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China y Qatar/21


Perseveramos y seguimos andando. Alguien nos indica, que lo que buscamos está más adelante. Pasamos por dos

pequeñas estaciones –especie de, más bien-, donde también hay autobuses 919, pero tampoco van a Badaling. ¡Esto es desquiciante!. ¿A qué nos vamos de China sin ver la Gran Muralla?. Llegamos a una tercera terminal y al fin va la vencida: ¡Este 919 si que va a Badaling (12 yuanes)!. Con los nervios, nos hemos saltado una generosa cola, sin darnos cuenta, pero nadie se ha quejado. No es ni la primera, ni la última vez que nos colamos en China.

 

Eso sí, nos toca ir separados. Parece que en este autobús a pesar de ser urbano, va un grupo organizado, con una guía que se pasa más de la mitad del camino –una hora se tarda-, soltando la charla, por un amplificador pequeño, que lleva incorporado a la altura del cuello y lo peor de todo, es que lo hace al lado de mi oreja. ¡Es encomiable, como la chavala es capaz de hablar 35 minutos seguidos, sin apenas tomar aliento para respirar!.

                                      Gran Muralla China, en Badaling

Nada más abandonar Beijing, el paisaje urbano se transforma en bonitas estampas montañosas y verdes, viéndose de vez en cuando, algunos trozos de la Gran Muralla. Y no hay niebla. ¡Debe ser el único sitio en todo China, donde hay algo que ver y no hace acto de presencia la niebla!.

 

Al llegar, además de tener que esquivar a los pesadísimos vendedores y taxistas, se vuelve a adueñar la confusión de nosotros. Donde nos han bajado, pone que la entrada son 100 yuanes, cuando en la guía, aseguran que el importe es 40. La chavala del amplificador, que trata de hacer rebaño con su grupo, nos dice que tenemos que sacar obligatoriamente el boleto del cable car, que vale 60 y que por eso son 100.

 

Así lo hacemos, pero según empezamos a andar, recapacitamos y pensamos que eso no puede ser así. Volvemos y le montamos una bronca a la taquillera, que acaba admitiendo que se pueden comprar solo los tickets de ingreso, a 45 yuanes y que lo podemos hacer más arriba. Nos devuelve el dinero y efectivamente, adquirimos las entradas en otra oficina, al precio referido y con obsequio de una postalita y unos bonitos sellos conmemorativos, de la Gran Muralla.

 

Entramos a la fortificación y quedamos maravillados. A pesar de estar reconstruida, es ¡celestial!, con su paisaje montañoso escarpado y verde, con sus esforzadas pendientes y sus interminables escaleras, que serpentean y sus torres y almenas. A pesar de lo que dice la guía Michelín, se visita casi sin gente, salvo en la zona donde desembarca el cable car (por cierto, que aún no tenemos claro, si además de este, hay un teleférico o no), que si está superpoblada.. 

 

 No me voy a quedar con las ganas –para eso estoy en mi web personal-, de meterle un buen rapapolvo a la guía Michelin y a muchos resabidillos, que van de listos por la vida. Por mucho que se empeñen unos y otro, Badaling es un sitio magnífico. No discuto si mejor o no que Simatai o que otros lugares por donde se puede acceder a la Gran Muralla. Cierto es que esta está aquí reconstruida, pero también lo están, por poner dos ejemplos, las de Dubrovnik o el casco antiguo de Tallin (Estonia) y por eso no dejan de ser, lugares magníficos.

 Gran Muralla China, en Badaling

Señores de Michelín: Las guías están para informar. Incluso también para opinar –yo no me opongo a ello-, pero no para confundir. Que ustedes con su sistema de valoración por estrellas, le den tan solo una a Badaling y ni más ni menos, que tres a Hangzhou, ¡¡no deja de ser una tremenda barbaridad!!. Y es que claro, parece que son ustedes lo suficientemente eruditos, para poner el culo y sus pies, donde lo hacen –supuestamente- el resto de los turistas y necesitan lugares más exclusivos, donde –también supuestamente- no puedan ser molestados. Por mucho que ustedes se empeñen, repito, Badaling es un sitio ¡M A G N I F I C O!, así que dejen ustedes de desorientar a los lectores.

