La visita no está mal, aunque sin duda, habríamos disfrutado mucho más, si hubiéramos ido ayer a Huasan. Tomamos el microbús de vuelta y un poco más tarde del mediodía, estamos de nuevo en Xi’an. Nuestro destino para matar la mañana, no es otro que el barrio musulmán, nuestra querida arabilandia. ÚLTIMAS HORAS EN XI’AN Compramos ricos cacahuetes con guindilla roja –la cocina china destaca por el picante y el dulce y yo me quedo con el primero-, muy tostados y crujientes y nos tomamos unas cervezas frías mientras paseamos, por estas calles ya mil veces recorridas, pero que cada vez que las ves, te evocan sensaciones distintas.Luego volvemos a ir hasta la calle de la Cultura, menos animada que el viernes y nos acercamos también hasta el museo del Bosque de las Estelas (30 yuanes). Como los escalones, los bancos del parque también son muy estrechos (aptos casi solo para culito asiático). No parece domingo, porque todo está abierto y como siempre en esta vital ciudad, las calles están abarrotadas de gente. Está nublado y amenaza lluvia. Mezquita, en el barrio Musulmán de Xi'anAl final, comemos en los puestos cercanos al inmenso subterráneo de la Torre de la Campana. Por muy poco dinero, engullimos calamares de dos tipos –unos son más patitas y otros el cuerpo del bicho- y varios pinchitos de carne. No hemos sido los únicos que hemos tenido la misma idea, porque junto a un árbol, se amontonan ya a estas horas, tres enormes bolsas con los palitos vacíos de los pinchos. Volvemos a recorrer la calle que conduce a la puerta Oeste y en el camino empieza llover, así que hacemos tiempo paseando por el interior de l centro comercial , que habíamos descubierto el viernes. Comemos papaya y durian de postre. También compramos varias latas de cerveza, para nuestra ya nutrida colección -tenemos más de ochenta y eso que la empezamos hace menos de tres años y que no hemos traído de todas partes-. El aceite de oliva tiene alarma y una botella de 75 centilitros, vale más de ocho euros. La cajera es muy lenta. ¿Por qué habrá esas cortinillas de plástico, a la entrada de lso centros comerciales?. Supongo, que será para que no se escape el aire acondicionado. Vemos a una madre con dos niñas gemelas, vestidas igual. Espero que en estos casos, no se apliquen las sanciones que se imponen, para los que no cumplen la política del hijo único. Por cierto, pongo el enlace, a un reportaje sobre este asunto, que contiene fragmentos espeluznantes. La imposición de la política del hijo único, vulnera claramente los derechos fundamentales del individuo, aunque también es cierto, que China no podría haber soportado un crecimiento demográfico, como el que arrastraba cuando se implantó esta norma, a finales de los años 70www.entretodas.net/2005/05/16/china-la-politica-del-hijo-unico-el-reportaje-de-abigail-haworth/ En China todo se magnifica, en relaión con el r4sto del mundo: Nos decidimos a entrar en unos recreativos y más que tales, parecen un gran parque de atracciones. Calle de las imprentas, perpendicular a la de la Cultura, en Xi'anVolvemos por la misma calle. Ahora la lluvia ha arreciado y tenemos que guarecernos. Las aceras, como cuando llovía en Guilin el martes, parecen pistas de patinaje. Nos entretenemos tratando de descifrar sin éxito, los rótulos de los comercios o de los anuncios de las paredes. ¿Habrá chino mayúsculo y chino minúsculo?. Cruzamos de nuevo el pasadizo y dejamos atrás las dos torres. Como sigue lloviendo, decidimos hacer compras en las tiendas de ropa, hasta que llega la hora de ir a por los bultos al hotel, momento en que casualmente deja de llover. Habíamos pensado tomar un taxi, pero al parar la lluvia, determinamos ir andando y así comprar algunas bebidas frescas para el tren, en el supermercado que hay camino de la terminal ferroviaria. Llegamos a la estación cuarto de hora antes de la salida, pasamos los equipajes por el escáner, como es tradición en todas las estaciones de buses y trenes del país y por unos momentos cunde el pánico. No