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Sudamérica y Centroamérica/19


            Tendremos que buscar algún destino para entretener el día de mañana y mirando el mapa, nos decantamos por Trinidade. Pero según agotamos la tarde, encontramos una agencia donde hacen excursiones de día completo a bonitas playas cercanas y finalmente nos decantamos por esta opción.

 

            Paraty de noche es increíblemente atractivo. Tiene un encanto mágico, al que contribuyen también los grupos que tocan música en directo en los pubs. Todavía se notan los efectos de la tormenta, pero hoy el cielo está despejado. Cada día de viaje, nos vamos recogiendo más tarde al hotel y hoy no llegamos hasta ya pasadas las diez. El calor es asfixiante, pero el ventilador cumple a la perfección su función.

 

 

           Desayunamos opíparamente, pero esta vez renunciamos al diabólico preparado de maracuyá. Acertamos y nuestros intestinos lo agradecen. Las moscas también, porque sitian el vaso. Incluso las acompaña alguna voraz avispa, que introduce toda su cabeza en el jugo. ¿Tendrán las moscas y las avispas diarrea?

 

            Nos dirigimos hacia la agencia y reservamos el circuito del día. Son unas cinco o seis horas y se hacen unas cuatro paradas para contemplar las playas y el paisaje y, por supuesto, bañarse. El precio nos parece muy barato, en comparación con lo que cuestan otras cosas aquí (15 R$).

 Paraty (Brasil)

 

RECORRIENDO LAS PLAYAS DE LOS ALREDEDORES DE PARATY

 

            Llegamos al puerto a la hora indicada y descubrimos que el barco va bastante lleno. La mayor parte, son familias locales enteras, que se apresuran a pasar un relajado día playero. Ya desde el principio, resulta fácil distinguir quien va a ser el niño guerrero de la jornada. Se llama Roberto, es un torbellino italo-brasilero  y es un auténtico demonio.

 

            El barco se fondea a unas decenas de metros de una playa que pareCe la de la serie Supervivientes: Tranquilas y cristalinas aguas color verde esmeralda, palmeras, arena blanca y música tropical. ¡¡Y mis amigos en España, currando a estas horas!!. Que injusta es la vida   

 

            La gente habla y habla de espaguetis, pero yo no los veo por ninguna parte. Al final descubro, que con esta palabra designan a lo que nosotros conocemos como churros, esos objetos alargados que sirven para flotar en el agua. Bañarse aquí resulta realmente placentero, a pesar de que Roberto ya está acabando con la paciencia de más de uno.

 

            En el camino hacia la segunda parada, la tripulación nos reparte bandejas de sandía y piña. Esta última esta deliciosa, así que no nos cortamos ni un pelo y repetimos en contadas ocasiones.

 

            Nueva escala. Nos detenemos en un lugar más profundo, donde abundan y bailotean un montón de peces de colores, que todavía aumentan más, cuando un tripulante lanza comida al agua. Me pongo l

a

s gafas de bucear y practico un poco de snorkel, para disfrutar de tan maravilloso paisaje. Estamos en tal situación de felicidad, que hasta nos damos envidia a nosotros mismos.   

 

            En la tercera parada –salvo el cocinero, que ya ha terminado sus labores-, nadie se baña. Es la hora de comer. El almuerzo no

está incluido en el precio de la excursión. Es caro y mediocre, así que decidimos abstenernos –somos los únicos- y almorzar con nuestros propios recursos. Tras la comida, se produce el milagro: Roberto se queda dormido. Un alivio.

                                                                                                                                                     Playas de los alrededores de Paraty (Brasil)

            La última parada se acontece en otra playa paradisíaca, praia Vermhela, aunque hay tantos barcos de turistas atracados, que pierde bastante encanto. La mayoría optan por llegar hasta la arena en las lanchas. Nosotros lo hacemos nadando. Tras media hora, retornamos a Paraty, para completar un total de seis horas de excursión. Ha sido un día relajante y divertido.

