Desde Marrakech a Fez/1

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Dos VIAJES y un MUNDIAL (parte II)



Desde Marrakech a Fez, a través de las gargantas de Dades y Todra y el desierto de Merzouga

 

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ADVERTENCIA: El viaje que se narra en este relato, es parte de uno más extenso, que además de por Marruecos, realizamos por Toscana, Umbría y Roma, en julio de 2.010. Por razones logísticas y prácticas, se ha dividido este periplo, en dos relatos diferentes: Por una parte, el correspondiente a Italia (6 jornadas) y por la otra, el de Marruecos (8 días). Sin embargo, las secciones generales, que anteceden al desglose cronológico de nuestras experiencias, son comunes, para amabas narraciones 

           

           Los albergues en Merzouga, son realmente lamentables. Al menos, los tres que hemos visto –antes de decantarnos por el de Les Roches- y en la temporada estival. Es incomprensible, que con más de cuarenta grados en el exterior, sus habitaciones, no ofrezcan aire acondicionado o siquiera un ventilador. Si lo hacen, es incrementando el precio, en un 50%. La noche ha sido aterradora y hemos vivido, a cuenta de ello, momentos atormentados y violentos. Me refiero, a los escasos ratos, en que, para evitar el sofoco, no estuve desesperada, remojándome, debajo de la ducha.

 

            Pero, ahora, todo eso da igual. Al menos, hemos podido disfrutar de cuatro horas, en el autobús de CTM, que nos ha traído hasta Midelt. Todo un lujo: Con aire acondicionado, sin agobios, sin señoras con fundamentos y cuatro o cinco críos, cargando a la espalda, subiendo y bajando, constantemente; sin lugareños oliendo a chatún –gran reserva- y sin constantes paradas, que hacen de la mayoría de los autobuses marroquíes, un insufrible, servicio puerta a puerta, con velocidades medias, de poco más de 30 km./h.

 

Sobre todo, hay que evitar estas estresantes compañías regionales y locales, en el agotador verano. CTM y Supratours son más caras, pero muchísimo más confortables. El problema, es que casi solo cubren, los itinerarios más importantes, entre los grandes núcleos urbanos.

 

            Son las dos de la tarde y apenas faltan seis horas, par la gran cita. Para bien o para mal, el nombre de esta localidad y sus recuerdos, permanecerán en nuestra mente, para siempre. ¡Como aquella deliciosa y mágica madrugada, del 30 de junio de 2.008, en Bangkok, en la que ganamos la Euro!.

 

           Si hoy perdemos, será durísimo. Si atendemos a la estadística, es muy probable, que ninguno de nosotros –al menos, de los que ya vamos teniendo una edad-, vuelva a vivir un acontecimiento como este. Estoy convencida: No ganar hoy es más cruel, que no haber superado siquiera, la primera fase y habernos ido para casa, hace ya quince días.

 

            Midelt, no tiene grandes atractivos turísticos, pero al menos, es una ciudad muy limpia, bien asfaltada y con una pequeña, pero coqueta medina. Por tener, hasta posee, una larga calle peatonal, algo, que es realmente infrecuente, en Marruecos. El día está nublado y aunque hace calor, nada tiene esto que ver, con los rigores del desierto o con los sofocones que hemos padecido, en nuestras caminatas, por las bellísimas gargantas del Dades y del Todra.

 

            Nos sentamos a comer, en una terraza llena de lugareños y por 20 dirhams, nos sirven medio pollo asado, con patatas fritas, una ensalada marroquí y varios higaditos de la misma ave, macerados en una rica salsa de cebolla, limón y especias. Después, escogemos un hotel, muy limpio y barato, regentado por una joven marroquí, que no porta hijab y habla perfectamente español (el Atlas, que viene, acertadamente, recomendado en las guías). La doble, con baño compartido, cuesta 60 dirhams y es genial.

 

            Paseamos por la median y luego, por el exterior de este r4cinto. Recorremos la localidad de arriba abajo, como gatos enjaulados. Ya agotados, decidimos comprar una fresquísima coca cola de dos litros y sentarnos a engullirla, en los escalones de un comercio, hoy cerrado.

 

            Al rato, se acerca, quien dice llamarse Raschid. Al principio, mostramos nuestras reservas. Suponemos, que se trata de uno más, de esos desconsiderados y nada escrupulosos marroquíes, que tratan, sin ningún rubor y remordimiento, de sacarte los cuartos, el tiempo y la paciencia. Hemos padecido a unos cuantos, en nuestras jornadas, por el desierto de Merzouga y sus poblaciones limítrofes –más incluso, por estas últimas-.  

