CAMINO DE RÍO DE JANEIRO El día 22 de diciembre se había inaugurado el AVE Madrid-Valladolid. A pesar de la engañosa publicidad que ofrecía boletos a 12€, sacándolos antes de 15 días por internet, no llegamos a encontrar ninguno, así que el día 7 de febrero a una hora bien temprana, partimos hacia Madrid en un ALSA, con un sabihondo sentado delante, que no deja de hablar y pontificar a la que se supone, es su novia. Aún así, me duermo. Llegamos a Madrid. Hemos previsto hacerlo con tiempo, dado que tenemos que desviarnos hasta la estación de metro de Argüelles, para recoger la Guía de Sudamérica en inglés –la Footprint- que hemos encargado por teléfono a la librería Altair y que no hemos conseguido encontrar en ninguna otra parte. Cuando llegamos a la salida del metro que deja en la terminal 1 de Barajas, nos acordamos de la madre de Esperanza Aguirre. Resulta que hay que pagar un euro a mayores por viajar hasta aquí. Esto ya nos había ocurrido meses atrás al bajar en la Terminal 4, pero lo que no entendemos es que aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, haya doblado también el precio de la de la Terminal 1, que antes valía un euro. Ja, ja. ¡¡Luego que la buena mujer tiene accidentes de helicóptero y atentados en la India!!. Río de Janeiro (Brasil)No hay demasiada gente. De repente, cerca de nuestro mostrador de facturación, vemos a todas las mises provinciales. Van vestidas iguales y están a punto de facturar sus maletas. ¡¡La verdad es que mires a la que mires, todas están estupendas!!. Que envdia. Nos avisan por megafonía de que el vuelo se demorará media hora. Al final son cuarenta y cinco minutos, después de un embarque caótico, con instrucciones sin sentido. Nada más subir, el comandante da explicaciones: Salimos tarde porque el avión ya venía con retraso de otra parte y porque se ha denegado el embarque a dos pasajeros, después de que no cumplieran los requisitos necesarios. Nada más tomar la velocidad de crucero, nos sirven una comida algo escasa, aunque rica. El vuelo va bastante lleno y, como todos los transoceánicos, se hace bastante largo. Mientras es de día, se pueden hacer actividades como la lectura, pero cuando se hace de noche, hay que dejarlo todo, porque las luces de lectura no funcionan. ¡”Ah, ya se lo diremos a los de mantenimiento!”, me espeta una azafata sin ni siquiera dirigirme la mirada. ¡¡Espero que el motor esté mejor mantenido!!, pienso, aunque no me atrevo a preguntarlo. Nos sirven un par de tentempiés (escasos hasta para un pitufo) y tras diez horas de vuelo, llegamos con puntualidad a Río. Mientras aterrizamos, una meticulosa azafata cuenta su vida a un par de pasajeros. Es la primera vez que viaja a Río y está dispuesta a comerse la ciudad entera esta noche. “Yo vengo muy fresca, a nosotras los vuelos se nos hacen cortos, porque estamos entretenidas. No como a ustedes, todo el rato sentados”. RÍO DE JANEIRO Pasamos los trámites de inmigración sin ninguna dificultad y pretendemos buscar un taxista que nos lleve al apartamento de Botafogo, que hemos reservado con los dueños del Tupiniquim Hostel. Pero es el taxista el que nos encuentra a nosotros. Se llama Jorge y habla perfectamente español. Nos ofrece un apartamento en Copacabana, además del taxi. Le decimos que ya tenemos uno por cien reales. Nos lo deja en 80 y como no hemos pagado ninguna señal, hacemos lo que no se debe hacer: Dar plantón a los del Tupiniquim.Negociamos el precio del taxi. Nos quiere cobrar 70 reales. Conseguimos dejarlo en 45. Sabemos que aún así, es algo caro, pero el precio del apartamento lo compensa. Nos lleva hasta allí. Por el camino vamos viendo ya algunos edificios del –a esas horas- desierto centro de Río, además de los iluminados Pao de Azúcar y Corcovado. Río de Janeiro (Brasil)El Apartamento (en el edificio Corumba, en la avenida Prado Júnior 145, Copacabana) es amplio y seguro (tiene