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Sudamérica y Centroamérica/21


HACIA BUENOS AIRES

 

            El autobús de Crucero del Norte sale media hora tarde. Nos extraña, que, hasta que no falta poco para salir, nadie puede acceder a la zona de embarque de la terminal. A lo largo del viaje veremos que es una constante en todo el continente. No obstante, aquí la organización es muy mala y no solo hay que cruzar por una pasarela en la que rodeas varias decenas de metros, sino que nos tienen más de cuarto de hora apelotonados en una puerta.

 

            El autobús es cómodo y bastante nuevo. Tiene dos pisos. En el de abajo, van los viajeros que han pagado una categoría superior y en el de arriba, los de la clase económica. Pero las primeras horas –en que transitamos por carreteras de color teja- se hacen algo pesadas, porque para en todas partes. Incluso estamos cuarto de hora detenidos, debido a un control de la gendarmería. Menos mal que el pastel de patatas con carne y la ternera guisada que hemos comprado en el supermercado, están deliciosas.

 

           

Pasamos por La Libertad, por Esperanza, por El Dorado… hasta que llegamos a Posadas. Vemos al primer vendedor ambulante de comida del viaje, que vocea a buen precio “chipas, chipas, calentitas” (según nos explicaron Flor y Flopa, se trata de pan relleno de queso caliente),

 

            En Posadas debemos cambiar de autobús, aunque al que subimos es igual de confortable que el anterior. El ayudante del conductor es realmente amable y servicial. Casi toda la gente en este país lo es.

 

            El paisaje no es demasiado llamativo y vamos entreteniendo las horas preparando las visitas de Buenos Aires, una ciudad en la que tenemos depositadas muchas expectativas. Se hace de noche y nos sirven una cena caliente. Era algo que realmente no esperábamos y que resulta muy bienvenido. El pollo relleno y deshuesado y las patatas asadas, resultan estar riquísimas.

 Buenos Aires (Argentina)

            Dormimos como unos angelitos, sabiendo ya de antemano, que llegaremos con retraso a la capital de Argentina. Esperábamos encontrar más turistas en los colectivos que van recorriendo el continente, pero hasta ahora no hemos visto ni uno. Todos los que viajan son nacionales y llama la atención, el gran número de bebes y niños pequeños, que se hacen largas distancias en carretera –y que se pasan las noches llorando-, en el regazo de sus madres.

 

            No ha resultado ser un día con demasiada historia. Veremos mañana.

 

 

BUENOS AIRES

 

            La entrada a Buenos Aires es caótica. Tendríamos que haber llegado a las siete y media, pero lo hacemos con noventa minutos de retraso (a las pérdidas acumuladas el día anterior, había que añadir otra media hora que hemos estado parados en la madrugada, debido a un accidente).

 

            La terminal de Retiro es algo vieja y descuidada y el que anuncia los buses ,parece un tombolero. Dedicamos nuestros primeros minutos –como casi siempre que llegamos a un nuevo destino- a buscar información sobre como llegar a los siguientes destinos.

 

            Nos indican, que el colectivo a Montevideo tarda unas 10 horas y cuesta 110 pesos, por lo que descartamos esta posibilidad. También nos enteramos de que no hay autobús directo a El Calafate. Tendríamos que ir a Río Gallegos (275 AR$ y 36 horas) y de ahí a El Calafate (36 AR$ y 5 horas).

 

            Con estas premisas, se reafirman nuestras intenciones de viajar a Colonia de Sacramento en barco, de ahí a Montevideo y luego volar –vía Buenos Aires- a El Calafate. Porque Argentina es un país demasiado extenso para pretender bajarlo y volverlo a subir en colectivo. ¡¡Mira que tiene lugares atractivos este país, pero están cada uno en una punta!!.

