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Cnina y Qatar/13


Ha salido el sol y por fin desaparece la neblina, así que es buen momento para volver por la calle comercial, hasta el final y fotografiar de forma nítida, la torre de la televisión. No hemos sido los únicos que hemos pensado lo mismo.

 

Ahora pretendemos cruzar el túnel turístico del Bund y tras pasear por un pasillo subterráneo algo galáctico, lleno de

puntitos de luz en la pared –como media China, vaya-, llegamos a la entrada. Media vuelta, porque son 40 yuanes ida y 50 ida y vuelta. Me pregunto: ¿Pero acaso hay alguna otra forma de volver que no sea por el túnel?. Se pasan tres pueblos con los precios de las visitas. Y a todo esto, tenemos los pies destrozados de tanto andar.

                          Zona del Yuan Yu, en Shanghai

Volvemos al Jardín Yu, pero ahora bordeando el río. Bueno, más bien las vayas de las obras que hay a lo largo de toda la avenida. ¡Qué pena!. Son las siete y pensamos que va a estar animado, pero muchas tiendas están ya cerradas y no quedan apenas ni guiris. Las calles están pobladas ahora, de vendedores de artefactos luminosos y azules (helicópteros, motos, bicicletas, linternas cambiando de color en el suelo…). Pero hemos visto este tipo de artilugios en tantas partes del mundo, que parece que hubiéramos estado en China 30 veces.

 

A la vuelta, encontramos un puente por donde se esquiva la eterna vaya y se hacen excelentes fotos de la torre de la televisión, siendo ya de noche. Pero como si se tratara de los paparazzi persiguiendo al Conde Lequio, tenemos que pegarnos a codazos con decenas de chinos, para poder lograr la instantánea. Otra pareja de novios, distinta a la de esta mañana, se hace su álbum fotográfico también. ¡Vaya horas!.

 

Ni en Venecia, ni en Machu Pichu, ni en los templos de Angkor, nunca vi tanta gente haciendo fotos a algo. Y la sorpresa continúa, porque al retornar al hotel y pasar por el puente colgante –que durante la invasión japonesa era la frontera entre la Concesión Internacional y el barrio japonés de Hongkou-, vemos a decenas de personas fotografiándolo, algunas incluso con trípode.

 

 Al llegar al hotel, nos percatamos de que se ha roto la tarjeta de la puerta de la habitación, pero con la mitad podemos abrirla, así que no reclamamos en recepción. Nos relajamos y recordamos los distintos momentos del día y las anécdotas. Por ejemplo, las escaleras en China están normalmente construidas para el tipo de pie chino, que es mucho más corto, por lo que en la mayoría de ellas, a nosotros se nos salen los talones de los pies al subir y al bajar las punteras. La sensación es de incomodidad y extrañeza. ¡Y esa maldita franja rugosa que hay en medio de las calles y que tanto fastidia a los pies, sobre todo si el calzado muy grueso!, ¿para que coños servirá?...

 

 

HANGZHOU

 

Empieza un nuevo día, hoy a las siete de la mañana, tomando el metro (3 yuanes, comprando el billete en una máquina automática, aunque depende de la zona y pueden ser hasta cinco, como nos ocurrió a la vuelta, desde la estación de trenes del sur), para llegar a abordar el tren hacia Hangzhou (50 yuanes). Vamos a sacar el billete a la maquinita, pero esta, no nos da ningún convoy hasta las 11,45, alegando que los anteriores van llenos. La tarde anterior habíamos estado en la oficina de turismo, preguntando por la estación de autobuses y nos dijeron que estaba muy cerca de aquí, así que la buscamos, siguiendo un cartel indicador y en diez minutos logramos dar con ella.

Pagoda junto al lado de Hangzhou

Sacamos boleto para el servicio de las nueve y media (65 yuanes). El autobús es bastante viejo y el conductor muy agresivo conduciendo. Va de carril en carril a toda pastilla, como si estuviera manejando un videojuego. Y salta  sobre las tachuelas de la carretera. A una rotonda de salida le sucede otra, pero nunca llega la última. Y los mismo con los pasos elevados y así durante más de media hora  Como el día que abandonábamos Ho Chi Minh, en Vietnam, hace algo más de medio año, cuanto más te alejas de la ciudad, más atasco.

