Casi hay más vendedores ambulantes de bebidas, que bañistas. Estos son bastante más pesados que los vendedores del paseo. Poco a poco, el cielo va despejando y retomamos nuestros planes iniciales.Teniendo en cuenta las posiciones del sol, lo adecuado es subir al Pao por la mañana e ir al Corcovado por la tarde, por lo que lo haremos así. Vamos andando hasta la base desde donde se coge el teleférico (35R$). La subida es espectacular (en dos tramos, el primero hasta el morro de Urca). Para mi es mucho más impresionante ver esta maravilla de la naturaleza desde cualquier parte de la ciudad (El Corcovado, Botafogo, el teleférico), que realmente las vistas que se ven desde aquí arriba. Río de Janeiro (Brasil)Volvemos a Copacabana. La carretera esta cortada y abarrotada de centenares de personas. Parece que actúa un grupo musical que tiene bastante acogida y que nosotros no conocemos ni de nombre. Nos empapamos de Río, haciendo fotos de tan coloristas estampas. Almorzamos a base de comida rápida y volvemos al apartamento, donde el portero nos confirma que no hay inconveniente en quedarnos una noche más en el apartamento. Le pagamos y nos dirigimos a la rua Barata Riveiro, a tomar el bus circular 584 (2,10 R$), que nos debe conducir al Corcovado. Vamos algo preocupados, porque hemos oído hablar de los asaltos en los autobuses, aunque pronto se nos pasan nuestros temores, cuando vemos la despreocupación de la gente, que aprovechan hasta el atasco en un túnel, de un domingo a las 15,30, para gritar, bailar y comunicarse alegremente con los otros conductores y viajeros. ¡¡Definitivamente, esta ciudad es maravillosa. No deberíamos irnos nunca de aquí!!.. El autobús va dando la vuelta a Río, así que tardamos una hora en llegar al lugar donde debemos tomar el tren cremallera (36R$), que nos llevará hasta el Cristo Redentor. Pero al llegar, nos aborda un hombre que nos ofrece la subida en furgoneta, por tan solo 30 reales y parando además en un mirador, desde donde se ven bonitas estampas de la ciudad. Aceptamos. Las vistas desde el mirador y desde el Cristo Redentor son espectaculares. Nos quedamos más de una hora con la boca abierta mirando el impresionante y caprichoso Pao de Azúcar. Pero también Lagoa, Ipanema, Copacabana, Leblón Leme, Botafogo, Flamengo, el centro… Y es que tan solo girando la posición, es posible contemplar toda la ciudad, enclavada en uno de los marcos naturales más bonitos del mundo. Y también tratamos de encontrar las distintas favelas, algunas en lo alto de los morros. Nuestra obsesión es tal, que llegamos a confundir una, con un cementerio. El Cristo en si, es sencillamente un mamotreto, aunque Río de Janeiro sin él no sería lo mismo. La gente se tumba en el suelo para hacerle fotos. Salimos en bastantes de ellas y nos preguntamos, en que partes del mundo acabaremos. La tarde está despejada y sin una sola brizna de neblina. Hemos tenido suerte, tal como amenazaba la mañana. Volvemos en el bus, pero ahora este viene por la parte corta, atravesando Botafogo y dejándonos nuevamente impresionantes vistas del Pao de Azúcar. Ahora solo tardamos cuarto de hora. Nos vamos a dar un paseo por la playa de Copa y sus alrededores, que tan enviciados nos tienen. a la hora del anochecer, pero el paseo se frustra a la mitad, debido a la impresionante tormenta que nos cae encima. Río de Janeiro (Brasil)Acabamos en el supermercado 24 horas, comprando frescas y baratas cervezas (0,70 R$), que engullimos en el apartamento. Empezamos a constatar lo lentísimas que son las cajeras de este continente. Es lunes. Tomamos el metro a primera hora con la intención de llegar hasta el Bonde, para dar un paseo por el barrio de Santa Teresa. Por el camino nos ofrecen nuevamente apartamento. Ya es la cuarta vez desde que estamos en Río. El Bonde está más tranquilo que el viernes, pero al llegar a Santa Teresa y viendo que no para, nos tiramos casi en