                                                                                                                                                

            Como aún queda tiempo, agotamos nuestras últimas horas en la animada plaza. Después recogemos el equipaje de la posada, que tan amablemente nos han guardado durante el día y nos dirigimos a la estación. En el billete del autobús hay que poner el número de pasaporte. Nos colocan una pegatina en las mochilas, en lo que será una constante en todo el continente. Así, equipaje y propietario quedan mejor identificados. ¡¡A ver si aprenden en España!!.

 

            El autobús es muy confortable, casi tanto como el que nos había traído a Paraty. Los asientos son anchos y se reclinan, formando una semicama. Tiene baño, pero presenta el mismo problema -manía, diría yo-, que el resto de los colectivos en Brasil: Las luces van siempre apagadas y las de lectura no funcionan. Parece que en vez de dirigirnos a Sao Paolo, estamos cruzando Irak y tenemos que pasar desapercibidos. Nos dormimos nada más partir de Paraty.

  Playas de los alrededores de Paraty (Brasil)

 

SAO PAOLO

 

            Las ocho horas que hay entre Paraty y Sao Paolo, se convierten en la realidad en siete, así que a las cinco y media estamos ya arrastrando del equipaje por la terminal de Tiete. Es inmensa y a estas horas, ya está bien animada. Nuestra idea es pasar el día en la ciudad y coger a media tarde un autobús para Foz de Iguazú, lado brasileño de las cataratas del mismo nombre.

 

            Nos habían recomendado la compañía Kaiowa para hacer ese trayecto, pero nos informan de que ese autobús se opera desde otra estación. Esa es la conclusión a la que finalmente llegamos, después de que las de información nos desinformen y nos digan que mejor hacer ese viaje con Reunidas (que, por cierto, no cubre el destino).

 

            Nos ponemos en la ventanilla de Pluma -donde nos han mandado las de información-. Parece ser que esta compañía si hace el viaje por la tarde, pero pasa más de media hora y continúa cerrada. Tras varias indagaciones –ya no con las de información, por supuesto-, descubrimos que Pluma tiene otra ventanilla abierta en la estación. Finalmente, conseguimos los boletos para el bus de la tarde (a un caro precio de 129,50 R$). Pagamos con tarjeta de crédito, pero no nos dan ningún resguardo, a pesar de que insistimos en ello. Bultos a la consigna (4 R$ por cada uno).

 

            Son más o menos las siete y aunque estamos cansados, pretendemos dedicar hasta el mediodía, para conocer Sao Paolo. El eficiente metro nos lleva hasta el centro, donde nos damos una vuelta por la plaza de la Catedral Metropolitana (Praça del Sé) y toda la zona comercial. También visitamos la Praça de la República (donde está el edificio Italia y cerca del Teatro Municipal) y el Viaducto de Santa Ifigenia.

 

            Es una ciudad bien animada, de la que no esperábamos nada y tal vez por eso, nos resulta muy acogedora. Siempre lo he dicho: Una ciudad, aunque no tenga nada, gana mucho si cuenta con una buena zona peatonal. Y al contrario también ocurre: Ciudades con muchos encantos, pueden resultar agobiantes, sin una zona peatonal.

 

            Luego nos vamos hacia el barrio de Santa Ifigenia, donde hay unas cuantas calles con decadente encanto colorista y terminamos

sentados en una plaza, tomando unas cervezas fresquitas, que hemos comprado en una tienda cercana. A pesar de que la guía advierte de que esa zona puede ser problemática de noche –que no lo dudo-, por el día no la vemos peligrosa. A pesar de estar frecuentada por gente –digamos- “diferente”.

 

            Comer y beber en Sao Paolo es bastante barato. Hay numerosos establecimientos de comida rápida, que sirven menús compuestos por un alimento y una bebida (que en muchos casos, es un enorme vaso de jugo de cajú, es decir, de anacardo). Como ganga de gangas, te puedes zampar un sándwich griego con un zumo por tan solo 1 real. Y por 1,5 ó 2, ya te llenas bastante bien el estómago.

