Cerca de la puerta de Quianmen, hay unas oficinas, donde gestionan excursiones a la Gran Muralla. Hemos leído en las guías, como llegar a Simatai, pero hay información contradictoria, a sí que por no arriesgarnos preguntamos, si hacen excursiones desde allí. La respuesta es sí, pero son 240 yuanes por cabeza, a partir de cuatro personas. Nos parece caro, pero haremos el esfuerzo. Decidimos apuntarnos. Suponemos que habrá ya más gente inscrita o lo harán luego. Pues no, nos dicen que los cuatro los tenemos que traer nosotros y que luego, ya hablamos. Así que descartamos la idea de hacer Simatai organizado. También ofrecen otros tours: Badaling + Tumbas Ming (180 yuanes) y Badaling, solo (100 yuanes). Hagamos lo que hagamos, será por libre y más cuando en otra agencia, vemos que si hay excursiones para dos, con comida y entrada incluidas, pero a 350 yuanes por barba. Cruzamos al centro de la plaza de Tian’anmen, donde está el horrible Mausoleo de Mao. Recordamos lo feos que eran también los de Ataturk, en Ankara o el de Ho chi Minh, en Hanoi. ¡Y lo horrible que es la columna de Sujarto, en Yakarta!. Nos hacemos unas risas, a cuenta de los cuatro. La animada calle peatonal comercial de BeijingAlgunos chinos se hacen fotos en la plaza de Tian’anmen, realizando gestos muy raros para nosotros, aunque está claro, que tienen un significado para ellos. Esta plaza no sería la misma, si no hubieran ocurrido los acontecimientos de 1.989, que acabaron con los tanques en mitad de ella. Para entrar en la plaza, que está llena de militares y de policía, es necesario pasar los bultos por un escáner. ¿Pero no se han enterado de que Mao ya murió?. El centro es una enorme explanada, mayoritariamente diáfana. Desde allí, se ven los feos edificios laterales –monumento a los Héroes del Pueblo, gran palacio del Pueblo y Museo de Historia de China- y la bonita antigua estación de tren. Debe tener el tráfico parcialmente restringido y la tranquilidad es inmensa. Sorprendentemente, Beijing nos parece la ciudad más habitable de China. Desde luego, mucho más que Shanghai y eso que son de tamaño similar. La plaza en sus primeras visitas, nos resulta algo deprimente, pero a lo largo de los días nos termina gustando. ¿Será síndrome de Estocolmo?. Está flanqueada en los laterales, por bonitas puertas. Una vez atravesada, llegamos al umbral de la Ciudad Prohibida, y tras pasar dos o tres túneles, nos ponemos en la mismísima entrada, aunque son las cuatro, hora de su cierre. Miramos los precios: Entrar cuesta ahora 60 yuanes (opcionalmente puedes hacerte con una audioguía, por otros cuarenta), pero hace 200 años traspasar esta puerta, suponía la muerte segura. Paseamos por el borde del caudaloso foso y recorremos algunas calles, hasta llegar a la comercial y peatonal por excelencia, Wangfujing. Es muy ancha y está llena de tiendas y de restaurantes de comida rápida. Resulta muy agradable para deambular sin prisa y más en estos momentos, que ha dejado al fin de llover. De camino, vemos la catedral Ciudad Prohibida, en BeijingEntramos por Gourmet street, que es una galería subterránea, donde todos son establecimientos de comidas. Hay desde un restaurante de calduverios a gogo, hasta tapas y alta cocina china. Resulta bastante barato. Nos encaprichamos de unas gambas a seis yuanes, que tienen una pinta tremenda, pero cuando ya las hemos pedido, nos dicen que para pagar, tenemos que adquirir una tarjeta, con un mínimo de 30 yuanes y dejando ocho, de maldito depósito. ¡Pues ahí se quedan las gambitas. Ya habrá otra ocasión!. Casi enfrente, pero al otro lado de la calle, sale la del mercado nocturno –abierto de cinco a diez-, que agrupa otras dos que se cruzan. Son estrechas, están muy animadas y plagadas de puestos de topa y cosas variadas –caricaturas en plastilina, unas gomas muy curiosas para el pelo, con bastantes orquillas incorporadas, chinadas en general…- y comida. Más arriba hay otra avenida, que cruza la calle peatonal perpendicularmente, donde solo hay