encontramos uno de los dos billetes y ya no hay tiempo de ir a adquirir uno nuevo. Además, supongo que no habrá ni plaza. ¡A ver como somos capaces de explicárselo al del control de boletos, que custodia el acceso a la vía, luego al revisor de la puerta, más tarde a los del tren y mañana por la mañana en Beijing, al que vigila la salida. Si es que no nos toca, claro, quedarnos aquí esta noche y perder un día!. Museo del Bosque de las Estelas, en Xi'anAunque tenemos motivos para ello, tratamos de no ponernos histéricos y esto, suele funcionar, porque el billete acaba apareciendo, entre otros papeles. Accedemos a la vía y andamos casi medio kilómetro para llegar a nuestro vagón. Los trenes son en China larguísimos y parece que cuanto más pagas, menos andas. Así primero están las literas blandas, luego las duras y finalmente, los asientos duros, donde hoy vamos como dos jabatos. CAMINO DE BEIJING . ¡¡Que horror!!. Los asientos no es que sean duros, sino durísimos, están frenteados, con una mesa en medio y como los bancos del parque, son para culito asiático. Además, hay muy poco espacio para las piernas. Para colmo, me ha tocado enfrente el único chino obeso que hay en este país. ¡La que nos espera, durante las próximas 12 horas!. Menos mal, que salimos bastante puntuales y que el tren corre que se las pela. Vamos planeando nuestros últimos días de viaje. Parece que mañana llegaremos a la estación del oeste y no a la central, que nos pillaría mejor para acercarnos hasta la zona de alojamientos, en la que pretendemos hospedarnos. En cualquier caso, nada más llegar compraremos los boletos para Shanghai, para el miércoles por la noche y así llegaremos, el jueves a mediodía –son unas 14 horas de trayecto-, Luego buscaremos un hotel y dedicaremos del día a la Ciudad Prohibida, los bonitos hutongs, la zona comercial y el mercado nocturno. El martes iremos a la Gran Muralla China, en Simatai y el miércoles nos acercaremos hasta el palacio de Verano, que está en las afueras y ya de vuelta, iremos al templo del Cielo, que ya hemos visto en mil fotografías. En el tren venden sopas, cafés, infusiones, coca colas, otros refrescos y revistas. Como siempre, hay un dispensador de agua caliente, para preparar las primeras. La gente las degusta, junto a otras viandas, que se han traído de casa. ¡Da no sé que, verles comer las patitas enormes, de unos pajarracos imposibles de identificar por un occidental inexperto!. ¡Qué sensación sonora más desagradable, ver a quince chinos a la vez, sorbiendo la sopa!. Mercado nocturno de BeijingLos de enfrente muestran curiosidad en nosotros, sobre todo cuando nos ponemos a escribir. Yo creo que lo que más les desconcierta, es la dirección de nuestra escritura y de que al escribir en minúsculas, tengamos tipos de letra diferentes. Me da la sensación, de que ellos escriben todos igual, con los mismos caracteres y que respondiendo a mi pregunta del mediodía, no distinguen entre mayúsculas y minúsculas. Pero es una intuición, no una certeza. Pronto se cansan de nosotros y siguen viendo la tele, que ofrece cine chino, como no podía ser de otra manera. Como nos aburrimos, nos empapamos de la historia de China, leyendo la guía, desde los tiempos más rancios, hasta la época actual, deteniéndonos especialmente, en las convulsiones sufridas por el país, durante el siglo XX y en la Matanza de Nanjing, por parte de los japoneses. A ratos, vamos también divisando el paisaje, muy arbóreo, aunque llano. Ha vuelto a llover, casi nada más salir y así estará durante casi 24 horas seguidas. Hemos descartado volar a Shanghai, aunque seguro que encontraríamos un vuelo, que costara casi como el tren en litera dura, que es la opción que elegiremos la próxima vez, que tomemos un tren nocturno, sin dudarlo. Primero, porque no queremos volver a tener problemas con los apellidos too long y segundo, porque nos vendría mal de horarios, tomar un avión. Si volamos muy pronto el jueves, tendríamos que dormir en el aeropuerto y si lo hacemos