 

Más cera. Y ahora incorporamos también a la Lonely Planet. De la lectura de ambas guías, una casi saca la conclusión, de que la excursión de Badaling, apenas requiere ningún esfuerzo. ¡Vamos, que la muralla está preparada para que la recorran ancianitas, minusválidos y personas con muy baja forma física!. Eso solamente es así, si se sube y si baja en el cable car y no se anda mucho.

 

Si uno está más de cuatro horas recorriéndola, como es nuestro caso, primero hasta el final de uno de sus lados y

después, hasta el que creíamos la terminación del otro –no lo es, porque aún sigue más allá-, hay que estar en bastante buena forma física y es previsible, que al día siguiente afloren las agujetas. Es verdad que no hay pendientes en ángulos de 90º como en Simatai, pero también son aquí suficientemente pronunciadas y llegan a los 70º. ¿Por qué tengo que aguantar esa estupidez que ustedes dicen, de que aquí la muralla es de cartón-piedra?. ¡Váyanse a freír espárragos y cuando vuelvan, hagan una guía en condiciones y manden a sus eruditos y clasistas colaboradores, al paro, por no decir a la mierda!.

                                    Gran Muralla China, en Badaling

Si el día anterior habíamos hecho más de 100 fotos, hoy en Badaling superamos las 120. Hace calor, pero la ventolera que corre alivia bastante. Comemos de bocadillo –pan de molde, claro-, en una de las bonitas torres y tras coronar nuestro objetivo inicial, bajamos y salimos por otro acceso distinto -menos mal, que no hay que desandar el camino entero-. El autobús 919 nos deja en la misma boca del metro, que cogemos de vuelta hasta Quianmen.

 

 

ÚLTIMAS HORAS EN BEIJING

 

 Después del correspondiente registro, en el que incluso abren y huelen los líquidos de las lentillas, paseamos por el centro de la plaza de Tian’anmen. Luego vamos a la zona comercial y hacemos la ronda de siempre (puestos de comida, mercado nocturno y calle del gourmet –donde nos ponen muchas pegas para hacer fotos a la comida-, zampándonos un par de pinchos de carne y uno de calamares, en el primer sitio).

 

Vamos despacio, retornando hacia el que fue nuestro alojamiento. Pasamos por última vez por la plaza de Tian’anmen y vagamos un largo rato por Quianmen. Pasamos por delante de una óptica y mi hico se acuerda de las gafas, de las que le habló la recepcionista esta mañana. “¿No serán las tuyas?”, me dice. Miro en la bolsa y efectivamente, lo son. Nos dirigimos inmediatamente al hotel, donde afortunadamente, las han guardado. Así y gracias a esa óptica, mis gafas no se quedaron para siempre en Beijing.

Barrio de los Dos Lagos, en Beijing, desde la colina de las Vistas 

Ya de paso, recogemos los equipajes y nuevamente, tomamos la línea 2 del suburbano, pero ahora nos bajamos en la segunda estación, en la central de trenes. Vemos a una pareja pidiendo. A él, le faltan parte de las extremidades inferiores, así que va arrastrándose y poniendo la mano, mientras ella canta, portando ¡un micrófono y un pequeño amplificador!. ¡¡Lo que no se vea en China!!. Por cierto, aquí los ladrillos los hacen sin agujeros. Curioso, ¿verdad?

 

El exterior  de la terminal ferroviaria está abarrotado, sobre todo de gente sentada en el suelo. Hacemos las últimas compras en el supermercado, que está junto al paso elevado y nos apalancamos junto al resto del personal. Sufrimos las molestias de un colgado –en China no hay muchos-, que quiere que le hagamos una instantánea, dándole besitos a la foto de una rubia explosiva, con la que dice que va a casarse. ¡Va a ser que no!.

 

 

RETORNANDO A SHANGHAI

 

Una hora antes de la salida del tren, entramos en la estación. ¡Menos mal que venimos con tiempo, porque esto es un maremagnum increíble!. Parece que estamos en una ciudad de dos plantas, atestada de gente que va, viene o permanece estática. ¡Agobiante y sin aire acondicionado, aunque sería imposible asumir el coste de refrigerar todo esto!.

 

Como si de un rompecabezas se tratara, hay que ir encajando una pieza tras otra, para conseguir finalmente, llegar a

nuestra ansiada litera en el tren. Primero debemos descubrir la sala de espera. ¡Mal empezamos, porque en el panel general pone la 3 y en el particular de la cuatro, se indica que sale desde allí!. Ligera confusión, hasta que descubrimos, que es correcta la información del segundo.