puestos de comida, montados en una hilera: Junto a los típicos pinchos de carne, platos de tallarines, pollo –supuestamente-, higaditos, la piña con arroz y las frutitas deshidratadas, conviven los escorpiones, ciempiés, saltamontes, estrellas y caballitos de mar, carne de serpiente, de ciervo o de avestruz…. Los vendedores son muy simpáticos, te incitan a degustar sus viandas y te permiten tomar fotos, incluso de corta distancia .Había venido con intenciones de probar algún bicho, pero estos son mucho más grandes que los que veíamos en Tailandia y se ven mucho más sus formas y detalles, así que finalmente, no me atrevo. Los pocos guiris que pululan por la zona, tampoco. En algunos puestos tienen el escorpión vivo y te lo hacen en directo y al instante, una vez que lo eliges. Como en toda China, sobran empleados. ¡Hay hasta seis personas por puesto, cuando las ventas son solo moderadas!.Retornamos hasta la zona del hotel, por el mismo camino y matamos la tarde en un deprimido hutong. Es realmente curioso y llamativo, pero tienen mejor pinta, los que vamos a ver mañana, cerca de las torres de la Campana y le Tambor. Tienda de recuerdos, en el mercado nocturno de BeijingLuego, en radical contrapunto, volvemos a la calle Quianmen, que si de día es bonita, al anochecer es maravillosa. Entramos en el restaurante del pato. ¡Es muy chulo, coqueto y huele de miedo!. No sabemos lo que valdrá comer, pero quizás nos peguemos un pequeño lujo aquí, antes de abandonar Beijing. Creemos, que esta ciudad va a ser lo mejor del viaje y ¡eso que aún nos falta de ver los más gordo!. Duermo genial. A las ocho y cuarto de la mañana, ya estamos en las calles de Beijing, increíblemente, con el cielo completamente azul y el sol en todo lo alto. Nos ponen pegas en el control de bultos de la plaza, porque llevamos un bote de cristal, así que les mandamos a paseo y decidimos ir por el lateral, hasta la Ciudad Prohibida Hay muchísima gente, en los alrededores de la puerta de acceso –el 99% son chinos, muchos mayores, que no se les ve por la calle-, pero no en la boletería, donde compramos la entrada, renunciando a la audioguía –por cierto, que también hay que pagar un depósito de cien yuanes por ella-. Es mejor entrar por la puerta sur, como estamos haciendo, porque así puedes terminar la visita al norte, en el parque de las Colinas del Carbón o colina de las vistas. Tres horas resultan suficientes, para transitar por esta Ciudad, que es enorme, aunque no te dejan ver todo. Está bien , los distintos edificios se encuentran muy distanciados, formando un bonito conjunto –no como en el Palacio Real de Bangkok, donde están apelotonados-, pero tiene un ligero toque decepcionante, al menos para nosotros.Y es que las edificaciones son muy similares entre sí y no dan la sensación de rebosar historia. Han podido ser construidos hace 300 años, como hace dos meses. Además, no se puede ver nada por dentro, salvo fotografiar tronos desde algunas puertas y en las pocas ocasiones que se puede, son lugares diáfanos o de escaso interés. Y para los pabellones del Tesoro o de los Relojes, hay que pagar a mayores. ¡La ambición del gobierno no tiene límites, aunque sean solo 10 yuanes cada uno. Ya está bien de exprimir el limón!. Hutong rehabilitado, en el barrio de los Dos LagosCasi al llegar a la puerta norte está el jardín, que es pequeñísimo, comparado con la zona de edificios. Se nubla un poco, vienen algunas nubes negras y parece que va a llover, pero termina despejándose. En realidad, lo que muestra esa sensación de falta de historia, viene dado porque la Ciudad Prohibida, ardió decenas de veces y no hay edificios más antiguos de 200 años. El foso que la rodea, que hoy es navegable, era para apagar esos fuegos, dado que sus moradores, no confiaban mucho en los bomberos. Los principales atractivos de la Ciudad Prohibida son, la puerta y el palacio de la Armonía Suprema, los de la Armonía Central, Preservada, Pureza Celestial, Unión y de la Paz, Tranquilidad Terrena, Tranquilidad