Sellamos la salida de Brasil y quedamos en tierra de nadie, a la espera de que pase el autobús, de nuevo. Pasan los de otras dos compañías, pero no nos quieren llevar, porque ellas cobran 3 pesos y no aceptan a los viajeros de Crucero del Norte. Como no queremos pagar otro boleto, junto a otra chica, esperamos casi una hora a que venga nuestro autobús. Un británico más despierto que nosotros, se pone a hacer dedo y antes de cinco minutos, consigue que lo lleven. Afortunadamente, el bus de Crucero si que espera a que sellemos en Argentina (nos habíamos temido lo peor). Los funcionarios del puesto fronterizo, visten de una manera muy informal y al ver nuestro pasaporte, nos preguntan. “Y vosotros qué, ¿habláis castellano o español?”. “Las dos cosas”, le respondemos. Al otro lado hay una fuente de agua fría y le pedimos al policía que parece vigilarla, si nos puede dar un vaso. Nos morimos de sed, pero conseguimos saciarla. Nos sentimos encantados de haber entrado a este país, donde nos entienden, nos hablan con un acento tan lindo y parecen tan amables. PUERTO IGUAZÚ La estación de Puerto Iguazú es moderna y grande. Podríamos decir aquello de, mucha estación para tan poco pueblo. Llevamos la idea de alojarnos en un residencial, pero de repente y sin saber por qué (tal vez dos noches seguidas de colectivos tengan la culpa), hemos caído en las garras de un comisionista suizo –casado con argentina-, que nos enseña diversas habitaciones de residenciales. Al final, terminamos pagando 80 pesos por una pequeña doble con aire acondicionado (el calor es asfixiante, a pesar de que Caterina, su propietaria, diga que no es nada, comparado con como hizo en diciembre) y con un baño, que necesita alguna reforma urgente. También tenemos derecho a frigorífico. El residencial se llama New San Diego (calle Guaraní, 75). Estamos seguros de que podríamos haber encontrado algo más barato, pero estábamos realmente cansados. Cataratas de Iguazú, en Foz de Iguazú (Brasil)Caterina es bastante pesada. Habla sin parar y no escucha. Nos cuenta dos veces la misma historia, de un italiano que se perdió y no sabía volver a su hotel y ella lo alojó una noche gratis. También nos cuenta algo de lo que ya teníamos constancia: Los israelíes son unos maleducados, unos guarros, que dejan las habitaciones llenas de mierda y lo rompen casi todo. En una de las ocasiones en que toma aire, conseguimos deshacernos de ella. Vamos al cajero y al intentar pagar con un billete de cien pesos en el supermercado, la cajera nos echa la charla. Que si está harta de tener que recibir billetes tan grandes, que pidamos a los bancos que nos den billetes pequeños, bla, bla, bla. Tenemos tan bajas las defensas, que ni siquiera le decimos, que si no quiere cogerlo, que lo diga y nos vamos a otro sitio. Damos una vuelta por el pueblo, que tiene acogedores restaurantes, pero con precios bastante caros. Hay también un montón de supermercados. Volvemos a la terminal para organizar los próximos días. Mañana pretendemos ir a Ciudad del Este, en Paraguay y el lunes a la parte argentina de las cataratas. Vemos a unos niños pidiendo, que no son de raza blanca. También queremos valorar si desde aquí podemos ir a Montevideo, para luego visitar Colonia de Sacramento y cruzar en ferry a Buenos Aires. No es fácil. Hay que ir hasta Posadas y luego a Rosario. Y aún no es seguro que desde allí haya autobuses, porque hay problemas fronterizos entre Argentina y Uruguay, a causa de una fábrica papelera y no saben como está la situación en la actualidad. Así que nos iremos a Buenos Aires el martes. Nos sentimos tan a gusto en este país, que nos da la sensación de estar en España. Cataratas de Iguazú, en Puerto Iguazú (Argentina)
CIUDAD DEL ESTE Nos levantamos sobresaltados. Son casi las diez y media y hemos dormido un montón de horas. Nos dirigimos a la terminal, dado que pretendemos llegar hasta Ciudad del Este, en Paraguay, una población donde se vende absolutamente de todo, al parecer, a buenos precios. Compramos morcillón con lengua y queso de cerdo y algún otro embutido para llevarnos para comer, dado que en el súper todavía no tienen comida preparada, bocadillos de milanesa de pollo o los omnipresentes sándwiches de miga (muy agradables y delicados para el paladar, pero casi sin relleno). Al menos podemos desayunar unas ricas empanadas. Tenemos suerte, porque aunque es domingo y los servicios se reducen -a un bus cada dos horas-, el autobús de El Práctico está a punto de salir (3 AR$). Para llegar hasta Ciudad del Este, hay que sellar el pasaporte en la salida de Argentina -sino a la vuelta puedes tener problemas, incluso pagar una multa- y cruzar una franja de territorio brasileño (en este caso no se sella ni la entrada ni la salida). Llegas a Ciudad del