un cerrojo que al menos da cinco vueltas). Se trata de una inmensa habitación, con una cama grande, un sofá y otra cama supletoria. Tiene una pequeña cocina y un baño. La televisión se ve bastante mal. Creo que hemos tomado una decisión conveniente, a pesar de ser unos asquerosos malquedas. El lugar es muy recomendable. Buscar un alojamiento que no se saliera de presupuesto en Río, había sido un suplicio y resulta que ahora se nos ponía a huevo en el mismo aeropuerto. No habíamos encontrado nada de precio moderado en Ipanema o Copa y hasta en Botafogo los alojamientos no resultan baratos. Creo que Copacabana es el mejor lugar para alojarse en Río. Es más auténtico y tienes más contacto con la forma de vivir local, que en la archituristizada Ipanema. Ipanema es elegante, pero fría. También me parece mejor playa la primera, que la segunda. Pero por lo que he sondeado, creo que la mía no es la opinión predominante y la gente prefiere Ipanema. Jorge se despide de nosotros. Pero antes nos entrega un recibí del dinero, nos da su teléfono por si tenemos problemas o queremos prolongar nuestra estancia con más noches y nos advierte de donde podemos ir y donde no y también de que hay un supermercado abierto las 24 horas, casi justo debajo. La emoción nos embarga de tal forma, que aunque con el cambio horario son nuestras cuatro de la madrugada, nos cuesta dormirnos, a pesar de habernos levantado a las cinco de la mañana del día anterior. Nos despertamos, desayunamos y nos vamos al centro, pero la emoción no desaparece. Vivo como en el limbo, mientras el calor tropical acaricia los poros de mi piel en pleno febrero. Menos mal que el metro que nos lleva hasta allí tiene aire acondicionado, es limpio, rápido y seguro (2,40 R$). Y es que la seguridad en Río nos había también traído de cabeza desde meses antes. Y no nos ayuda mucho empezar el primer día a ver cámaras de seguridad por todas partes, gruesas verjas protegiendo edificios, porteros y vigilantes de seguridad. Pero pronto comprobamos que la gente pasea alegremente y que no se comen a nadie. El centro de Río en las horas de oficina es bien seguro. Río de Janeiro (Brasil)Contrariamente a otras opiniones que hemos escuchado, a nosotros el centro de Río nos gusta bastante. Por su animación, por su mestizaje y por sus calles empedradas y hermosas iglesias, afeadas por los monstruos de hierro y hormigón que han plantado junto a muchas de ellas, sin ningún remordimiento. La gente es encantadora y las chicas, según dice mi chico y según constato yo misma, son espectaculares. Algunos de los lugares más interesantes de Río son la plaza 15 de noviembre (que da al mar), donde se encuentra el Palacio Imperial. El Arco de Teles, Nuestra Señora del Carmen (la antigua catedral), la Travesera del comercio (que llega hasta el arco citado anteriormente), el Palacio Ilha Fiscal, la calle Largo de Carioca, el Convento de San Antonio, la extraña Catedral Metropolitana, el edificio de Petrobras, el Acueducto de Carioca (los conocidos Arcos de Lapa), el Teatro Municipal, la Biblioteca Nacional y la Iglesia de la Candelaria (en el límite, que en teoría, no se debería traspasar por seguridad, de la avenida Presidente Vargas). Es muy fácil moverse por el centro de Río y además está muy bien indicado. Tras tomar el primer contacto con los ricos jugos locales, nos vamos a comer a un todo a kilo (entre 0,99 R$ y 1,69R$ por los 100 gramos), donde degustamos ricas viandas, incluidas diferentes piezas de carne al churrasco. Estos lugares prestan una muy buena relación calidad-precio, aunque en las playas son menos frecuentes que en el centro y bastante más caros. Tienen diferentes formas de funcionamiento. En este caso, nos dan un papel donde nos apuntarán el peso de cada plato y donde hay que marcar con una x las bebidas que queremos engullir. Luego al final, se pasa con él por la caja y se paga. Y