 

            Vamos a la oficina de información y turismo, porque no tenemos nada claro en que zona alojarnos. Nos dan un folleto en el que

aparece el hotel Orleáns, con habitaciones a 85 pesos. Llamamos por teléfono y hay dobles labres. Cuando nos dirigimos al metro, nos ofrecen un hostel, por el que nos piden entre 118 y 138 pesos argentinos (los dos). En algún momento de este relato, dedicaré un capítulo muy crítico a los hostels y a muchos de los que recalan en estos sitios. De momento sirva decir, que en todo el continente es bastante más barata una habitación doble en hoteles, que dos camas en dormitorio de hostel. Y sobre a los que allí pernoctan, me recuerdan bastante al Aznar greñudo y melenudo, que vemos vagar por el mundo en los últimos tiempos. ¡¡No seguiré, que me pierdo!!.

 

            Toamos el barato metro (0,90 AR$), que en Argentina es conocido como Subte. Está a dos cuadras –manzanas, en el español de España- de la estación y huele a metro (es decir, como olía hace tiempo la línea 1 del suburbano de Madrid).

                                                                 Buenos Aires (Argentina)

            En pocos minutos estamos en la salida de la calle Callao, donde una gallega nostálgica, ha reconocido que somos españoles y nos da la charla. Muy simpática ella, sino fuera por la morriña que lleva encima.   

 

            Llegamos al recomendable hotel Orleáns (Calle callao, 680). La rubia chica que atiende la recepción es un cielo y nos trata con un mimo y un cariño, que nunca habíamos sentido antes en un establecimiento hotelero. Como no le quedan habitaciones con televisión (90 AR$), nos quedamos con una que no la tiene y que cuesta 5 pesos menos (en ambos casos, el desayuno está incluido). Las habitaciones son un poco decadentes (como siempre había imaginado los hoteles de las grandes ciudades de Sudamérica), pero con un toque de añejo encanto y muy limpias. El baño es grande. Del techo cuelga un enorme ventilador, que me temo, vamos a necesitar, porque ya a estas horas el calor aprieta de lo lindo.

 

            La que limpia es una señora mayor muy bajita, que responde al nombre –o apodo- de nietita y que también es un encanto. Nos duchamos y nos disponemos a patear la ciudad.

 

            El centro de Buenos Aires es grande y bullicioso, a pesar de encontrarnos en pleno mes de febrero, época de vacaciones de los porteños (habitantes de esta ciudad). Las avenidas son muy anchas y con grandes aceras, pero pronto detectamos algo, que nos disgusta un poco de esta ciudad: No tiene muchas plazas -a una cuadra siempre le sigue otra cuadra- y las que hay, muchas veces carecen de encanto.

 

            La primera impresión que nos llevamos es la de estar en una ciudad europea y la segunda, la de estar en Madrid, dado que la propia calle Callao parece la Gran Vía. El centro está lleno de pequeñas tiendas de alimentación y de bebidas, controladas por los chinos.

 

            Solo por la mañana nos pateamos ya casi media ciudad, empezando por la plaza del Congreso -a cinco minutos de nuestro alojamiento- y siguiendo por la avenida de Mayo, la bella calle Rivadavia, avenida 9 de julio -que es la más ancha del mundo y en la que me pareció contar 14 carriles para el tráfico rodado, en ambas direcciones-, el obelisco -en el centro de la calle-, el teatro Colón, la avenida Corrientes, la calle Florida, -calle peatonal y comercial muy animada donde están las Galerías Pacífico-, la calle Lavalle -también peatonal, pero con un ambiente más popular y menos elegante-, la plaza San Martín y la Torre de los Ingleses -réplica del Big Ben-.

 

            No vamos a comer a un tenedor libre (lugar donde se puede zampar todo lo que se quiera, por un precio fijo). Son más caros que los todo a kilo de Brasil y en algunos casos, también han sido adquiridos por los chinos, que han empeorado la calidad de la exquisita comida argentina. Es el caso que nos ocupa. Al propietario le cuesta hablar español y solo acierta a decir “bebila” (para indicarnos que es obligatorio pedir una bebida) y 30 pelos (para señalar que el cubierto nos costará a los dos treinta pesos, que tendremos que abonar una vez que hayamos terminado la comida. Las carnes no resultan estar malas -aunque las comeríamos mucho mejores en Argentina-, pero el resto de platos de ese local, mejor ni probarlos. Hay una especie de tortilla de patatas a la china, que está para vomitar.