plancha. Hemos calculado mal, dado que la altura es mayor que la que pensábamos. Pero ha habido suerte y no nos hemos roto nada, lo que habría dado al trate con el viaje de una forma bien prematura. Hay muy poca gente pos sus calles y tan solo dos guiris, que llevan en la mano una guía Lonely Planet de Brasil. El barrio es encantador, lleno de bonitas villas decadentes y restaurantes con encanto, aunque algunos a estas horas aún no han abierto. En una de las tiendas, el antipático dueño ha colocado un cartel en el que se prohíbe hacer fotos de su establecimiento y vigila desde la puerta que sus órdenes se cumplan. ¡¡Pues tú te lo pierdes!!. La seguridad no parece mala del todo, aunque una señora del barrio nos advierte de que andemos con cuidado. Es más la sensación psicológica emanada de los millones de advertencias sobre este lugar en las guías y en los foros, que los peligros reales. Al menos de día, porque yo por la noche, aquí no vendría. No obstante, evitamos las zonas más apartadas. Definitivamente este barrio nos enamora, no sabemos si más por su decadencia o por su belleza. Alguien debería gastarse algunos millones de reales en rehabilitar un poco todo esto, aunque parece que no están por la labor. De todas formas, no acabamos de entender muy bien, las comparaciones que se hacen con Montmartre. No nos parece que tengan nada que ver. La vuelta en el Bonde es más tranquila de lo esperado (pensábamos que nos iba a tocar ir colgando y estábamos acongojados, de tener que cruzar en esa posición por encima de los arcos de Lapa)). Algunos lugareños van agarrados a la barra exterior, aunque haya sitio para sentarse. Al llegar a la zona de la favela, el convoy se detiene. ¿Será un asalto?. Afortunadamente no. Hemos parado porque solo hay una vía y viene el trancía que circula en la otra dirección.Volvemos al centro y damos vueltas y vueltas por las animadas calles. Alegramos la mañana con unos jugos de maracuyá, en una tienda de zumos que ya habíamos visitado el viernes y terminamos comiendo en el mismo todo a kilo del primer día en Río. Volvemos a Copacabana. Estoy enferma por todas partes. Tengo algo de diarrea y un previsible virus, que me hace sentir mal en diferentes partes del cuerpo. Además, casi no puedo articular palabra, dado que padezco una aguda afonía que me tiene frita. Como mi chico casi no me entiende, me obliga a repetir, con los esfuerzos ímprobos que eso me supone. Río de Janeiro (Brasil) No obstante, mantengo las suficientes fuerzas para ir a la playa, dado que hemos descartado la inicial visita a Foresta de Tijuca. ¡¡Ya tendremos tiempo de visitar espacios forestales tropicales más adelante a lo largo y ancho del continente!!. Así que nos dedicamos a juguetear con las embravecidas olas, que nos revuelcan en la arena de la orilla (menos mal que no hay piedras). Esta playa me vuelve realmente loca y la vitalidad que rebosan quienes la pueblan, todavía más. Matamos la tarde viendo un maravilloso atardecer. Hoy por fin, la lluvia no lo ha estropeado. Nuestras horas en Río están contadas. Llega el momento de recoger, de hacer las mochilas y, en definitiva, de empezar a recorrer los kilómetros del largo periplo que nos espera. Pero da mucha penita irse y las lágrimas resbalan por mis mejillas desde los ojos, hasta gotear por la barbilla y hacerme cosquillas. Esta ciudad y sus habitantes quedarán para siempre en nuestro corazón. Nos prometemos volver a este enclave tan maravilloso, que nos brindó la naturaleza (dicen que el más bonito escenario natural-urbano, junto a las ciudades de Sydney, San Francisco y Ciudad del Cabo). El helador aire acondicionado del apartamento (que compite con la criogenizante nevera), alivia el calor de nuestra piel, a estas alturas enrojecida y castigada por el implacable sol y por nuestra dejadez al prescindir de los protectores solares, que aún están sin abrir en el fondo de la mochila. Me