finalmente hay una persona en la puerta recogiéndolo. ¡¡Como para escaparse sin pagar!!. En otros todo a kilo el funcionamiento es menos complejo. Ha llegado la hora de tomar el Bonde (0,60 R$ cada trayecto), el legendario tranvía que conduce al decadente pero preciosísimo barrio de Santa Teresa. El convoy odea la Catedral Metropolitana y cruza por los arcos de Lapa hacia un barrio de favelas. Según entramos en él, tres o cuatro chavales saltan sobre el tranvía y nos llevamos un susto tremendo (especialmente yo, que voy con la cámara de la mano). No van a asaltarnos; simplemente quieren viajar y como no hay asientos, lo hacen colgados de los laterales.A medida que vamos avanzando, es más la gente que viaja colgada. El cobrador, va haciendo equilibrios de barra en barra y, mientras con una mano se agarra, con la otra coge el dinero y retorna el cambio. El barrio de Santa Teresa está en una colina y es tan bello como decadente. No sabemos muy bien si bajarnos y donde, así que decidimos hacer el recorrido completo del tranvía, como una aproximación para volver otro día. Río de Janeiro (Brasil)En el último tramo se vuelve a cruzar por encima de los arcos de Lapa y una chica que va colgada de la barra lo pasa fatal, al ver a la altura que se haya colgada. La rodeamos el cuerpo con nuestros brazos, más para darle sensación de apoyo, que para sujetarla realmente ante un posible resbalón. Llegamos a la estación y su pálida cara va retomando lentamente su color. Damos el último paseo por el centro y retornamos a Copa. Decidimos caminar por esta playa, ahora que el cielo se ha nublado. Es ancha, de aguas bravas (con un buen desnivel nada más entrar cuando te bañas), bonita y animada. Se divide en zonas y cuenta con numerosos kioscos de bebidas y cocos helados, además de puestos de queso caliente, tapioca o churros rellenos. Los vendedores muestran su mercancía, pero no incordian ni agobian. La gente pasea despreocupadamente. Andamos los cuatro kilómetros de playa y llegamos a Ipanema. La primera impresión es de decepción. La playa es estrecha y al principio hay un importante desnivel desde el paseo, pero el morro de los Dos Hermanos que culmina Leblón es espectacular. El barrio de Ipanema es elegante, pero frío e impersonal. Impresionan todos los elementos de protección contra asaltos, que muestran la mayoría de edificios. Concluimos que a nosotros nos gusta mucho más Copacabana. Es más auténtica y caótica. Empieza a llover y nos empapamos. Sentimos esa extraña sensación de, por una parte, estar sudando y a la vez, recibiendo sobre nuestros cuerpos la caliente agua de la lluvia tropical. Las precipitaciones empiezan a ceder y regresamos andando. Esta anocheciendo, pero el paseo de la playa de Copa no nos parece nada peligroso a esas horas. Copacabana de noche, supone el precioso encanto de la decadencia. Hay zonas de prostitución, pero también acogedores restaurantes. Compramos unas cervezas en el súper y matamos el día tirados en el sofá del apartamento. Es sábado y decidimos que en el día de hoy recorreremos las playas hasta el final de Leblón. Los cariocas no han madrugado demasiado y los que lo han hecho se dedican a hacer footing o marcha atlética. El sol pega con fuerza, pero nosotros, despreocupadamente, nos hemos dejado las gorras y la crema solar en el apartamento. Tan viajados, como inconscientes En la playa, apenas unos cuantos tipos musculosos, que cultivan sus cuerpos a base de flexiones y otras prácticas deportivas. A estas horas no hay casi puestos. Una marca de agua ha tenido una ingeniosa idea y ha llenado la playa de máquinas que vaporizan agua para refrescarse, mientras hace alusión a las virtudes aliviantes de su producto Cruzamos Copacabana y llegamos nuevamente a Ipanema. Damos un paseo por el barrio, que está algo más animado que en la tarde de ayer. Pero pronto constatamos que aquí todo (incluidos