 Buenos Aires (Argentina)

            Nos vamos a investigar los horarios de los ferries que van a Colonia de Sacramento. Hay varios barcos al día y distintas tarifas (todas caras), dependiendo de la compañía y de la hora del día (siendo la tarifa nocturna la más barata). El barco tarda unas tres horas. Mañana decidiremos lo que hacer, teniendo en cuenta también, como tomemos los vuelos para ir al sur de Argentina

 

            Para hacer la digestión, nos vamos a la plaza de Mayo. Tiene varios atractivos monumentales, pero no constituye un buen conjunto. Lo más bonito es el Palacio de Gobierno (la famosa Casa Rosada) y también están la fea Catedral Metropolitana -en la que se custodia, el Mausoleo del libertador -aun no se de qué, aunque esa afirmación estaría enclavada en debates más largos- San Martín, el obelisco, el Museo del Cabildo -blanco, de estilo colonial- y la cercana Farmacia de la Estrella.

 

            Tras tan largo pateo, llegamos a la conclusión de que al menos hoy, Buenos Aires nos ha resultado algo decepcionante, no sabemos muy bien, si porque las expectativas que traíamos eran demasiado elevadas. Terminamos la caminata dando un paseo a lo largo de la avenida Corrientes -con muchas librerías, cines, teatros, restaurantes y tiendas, pero con edificios realmente feos-.

 

            Eso sí, esta ciudad nos ha parecido bastante segura. De camino al hotel y en la calle Callao, vemos otros hoteles que parecen muy similares al nuestro (León, San Martín…). Otra cuestión que hemos constatado a lo largo del día, es que aquí se viste bastante peor que en Europa y que en el centro, hay calles sucias y/o con falta de remodelar el pavimento y parques muy mal cuidados. En la habitación, echamos de menos la nevera.


              A la mañana siguiente, nos enteramos de que el desayuno es en realidad en la cafetería de abajo. Nos dan un bono para que lo canjeemos por un café, un zumo y dos ricas medialunas. Nuestras intenciones para el día de hoy, son ir andando a San Telmo (hay que pasar primero por la avenida de Mayo, donde entramos en una preciosa cafetería y por la plaza) y a la Boca. Y por la tarde, Dios dirá.

 

              San Telmo es un barrio encantador. Así era como me imaginaba yo más zonas de Buenos Aires. La plaza Borrego, tiene mucho ambiente desde primera hora de la mañana, gracias a los puestos ambulantes y a la numerosa gente que por allí pasea. Por la tarde, algunos restaurantes la animan aún más, con música en directo. También tiene bastante interés la calle Defensa, donde están las tiendas de antigüedades. Otros lugares atractivos –aunque todo el barrio en sí, tiene bastante encanto- son la Basílica de Nuestra Señora de Bethlem y la Iglesia Ortodoxa Rusa, al lado del algo dejado parque de Lezama.

 

            Tomamos camino de La Boca, por una calle con edificios entre decadentes y miserables, recorriendo una acera en la que no se dejan de subir y bajar escaleras. Algunas guías dicen, que la Boca es un barrio peligroso. A nosotros no nos lo parece y eso que dimos todas las vueltas que quisimos, por cualquier parte y no solo por las cuatro calles más turísticas (nos adentramos hasta ocho cuadras).

 

            Caminito –que es la más famosa- está bien, pero a mi casi me gustan más las calles de alrededor, con todas las casas pintadas

de colores y otras que son menos transitadas por las hordas turísticas, pero bien lindas. Hay muchos comisionistas de restaurantes, que no quieren llevar a su redil. No nos parecen establecimientos demasiado caros, pero preferimos no arriesgarnos. Hay también muchos vendedores de acuarelas y láminas. En ninguno de los casos, se agobia a los paseantes.

 

            Salimos al río de la Plata, que por esta zona huele ligeramente. No imaginábamos que tuviera un color tan extremadamente marrón. Acabamos nuestro circuito visitando la Bombonera, el estadio del Boca Juniors, pintado de sus tradicionales colores (azul y amarillo). De él dicen que  es descubierto, para que Dios pudiera ver jugar a Maradona (ese chiste, nos lo contaron muchos meses después en Oaxaca,  México).

