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Sudamérica y Centroamérica/22


           Nos vamos camino de Puerto Madero, donde pretendemos pasar la tarde. Se trata de una bonita zona para pasear, que ha sido rehabilitada. Cuenta con dos fragatas que son ahora museos (una de ellas es la del Presidente Sarmiento), un puente abstracto diseñado por Calatrava (el Puente de la Mujer), edificios altos y restaurantes (no muy baratos), que resulta bastante animado, sobre todo cuando cae la tarde. Pero el agua del río de la Plata no está limpia del todo y su color marrón,  no ayuda a ensalzar el paisaje. Aunque no es lo mismo, tiene cierta similitud con la zona del puerto rehabilitado en Barcelona –mejor esta última-..

 

            Las nubes negras que han estado presentes todo el día, deciden volver a descargar. Cuando para, volvemos andando -y mira que el metro es barato en Buenos Aires-. Atravesamos la bonita calle Rivadavia, que ahora está animada por varios jóvenes que hacen botellón. Pasamos por la plaza del Congreso, camino del hotel. A plena luz del día y al lado de escaparates de tiendas de cierto postín, unos cuantos mendigos dormitan plácidamente sin que nadie detenga en ellos más de un segundo su mirada.

 

            Es sábado. Nada más salir a la calle observamos que está casi desierta. Los comercios están cerrados y casi no hay tráfico.

Hasta el bar donde desayunamos, que los días de atrás estaba lleno a esas horas, hoy no tiene a nadie. Me ponen un vaso de zumo que tiene carmín en el borde, por lo que pido amablemente que me lo cambien. Seguimos atentos, curioseando los progresos que se van produciendo en el juicio por la tragedia aérea de la Lapa.

 

            Nuestro primer objetivo del día, es ir a sacar los billetes para el ferry que mañana nos llevará a Colonia del Sacramento. La noche anterior, habíamos estado estudiando las diversas opciones. Finalmente, hemos descartado hacer el trayecto por la noche. Es más barato, pero al ser solo tres horas de viaje, vamos allegar demasiado pronto y a estar casi todo el tiempo en vela

           

            Llegamos a la sede de Buquebús, que es la compañía que hemos elegido, al ser más económica. Aquí si hay gente, así que nos toca esperar un rato. Al final, adquirimos los boletos a un precio de 83 pesos cada uno. Se compran en un lado y se pagan en otro (aceptan tarjeta de crédito).

 

            Volvemos a Puerto Madero, a intentar visitar las lagunas, pero en la parte más próxima están secas. Hace sol y poco a poco, la zona se va animando. Nos vamos hacia San Telmo. Constatamos que algunas tiendas tienen nombres diferentes que en España. Son argentinos y rizan el rizo: La tienda de galletas se llama galletitería, la de fiambres fiambrería, la de dulces dulcería, la de pañales pañalera…

                                                                                             Buenos Aires (Argentina)

            Cerca de la Iglesia Ortodoxa Rusa, vemos carteles de un concierto que se va a celebrar esta noche en el parque de Lezama. Tocan Hana -no es la que conocemos en España-, Pánico Ramírez y Los Estelares. No conocemos a ninguno de los grupos, pero nos empieza a rondar por la cabeza la idea de asistir.

 

            Comemos en un tenedor libre, esta vez mejor que el día en que almorzamos en “chinito bebida”.  Paseamos por la calle Florida, más despejada que durante los días de diario. Varias parejas bailan tango –¡qué bien lo hacen!-, para intentar sacarse unos pesos.

 

            Volvemos a la plaza de Mayo. Queremos constatar de nuevo, que la catedral Metropolitana es tan fea como la habíamos visto días atrás. Lo es. Nos entra cierto y repentino espíritu patriótico y colonialista y se nos ocurre, que podríamos incendiar la estatua del General San Maryín. No lo hacemos, pero nos acordamos de aquella bonita canción de Los Nikis, que hablaba de cuando el sol no se ponía en nuestro imperio.