 

            Sin embargo, si tenemos problemas para encontrar un supermercado donde abastecernos para el viaje de la tarde. Al encontrarlo, constatamos que el precio de la cachaça es bastante más bajo del que ofertaban en la cara Paraty.

 

            No hemos estado el suficiente tiempo para constatarlo con certeza, pero nos da la sensación de que los paulistas son algo estirados y desde luego, algo menos simpáticos y amables que los habitantes de Río de Janeiro. Lo mismo te atropellan con un carro, que te empujan o pisan y no piden nunca perdón.

                                                                                                         Sao Paolo (Brasil)

            Tomamos el metro de vuelta para la terminal con tiempo suficiente. Más o menos, cada minuto pasa un convoy, aunque al menos los que hemos cogido, no tienen aire acondicionado como en Río, si bien el precio del billete es el mismo (2,40 R$).

 

 

CAMINO DE FOZ DE IGUAZÚ

 

            Nos mentalizamos, para el primer viaje largo que vamos a afrontar, en torno a las 16 horas, pero hay malas noticias. El autobús es más viejo y menos confortable que los dos que hemos cogido anteriormente. Empezamos a entender que en Brasil, los precios de los colectivos y la calidad del servicio, no siempre están directamente relacionados.

 

            Partimos puntuales. Nada más abandonar Sao Paolo, el paisaje se torna verde. Parece que por aquí ha llovido bastante en los últimos tiempos. Me duermo hora y media y cuando me despierto, me da la sensación de que algunos de mis miembros están al borde de la congelación. Menos mal, que hoy si que hemos subido los polares y las mantas, que le hemos sustraído a Air Europa al volar a Brasil.

 

            A media tarde paramos en el que desde entonces será conocido como el “autoservicio de la fritanga maloliente”. Cuatro extractores expulsando hedores insoportables, ya anticipan que desde el día de la inauguración, no han debido cambiar el aceite de las freidoras. Pero la gente entra y come allí. Nosotros y algún viajero más, nos abstenemos, aunque bajamos a dar una vuelta. De repente el autobús arranca y una chica que lleva un niño en brazos, se pone histérica y empieza a correr detrás del vehículo. Luego regresa y nos empieza a hablar en cerrado portugués, que no logramos entender. Parece querer decir que el bus se va sin todos nosotros, pero lo que en realidad ha ido a hacer el conductor, es a vaciar las cisternas del baño.

 

            Subimos al bus. Vamos leyendo la guía de Argentina. La gente que va accediendo a sus asientos, viene impregnada de un apestoso turillo a fritanga, que se expande insoportablemente por todo el colectivo. Afortunadamente, el poderoso aire acondicionado acaba con el olor, pero nuestra guía se ha visto gravemente afectada y desprende un intenso olor a grasa. Le echamos colonia, desodorante…, pero aquello no se va (hasta dos meses después la guía siguió con ese abominable olor).

 

           Se hace de noche y ocurre lo de siempre: Luces apagadas y luces de lectura que no funcionan. Al ir al baño, le meto el dedo en el ojo a una chica, que poco protesta para el daño que le he debido de hacer. Aún soy inexperta en manejarme en los colectivos, porque poco después (al ver a los ayudantes del conductor), aprendería que hay que ir apoyándose siempre con ambas manos, en la parte de abajo del portaequipajes y no en los asientos. De nuevo me da la sensación, de estar atravesando Irak. A pesar de todo, dormimos bien, en nuestra segunda noche consecutiva de autobús.

 Cataratas de Iguazú, en Foz de Iguazú (Brasil)

 

FOZ DE IGUAZÚ Y CATARATAS (LADO BRASILEÑO)

 

             Llegamos a la terminal sobre las cinco y media, con absoluta puntualidad. A pesar de ello, no recomendaría esta empresa de autobuses a nadie. Los vehículos son muy incómodos y la atención y el servicio al cliente no son buenos.

