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Sudamérica y Centroamérica/45


         

   El barrio donde se ubica se llama la Candelaria, que cuenta con otros muchos lugares de interés, como la iglesia de San Francisco, la Veracruz, la de la Tercera Orden, santa Bárbara, la casa de la Moneda y Donación Botero y la plaza del Chorro de Quevedo.

 

            Luego está la zona donde se ubican los edificios gubernamentales. Para acceder a ella, hay que traspasar controles de seguridad, en los que registran los bolsos. Hay bastante vigilancia y suelen pedirte que no te detengas mucho y que circules por el centro de la calle. “A la orden” y “si tiene la bondad”, son dos frases, que están todo el día en la boca de los simpáticos y apacibles colombianos

 

            Comemos de supermercado, un poco mejor que en Cali, dado que el pan es muy rico aquí. Después dormimos dos horas de siesta, en una cama que es extraordinariamente dura. Estoy segura de que si nos secuestra la guerrilla, no dormimos en un camastro tan espartano.

 

Luego volvemos a la plaza Bolívar, donde también se ubica la oficina de Turismo. El personal que atiende, es muy atento y servicial, pero nada nos puede solucionar respecto al tema del tapón del Darien. Dicen que puede ser, que se hagan cruceros o haya lanchas, que desde el golfo de Uraba, recalen en Panamá. Pero no lo tienen muy claro, ni pueden dar una información más concreta. Parece que definitivamente, estamos abocados a resolver este tema en la misma Cartagena de Indias.

  Bogotá (Colombia)

            Sí nos explican, como podemos llegar a Zipaquirá –lugar que pensamos visitar mañana- y como llegar hasta Villa de Leyva, la pequeña ciudad colonial, a la que pensamos ir el domingo. En el primer caso hay que tomar el Transmilenio –similar al metrobús de Quito o Loja, aunque con una red mucho más extensa-, hasta una estación de autobuses situada a las afueras y llamada Portal Norte, que no es la misma a la que llegamos ayer, llamada Portal Sur. En el segundo caso, si que se parte desde esta.

 

            En muchas localidades de Colombia, como es el caso de Bogotá, las calles y las avenidas (carreras) tienen nombre de número. La principal aquí es la carrera Séptima y –en una decisión que me parece genial- los viernes por la tarde entre las seis y las doce, la cortan parcialmente al tráfico, con lo que su calzada se llena de puestos de comida y actuaciones improvisadas, además de actividades varias de ocio –encestar en sacos, saltar a la comba…- al calor de la gente, que la ocupamos de forma masiva. El ambiente es tan acogedor, que la recorremos un par de veces en cada sentido –lo que nos lleva un par de horas-, hasta que empieza a llover y se fastidia la tarde. Esta larguísima avenida también transita por la zona presidencial, que está peatonalizada las 24 horas del día.

 

            Bogota por el día y tomando las precauciones habituales, no parece una ciudad peligrosa, pero por la noche, mejor no salir de esta almendra comercial en torno a la Carrera Séptima y los aledaños de la calle Jiménez. Nada de quedarse por el vació casco histórico y mucho menos, ir a la zona que da acceso al bonito cerro Montserrat. También hay que tener cuidado en los cajeros automáticos, en los que para operar y por motivos de seguridad, tienes que ser casi más rápido que Fernando Alonso, porque si no, te anulan la operación y tienes que volver a empezar de nuevo.

 

            Nos recogemos en el hotel. Aquí es posible ver la Televisión Española Internacional, así que contemplamos el Telediario y nos

divertimos, viendo como los del PP están a la gresca. Tenemos que pedirle un adaptador a la de recepción, para poder cargar la cámara, puesto que al menos en los hoteles económicos, los enchufes son tipo Estados Unidos, con clavijas planas.

 

Tomamos ron. La marca que hemos comprado, tiene un rico sabor a caramelo quemado, como el de los flanes.

                                                                         Bogotá (Colombia)

 

ZIPZQUIRÁ

 

            Nos vamos hasta la estación de Portal Norte (45 minutos), a la que llegamos en el Transmilenio (1.200 pesos), que hemos tomado en la misma calle de nuestro hotel (la estación se llama museo del Oro). Allí abordamos el autobús (3.000 pesos), que en una hora nos pone en Zipaquirá. Desde la terminal, solo se tarda 20 minutos hasta la mina, donde se encuentra la Catedral de Sal, dedicada a Nuestra Señora del Rosario. La entrada cuesta 12.000 pesos e incluye también, la visita al museo de la Salmuera y al Arqueológico.