 

            Pero, no. Raschid, es diferente y solo quiere conversar y fundamentalmente, explicarnos las excelencias, de esta localidad y de sus alrededores, alojados en el Atlas medio, de Marruecos. Nos habla maravillas, de los circuitos senderistas, que se pueden realizar por la cercana zona del circo, de las visitas a las próximas minas y de las excelencias, de las manzanas de esta ciudad, enclavada a más de 1.700 metros de altitud, que sirve de refrescante refugio veraniego, a muchas de las acaloradas gentes del sur.

 

            Midelt, vive fundamentalmente de la minería. Las minas de plomo, plata y otros minerales, fueron abandonadas por el gobierno y las sociedades privadas y ahora, son particulares, como Raschid, los que las explotan y viven de ellas. Son, pequeños empresarios autónomos. De hecho, muchas de las tiendas o empresas del pueblo, venden minerales o exportan a gran escala, a otros productores extranjeros.

 

            Entre los recursos de esta región, también se encuentra la producción de manzanas. Aunque su cosecha, solo ocupa a sus ciudadanos, a lo largo de un mes, con ridículos salarios, de 50 dirhams al día, por jornadas que van, desde la siete de la mañana, hasta las cinco de la tarde. ¡Realmente indigno!

 

            Raschid, está preocupado por la crisis en España. Parece, como si fuera una consigna gubernamental, difundida interesadamente, por los medios públicos. Y, es que, cada marroquí, con el que hemos conversado, a lo largo de estos días, nos ha preguntado, por si sigue aumentando la crisis en nuestro país y por el número de parados. Y, casualmente, todos coinciden en lo mismo: España ganará el Mundial esta noche y la crisis terminará. ¿Qué intereses, mueven la difusión, de esta estrambótica teoría?.

 

            Nuestro interlocutor es bereber y tuerce el gesto, cuando denota, que no tenemos algo claro, sobre las diferencias de su cultura y de su lengua, con la árabe. Para más lío, nos indica, que ni el idioma ni la idiosincrasia, son las mismas, que las de los bereberes del norte, que visitamos en nuestro reciente viaje de abril, al Rif y alrededores. Como él resume, es como en España: “Hay español-español, español-catalán, español-vasco…”. ¡Curiosa interpretación!

 

            Habla seis idiomas: Bereber, árabe, español, francés, italiano y algo de inglés y es bastante progresista, para lo que es la forma de pensar, generalizada en Marruecos. A pesar de sobrepasar, ligeramente, los treinta, no está casado y la razón es, que “prisa, mata”. Pero, se torna drásticamente conservador, al hablar de la religión y especialmente, del Ramadán, que empieza de aquí a un mes, bajo unos argumentos, tan curiosos como inconsistentes: “Mirad. El Ramadán es muy bueno y fue creado por Dios, para que durante un mes, los ricos, sepan como viven los pobres. Y viene muy bien, porque así se limpian el estómago y la barriga de impurezas, durante el día y se fuma menos”.

 

            Como todos los marroquíes, Raschid, está a muerte con la roja. ¡Incondicionalmente!. No vimos, ni siquiera otra persona, que fuera de otro combinado nacional. Ya hace días, que nos hemos dado cuenta, que además de en el fútbol, a marroquíes y españoles, nos unen bastantes cosas, por mucho, que nuestros indeseables políticos –los de un país y los de otros-, nos quieran crear diferencias.

 

Y también hemos constatado, que el buen fútbol de la roja, es patrimonio de mucha parte de la humanidad y, sobre todo, de los amantes del buen gusto, más que de esa pequeña parte, de descerebrados y estridentes españoles, que tratan de adaptar a los éxitos del balompié patrio, sus simplistas pensamientos radicales, nacionalistas y excluyentes y blanden la bandera rojigualda, como emblema de su intransigencia e intolerancia. Algún día, ellos deberán de entender, que lo que nos han hecho disfrutar, esta hornada de futbolistas, es patrimonio de la humanidad y no, de sus fascistas pensamientos y que el deporte, es más bien un juego y una competencia, que un arma política arrojadiza. Lo que más me dolerá, si ganamos este campeonato, es que como siempre, la ultraderecha, será ventajista y se lo apropiará –como siempre-, para sus espurios intereses.      