 

El camino se hace bastante largo (son dos horas en el tren, pero en el bus suman 3), pero al menos el pasaje es tranquilo y viajamos sin músicas. Llegamos a Hangzhou (pronúnciese, más o menos, Hangsú)

 

Nos dejan bastante lejos del centro –aunque eso lo sabríamos luego-, en una zona de calles casi sin asfaltar y llena de tenderetes y gente. Nos ponemos a andar, con la guía de la mano, preguntando a los lugareños por el  camino hacia el lago, señalando la mancha azul del plano, pero muchos, ni aún así nos entienden. Deberíamos haber tomado un taxi, porque hay una hora y media de camino hasta nuestro objetivo, pero al final lo hacemos andando, cruzando avenidas de mil carriles. ¡¡Que harta estoy de ellas y eso que solo llevamos tres días!!.

 

El lago llegado un punto, está bastante bien indicado. Menos mal, porque los planos –aunque sean en chino-, no son el fuerte de los habitantes de este país. Preguntas a uno, que duda y paulatinamente te van rodeando más chinos, hasta seis o siete a veces, pero ninguno se entera de nada. La ciudad es su zona central es limpia y esta cuidada. Empezamos a tener conciencia, de lo mastodónticas que son las ciudades chinas y nuestros pies, aún más.

 

El lago no está mal, pero como otras tantas cosas en China, se ha sobrevalorado, aunque está bien cuidado y limpio. En rodearlo, yendo medianamente tranquilo, se tarda entre tres y cuatro horas -tres y media son las que empleamos nosotros-. Por los templos, las pagodas (30 o 50 yuanes, si se desea vista panorámica), los nenúfares y los peces rojos en el agua, este lugar nos recuerda a la vietnamita Hue. Hay circuitos en barco por las islas, que cuestan 45 yuanes por persona.

 

A ratos se instala la neblina y los chiringuitos por el lado por donde accedemos son caros. Al principio, las vistas de las

pagadas y los templos son lejanas, pero a medida que andas, se van acercando. Existen pasarelas y puentes, que permiten penetrar en el agua. Hay en zonas, que el paisaje es bastante pintoresco. Si se va a dar la vuelta entera, mejor llevar comida. Se encuentran puestos ambulantes por el camino, pero no están muy surtidos. A nosotros nos ha tocado comer en ellos. Se ha tratado de un almuerzo de emergencia, a base de sopa de bote y salchichas pinchadas en palillos, sin pan ni nada, claro.

                                                      Lago de Hangzhou

Finalizamos la vuelta completa, visitando las principales atracciones: El dique Bai, el puente de las Nieves Fundidas -el más largo-, la Colina Solitaria -residencia de verano de varios emperadores-, la isla de la pequeña montaña de los Inmortales -la que está en el medio y donde se encuentran las tres pagodas de Reflejos de Luna-, el dique Su, la pagoda Leifeng y el templo de la Pura Compasión.

 

Iniciamos el retorno. En la escala del plano, parece que la estación de trenes está a unos dos kilómetros, pero es engañoso, porque tardamos hora y cuarto en llegar, cruzando de nuevo, avenida tras avenida. En Shanghai, las motos y las bicis, más o menos respetan las aceras. Aquí no y te tienes que ir apartando tú, para que no te atropellen, porque ellos no abandonan la línea recta en ningún momento.

 

La estación está llena de gente, pero no tardamos en comprar los billetes ni diez minutos (44 yuanes). La empleada chapurrea cuatro palabras de inglés. Como solo se puede acceder al andén con billete, en China las despedidas lacrimógenas, deben producirse en el vestíbulo

 

El tren es largísimo y tardamos un buen rato en llegar a nuestro vagón. En la puerta de cada uno hay un empleado, que revisa los billetes. ¡Esta compañía debe tener millones de trabajadores!. Aunque no sé si más que maestros, ¡que suman la friolera de casi 20 millones en el país!. Vamos, que podríamos tener una ciudad como Shanghai, habitada solo por profesores.

 

El convoy va lleno y a lo largo de las dos horas de viaje, van vendiendo refrescos, sopas, snacks y chinadas. Existen dispensadores de agua caliente para el café y los sopicaldos. Mi vecino de la otra fila de asientos, está mandando un SMS en Chino. ¡Resulta divertido verlo!.