 

            La Catedral que se vista en la actualidad, tiene solo 12 años, porque la original, construida en 1.952, se hundió 40 años después. La visita es obligatoriamente guiada y se va deprisa, pero una vez termina, te puedes quedar en el interior todo el tiempo que quieras, haciendo fotos o simplemente, paseando. Nuestra guía se llama Greis y resulta bastante agradable y competente.

 

            La mina está muy bien acondicionada, así que la visita no entraña peligro alguno. Primero, se entra por un túnel algo oscuro, reforzado en su techo y laterales con troncos de eucalipto y luego se circula por un ancho corredor, a cuyos lados se sitúan las 14 estaciones del calvario de Jesús. A unas hay que bajar, mientras otras, se encuentran al mismo nivel. Aquí llegan miles de peregrinos, sobre todo en Semana Santa e incluso puedes celebrar tu boda, aunque el precio que se debe abonar, está bastante lejos de lo que nos podemos permitir la mayoría de los mortales (12.000€, de tal forma que hasta la fecha, solo se han celebrado 5). Además de nosotros dos, nuestro grupo lo compone una francesa y una canadiense-chilena.

 

            Luego se llega a la catedral en sí, que es espectacular.

Junto con la de Wieliczca, en Polonia, son las dos únicas del mundo que están en una mina de sal y nosotros, desde este momento, ya conocemos ambas. Tiene una gran nave central y dos laterales. En 2007 mediante un concurso para elegir las 7 Maravillas de Colombia; la Catedral de Sal obtuvo la mayor votación. Es considerada como uno de los logros arquitectónicos y artísticos más notables de la arquitectura colombina, otorgándosele incluso el titulo, de joya arquitectónica de la modernidad. Cabe destacar también, su rica colección artística, especialmente de esculturas de sal y mármol.

 

            Tras la visita comemos, de forma discreta y no barata, en uno de los restaurantes cercanos a la plaza del pueblo. Esta es muy acogedora y tiene una bonita iglesia. También lo son, las calles aledañas, con sus casitas blancas con balcones de madera. El paseo se hace muy agradable, hasta que como de costumbre, empieza a llover, momento que aprovechamos para volver a Bogotá. A la entrada de la capital, hay inundaciones, debido a la fuerte tromba de agua, que nos cae de camino.

                                                         Zipaquirá (Colombia)

 

OTRA VEZ EN BOGOTÁ

 

            Paseamos por la Carrera Séptima, pero hoy apenas hay gente y, como no está cortada, hay mucho tráfico. Así que a las siete y

media, nos vamos al hotel. Cambiamos de planes: Mañana pensábamos ir a Villa de Leyva y pasado quedarnos aquí, para descansar y visitar el cerro Montserrat. Pero parece que tiene más sentido, visitar este centro religioso en domingo y dejar la ciudad colonial para el lunes, donde además será más fácil llegar, porque hemos leído que esa carretera, está bastante congestionada los fines de semana. A ver si es posible, que desde allí podamos llegar hasta Medellín, sin tener que volver a pasar por Bogotá.  

            Son las 9 de la mañana, pero en el camino que se dirige a la base del cerro de Montserrat (llamado también Montserrate), ya abundan los puestos de comida, sobre todo de pinchitos de carne. Nos gustaría subir andando, pero como no sabemos si es seguro, optamos por tomar el teleférico. El precio, bastante caro, es el mismo que el del funicular, que también asciende hasta la cima: 8.000 pesos los domingos y 13.500 de lunes a sábado, ida y vuelta. Nosotros solo cogemos ida, así que pagamos únicamente la mitad.                                                             

 

            Cuando estamos arriba –no se tarda nada en llegar-, descubrimos que toda la subida está llena de gente. Preguntamos a un policía y nos dice que los domingos no hay peligro alguno de asaltos en la ascensión al cerro, aunque si de lunes a sábado, días en que es mucho más recomendable, subir y bajar en grupos numerosos. Igual ocurre, con el cercano cerro Guadalupe.