 

            La animada conversación ha hecho, que el tiempo transcurra deprisa y que apenas, falte solo una hora para el partido. Raschid –tras nuestra petición expresa-, nos ha indicado un cercano sitio, donde podemos adquirir cerveza. Nos acompaña y compramos cuatro latas, de Stork, que serán las primeras cervezas, que tomemos en cinco días que llevamos, en el país alauita. Naturalmente, no las podremos consumir en público, sino en la habitación. ¡Va a ser duro, contemplar la trepidante final, a base de te a la menta, naranjada y apestoso refresco, de sabor tropical, muy exitoso, por esta zona del planeta.

 

            Nuestro nuevo amigo bereber insiste, en que quiere ver el partido con nosotros, así, que nos citamos a las siete y cuarto –hora local, una menos que en España-, en una enorme cafetería. Asegura, que nos guardara dos asientos. A la hora convenida, allí nos presentamos, ataviados con las camisetas de la roja, que ya llevábamos puestas, desde por la mañana y que ya habíamos paseado por Europa y África, en las jornadas de cuartos y semifinales, contra Paraguay y Alemanaza. Sorprendentemente, Raschid, no se presentó a la cita y nunca, volvimos a saber más de él.

 

            El Mundial para nosotros, como para todos, había empezado sufriendo, con la derrota contra Suiza, que padecimos en casa, donde también vimos, los partidos de Chile y Portugal. En medio, el de Honduras, lo visionamos en Navia (Asturias), en una etapa, de un apasionante periplo, que nos llevó desde Castro-Urdiales, hasta La Coruña.

 

            Paraguay, nos esperaba en cuartos, en una agotadora jornada por la Toscana, del país trasalpino. El programa del día, consistía en visitar Empoli, Poggibonsi, San Gimignano, Arezzo y llegar hasta Perugia, en la región de Umbria. Pero, tuvimos que suspender la visita al primer destino, porque si no, no nos daba tiempo a llegar a ver el fútbol.

 

            Arribamos a Perugia, a las ocho y cuarto de la noche, solo faltando cuarto de hora, para que comenzara el partido. Desconocíamos, que nuestro alojamiento, situado en el centro, estaba a casi cinco kilómetros, de la estación de tren. Pero los dioses, estaban de nuestra parte y de la de la roja y al preguntar, como llegar, a un amable conductor, nos hizo subir a su coche y nos dejó, en la puerta de nuestro hotel, cinco minutos antes del evento. Es de agradecer doblemente, porque el hombre, acababa de comprar pizzas calientes, para toda la familia y tal vez, tras nuestro traslado, llegaran a su casa frías.

 

            Pero, algo se iba a torcer. La habitación –como ya sabíamos-, tenía televisión, pero no por satélite, que es por donde se emitía el partido. Tuvimos que lanzarnos a la calle y recalar, en una de las numerosas y abarrotadas terrazas, de la principal vía peatonal, del casco histórico. Y es que en Italia –como en Marruecos, aunque en este segundo país, de forma distinta-, el fútbol se vive en la calle, en pantallas gigantes y en colectividad. Algo bien diferente y más entretenido, a lo que ocurre en España, donde se contempla en las casas.

 

            Aunque en realidad, divertido, no fue mucho. Todos los italianos que nos rodeaban, vociferaban apasionados, a favor de Paraguay, a la mínima que atacaba y abucheaban a España. El corazón, se nos encogió y desencogió varias veces, cuando nos pitaron un penalti en contra y tras pararlo Casillas, nos señalaron otro a favor, que Xabi Alonso, no supo transformar. Desde ese día, creo que la telilla que recubre nuestro órgano motor, es mucho más fina.

 

            Ganamos sufriendo, pero el final del partido, lo vivimos en el hotel, escuchándolo en italiano por la radio, porque el ambiente en las terrazas, se hacía insoportable. Los italianos, no acaban de asumir, no que juguemos mejor al fútbol que ellos, que eso lo hicimos siempre, sino que ahora, hasta ganemos algo. También, les sentó, realmente mal, haber caído en la primera fase del Mundial, con su fútbol rácano de siempre.

 

            Bueno. No todos los italianos, estaban contra la roja. Porque la simpática recepcionista rubia del hotel, a la mañana siguiente, al ir a pagar, nos dijo, contundentemente, pero con una sonrisa. “¡Viva la Espagna!”. E hizo, su claro vaticinio, para la semifinal, contra la terrible Alemania: “La Germania e forte, pero la Espagna, tiene piu cuore”.