                                    Torre del Tambor de Beijing

Luego, tienes que dirigirte a la zona norte o sur, la primera en nuestro caso. Más tarde a la puerta y su número, para finalmente, acabar exponiéndote a un enorme tapón humano, que se va comprimiendo –con peligro evidente de aplastamiento-, para entrar por un pequeño acceso, recibiendo –y dando- pisotones, codazos, mochilazos y hasta cabezazos. Y lo bueno, es que nuevamente hemos vuelto a colarnos y nos hemos saltado la mitad de la montonera, esta vez conscientemente. ¡Es el único momento en toda nuestra estancia en China, que sentimos agobio por la multitud!.

 

Como colofón, un largo paseito hasta nuestro vagón, ya por el andén. Las literas duras  van corridas, dentro de un vagón y no tienen puerta. Son más anchas que las europeas y se duerme divinamente en ellas. No hay necesidad alguna de elegir las blandas, mucho más caras. En el billete, solo te pone el número de la fila de tres donde te toca, por lo que el primero que llega, elige. Afortunadamente, hemos sido nosotros y tomamos la de abajo y la del medio, con la contrariedad de una pequeña chinita, que llega diez minutos después y que no pone muy buena cara, al saber que le toca la de arriba. ¡Haber llegado antes, guapa!. Creo que sus dos pies en línea, todavía son más pequeños que uno mío.

 

 Nos sentamos fuera y nos damos al brandy chino, mientras nos cambian los billetes por una tarjeta roja y otra azul –dándole la verde a la china-. A la mañana siguiente, volvemos a hacer el trueque inverso. ¡Ellos sabrán!!. A las once van cerrando metódicamente las cortinas –al igual que hacen en asiento duro- y apagan la luz. Nosotros nos quedamos hasta las doce charlando y viendo por la ventana la luna entrecortada, por el paso fugaz de los árboles. En catorce horas, si la cosa va bien, estaremos de nuevo en Shanghai, de donde salimos hace casi ya tres semanas.

 

Duermo casi seis horas y media, que podrían haber sido más, si a las siete de la mañana no nos despertaran con música casi militar y tras ella y durante casi una hora, se lancen arengas a gritos –tienen pinta que políticas-, al modo de las que escuchábamos en Luang Nam Tha (Laos) o Aranya Prater (Tailandia), el año pasado. El tren está parado y cuatro o cinco chinos de nuestro vagón, ya están a estas horas sorbe que te sorbe la sopa.

 

Al de abajo no le molesta la arenga y sigue durmiendo, hasta un total de 11 horas. Yo, cuando cambian los gritos por música suave, consigo volver a conciliar el sueño media horita. ¡Los baños del tren en estos trayectos tan largos, se ponen guarrísimos!.

Uno de los Hutongs de Beijing, en la zona de la torre del Tambor

Pasamos y paramos en Nanjing, lugar cuyo nombre ya pone los pelos de punta, después de haber leído todas las atrocidades, que cometieron en esta ciudad los japoneses, en la llamada Masacre o Violación de Nanjing. Parece que ahora los nipones, lo suavizan mucho en sus libros de texto escolares y los chinos están realmente enfadados, por esta cuestión. Las últimas horas de viaje se hacen largas. Llegamos con treinta minutos de retraso.

 

 

ÚLTIMAS HORAS EN SHANGHAI

 

 Son las doce y media de la mañana. Sobre las ocho de la tarde queremos coger el autobús número 5, que nos deje en el aeropuerto de Pudong, para tomar el vuelo a Doha, a las 0’50 del día siguiente. Primero dejamos los bultos en la consigna (30 yuanes, las dos mochilas) y después nos aseguramos, del punto exacto de donde parte el bus.

 

Shanghai nos ha recibido con las mismas obras, neblina, calor húmedo y caos con el que lo dejamos. Tomamos el metro hasta la plaza del Pueblo y de allí nos vamos andando hasta el jardín Yu. Tenemos desde el segundo día en China, el capricho de comer en el Snack Temple y por fin vamos a cumplir nuestros deseos. Nos gastamos algo más que otros días, pero almorzamos a cuerpo de rey, sobrándonos comida: Rollitos de primavera enormes, empanadillas de carne y verdura, arroz cremoso con vegetales, gambas, tallarines fritos y enormes trozos de pollo. Las dos primeras especialidades son la estrella del lugar, donde hay mucha gente joven, dándole al diente con ganas.