 

            Desde el cerro -3.200 metros sobre el nivel del mar-, se ve una bonita panorámica de la ciudad de Bogotá. El punto central de turistas y peregrinos, es el feo Santuario, que está dedicado a la Virgen Morena de Montserrat. Ahora hay misa y esta abarrotado, al igual que los puestos de comida que han instalado en los alrededores. Hay también un animado mercadillo de tenderetes y otro vía crucis, algo más modesto en su ejecución, que el de la catedral de ayer.

 

            Bajamos andando, por un camino incómodo, debido a la irregularidad del terreno y de las escaleras. También, porque sube y baja mucha gente, incluidos niños y ancianos. Hay bastantes vendedores, que en los rellanos han improvisado puestos, sobre todo de comida y bebida, pero también de ropa o calzado. En 45 minutos, estamos de nuevo en la base. Se ha hecho algo pesada la bajada.

                                                                         Bogotá (Colombia)

            El centro está lleno y la Carrera Séptima vuelve a estar cortada al tráfico (los domingos es de siete a catorce horas). En este caso, lo que se pretende fomentar, es el tránsito de bicicletas, así que la calle y los aledaños, están llenos de ciclistas. Hay puestos de fruta o de perritos y hamburguesas, en unos casos ambulantes, en otros, instalados en furgonetas en las calles perpendiculares. Comemos en uno de ellos y de postre, nos damos al rico y sabroso mango, que en Colombia tiene un sabor especial. Las iglesias, como el domingo pasado en Quito, están abarrotadas.

 

            Damos un paseo hasta la tranquila y encantadora plaza del Chorro de Quevedo y el callejón del Embudo, donde hay bastantes garitos, que ponen muy buena música, aunque a estas horas, están escasamente animados. Luego, subimos al cerro Guadalupe, el otro de los tutelares de Bogotá, en cuya cima hay una estatua de 15 metros de alto y una pequeña ermita, que está consagrada a la virgen que da nombre al cerro. Hemos subido en un taxi, pero deshacemos andando, los casi ocho kilómetros que recorre la bajada. 

 

            A las seis y cuarto de la tarde, cuando se está haciendo de noche, ya no queda gente, ni siquiera por la zona de la carrera Séptima y aledaños, así que pensando en nuestra seguridad, nos vamos al hotel. Han ganado el Valladolid, el Madrid y Nadal. ¡Qué bien!.

 

 


VILLA DE LEYVA

 

            Tomamos el microbús a la estación Portal Sur, la misma a la que habíamos llegado el viernes desde Cali. No hay autobús directo a Villa de Leyva, así que tenemos que tomar primero, uno hasta Tunja (13.000 pesos) y luego un micro (5.000 pesos) a la bella localidad colonial. Es un bonito lugar, de calles empedradas y lindas plazas, casas, e iglesias, pero no se tarda mucho en visitar. Llegar hasta aquí merece la pena, pero es una auténtica paliza, porque son más de cuatro horas en total y para colmo, no podemos ir desde Villa de Layva directamente a Medellín y por la tarde, tendremos que desandar el camino, hasta Bogotá.

 Bogotá (Colombia)

            Lo más destacable de Villa de Leyva, es su amplia plaza Mayor, donde se encuentra la alcaldía. Otros lugares a tener muy en cuenta, son la iglesia Parroquial, la del Carmen, el monasterio de las Carmelitas, la casa del Primer Congreso y la plazuela de San Agustín. No hay ni un solo turista, así que pasear por aquí, es una auténtica delicia, gracias eso sí, a que hemos dejado las mochilas en una tienda, porque si no, tendríamos machacados los pies, con este sinuoso empedrado.

 

            Los restaurantes son carísimos y e l alojamiento, suponemos que también, así que retornamos a comer a Tunja y como es tarde, lo hacemos de forma discreta, en un supermercado. Aunque lo arreglamos con una enorme bandeja de papaya de postre. Es en este país, donde hemos probado las frutas tropicales más ricas de todo el continente –a excepción de la piña de Otavalo-, sobre todo el mango y la papaya.