Imperial… y así hasta completar decenas de nombre rimbombantes y preciosos. A la salida, hay bastantes rickshaws y vendedores de postales. Son realmente pesados. Han aprendido cuatro frases de inglés, pero cuando les sacas de ellas, acaban completamente confundidos. Así que nos dedicamos a vacilarles y a echarnos unas risas. ¡Desde luego y afortunadamente, hoy estamos mucho más relajados que ayer. Ciudad Prohibida, en Beijing, desde la colina de las VistasSubimos a la Colina de las vistas (2 yuanes). Hay que andar unos 400 metros hacia arriba, por las habituales escaleras tipo chino –peldaños muy bajitos y muy estrechos-. Al llegar a la cima, se contempla un pabellón con forma de templo chino y con un bonito y grande Buda dentro. Hay bastante gente, pero aquí ya no llegan los grupos y menos los de las personas mayores, que cuando los llevan por la Ciudad Prohibida con el megáfono, parecen más una feria que una excursión. Las vistas de la Ciudad Prohibida son excepcionales desde aquí y también del lago, junto al barrio donde se encuentran, las torres del Tambor y la Campana y un encantador hutong rehabilitado, hacia donde nos dirigimos ahora. Esta poblado de tiendas, con precios a veces, cinco veces superiores a los habituales y transitado por los pesados conductores de rickshaws. Aquí estos vehículos, están más cuidados y decorados y te ofrecen tours por los hutongs, esas antiguas casas señoriales en torno a un patio, que hoy han sido fraccionadas en viviendas minúsculas, generalmente con un cuarto de baño común. A pesar de ser muy turístico, el paseo es realmente agradable. Nos encaminamos hacia la torre de la Campana (15 yuanes), que es más bonita que la del Tambor. Está última, actualmente está en obras y no se puede visitar. Pero lo realmente agradable es rodearlas, introduciéndose por los hutongs de la zona. Nos llevamos la sorpresa, de encontrarnos hasta un supermercado Dia –más tarde veríamos otro-. En un principio, suponemos que es su correspondiente imitación china, pero al entrar, vemos a las empleadas con el mismo uniforme que en España y los productos de su marca blanca. Los hutongs son curiosos y entrañables, sobre todo para verlos y no para vivir en ellos. Por eso no es extraño el enfrentamiento, entre las organizaciones defensoras del patrimonio, que los pretenden preservar y sus propios moradores, partidarios de los derribos y de que el estado les de la posibilidad, de vivir en una zona residencial, a las afueras de Beijing. Mucho se hablo, de que la China olímpica de 2.008 se los iba a llevar por delante. Desconozco en que proporción ha podido ocurrir esto, pero desde luego, siguen quedando bastantes. En el año 2000, había más de 4500 de estas callejuelas, que recorrían el viejo Beijing, alrededor de la Ciudad Prohibida. Especialidades exóticas, en el mercado nocturno de BeijingSeguimos nuestro camino, por una bonita y animada calle de casas bajas, donde hay decenas de sitios para comer, aunque nos cuesta decidirnos. Unos los descartamos por caros, otros por no saber realmente lo que tienen y algunos más, por ser puestos, dado que hoy nos apetece comer sentados, después de lo que hemos andado a lo largo de la mañana. Pero la perseverancia, siempre suele acabar teniendo premio y encontramos el adecuado. Es un local muy coqueto, con sillas y mesas de madera compacta. El personal que atiende es lentísimo, pero la comida es excepcional. Pedimos, para compartir, un plato de arroz al curry, con verduras al dente y carne y un menú, compuesto por un riquísimo guiso de carne con verduras y especias, arroz blanco y otras dos verduras crudas de acompañamiento –una verde y la otra morada-. Los supermercados hoy si que aparecen con frecuencia, aunque siguen disputándose la clientela con los de tipo chino, que restringen generalmente su oferta, a bebidas frescas, té, gominolas tipo asiático, caramelos, licores y sopas de bote. En algunos, las empleadas te dan una calurosa bienvenida cuando entras, pero hacen gala de