Este en, aproximadamente, una hora y si vas a volver en el día a Brasil o a Argentina, tampoco es necesario sellar el pasaporte en Paraguay, ni de entrada, ni de salida (si deben hacerlo quienes sigan camino hasta Asunción). El conductor del autobús es muy amable y es el que nos explica todo este proceso. Una encantadora chica argentina nos va poniendo al día, sobre la actualidad y la vida cotidiana de Ciudad del Este. Nada más bajar, comprobamos que la mitad de las tiendas están cerradas y cuando llegan las dos de la tarde -en este país y en esta época, es una hora menos que en Argentina-, lo están casi todas. Habíamos decidido no ir a Iguazú en domingo para evitar la masificación, pero está claro que nos hemos equivocado en venir aquí en festivo, porque con las tiendas cerradas, este lugar no tiene la más mínima gracia. Nos da tiempo en las dos primeras horas a comprobar que, efectivamente, aquí se vende todo lo imaginable: Zapatos, relojes, ropa, bisutería, cámaras y otra tecnología… Y entonces me pregunto: ¿Si me comprara una cámara, me darían garantía?. La pregunta queda sin respuesta. La calle principal tiene una larga hilera de tiendas a un lado, mientras que en frente y sin carretera por el medio, han montado puestos de más bajo postín. Empezamos a identificar, las tres categorías de comerciantes que veremos en el continente, de más próspero a menos 1.- Los que tiene una tienda o negocio bien montado, como en cualquier otro país del mundo. 2.- Los que viven de un puesto prefabricado en medio de la calle. 3. Los tenderetes ambulantes (generalmente desplegables, situados en carritos con ruedas 3.- Los que ellos mismos, son el puesto y van con la mercancía encima. En Ciudad del Este, se puede pagar en reales brasileños en todas partes (dan la vuelta en guaraníes). Menos mal, porque con el calor casi nos deshidratamos y no tenemos moneda paraguaya (si nos habían sobrado reales brasileños)..Las tiendas resultan baratas, pero tampoco se encuentran gangas. Se puede comprar tanto al por menor, como al por mayor. También se cambia, se empeña… Y algo que nos desagrada enormemente: Las calles están llenas de basura por todas sus partes. Antes de la hora del almuerzo, las principales arterias de la ciudad se llenan de gente y no es raro ver parrillas, guisando carnes exquisitas en la calle. Después de comer, tanto los lugareños como los pocos turistas, desaparecen. Las escasas personas que quedan, pasean con el típico cacharrito para calentar el mate. Los taxistas esperan clientes escuchando el Carrusel Deportivo de la liga paraguaya. En esta zona de Paraguay, la gente habla el idioma muy cerrado y a veces cuesta entenderlos. Ciudad del Este (Paraguay)Ciudad del Este no tiene más atractivos que las compras, así que a las cinco y cuarto retornamos en el autobús a Argentina, donde tenemos que sellar de nuevo el pasaporte. Empezamos a perfilar las próximas etapas del viaje. De Buenos Aires iremos en colectivo o en ferry a Colonia de Sacramente y de ahí a Montevideo, desde donde trataremos de volar –vía Buenos Aires- a El Calafate o a Ushuaia. Pero para poder hacer eso, necesitamos un internet solvente -que no siempre lo son-, donde ponernos a trabajar las tarifas aéreas. CATARATAS DE IGUAZÚ (LADO ARGENTINO) Nada más levantarme, descubro que me estoy pelando la cara y el cuerpo por segunda vez en el viaje y eso que solo llevamos doce días. Me viene a la mente, que me podría encontrar dinero, para que así la entrada a las cataratas de Iguazú nos pudiera salir gratis y cuando estamos junto a una de las cascadas me encuentro 100 pesos. ¡¡Esos son premoniciones, si señor!!. Pero antes de ir, compramos los boletos para Buenos Aires, con la empresa Crucero el Norte (18 horas y 175 AR$), para la una y media de la tarde de mañana. Hemos comparado los servicios y tarifas de varias empresas y el boleto cuesta lo mismo en todas partes. Elegimos la clase semicama, que es la más económica. Esta empresa ofrece incluso dos categorías superiores (cama y suite) y la diferencia de precio tampoco es escandalosa. Aquí si que dan justificante del pago con tarjeta y no como en Brasil. Tomamos el bus de El Práctico a las cataratas (8AR$ ida y vuelta), que tarda casi una hora. De nuevo la discriminación: Los extranjeros pagamos 40 AR$, mientras que los de Mercosur abonan 23 AR$ y a los argentinos, les sale casi regalado. Cataratas de Iguazú, en Puerto Iguazú (Argentina)Además, la organización es peor que en Brasil: El trenecito que acerca a los lugares de interés es poco frecuente y se forman colas al sol, que cae sobre las cabezas de los sufridos turistas, sin piedad. Siempre habíamos tenido la idea de que las cataratas nos iban a gustar más desde el lado argentino, pero al final de la jornada, tenemos la sensación