estoy empezando a pelar por todas las partes, especialmente por la nariz. La próxima vez, además, intentaremos disfrutar de un partido en Maracaná, al que al final no hemos ido. HACIA PARATY En algunas guías señalan que no es conveniente ir hasta la rodoviaria (terminal de autobuses) en autobús, pero viendo nuestras positivas experiencias anteriores, decidimos desoír tales recomendaciones y tomamos un autobús en la avenida de Nuestra señora de Copacabana (numerosas líneas conectan con la rodoviaria). Pasamos por Botafogo y observamos por última vez, las magníficas vistas que desde allí ofrece el Pao de Azúcar. Los autobuses de Río son confortables y para acceder a ellos, debes tranquear un torniquete, donde el taquillero te cobra (no dan billete). La que ejerce estas funciones –con más de cien kilos sobre sus huesos- parece que no ha dormido demasiado bien hoy, puesto que sestea y son los propios viajeros al subir, los que la despiertan. Paraty (Brasil)Cruzamos todo el centro, bien animado y llegamos hasta la avenida Presidente Vargas, desde donde nos metemos por calles ya desconocidas hasta acabar en la terminal (unos tres cuartos de hora). En sus inmediaciones, hay varias favelas. La estación es inmensa y moderna. No hemos consultado previamente los horarios, ni las compañías que van a Paraty y cuando lo hacemos constatamos que nos va a tocar esperar dos horas hasta el próximo servicio. ¡¡Porca miseria!!. En el hall de la estación, nos cruzamos con varios viajeros que hemos visto en días anteriores en distintos puntos de Río y que parece que llevan el mismo camino que nosotros.
Compramos el boleto a la compañía Costa Verde. Su precio (44,5R$), nos parece bastante caro para tratarse solo de cuatro horas de viaje, pero el autobús es realmente confortable y el aire acondicionado es, definitivamente, una máquina de congelar. Ya venimos advertidos por otros viajeros sobre los colectivos brasileños, aunque hemos valorado que no merecía la pena, subir el forro polar o la manta para tan solo cuatro horas. Gran equivocación. El conductor corre que se mata, como si lo estuvieran persiguiendo. Solo disminuye la marcha ante la aparición e túmulos o topes (que así los hemos oído llamar en este continente), que son esas pequeñas barreras que ponen en las carreteras, para que los coches frenen y que no sé como se llaman en España (yo las llamo tachuelas). Nos llama la atención que haya tantos y tan sinuosos. Esto solo es el principio de una pesadilla de botes, que nos agitaría a diario por todo el continente. El camino nos muestra bellos paisajes y lindas playas. Con tanta nostalgia hacia Río, nos hemos olvidado de comprar comida, así que el almuerzo de hoy, constará de galletas, pistachos, cacahuetes y gusanitos, que tenemos todavía, de la comida que nos trajimos de España . Desolador. ¡¡Ah y una tableta de chocolate Nestle, que ahora parece chocolate a la taza!!.PARATY Llegamos a Paraty pasadas las cuatro de la tarde y el calor aprieta de lo lindo. Tiene pinta de que la tarde se cerrará con una tormenta. Nos quedamos en el primer alojamiento que encontramos (cerca de la estación), sin comparar precios. Creo que podríamos haber encontrado algo más barato, pero en este principio de viaje, nos sentimos generosos. La Posada Veira (recomendable) está en la calle José Veira Ramos. Su dueña es bien simpática. La habitación, con baño, ventilador, nevera y televisión es algo pequeña, pero bastante confortable. La doble con desayuno, suponen 70 reales brasileños. Paraty (Brasil) Paraty es una empedrada (pobres pies) villa colonial portuguesa, que se impone a la vista y al sentimiento, con sus calles con casas blancas y de otros colores, de enormes puertas. Destaca –por encima del resto-, la Rue del Comercio. Resaltan también sus bellísimas iglesias, como la de Santa Rita, el mercado del pescado y el Fuerte Defensor Perpetuo. No impresiona, sin