 

            La semifinal ante Alemania, la disfrutamos en Boumalne du Dades, cerca de la famosa garganta, del mismo nombre, en Marruecos. En este país, el fútbol, se vive de una forma diferente, que contagia emoción y sobre todo, buen rollo. Suponemos, que dado que muchos ciudadanos, no poseen televisiones en sus casas, es bastante más fácil, ver el espectáculo en armoniosa y emotiva compañía. 

 

            Así, hasta en los lugares más pequeños –salvo, como veremos más adelante, en Merzouga-, en los bares, se instalan pantallas gigantes. No son las típicas de aquí, que apenas se ven, sino televisiones de plasma, de cincuenta, setenta o más pulgadas. Suponemos, que los establecimientos hosteleros, los alquilan para el evento o los cede, alguna institución local, dado que esas mismas pantallas, no están disponibles, cuando no hay partido.

 

            Se engalanan enormes salones y se llenan, de sillas o de colchones, donde la gente se sienta, a ver el espectáculo, a tomar refrescos y te a la menta. No son, ni muy de pre-partido, ni de post-partido, pero durante el evento, si se apasionan bastante.

 

            Nada más comenzar el encuentro, nos dimos cuenta, de que las más de cien personas, que ocupaban las dos plantas del bar de nuestro hotel, animaban enfervorizadamente, a la roja. Pero aún así, no cedía el nudo en la garganta –y no me refiero a la del Dades-. Alemania venía de ganar cuatro a cero, a Argentina y a pesar de que tuvo suerte y marco pronto, los teutones, nos acongojaban bastante. Y además, nos debían la de la Euro.

 

            Los diez minutos finales y tras el merecido gol de Pujol, se hicieron interminables. No pasaban los segundos, mientras nos frotábamos los ojos, contemplando, lo que hasta no hace mucho, hubiera sido un sueño. ¡España era finalista, de una Copa del Mundo!. Llegó el pitido final y decenas de marroquíes, nos abrazaron y felicitaron, más efusivamente, casi, que si fuéramos sus propios hijos.

 

            Volvemos al día de hoy.: El de la gran hazaña o el de la gran decepción. Ni en el fútbol, ni en los españoles, hay términos medios.

 

            ¡Por Dios, solo quedan cinco minutos y hay que salir a ganar!. No pueden quedar enturbiadas, todas estas experiencias, todo ese placer y todo este bello sufrimiento, vivido a lo largo, de Europa y África. Sin embargo, hoy no habrá, ni cervezas, ni cubatas. El partido, la prórroga, los penaltis o lo que llegue, habrá que lidiarlo, con te a la menta y refrescos. Las celebraciones, con las cervezas que hemos comprado y el vodka del duty-free de Barajas, deberán esperar, a la llegada al hotel.

 

            Llueve intensamente y por los altavoces, de la cercana mezquita, resuenan los cánticos, cuando el árbitro, da el pitido de inicio. A ver si también Alá, nos puede echar una mano. Los marroquíes, saben mucho de fútbol y especialmente, del español. Como ocurrió en la semifinal, soy la única mujer, en un bar, donde somos más de cien personas. Pero, nadie, me mira con extrañeza. Todos vamos a una y esa una, no es otra, que la roja.

 

            Ya nos hemos dado cuenta, desde el otro día, que los españoles, futbolísticamente, somos muy acelerados, impulsivos e intransigentes. Siempre criticamos a los nuestros, cuando hacen algo mal o insultamos al rival, cuando nos castigan, con una entrada fuerte. En Marruecos, no: Cuando los nuestros fallan –sea de forma flagrante o no-, aplauden la jugada y a los futbolistas y cuando lo hace el rival, exclaman sonidos de alivio. Sobre todo –y de eso, deberíamos aprender-, se respeta a los futbolistas y al árbitro.

 

            La cadena, que emite le partido –como en la semifinal-, es Al Jazeera (suponemos, que uno de sus canales deportivos) y el locutor –también, como el otro día-, está a muerte con España. No trata siquiera, de disimularlo. A Iker, le llama “san Casillas”, a Xavi, “la máquina” y a Villa, “matador”, mientras habla de “tiqui taca” o de la “furia y los toros de la roja”. Y todo, así, en contundente español. Como el nombre de los jugadores, en dicción y locución perfecta, aunque citar a Capdevila, le requiere mayor esfuerzo

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