de que nos parecen más bonitas desde el lado brasileño, desde donde las perspectivas panorámicas son mejores y la Garganta del Diablo, resulta más espectacular. En Argentina lo bueno, es que se pueden ver saltos impresionantes desde distancias muy cortas. Así que, aunque a todos no gustarán más desde un lado que desde otro, es imprescindible verlas desde los dos. Nos bajamos en la parada del tren y comenzamos la visita por el Circuito Superior, desde donde se contemplan maravillosos saltos. No es muy largo, así que en una media hora o tres cuartos se puede completar la visita. Después iniciamos el camino por el circuito inferior. El salto Bondeti es el más espectacular del recinto. Te puedes quedar minutos y minutos embobado observándolo. Luego se puede tomar la barca gratuita (hay otra que por 60 pesos, te acerca más al salto), hasta el islote San Martín, donde tras una ascensión, se pueden contemplar vistas espectaculares (gracias a la amabilidad de una pareja de argentinos, tomamos el camino bueno y evitamos ir por otro sendero, que no lleva a ninguna parte interesante). Me había hecho a la idea de que aquí había piscinas naturales, aptas para el baño y lo que realmente hay habilitado –que viéramos-, es una pequeña zona pedregosa y de aguas turbias. Antes de salir, hemos cogido el impermeable (pensábamos que los saltos estaban más cerca) y el repelente de mosquitos; peor tal como está el día, lo que hubiéramos necesitado, es la gorra y el protector solar, que están tan tranquilos en el hotel. Comemos junto a pájaros de plumas azules y amarillas. El pan que hemos comprado es tan malo, que ni ellos se lo comen. ¡¡Que cruz, el pan argentino, por Dios!!. También hay coatíes, a los que no se debe alimentar (cuidado, que muerden). Como nos tememos, que podemos estar un buen rato esperando al trenecito, nos vamos andando hasta la Garganta del Diablo (unos 3 kilómetros hasta la parada del tren y casi otros dos a la Garganta). No resulta una buena idea, porque el sol pega de plano, no hay apenas sombras y casi nos deshidratamos. Hay numerosos charcos apestosos por el camino. ¿Habrá aquí dengue?. Bebemos agua de lo servicios y nos mojamos la cabeza y el cuello.Tras cruzar varias pasarelas llegamos a la Garganta del Diablo. En Brasil nos había impresionado y hoy nos decepciona. En Argentina se ve desde lo alto y la fuerte vaporización, impide contemplar buenas vistas. Definitivamente, la Garganta hay que verla desde el lado brasileño. El trenecito de vuelta se hace pesado, porque es lento y va abarrotado. Cuando salimos del recinto, son más de las cinco. Nos ha llevado casi seis horas recorrer la parte argentina de las cataratas. Si mañana quisiéramos volver, nos cobrarían solo la mitad de precio. Va a ser que no. Cataratas de Iguazú, en Puerto Iguazú (Argentina) ÚLTIMAS HORAS EN PUERTO IGUAZÚ Tras una vuelta por el pueblo, regresamos al hotel. Al abrir la puesta se cae el picaporte y al ir a ducharme se cae el grifo. ¡¡Parece que estuviéramos en “Esta casa es una ruina”!!. Ahora lo que falla es el agua caliente. ¿Explotará de un momento a otro el aparato del aire acondicionado?. Nos vamos a duchar a otra parte. En la tele dicen que la fiebre amarilla se ha instalado en Paraguay, donde no se registraban casos desde hace casi un siglo y está ya a las puertas de Argentina. También cuentan, que la jubilación mínima en este país son 160 pesos. ¡¡Y eso que dicen que la han subido!!. Cuando esperamos la siguiente noticia, lo que falla es la tele y perdemos todos los canales menos uno. Salimos nuevamente del hotel, animados por el bullicio y por la música que resuenan no demasiado lejos. Pareciera que estamos en Carnaval, porque al ritmo de samba brasilera, desfilan decenas de guapas adolescentes vestidas de mariposas, que bailan con muchísimo estilo y gracejo y que nos amenizan la jornada hasta bien pasada la medianoche. Ni siquiera a esas horas nos abandona el bochornoso calor y las gotas de sudor siguen cayendo por la cara. Ha sido un magnífico colofón a nuestra estancia en este tranquilo pueblo. Hemos acertado durmiendo aquí y no en Foz de Iguazú, lugar feo donde los haya. La mañana del 19 de febrero no tiene demasiada historia. Se trata de una lenta espera hasta las 13,30, hora en que tenemos que tomar el colectivo que en unas 18 largas horas, nos tiene que depositar en Buenos Aires. Nos entretenemos desayunando ricas empanadas –no hemos desayunado otra cosa desde que estamos en Argentina- y haciendo las compras de lo que vamos a necesitar para el largo viaje. El día es muy soleado y nos llama la atención el gran número de perros que, espatarrados, yacen al sol sin inmutarse y sin mover siquiera un músculo, aunque estén entorpeciendo el paso de la gente. Puerto Iguazú (Argentina) |





