Decidimos no llegar hasta la alejada pagoda de la Oca Silvestre Mayor y damos vueltas por un barrio decadente, de calles de aluvión, donde en la vida habrán visto un solo turista, pero donde tampoco nos hacen demasiado caso. Los niños juegan, mientras los mayores realizan sus labores cotidianas. Como no tenemos muy claro donde comer, nos compramos unas salchichas picantes y unas sopas de bote –también picantes- y nos vamos al hotel a almorzar, al fresquito del ruidoso aire acondicionado. Luego nos dirigimos a la estación –hay una media hora andando-, para comprar los billetes de tren a Beijing, para el domingo por la tarde. Las calles están muy animadas. ¡Esta ciudad respira vitalidad por cada unos de sus poros!. No tardamos ni cinco minutos, en adquirir los boletos en asiento duro (150 yuanes cada uno), después de que nos hayan mandado a la ventanilla 3, que es donde hablan algo de inglés. No hay cola. A la salida de la terminal ferroviaria, hay bastantes paradas de autobuses, así que nos aseguramos de que desde aquí –como así ocurre-, salen los que tienen como destino Huasan, nuestra excursión de mañana y los Guerreros de Terracota, la del domingo por la mañana. Junto a la estación, hay un trozo de muralla y se halla la puerta Norte. Inmensa plaza, cercana a la puerta oeste de la Muralla de Xi'anVolvemos por el mismo camino, asfixiados de calor. Nos ventilamos en dos minutos, una botella de agua helada de litro y medio, que nos juega una mala pasada intestinal, de la que nos cuesta librarnos, en los difíciles baños públicos de una bonita calle antigua y acogedora –dentro de la zona moderna-, camino de la puerta Oeste de la Muralla. Esta no tiene demasiado interés, aunque el acceso al baluarte, lo siguen cobrando a precio de oro. Afortunadamente ya hace días, que somos muy selectivos con las visitas que pagamos. Encontramos un enorme supermercado con comida preparada, que puede ser una buena opción para el domingo, al igual que los exitosos puestos de carne, calamares y otras frituras, cercanos a la torre de la Campana. Nos zambullimos de nuevo en arabilandia, que ahora si que está animadísimo. A las dos filas laterales de puestos que había esta mañana –y que ahora se han superpoblado de tenderetes-, se ha añadido otra en el medio. Se vende de todo, sin criterio lógico de continuidad. Y es que a un puesto de ropa, le puede seguir otro de comida y a este, uno de pendientes y baratijas. La aureola de humo que forman las planchas de los quioscos de comida caliente, impregna el ambiente. Nos zampamos un rico y sabroso kebab, en uno de los puestos, aunque esta elaborado con especias chinas y vemos preparar huevos de codorniz fritos, en unos moldes redondos, que después colocan en un pincho y los bañan en dos salsas disitntas. Otros cocineros hacen crepes de carne y verduras y es muy típico también, una especie de pisto de vegetales, expuesto en cacuelas circulares muy grandes. Hay patas de bichos desconocidos, pinchos de carne y sobre todo, muchos dulces, destacando uno parecido a nuestro turrón blando. Además, frutas, verduras, gominolas de tipo chino -a veces con una especie de almíbar por encima-, frutos secos –riquísimos, los cacahuetes tostados con guindillas rojas-, frutas deshidratadas…Pero las protagonistas indiscutibles del lugar, son las chinadas, destacando una peonza luminosa. que emite destellos azules y música estridente, a la vez que da vueltas. Pienso en si tengo algún enemigo tan odiado, para regalarle este artilugio y concluyo que no. ¡Nadie se merece semejante tortura, por mal que te pueda caer!. Además, se ofertan pendientes, bolígrafos, muñecajos, relojes, cometas, ropa… En definitiva, un mercado de los que a nosotros nos gustan y de los que se ven pocos por China. Es quizás, junto al mercado nocturno de Beijing y el de Graham street en Hong Kong, el que más nos