responde que sí.

 

            Paseamos por la calle principal y por una callejuela elegantemente compuesta, llamada la aldea de los gnomos. La calle principal esta llena de restaurantes y agencias de venta de excursiones. También hay un par de farmacias, alguna tienda y un enorme supermercado, donde por cierto, no hay que traerse los envases de casa (que alivio). Los precios de los tenedores libres son el doble que los de Buenos Aires y los de los demás restaurantes, también. El súper igualmente es caro, pero está muy bien surtido. ¡Nos damos cuenta de que una botella de vodka de 75 Cl., cuesta menos que una de agua de litro y medio!.

 

            No parece justo que exploten de esta forma, el estar al lado de un glaciar, que no es de su propiedad, sino patrimonio de la humanidad. ¡¡La vida de los trotamundos es muy dura en Patagonia!!. Eso sí, es un placer que se haga de noche casi a las once. Hoy está nublado y antes de medianoche, cae una tormenta impresionante (la cuarta de esas dimensiones que hemos vivido en poco más de 20 días). Ponemos punto final a una jornada bonita, pero dura.

 

            Nos levantamos. Hemos visto ayer que en el supermercado la Anónima tienen ricas empanadas rellenas de diversas cosas, que constituirán nuestro desayuno de hoy. Exquisitas, las mejores que hayamos probado jamás. Tenemos una bronca con una estúpida cajera, que no nos permite canjear el importe del envase de la cerveza del día anterior, por el de las empanadillas. Dice que no se puede cambiar, por productos de panadería y que tenemos que comprar otra cosa (nos insinúa que adquiramos un paquete de galletas).

 

            Tras unos minutos de discusión en círculo (ella que no y nosotros que sí), el de seguridad, que es bastante más sensato, le aconseja que llame a la encargada, que nos arregla la cuestión en cinco segundos y nos pide disculpas. Resulta sorprendente que las cestas del supermercado tengan alarma.

 

            Nos ha chocado, que en el supermercado no den bolsas de plástico. Nos enteramos después, de que el ayuntamiento ha prohibido el polietileno hace un año, por lo que no las hay en unos cuantos kilómetros a la redonda, salvo las de la fruta –pequeñas y finas-, que al final la gente usa para embolsar todo lo demás. ¡¡Más valdría que este sujeto, se preocupara por limpiar el pueblo, que lo tiene bien lleno de porquería!!.

 

 

           También  hay otra paradoja: En el recinto del glaciar no se puede tirar nada. Entonces, ¿Dónde guardo la basura que genere, si no me dan una bolsa de plástico?. ¿Me la como?. La estupidez al poder.

 

            Después de ir al cajero automático y hacer otras gestiones varias, que no nos llevan más de media hora, paseamos por la calle principal y vemos algunas agencias que muestran el video de la rotura del glaciar entre el 12 y el 14 de marzo del 2.004. ¡¡Qué casualidad, que coincidiera con las fechas que transcurrieron entre el los atentados de Madrid y las Elecciones Generales que llevaron al PSOE al poder.

 

            Luego nos damos una vuelta por el cercano lago, hasta la hora de comer. Comemos en el famoso restaurante El Viejo, a base de cordero a la Patagónica. Riquísimo. Al menos a finales de febrero, no hay colas para comer o cenar en los restaurantes de El Calafate (como dicen que ocurre en otras épocas del año). Hay bastante gente, es verdad, pero es posible encontrar mesas libres a cualquier hora del día o de la noche.        Perito Moreno (Argentina)

 

            Como nos han dicho que en Chile la comida es más cara (cosa que luego no resultaría ser verdad), nos hacemos con provisiones enlatadas para nuestra estancia en el Parque Nacional Torres del Paine, justo antes de ir a tomar el autobús de Caltur, empresa  que tiene la exclusividad del trayecto al Perito Moreno y que cobra por el boleto de ida y vuelta, 60 pesos.

 

 

EL PERITO MORENO

 

            En hora y media estamos allí. El bus hace una primera parada,  para los que quieran hacer una navegación por el lago, pero esta es cara. Así que nosotros nos vamos directamente a la segunda. Hemos tenido que pagar el mismo precio que en Iguazú, para ingresar en el Parque Nacional de los Glaciares (40 AR$).

 

            El bus retorna tres horas después, así que da tiempo de sobra a ver el impresionante glaciar, porque el recorrido de las pasarelas no es muy largo y se acaba pronto. Pero puedes pasarte minutos y minutos contemplando este magnífico espectáculo de la naturaleza, al que los argentinos llaman irónicamente –en consonancia con el dulce de leche- dulce de glaciar. En mi vida había visto un glaciar y he quedado francamente maravillada

 

            Contemplo las fotos que vamos haciendo y realmente –no como en el caso de Iguazú- hacen justicia a este mastodonte helado,

del que de vez en cuando se desprenden enormes trozos de hielo, que causan un  resonante estruendo y unas ondas que se van extendiendo en círculos concéntricos. Ese es el deporte nacional en el Perito Moreno: Ver caer los trozos de hielo y nosotros tenemos la suerte de contemplar, como uno bastante grande.

 

            Hay diferentes miradores a distintas alturas, sin embargo yo esperaba –por esperar que no quede-, que alguno estaría más cerca del glaciar, incluso encima del mismo. Este gran bloque de hielo,  tiene unas dimensiones gigantescas, tanto en su longitud y anchura, como en su altura (15 Km., 5 Km. y 60 metros sobre el nivel del lago). Por las fechas que estamos, le debe faltar menos de un mes para romperse otra vez, dado que el proceso -provocado por el empuje del agua que se acumula en el Brazo Rico-, se repite cada 4 años.

                                                              Perito Moreno (Argentina)

            Hemos tenido suerte. Cuando llegamos el cielo estaba completamente negro y en media hora se ha despejado completamente, con lo que hemos visto el glaciar con diferentes condiciones de luminosidad. Es más bonito con la luz del sol, en que toma un blanco azulado intenso. También ha habido fortuna, porque me he librado de una avispa, que ha picado a un argentino que está a menos de veinte centímetros de mí y que ha exclamado: ¡¡Me caguen la madre que me reparío!!.

           

            En el recinto no hay hoy demasiada gente y la mayoría de los turistas son o nacionales o anglosajones. La vuelta a El Calafate se nos hace bastante larga, a pesar de estar todavía impresionados por los espléndidos momentos vividos y con las imágenes todavía en la retina.

 

            Aún queda tiempo, para matar la tarde dando un paseo por la calle principal y tomando algo en una de sus solicitadas terrazas

 

 

CAMINO DE PUERTO NATALES

           

 

           El bus de la empresa Cootra que se dirige a Puerto Natales (50 AR$), va completamente lleno de gente por debajo de los cuarenta años. Somos los únicos hispanohablantes –al margen del conductor- y también van cuatro árabes –dos chicas y dos chicos-, con los que habíamos volado ayer desde Buenos Aires. Pero la mayoría, como en el Perito Moreno, son angloparlantes.

           

            Son cinco horas, hasta la coqueta localidad situada a orillas del Océano Pacífico, de las que consigo dormirme tres. Llegamos a la frontera chilena. La verdad es, que me hace ilusión tener dos sellos en el pasaporte de un día 29 de febrero como hoy (el de salida de Argentina y el de entrada a Chile.

                                       Perito Moreno (Argentina)

            Los trámites de salida de argentina son, como siempre rápidos, todo lo contrario que los de entrada a Chile, que son minuciosos y se acaban haciendo bastante pesados (más de una hora, hasta que todos volvemos a estar en el bus).




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