 

            Pasamos por el hotel para ducharnos y retornamos andando hacia San Telmo, para ir al concierto. Como todavía es pronto, nos sentamos cerca de una hora en la plaza Torrego. Las terrazas están abarrotadas de lugareños, que toman cerveza o cenan. Hay música en directo, que le da un encanto muy especial, a una plaza ya encantadora de por si.

 

            Cuando llevamos al parque de Lezama, todavía no ha empezado el concierto. Hay casi más vendedores ambulantes que público, pero el de los perritos calientes no para de despachar su mercancía. Nos llama la atención un viejo –calculamos- de más de 70 años, que vende pirulís y caramelos. Dos mendigos jóvenes –hombre y mujer- mal vestidos y algo ebrios, meten jaleo al son de la música enlatada que ameniza a los asistentes.

 

 

           Cuando todavía no ha anochecido, comienza la actuación de Hana. Las canciones no están mal, pero se la ve un poco verde en el directo. Pánico Ramírez se presentan diciendo que vienen dispuestos a hacer un poco de ruido. La verdad es que son bastante cañeros. Algunos temas son realmente buenos.

 

            El recinto se ha ido llenando poco a poco y apenas cinco minutos antes de que comiencen a tocar Los Estelares, está ya abarrotado. Empieza a ser tarde. Pensamos en quedarnos solo a ver el principio de su actuación, pero cuando empiezan a tocar, constatamos que estamos ante un maravilloso descubrimiento musical. Hacen rock tipo argentino (recuerdan bastante a Los Rodríguez en muchos de sus temas), en el que lo importante son las letras. Pero también abarcan otros géneros. El vocalista –que está bastante entrado en carnes-, nos obsequia con algunos speaches, con bastante contenido para pensar.

 Buenos Aires (Argentina)

            Se prolongan durante una hora y disfrutamos como en nuestras épocas de conciertos, pasadas ya hace dos o tres lustros. La emoción, contenida desde la segunda jornada en Río de Janeiro, vuelve a aflorar con fuerza. Los espectadores de conciertos en Argentina, son más contenidos que en España. Observan más y botan menos. Hay familias enteras, gente mayor incluso, Los vendedores hacen su agosto y todos lo pasamos en grande.

 

            Son las doce y media cuando termina el concierto y decidimos volver andando. San Telmo está animadísimo, así que nos toamos unas cervezas y picamos algo. Luego seguimos nuestra ruta. Buenos Aires no es peligroso de noche (está muy bien iluminado). Es la madrugada del domingo y la calle Corrientes está abarrotada de gente y muchas de las tiendas y restaurantes de comida rápida, están abiertos.

 

            Son casi las dos y media cuando nos fuimos a la cama, así que esta mañana cuesta quitarse las legañas de los ojos. El que sirve el desayuno es otro, peto es igual de lento que el de los días anteriores. Al menos hoy, el vaso no tiene carmín.

 

 

HACIA COLONIA DEL SACRAMENTO

 

            Nos metemos en el metro y nos ocurre algo surrealista. Por la boca por la que hemos entrado, solo se accede a un andén. Si

queremos ir al otro, hay que salir y volver a entrar. Así que optamos por tomar la línea en dirección contraria, hacer una estación y cambiar a la otra vía (aquí si se puede). ¡¡Que calor y que bochorno!!.

 

            Llegamos a la terminal de ferries, accedemos al control de pasaportes y nos ponen los dos sellos antes de subir al barco, por lo que nos ahorramos los trámites a la llegada a Colonia del Sacramento. En el barco hace frío, pero aún así, consigo recuperar algo del sueño pedido la pasada noche.

 

            Me despierta un espectáculo que han organizado a bordo. Se trata de un grupo cantando canciones de ayer y de ayer. ¡¡Por dios, menuda diferencia con el espectáculo de ayer de Los Estelares!!. El paisaje es feo donde los haya. El marrón habitual del río de la Plata se torna aún más oscuro en algunos tramos, de tal forma que parece como si tuviera manchas de petróleo. Un argentino se vanagloria ante otro de que su país tiene el río más ancho del mundo, la calle más larga y también la más ancha (la 9 de julio).      Buenos Aires (Argentina)  

 

 

COLONIA DEL SACRAMENTO

 

            Tras tres horas de travesía, desembarcamos en Colonia. Preguntamos los precios y horarios del autobús a Montevideo y nos dirigimos al centro. No tenemos muy claro donde vamos a dormir. Cuando mi chico está preguntando en un alojamiento, me sale una señora mayor entrada en carnes, que nos ofrece un apartamento al precio de 400 pesos uruguayos (unos 13 euros). Según ella, es lo mismo que nos costaría dormir en el hostel en dormitorio (luego constatamos que esa afirmación era cierta).