 

 Nos dejan en la estación sur, así que tenemos una buena tirada hasta nuestro hotel, que se hace todavía más larga, porque nos equivocamos en el trasbordo. Tanto en el tren, como ahora en el suburbano, estamos a punto de la congelación. La llegada de un constipado, es solo cuestión de tiempo. El metro es nuevo, pero hay transbordos que son muy largos. La tarjeta de ingreso se frota contra la superficie del torniquete, como si fuera la lámpara de Aladino. Luego se guarda y a la salida, el acceso mecánico se la devora. ¡Ñam, ñam!.

 

Son ya casi las diez cuando llegamos al hotel. Nos hemos ganado un buen descanso, aunque a decir verdad, nos lo merecemos todos los días, porque las palizas que nos autopropinamos son de órdago.

 

 

SUZHOU

 

.Decidimos seguir los mismos pasos de la mañana anterior, hasta la estación central de ferrocarril, pero esta vez con los bultos a cuestas. Y nos vuelve ocurrir algo semejante a la jornada precedente: No hay tren a Suzhou (26 yuanes) hasta las 13 horas, así que nuevamente, nos vamos a la estación de autobuses, donde debemos esperar al que sale a las 10 (33 yuanes).  

                                               Composición floral de osos panda

El conductor es más tranquilo y entre el pasaje van cinco guiris, además de nosotros. Pero el vehículo es viejo y hemos tenido que subir las mochilas a la cabina, porque al irlas a meter en la bodega, la hemos encontrado llena de jaulas con pájaros chillones, coloridos y malolientes. En la pantalla, nos obsequian con un video promocional que nos repiten cuatro o cinco veces. ¡Da igual, no sabemos chino, así que pican en piedra!.

 

En una hora y tres cuartos, nos ponemos en nuestro destino, Suzhou (pronúnciese, más o menos, Susú). Al bajar hace calor y la estación de este lugar es un caos. Mientras mi chico va a preguntar sobre los buses a Zhouzhuang, donde tenemos previsto ir mañana, me entran un par de conductores de una especie de rickshaws –no son muy pesados- y otro que está empeñado en que pasemos los bultos por el escáner, cosa que ocurre en todas las estaciones de China. Trato de explicarle que no vamos a tomar el autobús, sino que nos dirigimos a la ciudad, pero no se entera de nada.

 

Salimos a un río y cruzamos un bonito puente de madera, con tejados chinos muy ondulados. Lo primero que nos llama la atención, es que las motos aquí no hacen ruido, parece como si fueran eléctricas y no necesitaran gasolina. Aún hoy, cuando estoy escribiendo, continúo sin explicarme su funcionamiento. ¡Y es que el mundo del ciclomotor, no es mi fuerte!.

 

Nos dirigimos al centro andando, camino que es todo recto, siguiendo la calle principal y otra vez la escala del plano,

vuelve a jugarnos una mala pasada, dado que está más lejos de lo previsto. Pasamos junto a una bonita y esbelta pagada y a un jardín, en el que con las flores de varios colores, han hecho dibujos de ositos panda. ¡Muy lindo!.

 

Nos cuesta encontrar alojamiento y tras visitar seis sitios, damos con el hotel Baochen (Shiguang Jie, essquina Fenghuang Jie), junto al famoso jardín del Maestro de Redes. Es casi el establecimiento más flojo de todo el viaje, pero tampoco está mal. Por 150 yuanes –y 50 de depósito, que no discutimos por falta de fuerzas, aunque te lo devuelvan cuando te vas-, nos dan una habitación enorme, con cama gigante, baño, televisión y muy luminosa, dado que el techo está lleno de alógenos. La pega es, que necesitaría alguna reforma.

                                           

Comemos en un restaurante que hay debajo del hotel, pero como no nos gusta la especie de pho que hemos pedido, los dejamos casi enteros y en un supermercado cercano, compramos lo más parecido que encontramos al pan, que resulta ser dulce, pero que nos sirve para acompañar una lata de albóndigas del Mercadota, que nos zampamos sin más miramiento.