 

            Pretendemos llegar hoy mismo a Argentina, así que el plan es ver las cataratas desde el lado brasileño y cruzar la frontera hasta Puerto Iguazú (aunque mar, tiene más bien poco). Nuestro planteamiento lógico, nos inclina a pensar que desde la terminal hay buses tanto a las cataratas, como a Puerto Iguazú. Pues no, ni a un sitio ni a otro. Los dos salen del centro y desde puntos diferentes. Y si quieres ir a Ciudad del Este, en Paraguay, desde un tercer lugar diferente. ¡Para morirse!. No obstante –y aunque nos suponga tener que volver-, dejamos los bultos en la consigna manual (dos reales por cada una de las mochilas).

 

            Tenemos el dinero calculado para no volver a cambiar, así que bajamos andando al centro (35 minutos), donde tras preguntar, damos con el bus que va a las cataratas (2,10 R$), que también pasa por el aeropuerto. Llegamos en media hora y tenemos que esperar un poco, dado que no han abierto todavía.

 

            Nos molesta bastante, la discriminación que hacen en el precio. Nosotros pagamos 20,50 R$ (15,5 de entrada y 5 de transporte), mientras que los pertenecientes a Mercosur, abonan solo 17,50 R$, los brasileños 13 R$ y los vecinos de la localidad, tan solo 8R$. Lo mires por donde lo mires, es una injusticia, pero al menos el precio no es abusivo.

 

            El autobús que te transporta por el parque, hace un par de paradas antes de llegar al inicio del paseo asfaltado, que durante dos o tres horas conduce a la Garganta del Diablo. En esas paradas, te ofertan diversas excursiones, con precios solo para millonarios o personas que hayan caído en la locura.

 

            Al divisar las primeras vistas, ya nos quedamos con la boca abierta. Las Cataratas de Iguazú desde el lado brasileño, son

impresionantes. Luego realizamos el ameno paseo, en el que ves desde lejos su majestuosidad, de una forma panorámica.  

            La caminata –por terreno asfaltado-, es una sucesión de exclamaciones y fotografías, desde los distintos miradores, solo turbada por un par de avispas que me persiguen, por las bellas estampas de los coatíes (que no se asustan aunque te acerques) y por una estúpida española, que se cree que uno de los miradores es suyo: “Ay, ahora que vengo yo a ponerme aquí, quiere hacerse la foto todo el mundo”, dice. Se lleva su correspondiente contestación, que la deja más suave que una esponja.

 

            La temperatura es agradable y no hay demasiada gente en el parque. A un salt

o le va sucediendo otro salto más espectacular y la apoteosis llega al alcanzar la Garganta del Diablo, la cual se puede ver con más proximidad -aunque te empapas-, adentrándote  por una pasarela. A mi me parece una estampa más impresionante que desde el lado argentino, porque se ve desde abajo y sin tanta vaporización.

 

            Las cataratas en el lado brasileño, están excelentemente acondicionadas y es mejor, por el tema de la orientación del sol, visitarlas por la mañana (al contrario que en la parte Argentina). Desde el ascensor que sube desde la Garganta al aparcamiento, la vista es espectacular y este maravilloso escenario, nos sirve para concluir la visita, que en total ha sumado unas tres horas y media de duración.                                                                                                                                  Cataratas de Iguazú, en Foz de Iguazú (Brasil)

 

            Retornamos a Foz –que es una ciudad bien fea- y volvemos a por la mochila. Empezamos a pensar, que hubiera sido más operativo dejarlas en las puertas de las cataratas (no sabemos si se puede o no). Ahora el calor es ya  intenso y una coca cola de litro y medio, no nos dura ni tres minutos.

 

 

HACIA ARGENTINA

 

            Comemos a base de comida rápida e investigamos como llegar hasta Argentina. ¡Ya tenemos ganas de oir hablar español! Tomamos la empresa Crucero del Norte (2 AR$). El billete nos vale para llegar hasta Puerto Iguazú, pero tenemos que bajar a sellar en las fronteras. En la brasileña hay bastante cola, así que nos lleva un rato. Justo a la entrada hay un mapa, donde están bien señalizadas las regiones donde en la actualidad hay fiebre amarilla.


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