cautivó en el país. Aunque de árabe tiene lo justo y solo vemos a dos señoras con discreto pañuelo. Por si no estuviéramos poco apelotonados, circulan por la calzada motos, bicis y esa especie de cacharros cutres con motor y cabina atrás, que deben ser los hermanos pobres de los tuk tuks. Teníamos previsto pasear, por una calle peatonal cercana al hotel, pero la dejamos para mañana y nos vamos a la de la Sed, donde están los garitos y restaurantes, uno tras otro, en una bonita vía serpenteante. Aunque no está muy animada y solo unos cuantos guiris se dan a la cerveza, a conciencia. Vemos a dos graciosos chinos, vestidos de vaqueros del lejano oeste, a la puerta de un pub. Tienda de cerámica, en la calle de la Cultura, en Xi'anTerminamos la jornada en le supermercado, donde nos aprovisionamos de comida y bebida, para la excursión de mañana a Huasan. Otra vez tenemos los pies machacados. Seguimos sin oír hablar español por la calle, aunque al menos en un puesto de arabilandia esta mañana, hemos encontrado las citas de Mao en nuestro idioma (más que citas, son discursos, que forman en archiconocido Libro Rojo de Mao). Tampoco hemos visto periódicos en español y muy pocos en inglés. Nos encanta esta ciudad tan vibrante, aunque esperábamos encontrar más parte antigua, de la que actualmente queda. De nuevo el camino del hotel –tras cruzar otra vez el enorme pasadizo subterráneo, que hay junto a la torre de la Campana-, está abarrotado de animosos lugareños. Ya en el hotel, se nos olvida descolgar el teléfono y a pesar de que hemos pulsado a la teclita que pone no disturb, que hay en el panel de llaves de la mesilla, nos llaman de la recepción, con el fin vendernos o colocarnos algo en chino. Los mandamos a freír espárragos y descolgamos el aparato. ¡Qué pesaditos son!. Durante el día, ya habíamos tenido nuestras dudas de si el sábado iríamos a Huasan. Son seis horas de autobús, entre la ida y la vuelta y la Lonely Planet habla de entre tres y cinco más –con cuatro kilómetros sin mucha dificultad y dos muy complicados-, para llevar a cabo el trekking, por lo que quizás resulte demasiado ajustado o incluso no podamos terminar la excursión. A las seis de la mañana y añadiendo a este asunto, que tenemos los pies machacados, para meternos en una caminata de esa índole, con tramos que no deben ser nada fáciles y habiendo dormido fatal, decidimos –con todo nuestro pesar-, cancelar la visita a Huasan, levantarnos más tarde y dedicar la mañana a la contemplación de los Guerreros de Terracota. Zona de la torre del Tambor, en Xi'anGUERREROS DE TERRACOTA Hoy no hay protocolo para el pago del hotel, así que salimos rápido y caminamos hasta la estación de trenes. A estas horas no hay mucha gente por la calle. Tomamos el autobús 913 (7 yuanes), que en cincuenta minutos nos pone delante del complejo de los Guerreros de Terracota. El ayudante del conductor es muy amable y está en todo momento pendiente de nosotros, para indicarnos donde tenemos que bajar. Solo por la falta de demanda extranjera –la mayoría son grupos organizados de chinos, que van en su propio autobús-, se explica que no hayan puesto un shuttle bus y lo cobren a precio de oro. Decidimos demorar la entrada y tomarnos unas cervezas fresquitas, que habíamos comprado en un supermercado cercano a la estación, mientras paseamos por el enorme y bien montado complejo, lleno de vendedores, que no son muy pesados. No tenemos muchas expectativas puestas en esta visita y menos cuando vemos tal complejo turístico. Detrás de tanto montaje artificial y fastuoso, la experiencia nos dice que siempre están las grandes decepciones. Se tarda un buen rato, desde la parada del bus hasta la entrada y luego encima, no se venden los boletos de ingreso allí (90 yuanes), con lo que nos toca dar tres paseos. Comemos sobre las doce y media, justo antes de