 

            Compramos el billete para el bus de las cinco y cuarto a Bogotá, nos guardan las mochilas y como todavía tenemos casi dos horas, nos vamos a pasear por la ciudad. Se trata de un lugar alegre, con una bonita plaza y varias calles peatonales. Hay mucha animación, debido a que cuenta con universidad. El tradicional “llamadas, llamadas, llamadas…”, se convierte aquí en “va a llamar, va a llamar…”.

 

            De vuelta en Bogotá –hemos tardado media hora menos, al no hacer casi paradas-, tomamos el bus para Medellín, sobre las

diez de la noche. Hemos tenido que regatear ferozmente el precio en varias compañías y al final, hemos acordado pagar 35.000 pesos –nos pedían 50.000 al principio-, a la compañía Magdalena. El bus va lleno y antes de partir, nos advierten de que no aceptemos comida,  bebida u otras substancias de desconocidos. Supongo que lo dicen, por el asunto de la burundanga. También nos recuerdan, que mantengamos los bultos de mano, lo más cerca posible. Caen chuzos de punta, pero yo no me entero.

                                                              Villa de Leyva (Colombia)

 

MEDELLÍN

 

            Llegamos a Medellín y al recoger nuestras mochilas, constatamos que están empapadas. Parece, que debido a las intensísimas lluvias, ha entrado agua en el maletero del vehículo. Nos enfurecemos con el conductor, que elude toda responsabilidad y nos manda a la oficina de la compañía, donde nos atiende una chica. Según las condiciones del boleto, lo máximo que podríamos pelear, es una indemnización de 20.000 pesos cada uno. ¡Y a cobrar Dios sabe cuando!.

 

Escribimos una reclamación y solicitamos que nos devuelvan el importe del billete. La joven nos dice que eso no puede ser, porque nosotros ya hemos viajado, pero ante nuestra insistencia, llama a un superior y en dos minutos, tenemos de vuelta en nuestro bolsillo los 70.000 pesos de los boletos. ¡¡Chapó. Esta empresa no solo tiene unos autobuses muy nuevos y confortables, sino que mima a su clientela!!. Los 70.000 pesos que aparentemente han perdido, los van a recuperar con creces, solo con la muy buena publicidad que nosotros vamos a dar aquí y a otros viajeros, en etapas posteriores de nuestro periplo

           

            No sabemos si ir a otra ciudad colonial, Santa Fe, después de dormir aquí hoy. Preguntamos en la oficina de Turismo, si cae de camino hacia Cartagena de Indias. Nos dicen que no, que hay que llegar y retornar a Medellín, así que no iremos, ni pernoctaremos aquí. Decidimos no sacar los billetes a Cartagena hasta la tarde, dado que nos piden unas cantidades exageradas, de hasta 100.000 pesos. Tenemos la esperanza de que justo antes de la salida, lo bajen un poco, como nos ocurrió ayer en Bogotá. Así que nos toca pagar la consigna, para dejar los bultos (3.000 pesos).

 

            . Estamos bastante cansados, porque hemos llegado tempranísimo, antes de la hora. Tomamos el eficiente y abarrotado sistema de metro (1.000 pesos) y nos vamos al centro. Medellín es más interesante de lo que cabría pensar o de lo que se lee en la guía. Como Cali, es muy animada, sobre todo en sus plazas, entre las que destaca por encima de todas, la que acoge las gigantescas y corpulentas estatuas de Botero, llamada con el nombre de este escultor. También tiene algunas bonitas iglesias como la Catedral Metropolitana –que se encuentra en el Parque Bolívar-, la Catedral Vieja, la iglesia de la Veracruz, la de San José y la de San Ignacio.

 

            Pero como siempre, son los puestos callejeros, que aquí son fundamentalmente de riquísima fruta y los viandantes, los que dan una alegría especial a esta vibrante ciudad. Aprovechamos para tomar unas cervezas en una terraza, porque el calor desde las diez de la mañana, ya es insoportable y comemos muy pronto, a base de comida rápida local y de más de un kilo de mango, para los dos. Rematamos con un tinto, que no es un vino, sino un café negro, que se vende de forma ambulante por las calles. Aunque está demasiado azucarado, resulta muy rico. ¡No me extraña que el café de aquí tenga tanta merecida fama!.

  Medellín (Colombia)


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