 

            El apartamento es pequeño y no tiene demasiada luz. Hay una estancia, que hace de dormitorio y salón; una cocina (con té, mate,  nevera y televisión, que no funciona) y un pequeño baño. La cama es de reducidas dimensiones, pero como hay dos colchones, por la noche los tiraremos al suelo y dormiremos más cómodos. Realmente, no es el alojamiento de nuestras vidas, pero el precio es atractivo, así que nos quedamos por un par de noches.

 

            El apartamento (en la calle Manuel Lobo, 453) es de una voluptuosa joven a la que le hace falta un aclarado. Le hacemos varias preguntas y a todo nos contesta “ta”. Entendemos que quiere decir que sí. Con el paso de las horas, nos fuimos dando cuenta de que allí olía bastante a humedad. Si vais a Colonia, mejor os buscáis otro alojamiento y más si es para una estancia prolongada. Al menos nos ha dado un juego de sábanas para cada día.

 

            Sacamos dinero del cajero de un banco local -no sabemos por qué narices el del Banco Santander se ha negado a dárnoslo- y comemos de súper, hasta empanada gallega y todo (la de Galicia está algo mejor). Los precios son algo más caros que en Buenos Aires, sobre todo los de los restaurantes y los de  la cerveza. Colonia es bien bonito, pero pequeño, así que se visita rápido.


              Hacemos las pertinentes visitas. Aquí hay algunos turistas, aunque tampoco demasiados. Gran parte son uruguayos, que han venido a aprovechar el día festivo.

Colonia es una villa colonial portuguesa, que en algunas cosas –no en todas- nos recuerda a Paraty. Destacan la plaza Mayor y la casa del Virrey, hoy en ruinas. Otros atractivos son la calle de los Suspiros, el puente del Campo, la plaza del Lobo (donde se encuentra la Iglesia Matriz, que es el templo más antiguo de Uruguay), el Museo del Azulejo y el bonito y tranquilo puerto de yates

 

Tras las visitas, en las que no empleamos más de un par de horas, cogemos las gorras –esta vez acertamos, porque el sol es esta tarde de justicia- y nos vamos caminando por la rivera del río de la Plata. Hay varios kilómetros de espectaculares y arenosas playas casi desiertas.  

 

            En las zonas más arboladas y en los aparcamientos, hay centenares de vetustos coches. Allí han sacado las sillas, mesa de camping, cestita de viandas y nevera, a modo de los domingueros de la España de finales de los setenta, pero sin tortilla de patatas, torreznos y pimientos fritos.

 

            Los jóvenes, amenizan el tiempo sentados en grupitos sobre la hierba, mientras beben mate en grandes cantidades. Un coche que publicita algo que no logro entender, recorre la carretera a uno y otro lado con dos enormes altavoces amarrados en el techo. ¡¡Esta infraestructura turística parece mucho peor que la de Albania!!. Nos encontramos con un chileno, que trabaja en una revista de viajes y cambiamos impresiones con él.

 

            Volvemos al centro y nos disponemos a ver nuestra primera puesta de sol acuática (en Río de Janeiro el sol no se pone por la zona de las playas). Simplemente, discreta.

 Colonia de Sacramento (Uruguay)

            Colonia –como casi todas las ciudades bonitas- se torna aún más bella por la noche. Los bares y restaurantes están muy animados. Los perros –al igual que en Argentina- yacen espatarrados en mitad de la calle y parecen los dueños de la fiesta. Son casi tan sagrados, como las vacas en la India.