la indiferencia más absoluta, si luego sales sin comprar nada. Sin quererlo y entrando por las arterías laterales, de la calle por la que vamos andando, hemos dejado los hutongs más auténticos y olvidados, para después de comer. Algunos son verdaderas ciudades intramuros, con decenas de casas en torno a patios y a estrechas y –a veces oscuras- callejuelas interiores, que se van entrelazando entre sí. Son lugares tranquilos. La vida cotidiana no se ve, porque sus moradores no están en el exterior, pero se intuye. Catedral de BeijingTras un largo paseo, la calle antigua de casas bajas se convierte en moderna y terminamos saliendo, a la comercial de la tarde anterior, la Wangfujing street, mucho más animada que ayer. Recorremos la calle de los puestos de comida y nos despachamos unos pinchos de gambas, puesto que teníamos el capricho desde la jornada anterior, aunque tenían mucha mejor pinta las de la Gourmet street. ¡Ayer no habíamos visto los escarabajos!. Contemplamos atónitos a una chica, que se está zampando con ansia una estrella de mar y a dos chicos, repartiéndose un pinchito de escorpiones –suelen traer cuatro-. Nos damos una dilatada vuelta por el mercado nocturno de Donghuamen Yeshi, en la calle Dazhalan Jie y luego nos dirigimos a la estación central. Queremos confirmar, que el tren a Shanghai sale desde aquí, dado que no nos había quedado claro del todo, cuando compramos los boletos y no es cuestión de jugársela. El camino, discurre a través de la avenida de la Paz Eterna, que más bien se debería denominar de las obras jamás terminadas y siempre perpetuas. La estación es bonita. Siempre pensé que este, sería el primer lugar que visitaría en Beijing, después de un amplio periplo por Rusia y Mongolia, a través del Transmongoliano, pero la realidad, se desarrolló finalmente de otra manera. El tren hacia Shanghai, efectivamente sale desde aquí. Nos tomamos unos zumos en un supermercado cercano y volvemos andando por la otra acera de la avenida, aún más destartalada que la de enfrente. Toca otra vez, cruzar la plaza de Tian’anmen por el lateral, pero incluso así, somos objeto de un breve y educado registro, por parte de una policía y ello por portar una bolsa de plástico. Matamos la tarde paseando por la calle Quianmen, de largo, la más bonita de toda China y de Asia entera, diría.Llevamos todo el día dándole vueltas, a que hacer sobre el asunto de la muralla. Nuestro deseo es ir a Simatai, pero el como llegar hasta allí, sigue generándonos muchas dudas, que no hemos conseguido resolver a lo largo de la jornada, por no haber encontrado una oficina de turismo. Dado que mañana es el último día en Beijing y si erramos, nos quedamos sin ver la Gran Muralla China, adoptamos una postura conservadora y nos decidimos por ir a Badaling, lugar más cercano y sobre el que nuestras dos guías coinciden, en cuanto a la forma de acceder. Paseando por los Hutongs, próximos a la torre del Tambor, en BeijingAl llegar al hotel nos damos cuenta, de que hemos hecho más de cien fotos a lo largo del día de hoy. Eso no nos ocurría desde hace más de dos años, cuando estuvimos en Petra y llegamos hasta casi las 150, en una sola jornada. BADALING Comenzamos el antepenúltimo día de viaje, bastante temprano. Mientras yo estoy guardando mi equipaje en un cuarto del hotel, donde puedes dejar los bultos de forma gratuita, la de la recepción le dice a mi chico que hay unas gafas en la habitación, pero él no le da mayor importancia. Tomamos la línea dos del metro hasta Jishuitan -8 largas estaciones- y al llegar y salir al exterior, somos víctimas de una pequeña confusión. Hay un montón de autobuses 919, que según la guía, son los que van a Badaling, pero al parecer en la práctica, ninguno llega hasta nuestro destino. Un señor, escribiendo con un bolígrafo en un papel, nos dice que solo hay dos servicios al día, a las 6 y a las nueve, pero estamos casi seguros, de que eso no puede ser así. ¡Ante todo, no perdamos la calma!. Gran Muralla China, en Badaling |