entrar. Los que nos cortan las entradas se ríen de nosotros. ¿Por qué será?. Creo que habrán pensado: “Otros dos guiris imbéciles que han caído”.La visita no solo nos decepciona, sino que además, nos indigna sobremanera. La prolongamos durante dos horas, aunque perfectamente habría bastado con media. Hay tres salas, que más bien, son naves industriales bien acondicionadas, eso sí. En ninguna de ellas puedes descender a la altura de los soldados, teniéndolos que contemplar desde arriba, mientras decenas de chinos te empujan, para quitarte de en medio y hacer sus veinte o treinta fotos. ¡Si con esto flipan, el día que vean la torre Eiffel van a tener un orgasmo!. Guerreros de TerracotaEn la primera sala, están los guerreros apilados en filas –como los soldaditos de plomo en su caja-, una junto a la otra. Es imposible hacer una foto, sin que salgan las feas paredes, cristaleras y las cintas que los rodean, si no es metiendo el zoom casi a tope. Pero esas son las que mejor quedan y las que vemos en los folletos, que dan una visión errónea y engañosa de la realidad. Pero aún así, es la mejor sala de las tres, porque la segunda, parece una estación ferroviaria china en obras. ¡Una vergüenza! La tercera está menos iluminada y en ella se exponen, los que se suponen, eran los guerreros de mayor graduación militar en la escala. También hay algunos metidos en vitrinas, aunque pocos, situados a la misma altura que los visitantes. No tiene mucho sentido fotografiarlos, porque salen con reflejos. Lo lógico, es que estos soldados estuvieran en un museo, solo unos pocos y más artísticamente colocados, pero claro, el aforo sería menor, iría menos gente y el negocio no sería tan redondo. O mejor aún, incrustados en algunas ruinas y pudiendose pasear por senderos acotados, junto a ellos. El precio de esta visita es, ¡sencillamente un insulto!. No dudo del valor arqueológico para los expertos, pero yo no volvería aquí ni gratis Me recuerda al timo de las pirámides del Sol y de la Luna, de la cultura moche, en Trujillo (Perú), aunque aquí al menos no te obligan a tomar guía. Por fin vemos cuatro españoles y a una sudamericana. Para elaborar todo el ejército de terracota, fueron necesarios 700.000 artesanos y cuarenta años de trabajo. Los campesinos, les robaron las armas a los soldados hace un montón de siglos y luego se olvidaron de ellos. Fue un campesino, que cavaba un pozo el a.974, el que descubrió todo el pastel. Estoy tan indignada, que pienso que ¡se podía haber quedado en su casa ese día!.Antes de salir, visitamos el museo, donde hay un soldado de terracota gigante, junto a una niña. Esta escultura fue hecha, como conmemoración de los Juegos Olímpicos del año pasado. Guerreros de TerracotaSi lo que se quiere, es hacer la excursión a los Guerreros de Terracota de forma organizada, muchos hoteles la ofrecen a un precio de 160 yuanes, que supongo, incluyen la entrada, dado que de lo contrario sería un robo. Aunque ya así lo es, porque se llevan un margen de un 50%, si lo comparamos con lo que cuesta ir en el autobus urbano. OTRA VEZ EN XI’AN Para volver, tomamos el autobús 914 –también sirve el 306- y nos equivocamos, porque va dando mucha más vuelta que el de la mañana. Así que tardamos más de hora y media, en parte debido también a un pequeño atasco a la entrada de Xi’an. Pasamos por barrios deprimidos, por calles sin asfaltar o llenas de obras y zanjas. Parece que para amortizar la entrada, te traen por estos impresionantes yacimientos arqueológicos. Nos morimos de sed. Volvemos despacio hasta la zona del hotel, parando en casi todos los todochino y modachina que encontramos, con esos pantaloncitos que les vuelven locos a los hombres y nos sonrojan a las occidentales. Las dependientas comen entre las prendas, mezclándose el olor a textil con el de chinirrús. Las calles están abarrotadas de gente, que