                                           Bonsai, en el jardín del Maestro de Redes de Suzhou

Nos vamos a visitar el jardín del Maestro de Redes (30 yuanes). No está mal, aunque más que un jardín parece una casa. Tiene varias habitaciones, hechas y decoradas en maderita por dentro y piedra por fuera, que están dispuestas en torno a un estanque y un patio, bastante chulos. Recorrerlo no nos lleva más de media hora y eso, estirándolo.

 

Hay otros jardines, como son el de la Pareja de Jubilados o el de la Política de los Honestos, pero decidimos no visitarlos, porque son aún más caros que  el que hemos estado. Si nos acercamos hasta la pagoda del Norte (25 yuanes). ¡El desplume es constante y sin piedad!.

 

Suzhou es una ciudad agradable de casas bajas, aunque el tráfico pone las cosas difíciles. Está cruzada por canales –algunos huelen-, aunque no tiene tantos como habíamos imaginado y bajo ningún concepto se justifica que la llamen la Venecia de Asia. ¡Ya quisiera!. Ese título sería más bien para Zhouzhuang.

 

Paseamos por la agradable zona del Templo del Misterio (10 yuanes). Este se ubica en una extensa plaza, con puestos en uno de sus laterales, donde predominan los negocios de extensiones de pelo y varias animadísimas calles comerciales, donde destacan fundamentalmente las tiendas de ropa barata, abarrotadas de clientes.

 

Estamos seguros, de que habría amigos nuestros que vendrían a China quince días y no saldrían de estas tiendas y de los todochino, en toda su estancia. Así que si algún día ponemos en marcha una agencia de viajes, ofertaremos un tour llamado “Todochino y modachina”, con este sencillo programa: Día 1.- Madrid-Beijing, vía una ciudad europea. Día 2.- Traslado desde el aeropuerto al todochino, que se alternará en los días intermedios con el modachina. El último día, traslado desde este al aeropuerto y para casa. ¡Creo que se venderá bien!.

 

Volvemos sobre nuestros pasos y giramos a la izquierda, para dirigirnos a la zona del jardín del Administrador Humilde. Sabemos que ya ha cerrado, pero nosotros no vamos allí por el jardín, sino por la zona que lo rodea, con un bonito, aunque descuidado canal, rodeado de casas viejas, donde chavalas jóvenes, bastante persistentes, ofertan paseos en vetustas barcas. No tienen mucho éxito, pero si buen humor, porque ante nuestras repetidas negativas, se ríen. Mas ya hemos aprendido hace tiempo, que en extremo oriente y el sudeste asiático, la risa no siempre significa buen rollo.

 

Al otro lado del canal, hay una cuidada zona peatonal llena de comercios, que son algo más baratos que los del jardín Yu, de Shanghai. Allí me pedían 70 euros por el vestido de china y aquí ya, regateando sin demasiado interés, me lo dejan en unos 12. ¡Menuda diferencia!..    

China con traje tradicional, promocionando un establecimiento de Suzhou

 Tenemos los pies en las últimas, pero no nos resistimos a dar un nuevo paseo por la zona comercial, ahora que está anocheciendo. Está mucho más animada y el bullicio es tremendo. A los chinos les encanta llenar las calles de pantallas gigantes de televisión y poner música a todo trapo. También se esfuerzan bastante por mantener, una iluminación viva y alegre.

 

Nos estamos dando cuenta, de que en China no es fácil encontrar cibers, ni tampoco bebidas grandes frías –coca cola de litro o agua de litro y medio-, porque las neveras están pensadas para las pequeñas. ¿Cómo habrá quedado la final de la Champions?. Se ha jugado ayer, pero aún no sabemos el resultado. ¡Esperamos firmemente, que haya perdido el Barça!.

 

Volvemos caminando al hotel, a través de calles muy agradables y de un par de canales, que están iluminados con

lucecitas de navidad. Pasamos por una zona de bares de niñas y por otra de restaurantes de cierto postín. En el hotel, lo de siempre: cincuenta mil canales de televisión y todos en chino. 

 

El alojamiento es bastante ruidoso. Suena una especie de ascensor, a pesar de que no hay elevador alguno y una chinita fogosa gime a gritos, muy acompasadamente. ¡Se lo debe estar pasando de miedo!.

Templo del Misterio, en Suzhou



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