los restaurantes) cuesta tres veces más que en el centro de la ciudad. Nos adentramos hasta Lagoa, no sin precauciones, dado que en la parte derecha nos ha parecido ver algo similar a una favela. La verdad es que estas nos tienen obsesionados. En la tarde de ayer y cuando desde cerca de la Catedral Metropolitana, íbamos a hacer una foto de los Arcos de Lapa, ya desechamos la idea, al creer habernos adentrado en una. Lagoa Rodrigo de Freitas es muy bonita, pero está bastante sucia y esta mañana la calima evita unas mejores vistas. A su alrededor tiene un circuito, donde se marcan las distancia en el suelo, hasta completar –si no recuerdo mal- siete kilómetros. Volvemos a las calles de Ipanema. En los bares, los lugareños disfrutan del ambiente festivo a la sombra de ricas caipirinhas. Y es que Río, es una permanente fiesta, llena de buen rollo, de sonrisas y de contagioso optimismo. Seguimos andando por la playa y llegamos a Leblón, que es todavía una zona más cara. Si en Copacabana la Caipirinha cuesta 3-4 reales, aquí se deben pagar hasta 8. Vistos los precios, decidimos entrar al supermercado y comprar allí la comida. Tras el almuerzo, nos decidimos a llegar hasta el final de la playa.. Río de Janeiro (Brasil)Como si estuviera prohibido coger el autobús, decidimos desandar la enorme distancia recorrida caminando. Ahora si que la playa está a rebosar. Los puestos ya toman el lateral del paseo y los vendedores ambulantes patean la arena con sus pesadas neveras, ofreciendo bebidas con las que refrescar el calor y los ánimos. Pienso que muchas de las cosas que se comercializan en los tenderetes de la playa, son anacrónicas (queso caliente, maíz a la plancha…) Es como si a mi se me ocurriera poner un puesto de helados y polos en cualquier calle de Valladolid, en invierno. Pero, en fin. ¡¡Ellos sabrán!!. A mitad de camino empiezan a flaquear las fuerzas. Estamos agotados y rojos como un tomate, así que no encontramos mejor forma de aliviarnos que sentarnos en uno de los chiringuitos a engullir caipirinhas (el hielo provoca la primera diarrea ligera del viaje). Los vendedores se acercan a mostrarte su amplia gama de productos a la terraza. La verdad es que resulta imposible no fijarse en las esculturales chicas que muestran sus culos debajo del estrecho bikini brasileño. Nada de top less, pero culos, todos los que quieras. Creo que la religión tiene bastante que ver en estas cosas, pero ¿qué tiene la Iglesia en contra de las tetas?. Se nos hace de noche y volvemos a disfrutar de Copa, que en esas primeras horas del crepúsculo es una maravilla. Iniciamos nuestros primeros contactos por internet (en torno a los 2,50 R$ la hora) con la familia y amigos, sin insistir mucho en lo de las deliciosas caipirinhas, la playa y la temperatura, dado que en España es pleno mes de febrero y se están congelando. Al fin he conseguido controlar la emoción desbordante que me invadía ayer. Ha sido difícil, dado que nos encontramos en una de las ciudades más maravillosas en las que haya estado jamás. Pensábamos estar tan solo tres días en Río, pero ya a estas horas hemos decidido, que nos quedaremos un cuarto. Nuestras primeras gestiones del domingo, 10 de febrero, van encaminada s a hablar con el portero del inmueble, para que contacte con Jorge y le diga que nos vamos a quedar una noche más de las previstas. Este hombre es bien simpático, como casi todo el mundo con el que hemos tenido contacto aquí. Nuestra idea hoy es visitar el Pao de Azúcar por la mañana y subir al Corcovado por la tarde. Así de intenso planificamos el día, pero de momento está bastante nublado, así que decidimos posponer, de momento, la primera excursión y nos vamos a la playa a disfrutar del mar y de la arena. Unas guapas chicas nos dejan a vigilar sus pertenencias y se van a bañar. Creo que yo no haría lo mismo con tanta ligereza. Río de Janeiro (Brasil) |