                                                                  Buenos Aires (Argentina)

            Hemos andado un largo camino, pero no nos amilanamos y decidimos volver caminando. Nos ha gustado la Boca, sí, pero quizás está un poco sobredimensionada. Hay miles de barrios en Sudamérica y Centroamérica con casas de colores, tan bonitos o más que este. Encontramos una tienda donde venden sándwiches de miga (con poca chicha dentro) y tomates rellenos. Ese será nuestro menú hoy.

 

            Volvemos andando a San Telmo. El calor es completamente demoledor. Entramos en un cíber, a mirar los vuelos para El Calafate. Tras más de una hora investigando, descartamos definitivamente descartar Ushuaia (ya casi estaba eliminado este destino desde el principio) y compramos un vuelo Montevideo-Buenos Aires-El Calafate, para el miércoles que viene (166,5€). Es horrible entrar en los cíber que no tienen aire acondicionado.

 

            Paseamos de nuevo por la calle Florida, que está abarrotada de gente (tampoco es muy ancha). Y decidimos acercarnos hasta el Cementerio de Evita, el de la Recoleta. Por aquí las calles son más elegantes y hay un bonito centro comercial con terrazas, pero los parques están igual de mal cuidados.

 

            Tenemos los pies hechos polvo, llevamos todo el día andando sin apenas tregua y decidimos sentarnos media hora en un banco. El cielo está negrísimo, pero aguanta y no llueve. Falta haría, para que se suavizara el tiempo.

 

            Hoy me ha gustado más esta ciudad, pero en el cómputo general me sigue decepcionando un poco. Según me acuesto, pienso en dos pequeños detalles: Hay carteles electorales de Zapatero en la avenida 9 de julio y de Rajoy en La Boca (el mundo al revés). Y no sé por qué, hilo este pensamiento con el de que en este país, las llaves de la luz están colocadas de forma horizontal y no vertical

 

            Ayer chupamos tanto calor, que hoy, nuestro tercer día ya en Buenos Aires, decidimos sacar la gorra. La tormenta que cae sobre el asfalto sobre las 11 de la mañana, cuando nos dirigimos a la zona de Palermo, es de las que impresionan. Tres cuartos de hora lloviendo a toda máquina.

 

            Y es que en el primer mes de viaje, parece que siempre pasaba lo contrario a lo que preveíamos. Si salíamos con la crema solar y la gorra, llovía a cántaros o nos comían los mosquitos. Y si llevábamos el impermeable o el repelente, hacía un sol de justicia y no aparecía ni un triste insecto.

 

            Empezamos también a constatar, que en este país hay que tener bastante paciencia, porque son algo relajados: 20 minutos esperando a que nos sirvan el d

esayuno -que empleamos en leer las noticias sobre el juicio de la tragedia aérea de la LAPA, donde los  pilotos iban hablando de sexo antes de que se estrellara el avión- y un tiempo similar en la cola del supermercado.

 

            Una vez que la lluvia nos lo permite, nos pegamos una bonita mañana de parques (Palermo, Rosedal, Jardín Botánico) en la zona de Palermo. Estos si que están bien cuidados. En la zona también se encuentra el Museo de Evita y el Jardín Japonés (la entrada cuesta 5 pesos).

 

            Aquí las casas son bien elegantes y algunas tienen tantas medidas de seguridad, como las que habíamos visto en Ipanema. Vuelve a llover y, mientras nos protegemos de la lluvia, vemos la desconfianza de una señora que no deja franquear la verja del edificio a un cobrador y baja ella misma a pagar.

 Buenos Aires (Argentina)

            Decidimos comer de supermercado. Perdemos otros veinte minutos en la cola para comprar unos caros canelones de verduras y cuatro trozos de pescado. Pero el relleno de la pasta resulta más bien ser parecido al césped y el pescado está tan duro,  que podríamos utilizarlo como paletas para jugar en la playa.



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