 

            Justo enfrente del apartamento, hay una sala de ensayos en la que toca un grupo de rock, que lo hace divinamente. Así que por segunda noche consecutiva, estamos de concierto. Y encima terminan antes de las 12, hora en la que nos vamos al –como decían antes- cine de las sábanas blancas. Dormir con un intenso olor a humedad, no es una de las sensaciones más agradables.

 

            Nos levantamos sin prisa. Hemos decidido que pasaremos el día completo en Colonia, aunque ya todo está visto desde la jornada anterior. Llevamos un ritmo de viaje algo lento para lo que es nuestra costumbre, pero nunca hemos hecho un viaje tan largo, por lo que preferimos irnos dosificando y más adelante, ya se verá

 

            Colonia esta llena de “motrtinos” (pequeñas motos similares a las que circulan en Italia) y una especie de troncomóviles –casi como los de los Picapiedra-, con los que se pasean y recorren los alrededores los turistas. Caminamos buscando una playa que no encontramos y a cambio, terminamos en un horrible polígono industrial, decadente y sucio.

 

            Antes de comer, escribo en la cocina en mi cuaderno los acontecimientos del día de ayer y que servirán luego como base para la confección de este relato del viaje. La estampa queda tan rural y tan arcaica -debido a los utensilios de cocina, que hace tiempo que ya cumplieron al menos cuatro decenios-, que me da la sensación de ser Miguel Delibes, escribiendo en su  casa hace cincuenta años.

 

            Primero nos zampamos en una terraza un par de fresquitas cervezas de litro –mientras vemos las efusivas celebraciones de un grupo de escolares que, al parecer, han ganado el Vicecampeonato de Piscinas- y después,  comemos otra de las de la calle principal, a base de superpanchos (perritos calientes) y chivitos (una especialidad local que consiste en una especie de bocadillo, que contiene tortilla francesa, carne, beicon y queso, como ingredientes fundamentales).

 

            Nos vamos a internet. La victoria a domicilio del Valladolid ante el Murcia y los mensajes de la familia y de los amigos, nos animan bastante. El resto de la tarde, la pasamos brujuleando sin mayores objetivos por las distintas calles del pueblo y por las playas. No hay gente en los aparcamientos como ayer.  Hay una iglesia que se ríe insistentemente de mi y me cuesta más de cinco intentos hacerle la foto acertada. En Colonia también existen posadas como en Paraty, pero son bastante más cutres. 

 

            Visto lo de ayer, hoy pasamos de la puesta de sol y nos vamos al supermercado, a comprar una botella de caipirinha ya

preparada, para meterla en el congelador y tomar un par de ellas, antes de irnos a la cama. Nos llaman mucho la atención las sandías alargadas, que venden en la frutería. Casi todos lo billetes de pesos uruguayos, están viejísimos.   

 

            En realidad, nuestros planes pasaban por ir a una fiesta donde se iba a elegir a la Reina de la Vendimia (¿vendimia cuando estamos casi en marzo?), pero el polideportivo donde se celebra, nos queda algo lejos y nos da pereza.

                                              Colonia de Sacramento (Uruguay)

 

MONTEVIDEO

 

            A las siete de la mañana abandonamos nuestro húmedo apartamento, camino de la terminal de autobús y rumbo a Montevideo (167 UR$). Tenemos tres largas horas de viaje hasta la capital de Uruguay. Como casi siempre, me duermo.

 

            No estamos acostumbrados a ver caerse las hojas a finales del mes de febrero. Tampoco a escuchar en esta época en la radio, cuñas publicitarias del inicio de cursos de todo tipo y de coleccionables, además de las ofertas de material escolar para la inminente vuelta al cole

 

            Llegamos a la terminal de la capital y preguntamos en turismo. La mujer que atiende es algo incompetente. La consigna tiene un curioso sistema de facturación: El precio depende del número de horas y de si tienes billete de llegada o de partida o no, en cuyo caso se obtiene una tarifa distinta y un número de horas gratis. Es más complejo que el asunto de los promedios, que establece los descensos de clubes, tras el Campeonato de Clausura, en Argentina.



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