se mueve con velocidad. Al igual que en el metro de Shanghai, me invade la sensación, de que centenares de chinos se dirigen hacia mi. Nos vamos al barrio musulmán, pero hoy dejamos las calles más turísticas y nos introducimos por las interiores. Son más auténticas y se ven más pañuelos, aunque también están bastante achinarradas. Vemos sugar rice, potes enormes de calduverios, al estilo thai, patos laqueados y animales que parecen pollos, pero con los muslos mucho más largos y cuya piel ya cocinada, es ocre o verdosa. No tendría ningún problema en hacer amigos aquí, pero trataría por todos los medios, que nunca me invitaran a comer Volvemos a la calle de tiendas, que conduce a la mezquita –sus tejados son ondulados, como los chinos- y al fin una vendedora, nos coge el idioma y nos dice: “Aquí tolo balato. Dos pol tleinta yuanes”. A pesar de que no nos habla de Andorra y el corte inglés, como en los países árabes, me he emocionado. Retornamos por la calle principal de arabilandia.Tal vez porque ser sábado, los alrededores de la torre del Tambor, están abarrotados de gente y de vendedores. Como la de la Campana, es iluminada por la noche, lo que convierte la zona en muy agradable, más cuando al fin ha cedido el calor. Algunas viejecillas casi sin dientes, venden periódicos del día y planos de la ciudad, en una escena que resulta tan entrañable, como penosa. Vemos un puesto, donde ponen tu nombre en un grano de arroz y después lo meten en un cristal. ¡Si supiera como se escribe mi nombre en chino!. Calle de la Sed, en Xi'anResulta difícil hacer fotos, incluso de los puestos. No es la primera vez que nos dicen “no photo” y tampoco es la segunda, que nosotros contestamos: “no photo, no shopping”. Hoy si, paseamos por la calle peatonal que habíamos dejado pendiente, abarrotada de gente, aunque con poca luz y con tenderetes en el suelo, de chavalas jóvenes que venden, ropa y bisutería barata. Volvemos a ver al alemán del avión, a su mujer y al guía. Y contemplamos otra muestra más, de lo prácticos que son los chinos: Introducen -no plantan- las plantas, con maceta y todo en huecos contiguos, que previamente han excavado en el jardín. Así cuando se secan, basta con sacarlas y poner otras nuevas. Al llegar al hotel, descolgamos el teléfono, para no ser molestados. La ducha diaria con reparadora agua caliente, es uno de los mejores momentos del día. Planeamos ir mañana a Banpo y es que ahora nos sobra un día, al no haber realizado la excursión de Huasan. Según la guía, debemos tomar el autobús 306, también junto a la estación de trenes. En Xi’an, hay muchas menos bicis y motos que en otras ciudades de China. BANPO Nos levantamos a las nueve, recuperamos nuestro depósito y dejamos los bultos en el hotel, para hacer el mismo camino que la mañana anterior, aunque esta vez tenemos problemas para encontrar el autobús, dado que el 306, no va hasta Banpo. Cruzamos a la estación de autobuses, que hay casi en frente de la de trenes, pero de allí tampoco parten. Al final, nos toman casi en volandas y nos llevan a un microbús (7 yuanes), que nos deja en un punto intermedio de su ruta, en el sitio arqueológico (20 yuanes).Banpo está a seis kilómetros al este de Xi'an y es un museo al aire libre, a orillas del río Amarillo. Este yacimiento fue descubierto en 1953. Se trata de una comunidad matriarcal neolítica típica, que data de cerca de 6.000 años artás. Las mujeres, la mano de obra crucial, eran responsables de hacer la cerámica y de sacar adelante a la familia, mientras que los hombres pescaban. Complejo arqueológico de Banpo La zona ocupa un espacio de 50.000 km2 y se divide en tres partes: La residencial, el cementerio y la fábrica de alfarería. Alrededor hay numerosas viviendas, corrales y fosas de almacenamiento, además de hornos de cerámica, herramientas domésticas y muchas tumbas. |