embargo por sus playas, más bien discretas. Está dotado de una completa infraestructura de alojamientos, tanto en el pueblo, como dando la vuelta hacia la otra playa: Las cabañas y “pousadas” son las protagonistas. Aquí se vende mucha cachaça, para elaborar riquísimas caipirinhas, pero no resulta nada barata (19,90 R$ los 900 mililitros). Como todo en este pueblo, es tirando a caro y eso que aunque hay turismo, no es tampoco masivo, al menos en está época del año. Aunque hay que tener en cuenta, que no hace mucho tiempo todavía, desde que se acabó el Carnaval Paraty es todavía más bonito y majestuoso de noche, pero hoy no podemos comprobarlo, porque se desata la anunciada tormenta, que en tan solo media hora, inunda todas las calles del pueblo, dejando estampas espectaculares. Nosotros la contemplamos desde la entrada de un bellísimo hotel, decorado con mimo. Todo es bonito aquí: Las tiendas, los restaurantes, los acogedores pubs… Dominados por sus ventanales y puertas gigantes. Lástima que el enlosado –más que empedrado- me esté machacando los pies y que la vuelta a la Pousada, sea por calles donde el agua nos llega bastante más arriba de los tobillos. En cualquier país de Europa puede estar un día nublado sin llover. En América, cuando los cielos se cubren, siempre acaba cayendo el diluvio universal. Menos mal que, como siempre, nuestra nevera esta llena de cervezas Brama, Antártica o Cintra (cuando la tomamos de barril se suma también la Iyaipava). Hoy cumplimos nuestra primera semana de viaje y estamos encantados de la vida. Desayunamos (oficialmente, nuestro primer café da manha) en la terraza de la pousada, que está llena de plantas, que componen un bonito marco tropical. La pena es que las moscas, también han pensado lo mismo y están dispuestas a compartir con nosotros el rico desayuno, a base de embutidos, dulces, café y un jugo o preparado semiííquido, de maracuyá. Damos una vuelta por el pueblo y constatamos algo que ya habíamos visto en Río: Brasil es un país tomado por las droguerías. Y también por las sectas y diversas religiones, de ritos espectaculares. Hay bastantes locales de estos cultos en esta villa. Paraty (Brasil)Vamos hasta la otra parte del pueblo, donde hay majestuosas posadas, pero a medio camino tenemos que retroceder con urgencia: El jugo de maracuyá, parece que ha sido preparado con agua del grifo y comienzan a notarse sus adversos efectos, que proseguirían a lo largo del día. Volvemos a pasear por las calles del centro y constatamos, que el cambio de divisas es aquí, es mucho más desfavorable que en Río (en las casas de cambio, dado que los bancos no cambian), así que tiraremos de cajero automático, lo que no resulta mucho más ventajoso, dado que te cargan una abusiva comisión de ocho reales. Los cajeros cuentan con múltiples medidas de seguridad, entre ellas, que hay que retirar inmediatamente la tarjeta, una vez que se ha introducido, para poder seguir procesando la operación. También aquí hay todo a kilo, pero son más caros y la comida es de peor calidad que en los de Río. Comemos en uno de ellos, con más pena que gloria y con poquitas variedades de carne (casi solo pollo). Es entonces, cuando nos disponemos a afrontar la primera siesta del viaje, dado que tampoco encontramos un plan mejor y hace bastante calor. Nos levantamos y vamos hasta la estación de autobuses, con el objetivo de comprar dos boletos a Sao Paolo para la mañana siguiente, pero muchos han planeado lo mismo y no hay plazas. Solo hay asientos para el de las cuatro de la tarde, lo que supone llegar al destino a las once o doce de la noche. No es buena idea, llegar a esa hora a una ciudad algo insegura, así que pasaremos todo el día aquí y tomaremos el bus de la noche, para llegar al amanecer. El viaje dura ocho horas con la compañía Reunidas y cuesta 38 R$. ¡¡El doble de horas y menos dinero que el que nos trajo a Paraty ayer.!! |