más tarde, ya no nos compensaría bajar hstaa Shanghai y pasaríamos demasiadas horas en el aeropuerto. La noche es menos dura de lo imaginado y al menos consigo dormir unas cuatro o cinco horas. Como en el asiento soy incapaz de pegar ojo, busco un lugar en el suelo para tumbarme, pero los mejores están ya pillados, así que me toca estirarme entre los dos vagones, donde hay un poco de movimiento lateral. A las cuatro horas vuelvo al asiento, para continuar durmiendo. Los trenes chinos no son muy sucios, como dicen algunas guías con prejuicios.Una madre, comienza a enseñar canciones en chino a su pequeño vástago, desde las cinco de la mañana. ¿No podía haber esperado otra horita y media?, que es el tiempo que tardamos en llegar a la estación de Beijing Calle Qianmen, en BeijingBEIJING . Al desembarcar del tren, se forma un enorme tapón. El motivo es que hay que volver a mostrar otra vez el billete, para poder abandonar la estación. Vamos a las taquillas, que están bastante vacías a estas horas. Efectivamente, estamos en la terminal del oeste y no es desde esta, desde donde sale el tren a Shanghai, sino desde la central. Pero la chica de la ventanilla, detrás de un cartel donde pone, que es el mostrador donde se habla inglés, nos indica que podemos adquirir, los billetes aquí mismo (317 yuanes, en litera dura). ¡Mira que bien!. Salimos a la calle y está diluviando. No lo dejará hasta las dos de la tarde y luego volverá de tres a cinco, prácticamente sin ceder en su intensidad. Prevemos que va a ser un día de perros y no nos equivocamos. Nos han recomendado tomar el autobús 52 para el centro, pero como no pasa y tampoco el 301 y el 901, nos subimos al 67, que también va hasta la puerta de Quianmen, lugar cercano a la zona donde pretendemos alojarnos. El autobús cuesta un yuan, pero de nuevo, volvemos al maldito sistema de la caja de Macao o Singapur: Si no tienes el precio exacto, no hay vuelta. Nosotros el billete más pequeño que tenemos es de cinco yuanes y cuando estamos ya dispuestos a perder tres, una amable chica nos lo cambia por cinco sueltos. Otra, nos va indicando donde tenemos que agarrarnos y nos avisa cuando quedan sitios libres. En algo más de veinte minutos, estamos en nuestro destino. Dado que el sistema de drenaje y alcantarillado no es el mejor del mundo, en algunas calles ya hay más de cinco centímetros de agua. Tenemos los pies como garbanzos y el calzado, huele ya casi a podrido, de lo anegado que está. En la parada del autobús, una señora vende paraguas. Efectivamente, en este caso, la oferta casa con la demanda. Le compramos uno a diez yuanes y tal vez debieron ser dos. O mejor todavía, un par de impermeables, con los que haber podido tapar también la mochila. Siempre los solemos llevar, pero para este viaje se nos olvidaron. Mi chico se queda guarecido con los bultos en unos soportales y yo me voy con el paraguas, a
buscar alojamiento. Pregunto en seis
hoteles –o similares- y todos están llenos. ¡Pero si sólo son las ocho de la
mañana!. Es entonces cuando el plano y las distancias, nos vuelven a jugar una mala pasada. Tenemos apuntados otros dos alojamientos, al otro lado de la plaza de Tian'anmen. Sabemos que ésta es grande, pero no eterna, como resulta ser. ¡Más de 25 minutos en atravesarla, con un paraguas para los dos, con las mochilas a cuestas y patinando constantemente, por la resbaladiza acera. Llegamos al otro lado y nos metemos por la calle en la que están esos hoteles, pero también resulta eterna. Tras casi una hora andando en total, exhaustos y empapados, encontramos una boca de metro y decidimos volver a la calle Quianmen. Nos servimos del mismo procedimiento que antes y tras media hora, encuentro un hotel con plazas, el Beijing King’s Joy en la Meishi street, 81. Nos piden 240 yuanes por noche y 100 de depósito, que por supuesto, no discutimos. Se puede pagar sin problemas con tarjeta de crédito. ¡¡Los peces de la pecera del vestíbulo, están menos mojados que nosotros!!. La habitación es nueva