 

Paseamos por esta zona tan acogedora y hacemos las últimas compras en los todochino y los modachina. Adquirimos

bastantes cosas, pero aún así, nos van a sobrar unos 500 yuanes, que tendremos que cambiar en el aeropuerto. La misma corbata que en los hutongs turísticos de Beijing costaba 50 yuanes –muy bonita, con mapas de países y aviones, propia de viajeros-, vale aquí 10. Nos hacemos también con ella.

                           Zona del Yuan Yu, en Shanghai

Damos las últimas vueltas y nos encaminamos hacia el supermercado, al que íbamos en nuestros primeros días en Shanghai, dado que queremos comprar unos veinte botes de sopa, para llevárnoslos a España.. La neblina enturbia la magnífica y famosa antena de la televisión. ¡Lástima de todas las obras que hay y que no nos han permitido disfrutar del Bund, como a nosotros nos hubiera gustado!. Tiene que ser maravilloso, pasear junto al río, hacia arriba o hacia abajo. Pero me temo que todos los que vayáis a Shanghai este año o hasta mayo del que viene, tendréis el mismo problema que nosotros. ¡Paciencia!.  

 

Para que las sopas ocupen menos espacio, las sacamos del bote y las metemos en bolsas. A tres chinos que pasan por la calle, el espectáculo les debe parecer divertido, porque se paran y no pierden detalle, hasta que hemos terminado el proceso. Degustamos nuestros últimos zumos de frutas. ¡¡Ay, cuánto los vamos a echar de menos!!.

 

Retornamos hasta la calle comercial y hacemos tiempo, paseando por ella y sus perpendiculares, mezclándonos con la gente, que a esas horas abarrota la vía pública. En una terraza hay un hombre, tocando melodías tristes con un saxofón, entre ellas “llegado ya el momento, de la separación”.   ¿Por qué siempre me pasa a mi esto el último día?.

 

Tomamos el metro, mientras empieza a anochecer. Solo funciona una, de las seis máquinas automáticas dispensadoras de billetes. Hay tantas personas esperando, que de  nuevo, decidimos colarnos y nadie dice nada. Llegamos a la parada del autobús y nos toca esperar durante veinte minutos, en los que los taxistas nos incordian. Ofrecen llevarnos a los dos hasta el aeropuerto de Pudong, por tan solo 40 yuanes. ¿Cómo puede ser eso posible, si solo el billete de autobús de cada uno cuesta 22?. No hacemos caso, sobre todo porque tampoco se inmutan, los lugareños a los que les hacen la misma oferta.

 Rascacielos en Shanghai

La hora que hay hasta el aeropuerto de Pudong, se nos hace interminable. Nos dejan en la terminal 1, pero nosotros salimos de la 2. Un par de buenos samaritanos, en forma de taxistas se ofrecen a llevarnos, pero pronto y gracias a consultar a un policía, descubrimos que hay un autobús gratuito, que conecta ambas terminales..

 

 

CAMINO DE DOHA

 

La terminal 2 de Shanghai es nueva, bonita –se trae un aire a la T4 de Barajas-, grande y a estas horas, está prácticamente vacía, desangelada. La facturación es muy lenta. Parece paradójico, pero es esta, la única cola lenta que hemos  sufrido durante toda nuestra estancia en China. Y probablemente, no sea culpa de los chinos, sino de la meticulosidad y protocolos de Qatar Airways, que te hace leer unas normas de equipajes o te vuelve a pedir nuevamente, la tarjeta de crédito con la que pagamos los billetes. Conseguimos evitar la fila del medio en los dos vuelos y tomar ventanilla, aunque en el avión de Doha a Madrid, iremos en la última fila. ¡Es la segunda vez que nos ocurre esto en un vuelo de l
arga distancia y no es una buena noticia!.    

                                           Rascacielos junto al mar, en Doha

Para cambiar los 500 yuanes que nos sobran, hacemos un mal negocio, pero no nos queda otra. Solo hay una oficina de cambio en todo el aeropuerto, la del usurero SPD Bank, que nos cobra 50 yuanes de comisión, además de darnos un cambio un tanto desfavorable.



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