y muy bien dotada, aunque algo pequeña, sobre todo para extender toda la ropa para secarla. Llega la hora de hacer el balance. Todo lo que va en la mochila de mi chico va medio mojado y lo que va en la mía, completamente calado. También lo del bulto de mano. El cuaderno donde van las notas de este relato se ha empapado y procedo urgentemente a tratar de secarlo con el secador, antes de que se desintegre. Y a la cámara vieja –no así a la nueva, que va en mi bolsillo-, le ha entrado agua y dispara fotos muy distorsionadas. Le aplicamos también el secador a distancia, pero en este caso sin resultados. Dejamos toda la ropa puesta a secar y nos vamos a la calle, con nuestro minúsculo paraguas, que solo nos tapa un hombro a cada uno y permite que el otro se empape. Aunque lo bueno, es que estamos tan mojados, que ya es imposible absorber más agua. Tenemos que cambiar los planes. Tal como está el día, no tiene sentido ir a la Ciudad Prohibida, Así que dejaremos esta visita y los hutongs para mañana y Simatai para el miércoles. Renunciamos desde ya mismo, al palacio de Verano. Caminamos por la calle Qianmen, que es de las más bonitas que he visto en mi vida. Aunque parece que sobre ella, hubiera caído la bomba neutrónica, porque no hay gente paseando y los negocios están vacíos, todavía sin montar. Tiene pinta de que han terminado de reformarla hace muy poco y todavía está a medio gas. Y lo imaginamos, porque hay otras perpendiculares, que están rehabilitando. En una de estas últimas, nos tomamos un par de tés de degustación para calentarnos, que nos ofrecen dos simpáticas chicas de una tetería.Nos decidimos a ir hasta el templo del Cielo, pero antes, encontramos un mercado cubierto, donde nos resguardamos un rato de la lluvia y aprovechamos para compra, por 20 yuanes cada uno, dos pares de zapatillas de las enteras de goma, que se llevan tanto ahora. La pega es que solo las tienen de color naranja y deberemos llevarlas chillonamente iguales. ¡Pero es que no aguantamos un solo minuto más, con nuestro asqueroso calzado!. Menuda diferencia. Cruzamos un largo jardín, dividido por varias avenidas. Del templo, no se ve nada en absoluto desde fuera. Ya se han encargado de encerrarlo bien, para que pagues los 35 yuanes que cuesta. Entre el desgaste que tenemos por el chaparrón y ahora esto, les mandamos a hacer gárgaras y nos damos media vuelta, sin entrar. Volvemos a la zona de Quianmen y paseamos bajo la lluvia por las calles perpendiculares. En una han puesto unos sacos para pasar por encima y no pisar los charcos, pero lo que han conseguido en realidad, es que hagan de dique y ahora haya un lago. En otra, donde hay un supermercado pequeño –como todos lo que hemos visto hasta ahora en Beijing-, hace acto de presencia una enorme zanja, que se ha llenado de agua y un canalón, expulsa casi tanta agua como las cataratas de Iguazú, en época de lluvias. Especialidades exóticas, en el mercado nocturno de BeijingEs un pequeño suplicio ir a comprar a esos pequeños supermercados chinos. No hay casi clientes y en cuanto entras, te empiezan a perseguir, uno, dos o hasta tres empleados, haciéndote sugerencias sobre lo que puedes comprar y vigilándote. Por si fuera poco, suelen tener instalada alguna cámara, pero luego a veces no tienen aparato alguno para leer los precios, por lo que hacen una suma mental y te ponen el importe final, en la pantalla de la calculadora. Tienes que hacer un acto de fe y creer que no te han engañado o sumar tú también mentalmente de manera aproximada y que la cuenta no se te salga de madre.
No encontramos casi restaurantes por esta zona, así que compramos unas conservas y dos sopas picantes, de las de bote y las preparamos con el agua caliente en el hotel. Justo es el rato que estamos en la habitación, el que para de llover y al volver a salir, con los nubarrones más negros que haya visto nunca –sí, más que los de Inverness, en Escocia o los del sudeste asiático antes de descargar, en época de lluvias-, vuelve el diluvio. |